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miércoles, 30 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo ocho)

I

Cerca de la Cova Dominica, en una ermita hecha construir por el rey Alfonso, el noble Silo, convertido en todo un cortesano aunque de cortas miras, conversaba con Adosinda. La muchacha había heredado la majestad de su abuelo Pelayo, la visión política de su otro abuelo el duque Pedro, la docilidad de su madre Ermesinda, el buen entendimiento de su tía Froiliuba y la capacidad de gobierno de su padre Alfonso. En definitiva, era una mujer ante la que nadie podía permanecer impasible, pues si no sucumbían ante su compostura se rendían ante la belleza de su rostro perfumado por el regio gesto y las facciones de una Afrodita esculpida en mármol. En cambio, su prometido, Silo, carecía de fuertes convicciones, sino eran las que dominaban en su corazón, que estaba perdidamente enamorado de ella. Se plegaba a sus deseos como un cordero se pliega al ladrido de su perro, sucumbía a las caricias que le prodigaba sin osar replicar incluso cuando disentía de sus opiniones.

-No me gusta la mirada de Mauregato –decía Adosinda-. Sus ojos están vacíos, desprovistos de pasión, y eso es lo más peligroso.

-Se comporta como un buen cristiano e intenta aprender nuestros usos y costumbres.

-No te fíes de los lobos vestidos de ovejas, querido. Guarda muy bien sus intenciones y se mezcla con unos y otros en igual medida sin importarle las tendencias. No me gusta nada, Silo; nada en absoluto.

Silo no llegaba a comprender que un bastardo sin ascendiente en la Corte pudiera provocar tanta preocupación; “sólo es un crío”, pensaba.

-Tal vez se muestre un tanto arisco debido al modo en que su madre se quitó la vida. Eso siempre impresiona a un chiquillo.

-Por eso mismo. Es probable que culpe a mi padre de ese acto desesperado.

-Se comporta con él de manera piadosa.

-Pero no da muestras de cariño filial; sólo le atiende como a un maestro, y eso me da miedo.

-¿Qué puede hacer, si fuera como dices?

-No lo sé. No lo sé.

Adosinda paseaba nerviosa frotándose las manos por ahuyentar el frío de la mañana en tanto Silo volvía una y otra vez hacia la entrada ya que se habían citado con Fruela allí mismo y tardaba en llegar.

-¿Qué le habrá retenido? –preguntaba nervioso sin esperar una respuesta- ¿Le habrá sucedido algo a tu padre y por eso se retrasa?

-¡Ni lo pienses!

-No debes negar la gravedad de su estado. Está muy enfermo, “a las puertas del Paraíso” dijo Fromestano.

Adosinda sentía un manantial de penas en sus entrañas. Desde el suicidio de Siselda Alfonso había decaído y el estómago se le reventaba de dolor. Hay quien esperaba que la muerte de Siselda le precipitaría hacia la suya, cansado ya de tanto vagar en este mundo. Pero ¿quién podría afirmar eso? Nadie puede conocer los pensamientos ajenos, sólo los supone y casi casi siempre de modo equivocado, lo que resulta bastante lógico si se tiene en cuenta que ni siquiera puede estar seguro de sus propios pensamientos. Alfonso amaba a Siselda tanto como la odiaba y de igual forma fue correspondido. Después de un incómodo silencio Silo afrontó el asunto que les había llevado allí.

-¿Qué le dirás a Fruela sobre los felones?

-Nuestro padre nos ha puesto al corriente de la traición, así que vendrá con alguna idea concebida.

-¿Qué le dirás tú?

-Ya veremos. No disponemos de mucho tiempo; por desgracia mi padre...

Adosinda calló. El anunciado óbito de su padre la embargaba de sentimientos molestos, de tormentos. La puerta se abrió y viraron la cabeza hacia ella sobresaltados: era Fruela.  Cerró la puerta y abrazó a Silo; luego, a su hermana.

-¿Alguna novedad? –se apresuró Adosinda- ¿Cómo está nuestro padre?

-Sufre –contestó escuetamente.

-¿Y de la conjura? –inquirió Silo.

-Todo es cierto: los galaicos han reclutado un ejército en Galecia con la ayuda de los musulmanes, aunque de momento están atrincherados en el oeste. Supongo que aguardan a la muerte del rey para ponerse en marcha.

-¿Y los alaveses? –se inquietó Adosinda.

-Reafirman sus defensas, si bien no se disponen a una invasión.

-Estarán a la expectativa –mencionó Silo.

-Querrán proclamar roto el acuerdo a la muerte del rey –concluyó Adosinda-. ¿Y los nuestros?

Fruela titubeó un instante, como si intentara recordar todo lo que había planeado.

-Al acecho. Aguardan órdenes.

-¿Estás seguro de que nadie conoce nuestra situación? –quiso asegurarse su hermana.

-No lo sé. Esperemos que así sea. Están acampados a una jornada de Pontuvio, como tú has dispuesto.

-Sigo pensando que vuestros primos deberían formar parte de nuestro plan –comentó Silo-. Los hermanos se miraron. Fruela bajó la cabeza; Adosinda, no.

-Aurelio pretende la corona. Podría formar parte de los conjurados.

-No hay pruebas de ello –dijo Fruela-. En la campaña de nuestro padre se condujo con gran honor.

-Sus amistades no son las más recomendables. Dudo que simpatice con nuestros propósitos.

-¿Y Vermudo? –preguntó Silo.

-El bueno de Vermudo –suspiró Adosinda-. Supongo que él nos apoyaría; sí, estoy segura. Sin embargo, no está hecho para la política ni para la guerra. Es un hombre en exceso honrado y deplora este tipo de conflictos. Sus miras no se dirigen hacia este mundo y por nada saldría de la abadía. Su futuro se halla en una vida dedicada a Dios, no a los hombres.

-Todo eso está muy bien –interrumpió su prometido-, pero en cuanto a lo de Pontuvio ¿no estaremos en desventaja?

-¿A qué te refieres?

-Lamento ser yo quien lo recuerde, pero con la muerte de Froila y con Aurelio cuando menos indeciso ¿acudirán las tropas cántabras en nuestro auxilio? Creo sinceramente que deberíamos hablar con Vermudo o tratar de atraernos a Aurelio con algún tipo de promesas.

-Aurelio aspira al trono –mencionó Adosinda.

-Nombrémosle sucesor de tu hermano.

-¡Sucesor mío! –exclamó indignado el príncipe heredero.

-Ésa no es una buena ida –dijo Adosinda con una tranquilidad rayana con la insensibilidad-. Meteríamos a un enemigo más peligroso en nuestra casa. ¿Quién nos asegura que no intentará un derrocamiento desde esa posición tan ventajosa? No; definitivamente no es una buena idea. No obstante, podrías servirnos de Vermudo a pesar de todo.

-En ese caso tendremos que actuar sin demora –concluyó Fruela-. El tiempo apremia y nuestro padre agoniza.

II

El soberano de las Asturias, rey de Cantabria, Galecia y Álava, señor de Primorias y Bardulias, conquistador y temible enemigo de los sarracenos, Católico y noble; Alfonso agoniza en el lecho allá por el año de setecientos noventa y cinco de la era hispánica, setecientos cincuenta y siete desde el natalicio de Jesús, el Cristo. La espesa barba y el cabello mugriento marcaban todavía más el demacrado rostro de la muerte. Los ojos hundidos, los pómulos salientes, los labios secos, las mejillas hundidas, la nariz prominente; los brazos, otrora robustos, incidían en la delgadez general. En fin, un cuerpo flaco a cuyos pulmones costaba respirar y cuyo estómago, lacerado por los efectos del brebaje de Siselda, se abrasaba en la consunción.

En torno al lecho fúnebre se agolpaban sus dos hijos, los hijos de su hermano y otros principales palatinos. Allí rezaba el honorable Fromestano, el noble Silo; incluso su hijo bastardo, Mauregato, que seguía la rueda de los acontecimientos apartado en un rincón de la estancia sumido en pensamientos contrarios porque, si sentía alivio y cierta alegría por el fin de quien esclavizó a su madre, tampoco podía dejar de notar en su corazón alguna tristeza por aquel hombre que casi le había tratado como a un hijo más. El mutismo de Mauregato contrastaba con el sincero llanto de Adosinda, quien adoraba a su padre y cuya faz ocultaba entre las manos sin conseguir reprimir las lágrimas desbordadas. Fruela, por el contrario, guardaba el ardor de la pena en sus entrañas, las piernas perdían fortaleza y una sensación enervante le sumía en la irrealidad a tal punto que pensó que iba a perder el sentido, y si no se dejó desmayar fue por no parecer débil a los ojos de los presentes; de buena gana se hubiera sentado, tumbado en el suelo. Vermudo, en cambio, rezaba con fervor devoto intentando batir la aflicción que le producía la agonía de su tío; pedía a Dios que le elevara el alma a los cielos y le acogiera en su seno, merecimiento por su vida dedicada a combatir la herejía y propagar la palabra divina aunque fuera a base hierro y sangre. Aurelio, por su parte, elucubraba sobre las posibles consecuencias del fallecimiento; conocía las maniobras de los facciosos galaicos y vascones, y sospechaba de la respuesta de Fruela y Adosinda; él no sabía qué partido tomar: “se sublevan para otorgarme el solio”, pensaba, “pero si fracasan no sólo perderé la corona sino también la cabeza”. En medio de las dudas poco le restaba meditar sobre Alfonso el Católico; su aspecto circunspecto a los presentes les daba la impresión de verdadera compunción por su tío.

El resto contemplaba al moribundo en silencio, con el respeto debido a aquel hombre que tanto hizo por el reino. A la cabecera Fromestano, en genuflexión, oraba en un murmurio alzando de vez en cuando su mano derecha para bendecir al monarca con la señal de la cruz. Toda Onís estaba pendiente del fatal desenlace, desde las damas de alta alcurnia hasta el más humilde de los campesinos; es más, en la sala contigua aguardaba respetuosa una delegación musulmana enviada por el emir en persona, Abd Al Rahman. De pronto, aunque con trabajosa dificultad Alfonso levantó los párpados y movió los labios.

-Fruela –suspiró.

Su hijo se inclinó y le acercó el oído.

-Precávete de los que dicen ser amigos, cuida la paz del reino y fíate sólo de tu hermana; ella posee una mente despejada y sus consejos te servirán de mucho. Vive con tu pueblo y no descuides los deberes para con Nuestro Señor, que él te bendiga.

Alfonso dio por finalizado el excurso y luego pronunció el hombre de su hija. Adosinda se le acercó sosegando los zollipos.

-Amada hija; tú fuiste para mí inspiración y apoyo. Cásate con Silo, es un buen muchacho aunque algo zote, y ayuda a tu hermano a consolidarse en el trono. Si por algo lamento abandonar este mundo es por no volver a verte.


Adosinda rompió a llorar y besó a su padre en la frente. el rey cerró los ojos y se relajó. Todavía vivió unas horas al cabo de las cuales crispó los músculos y dejó de respirar. Las campanas doblaron por toda Primorias llevando en su lúgubre tañido la muerte de un rey, y todas las Asturias se llenaron de luto.

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