I
Cerca de la Cova Dominica, en una ermita hecha construir por
el rey Alfonso, el noble Silo, convertido en todo un cortesano aunque de cortas
miras, conversaba con Adosinda. La muchacha había heredado la majestad de su
abuelo Pelayo, la visión política de su otro abuelo el duque Pedro, la
docilidad de su madre Ermesinda, el buen entendimiento de su tía Froiliuba y la
capacidad de gobierno de su padre Alfonso. En definitiva, era una mujer ante la
que nadie podía permanecer impasible, pues si no sucumbían ante su compostura
se rendían ante la belleza de su rostro perfumado por el regio gesto y las
facciones de una Afrodita esculpida en mármol. En cambio, su prometido, Silo,
carecía de fuertes convicciones, sino eran las que dominaban en su corazón, que
estaba perdidamente enamorado de ella. Se plegaba a sus deseos como un cordero
se pliega al ladrido de su perro, sucumbía a las caricias que le prodigaba sin
osar replicar incluso cuando disentía de sus opiniones.
-No me gusta la mirada de Mauregato –decía Adosinda-. Sus
ojos están vacíos, desprovistos de pasión, y eso es lo más peligroso.
-Se comporta como un buen cristiano e intenta aprender
nuestros usos y costumbres.
-No te fíes de los lobos vestidos de ovejas, querido. Guarda
muy bien sus intenciones y se mezcla con unos y otros en igual medida sin
importarle las tendencias. No me gusta nada, Silo; nada en absoluto.
Silo no llegaba a comprender que un bastardo sin ascendiente
en la Corte pudiera provocar tanta preocupación; “sólo es un crío”, pensaba.
-Tal vez se muestre un tanto arisco debido al modo en que su
madre se quitó la vida. Eso siempre impresiona a un chiquillo.
-Por eso mismo. Es probable que culpe a mi padre de ese acto
desesperado.
-Se comporta con él de manera piadosa.
-Pero no da muestras de cariño filial; sólo le atiende como
a un maestro, y eso me da miedo.
-¿Qué puede hacer, si fuera como dices?
-No lo sé. No lo sé.
Adosinda paseaba nerviosa frotándose las manos por ahuyentar
el frío de la mañana en tanto Silo volvía una y otra vez hacia la entrada ya
que se habían citado con Fruela allí mismo y tardaba en llegar.
-¿Qué le habrá retenido? –preguntaba nervioso sin esperar
una respuesta- ¿Le habrá sucedido algo a tu padre y por eso se retrasa?
-¡Ni lo pienses!
-No debes negar la gravedad de su estado. Está muy enfermo,
“a las puertas del Paraíso” dijo Fromestano.
Adosinda sentía un manantial de penas en sus entrañas. Desde
el suicidio de Siselda Alfonso había decaído y el estómago se le reventaba de
dolor. Hay quien esperaba que la muerte de Siselda le precipitaría hacia la
suya, cansado ya de tanto vagar en este mundo. Pero ¿quién podría afirmar eso?
Nadie puede conocer los pensamientos ajenos, sólo los supone y casi casi
siempre de modo equivocado, lo que resulta bastante lógico si se tiene en
cuenta que ni siquiera puede estar seguro de sus propios pensamientos. Alfonso
amaba a Siselda tanto como la odiaba y de igual forma fue correspondido.
Después de un incómodo silencio Silo afrontó el asunto que les había llevado
allí.
-¿Qué le dirás a Fruela sobre los felones?
-Nuestro padre nos ha puesto al corriente de la traición,
así que vendrá con alguna idea concebida.
-¿Qué le dirás tú?
-Ya veremos. No disponemos de mucho tiempo; por desgracia mi
padre...
Adosinda calló. El anunciado óbito de su padre la embargaba
de sentimientos molestos, de tormentos. La puerta se abrió y viraron la cabeza
hacia ella sobresaltados: era Fruela.
Cerró la puerta y abrazó a Silo; luego, a su hermana.
-¿Alguna novedad? –se apresuró Adosinda- ¿Cómo está nuestro
padre?
-Sufre –contestó escuetamente.
-¿Y de la conjura? –inquirió Silo.
-Todo es cierto: los galaicos han reclutado un ejército en
Galecia con la ayuda de los musulmanes, aunque de momento están atrincherados
en el oeste. Supongo que aguardan a la muerte del rey para ponerse en marcha.
-¿Y los alaveses? –se inquietó Adosinda.
-Reafirman sus defensas, si bien no se disponen a una
invasión.
-Estarán a la expectativa –mencionó Silo.
-Querrán proclamar roto el acuerdo a la muerte del rey –concluyó
Adosinda-. ¿Y los nuestros?
Fruela titubeó un instante, como si intentara recordar todo
lo que había planeado.
-Al acecho. Aguardan órdenes.
-¿Estás seguro de que nadie conoce nuestra situación? –quiso
asegurarse su hermana.
-No lo sé. Esperemos que así sea. Están acampados a una
jornada de Pontuvio, como tú has dispuesto.
-Sigo pensando que vuestros primos deberían formar parte de
nuestro plan –comentó Silo-. Los hermanos se miraron. Fruela bajó la cabeza;
Adosinda, no.
-Aurelio pretende la corona. Podría formar parte de los
conjurados.
-No hay pruebas de ello –dijo Fruela-. En la campaña de nuestro
padre se condujo con gran honor.
-Sus amistades no son las más recomendables. Dudo que
simpatice con nuestros propósitos.
-¿Y Vermudo? –preguntó Silo.
-El bueno de Vermudo –suspiró Adosinda-. Supongo que él nos
apoyaría; sí, estoy segura. Sin embargo, no está hecho para la política ni para
la guerra. Es un hombre en exceso honrado y deplora este tipo de conflictos.
Sus miras no se dirigen hacia este mundo y por nada saldría de la abadía. Su
futuro se halla en una vida dedicada a Dios, no a los hombres.
-Todo eso está muy bien –interrumpió su prometido-, pero en
cuanto a lo de Pontuvio ¿no estaremos en desventaja?
-¿A qué te refieres?
-Lamento ser yo quien lo recuerde, pero con la muerte de
Froila y con Aurelio cuando menos indeciso ¿acudirán las tropas cántabras en
nuestro auxilio? Creo sinceramente que deberíamos hablar con Vermudo o tratar
de atraernos a Aurelio con algún tipo de promesas.
-Aurelio aspira al trono –mencionó Adosinda.
-Nombrémosle sucesor de tu hermano.
-¡Sucesor mío! –exclamó indignado el príncipe heredero.
-Ésa no es una buena ida –dijo Adosinda con una tranquilidad
rayana con la insensibilidad-. Meteríamos a un enemigo más peligroso en nuestra
casa. ¿Quién nos asegura que no intentará un derrocamiento desde esa posición
tan ventajosa? No; definitivamente no es una buena idea. No obstante, podrías
servirnos de Vermudo a pesar de todo.
-En ese caso tendremos que actuar sin demora –concluyó
Fruela-. El tiempo apremia y nuestro padre agoniza.
II
El soberano de las Asturias, rey de Cantabria, Galecia y
Álava, señor de Primorias y Bardulias, conquistador y temible enemigo de los
sarracenos, Católico y noble; Alfonso agoniza en el lecho allá por el año de
setecientos noventa y cinco de la era hispánica, setecientos cincuenta y siete
desde el natalicio de Jesús, el Cristo. La espesa barba y el cabello mugriento
marcaban todavía más el demacrado rostro de la muerte. Los ojos hundidos, los
pómulos salientes, los labios secos, las mejillas hundidas, la nariz
prominente; los brazos, otrora robustos, incidían en la delgadez general. En
fin, un cuerpo flaco a cuyos pulmones costaba respirar y cuyo estómago,
lacerado por los efectos del brebaje de Siselda, se abrasaba en la consunción.
En torno al lecho fúnebre se agolpaban sus dos hijos, los
hijos de su hermano y otros principales palatinos. Allí rezaba el honorable
Fromestano, el noble Silo; incluso su hijo bastardo, Mauregato, que seguía la
rueda de los acontecimientos apartado en un rincón de la estancia sumido en
pensamientos contrarios porque, si sentía alivio y cierta alegría por el fin de
quien esclavizó a su madre, tampoco podía dejar de notar en su corazón alguna
tristeza por aquel hombre que casi le había tratado como a un hijo más. El
mutismo de Mauregato contrastaba con el sincero llanto de Adosinda, quien
adoraba a su padre y cuya faz ocultaba entre las manos sin conseguir reprimir
las lágrimas desbordadas. Fruela, por el contrario, guardaba el ardor de la
pena en sus entrañas, las piernas perdían fortaleza y una sensación enervante
le sumía en la irrealidad a tal punto que pensó que iba a perder el sentido, y
si no se dejó desmayar fue por no parecer débil a los ojos de los presentes; de
buena gana se hubiera sentado, tumbado en el suelo. Vermudo, en cambio, rezaba
con fervor devoto intentando batir la aflicción que le producía la agonía de su
tío; pedía a Dios que le elevara el alma a los cielos y le acogiera en su seno,
merecimiento por su vida dedicada a combatir la herejía y propagar la palabra
divina aunque fuera a base hierro y sangre. Aurelio, por su parte, elucubraba
sobre las posibles consecuencias del fallecimiento; conocía las maniobras de
los facciosos galaicos y vascones, y sospechaba de la respuesta de Fruela y
Adosinda; él no sabía qué partido tomar: “se sublevan para otorgarme el solio”,
pensaba, “pero si fracasan no sólo perderé la corona sino también la cabeza”.
En medio de las dudas poco le restaba meditar sobre Alfonso el Católico; su
aspecto circunspecto a los presentes les daba la impresión de verdadera
compunción por su tío.
El resto contemplaba al moribundo en silencio, con el
respeto debido a aquel hombre que tanto hizo por el reino. A la cabecera
Fromestano, en genuflexión, oraba en un murmurio alzando de vez en cuando su
mano derecha para bendecir al monarca con la señal de la cruz. Toda Onís estaba
pendiente del fatal desenlace, desde las damas de alta alcurnia hasta el más
humilde de los campesinos; es más, en la sala contigua aguardaba respetuosa una
delegación musulmana enviada por el emir en persona, Abd Al Rahman. De pronto,
aunque con trabajosa dificultad Alfonso levantó los párpados y movió los
labios.
-Fruela –suspiró.
Su hijo se inclinó y le acercó el oído.
-Precávete de los que dicen ser amigos, cuida la paz del
reino y fíate sólo de tu hermana; ella posee una mente despejada y sus consejos
te servirán de mucho. Vive con tu pueblo y no descuides los deberes para con
Nuestro Señor, que él te bendiga.
Alfonso dio por finalizado el excurso y luego pronunció el
hombre de su hija. Adosinda se le acercó sosegando los zollipos.
-Amada hija; tú fuiste para mí inspiración y apoyo. Cásate
con Silo, es un buen muchacho aunque algo zote, y ayuda a tu hermano a
consolidarse en el trono. Si por algo lamento abandonar este mundo es por no
volver a verte.
Adosinda rompió a llorar y besó a su padre en la frente. el
rey cerró los ojos y se relajó. Todavía vivió unas horas al cabo de las cuales
crispó los músculos y dejó de respirar. Las campanas doblaron por toda
Primorias llevando en su lúgubre tañido la muerte de un rey, y todas las
Asturias se llenaron de luto.
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