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lunes, 21 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo cinco)

I

Onís se quedaba pequeña para la afluencia continua de emigrantes, incluso Primorias en sus zonas menos severas se vio inundada de gentes venidas del sur huyendo de las presiones fiscales a que eran sometidas. Además, ideas nuevas penetraban en territorio del emirato, sobremanera las procedentes del Mogreb africano en donde los bereberes se sublevaron bajo el mando de Maysara contra el emir Al Qatan. Estos guerreros africanos suponían un peligro para Córdoba mucho mayor que los insurrectos del norte, mayor que los inconformistas de Toledo o que los galos sureños. Así pues, Al Qatan suspendió las expediciones contra Europa y las expediciones contra Primorias, Álava y Galecia. Los esfuerzos debían ser dirigidos a aplastar esa inminente espada de Damocles que se alzaba en las manos de Maysara. A tal fin Al Qatan había hecho descender las tropas hacia Al Andalus dejando desguarnecidas las líneas fronterizas de la Cordillera Cantábrica, oportunidad ésta que el rey Católico, aconsejado por los nobles cántabros y astures, tomó en provecho para fortalecer su posición en el naciente reino astur.

En pocos meses forjó un ejército enfebrecido, al frente del cual se puso llevando consigo a su hijo Fruela, que contaba entonces con diez y ocho años de edad, a su hermano Froila y al primogénito de éste, Aurelio. Mientras Alfonso aguardaba en Onís las tropas de Froila, que habían de llegar desde Cantabria, Froila dejaba a su otro hijo, Vermudo, en la cuna, en el ducado, despidiéndose de él con un beso lánguido y una mirada esperanzadora. La madre del pequeño había hecho acopio de fuerzas y se mantenía ajena a la escena sin derramar una sola lágrima, si bien tensaba el rostro a punto de reventar en un torbellino de lamentos, pues que era la primera vez que su amado Aruelio se alejaba de ella por un tiempo tan largo ¡y a la guerra!

-No sé por qué tienes que llevártelo –le reprochó a su marido al salir del cuarto, al tiempo que cogía a Aurelio de un brazo-. Todavía es muy joven para empuñar las armas en una batalla.

-Tiene casi la misma edad que su primo Fruela –le respondió.

-¡Allá Fruela con su padre! Esto no es Primorias.

-Mi hermano me necesita. Además, le he jurado obediencia como nuevo rey de la cristiandad.

-Pues sele fiel, pero no entregues a nuestro hijo –le recriminó-. Sabes bien que si pierdo a Aurelio no podré sobrellevarlo, no podré soportar que...

No acabó la frase; sólo con pensar en un desenlace fatal la angustia ahogaba las palabras, las revolvía en las entrañas hasta macerar en ellas la depresión de la muerte, del vacío.

-No te angusties, madre –dijo el muchacho poniendo el brazo sobre los hombros de la madre-. Volveré a tu lado sano y salvo.

-Dios te oiga, hijo mío.

La pobre mujer estrechó en sus brazos al hijo como si aquélla fuera la última vez. No cejó en su empeño por disuadir a Froila, incluso cuando éste ya montaba sobre el caballo.

-Los alaveses se han negado a apoyarlo en esta campaña, haz tú lo mismo.

-Los alaveses no son mi hermano.

Días después las huestes de Alfonso y Froila se dispusieron a partir hacia Galecia, dado que allí nobles cristianos se habían aliado a los extranjeros de la media luna. Los que persistían en su lealtad al reino atur eran insuficientes para enfrentarse a ellos, así que aguardaban al rey en la frontera. Luco Augusti sería la primera plaza a la que asediar y sus huéspedes prepararon la defensa.

-Si cae el resto no se opondrá –afirmaba Alfonso en la despedida de su cuñada Froiliuba-. Entre tanto, a tu cuidado queda Adosinda, la ciudad y el reino mismo.

Después se arrodilló frente a la pequeña, que observaba a su padre con los ojos de par en par, como dos ventanas abiertas al firmamento por las que refulgían dos soles intensos.

-Cariño, tu padre se va un tiempo.

Abrió los brazos y Adosinda se dejó caer hacia ellos para refugiarse en el pecho paterno. Rodeó el cuello del monarca con sus bracitos y apretó éstos con todas sus fuerzas, aplastada la carita contra la barba de Alfonso. Luego, el padre la alzó del suelo; con ella en el regazo se aproximó a la ventana y le señaló las cumbres de la cordillera.

-Allí arriba –le dijo con voz melosa- vela por nosotros Nuestra Señora la Virgen María, a quien tu abuelo Pelayo consagró la cueva en que habita; por eso la Virgen María cuidará de ti y te guardará de todo mal. Rézale a ella por tu hermano Fruela y por mí, y no olvides rezar también por tu querida madre Ermesinda, que te dio la vida. ¿Lo harás? –y ella afirmó con la cabeza de forma contundente.

Alfonso la besó en la frente, en los ojos, en las mejillas. Cuando la devolvió al suelo, Fruela se arrodilló a su lado, la abrazó, le dio tantos besos como había dado su padre y se alejó de ella. Froiliuba cogió su manita y las dos de pie vieron cómo marido, padre, hijo y hermano partían a la cabeza de las tropas, flanqueados por su tío Froila y su primo Aurelio. La emoción de la despedida embargó el alma de Froiliuba; por las mejillas arrollaron sendas lágrimas. Adosinda levantó la vista hacia su tía y se la quedó mirando.

-¿Por qué lloras, tita? –preguntó su vocecita.

-No es nada, cariño; no es nada.

Pronto las tropas se perdieron en lontananza dejando detrás suyo una alta humareda que cubría de polvo el paisaje de Primorias.

II

El alto torreón flameaba con las enseñas izadas al viento. Las murallas de la plaza fuerte se recortaban contra el cielo en el altozano, sobre el cual un ingente número de arqueros se desplazaban nerviosos ante la presencia del ejército sitiador. Por allí encima sobresalían los yelmos de los defensores, entre los que de vez en cuando asomaba el turbante de algún sarraceno. Parecía un muro inexpugnable, rodeado por un foso hediondo sobre el que un puente elevadizo tragaba inmisericorde una barahúnda de refugiados que huían de las huestes del Católico. Cuando ya hubo traspasado la puerta el postrero de ellos, el puente se cerró con pesadez como una monstruosa boca de dragón con dientes afilados.

Las tropas astures se desplegaron delante del campamento: incontables tiendas en desorden, tras las cuales se había habilitado un terreno para las caballerizas y los carromatos con las provisiones. Mientras Alfonso se afanaba en afirmar el sitio con empalizadas y garitas, Froila se encargaba de dirigir los trabajos pesados para construir las máquinas de asalto cortando árboles y preparando escalas, arietes, manteletes y diversos utensilios. Al cargo de Aurelio había quedado la vigilancia de los animales, caballos y mulas, así como de la intendencia: distribución de las víveres y de las armas y la cocina. Fruela controlaba el adiestramiento y ejercicio de los ociosos, al igual que el adecentamiento de los aposentos de campaña.

Así transcurrieron los días. Los alimentos eran recogidos en las huertas de las villas del entorno, entre los que se contaban frutas y verduras; los ríos servían el pescado y las granjas proporcionaban alguna res que su dueño entregaba a regañadientes, coaccionado por la punta de alguna espada.

Desde las almenas los vigías atisbaban las fogatas que iluminaban las oscuras noches, esparcidas aquéllas por todos lados. Durante el día miraban con inquietud cómo se iban levantando las torres, cómo los soldados practicaban la lucha cuerpo a cuerpo, cómo enormes troncos eran convertidos en arietes.

El amanecer del decimoséptimo día tronó apenas se divisaron los primeros rayos del sol. Un estruendo ominoso emergió de lo más profundo de la tierra, tembló el aire, todo el contorno se estremeció con el bramido de los asaltantes. Gritos, voces, atabales retumbando por doquier, ruidos ensordecedores de armaduras, espadas golpeando contra las escudos; los chirridos de las máquinas de guerra cegaban la visión; el crepitar de las antorchas listas para prender las saetas amenazaban con incendiar todo el maderamen. A la distancia adecuada los arqueros dispararon una primera ráfaga; luego, otra. En ninguna de las dos ocasiones hubo respuesta. Al poco los manteletes, arrastrados por los soldados a resguardo, comenzaron a sufrir los envites de los defensores: cientos de flechas encendidas llovían desde detrás de las murallas. De inmediato Alfonso dio la orden de asalto con todo y una muchedumbre de guerreros, como un cardumen de peces en alta mar cuya multitud produce de una gran mancha en la superficie del agua, inundó el campo de batalla. Las armas arrojadizas iban y venían clavándose ora en terreno yerto ora en un escudo ora en un pecho, en una cabeza, en un muslo.

Un grupo de asaltantes consiguió, a pesar de las bajas, arrojar por encima del foso una especie de puente con el que salvar el obstáculo; por él se impelieron las primeras avanzadillas y poco a poco todo el foso se llenó de puentes. Los que se acercaban hasta los muros padecían el ardor del aceite hirviendo que se desplomaba de los grandes calderos sin que pudiesen llegar a tirar las escalas. Algunos manteletes habían conseguido su objetivo y a través de ellos hubo quienes alcanzaron la cima de las murallas, donde se entabló la lucha.

Abajo el fuego desprendido de las flechas incendiarias, clavadas en la puerta este, se propagó, pudrió la madera y los golpes de un ariete abrieron brecha; otro ariete derribó parte del muro sur. Por las dos aberturas entraba la infantería hasta que un pelotón logró cortar las cuerdas de la puerta norte y el puente cayó: por ahí entró parte de la caballería, la que estaba bajo los pendones de Froila, y el resto de la infantería.

A media tarde la batalla se entabló por el interior de la fortaleza. Los asaltantes arrasaban a la cada vez más debilitada guarnición. Muertos, heridos o vencidos, los defensores mermaban. Desde el campamento astur los que se habían quedado alzaban los vítores de júbilo hacia el cielo, reían descontrolados, se ponían a danzar. La confianza en el triunfo les hizo desprenderse de los nervios que les habían atenazado durante toda la jornada. Sólo un muchacho, un aspirante a soldado, un aprendiz en las caballerizas; sólo un mozalbete de pelo revuelto, desharrapado, manos callosas, mirada glacial, que no se procuraba amistades, comía en soledad y desconfiaba hasta de sus compañeros; sólo él masticaba indiferencia entre sus dientes, pues Vímara, aquel hijo bastardo de Favila, tenía asumido que la estirpe real no era sino una parte de su malvado padre: “Algún día”, pensaba, “algún día, lo juro, vengaré a mi madre”. Sentía más odio por su propio rey que por aquellos desgraciados galaicos, quienes, desamparados por el ejército cordobés, eran exterminados por el rey Católico.

III
En poco tiempo la rendición fue sin condiciones. Los vencedores se dieron al pillaje, al abuso, desbordados los nervios. Hubo mujeres violadas, prisioneros ejecutados, tenderetes volcados; los aposentos desolados, inundadas las casas, destrozadas las viviendas, los víveres arrasados. El propio Alfonso eufórico por la victoria tomó a una joven concubina musulmana de extraordinaria belleza, piel de alabastro, ojos abisales.

La mirada encendida del rey escudriñaba por los pasillos algún enemigo en quien hincar la espada, ojos de volcán en erupción. Le seguía un grupo de soldados a modo de guardia. Revisaba cada estancia y no la abandonaba hasta asegurarse de que no había nadie. De pronto encontró una puerta aherrojada; la echó abajo sin miramientos y entró en la habitación espada en mano, mirada alocada, cubierto todo él de sangre y polvo. Siselda, que así se llamaba la joven, corrió asustada a un rincón, aturdida por el escándalo, impresionada por el monarca furioso.

-Dejadnos a solas –vociferó Alfonso.

El corazón le latía en las sienes a punto de estallarle. Algo le empujaba a cometer atrocidades, un odio guardado durante mucho tiempo, reprimido por los años de paz en que veía a los cristianos confraternizar con los salvajes musulmanes. Corrió hacia ella, quiso atraparla; ella se le escurría de entre las manos hasta que, al fin, él la agarró con fiereza, casi con aversión.

-¡Puerca infiel! –le gritó-. Arderás en el Infierno y allí llevarás mi recuerdo.

La desnudó rompiéndole la túnica, la tumbó en el suelo y sobre ella acometió con todo su furor no para fruirse en la concubina, sino para aclararle que era el vencedor. Siselda intentó zafarse, pero Alfonso apretó el puño y lo estampó en su cara quebrándole la mandíbula. Aun así, la joven se repuso, se deslizaba de los brazos del captor... pero éste le agarró el cabello y tiró de él; un mechón de pelo azabache se desgarró al tiempo que Siselda gritaba de incontenible dolor. El rey sujetó su cabeza entre las manos, mas al removerse la rea arrancó un pendiente rasgando el lóbulo de la oreja. Todavía Siselda se revolvió como fiera acosada por los canes; mas, finalmente, hubo de ceder. El metal de la armadura del Católico se le hundía en la piel y las estrías penetraron en la carne, aplastados los senos bajo el oneroso peso del hierro. No se apiadó de sus lloros, de su jerga incomprensible, de su cuerpo convulso que acabó llagado por dentro y por fuera. En torno de ellos las llamas corrompían el cuarto y un fuerte olor a quemado saturaba el aire de por sí viciado por el humo.

Cuando acabó, Alfonso se sentó agotado junto a la muchacha. Permaneció en silencio unos instantes en tanto se reponía de la violencia. Luego, se levantó; fue entonces cuando se dio cuenta de que el cuarto estaba consumiéndose por las llamas, aunque el fuego disminuía. Mientras arreglaba las ropas y componía la armadura, Siselda yacía hecha un ovillo gimoteando, pronunciando entre zollipos lamentos de infamia. El rey se la quedó mirando: de la verija emergía la rubra sangre, sin duda de los hematomas por el acto sexual; en una de sus piernas un trozo de piel había dejado descarnada una parte; la cara, oculta entre las manos, se adivinaba amoratada, más aún, puesto que entre los dedos surgía un líquido mezcla de crúor, lágrimas y sudor; toda ella renegrida. El soberano astur calmó las erinias y un gusano taladró la madriguera del remordimiento. Cogió una tela quemada a medias y se la arrojó encima. Esperó de pie a su lado hasta que uno de los soldados entró.

-Cuida de esta mujer –ordenó.

-¿Y qué hago con ella? –susurró el sorprendido infante.

-Que le sanen las heridas, que la adecenten y que la instalen en mi tienda hasta que vea qué hago con ella.

Mientras tanto sucedía esto, el joven Fruela erraba horrorizado de un lado a otro de la ciudadela. Sólo divisaba crímenes y abusos execrables, muchos de ellos en nombre del rey de Primorias y otros, no pocos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Deploraba contemplar cómo hombres de fe luchaban entre sí por un trozo de tierra, cómo los ganadores se ensañaban con las inermes víctimas sometiéndolas a vejaciones infames. Incluso llegó a maldecir a su padre que en plena demencia de ebriedad por el triunfo buscaba afanosamente un botín del que adueñarse.


Fruela lloraba mientras iba esquivando a su paso los cadáveres que sembraban el patio de armas o los arrabales o las escaleras. En un arrebato arrojó lejos de sí la espada y echó a correr fuera del recinto amurallado; pero allí también topó con los muertos de su ejército. Siguió corriendo con el alma en vilo sin cerciorarse del rumbo con el único propósito de dejar atrás el dantesco espectáculo de oprobio, hasta que halló un claro incólume. No resistió las arcadas y devolvió a la tierra cuanto sus entrañas retenían del alimento diurno, incluida la bilis, ahíto por los vómitos de sangre.

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