Los años transcurrieron desde aquel aciago día sin tener más
noticias de Munuza. Algunos afirmaban que había encontrado el fatal velo del
destino en tierras de la meseta; otros se inclinaban por una vida regalada en
la corte de Anbasah. El anciano valí de Gigia había salido de la historia de
Asturias para siempre, y Pelayo entraba en la leyenda. Reorganizó el territorio
conquistado y firmó un pacto con el delegado enemigo por el bien de una
convivencia pacífica.
-El diablo vestido de moro tiene sus propios demonios en
casa –comentaba Alfonso a su querida Ermesinda en la alcoba de su casa
cántabra-. Tu padre y tu hermano se han conformado con el señorío que tanto
sufrimiento ha costado –Ermesinda escuchaba atenta las quejas de su marido-.
Dos encuentros armados les han agotado. Debieran aprovechar ahora y expulsar a
los invasores, entretenidos como están en la Galia. Pero, no; prefieren pactar
con Satanás y establecerse cómodamente en Onís.
La fogosidad del joven Alfonso hacía sonreír a Ermesinda,
que le veía como a un nuevo Alejandro sujeto a las riendas de Pelayo. La hija
del caudillo astur estaba más preocupada en la educación de su hijo Fruela y en
cuidar del nuevo vástago que crecía dentro suyo, pues llevaba en su seno la
semilla de Alfonso por segunda vez. Cuatro largos años habían transcurrido y
Olalíes sonaba muy lejano, como una pesadilla que se recuerda entre brumas
apenas se despierta del sueño. El emirato cordobés había perdido su cabeza
visible: Anbasah, se comentaba, había sido asesinado mientras dormía.
Los días se sucedían sin interrupción proporcionando a
Pelayo la posibilidad de enriquecer las arcas del condado, aunque una sombra le
rondaba sus pensamientos: Favila. El carácter de su hijo se volvía más hosco,
intratable. A menudo se ausentaba durante varias jornadas, al cabo de las
cuales aparecía demacrado, cubierto de rasguños, la ropa en jirones. Por
temporadas la delgadez, ya enjuto por naturaleza, le daba un aspecto
cadavérico. Nadie osaba replicar sus desmanes por miedo a su irascibilidad; a
todo el mundo trataba por igual: abusivamente. Tampoco Froiliuba se atrevía a
interrumpir su soledad; Froiliuba, vivía como repudiada por su marido con la
única compañía de sus doncellas. Ni siquiera el día en que Gaudiosa fue
enterrada se mitigó la conducta desordenada de Favila. Estuvo bebiendo desde la
primera hora, y en medio de la ceremonia proclamó santa a la difunta, subido al
caballo, con la espada en alto; luego, completamente beodo, se desplomó al
suelo, se ovilló y los ronquidos irreverentes inundaron el recinto sagrado.
Los nobles veían con cierto recelo la evolución de quien
estaba destinado a heredar el mando, si el destino no se torcía, pues ya Pelayo
instruía en esa dirección. Por tal motivo no faltaban quienes se arrimaban a su
cuñado Alfonso buscando protección o, los más osados, quienes aconsejaban a
Pelayo un cambio de política con respecto a la sucesión, instigando con el
cántabro a que tomara las riendas del gobierno. Pero el caudillo astur sentía
una innegable compasión por su hijo y no accedía a las propuestas que se le
planteaban.
La melancolía roía sus pensamientos. Taciturno por momentos,
gastaba largas horas sentado a la orilla del Saelia, donde depositaba sus
fantasías, que las aguas llevaban a morir al mar. A veces dibujaba en la
corriente el rostro de su difunta Gaudiosa y se le escapaba la sonrisa. Cuando
el deber le obligaba se enfrascaba en los documentos que los escribas le
presentaban, corregía lo que juzgaba equívoco y estampaba el sello en ellos. En
aquella época disfrutó de unos días de sosiego, casi de felicidad. Su hija
Ermesinda lo visitó. El abuelo rejuvenecía con el nieto, lo mimaba prodigándole
todo tipo de carantoñas, regalos y atenciones. Tal era su devoción que Alfonso
protestaba de continuo a su mujer.
-Lo está echando a perder con tanta zalamería.
Ermesinda sonreía, le acariciaba el rostro como para
consolarlo y le hablaba con dulzura.
-Mi padre ya es mayor, dentro de unos años el niño tal vez
se quede sin abuelo, como se quedó sin tu padre, que en la gloria del Señor
esté.
La voz dulce de su esposa le calmaba, era un remedio infalible
contra la exasperación y ella lo sabía.
-Algún día heredará estas tierras, también las de Cantabria.
Las palabras le salían sin mucha convicción. Froila, el
hermano mayor de Alfonso, regía en aquella región y, si bien aún no tenía
descendencia, todavía era joven para ello. Además, nunca había prestado ayuda
ni atención a lo que ocurría más allá de los límites de su ducado. Alfonso,
visiblemente azorado, procuraba no alzar la voz ni violentar en demasía a su
esposa; cada vez que sentía emerger el calor de la irritación, acariciaba con
la mano el vientre abultado de Ermesinda y el calorcillo desaparecía. En esa
ocasión el bebé dio una patadita y Alfonso retiró la mano como asustado.
-Parece que se incomoda –se excusó sonriente Ermesinda palpándose
el vientre; luego, añadía-. Su futuro está en Primorias, al lado de su hermano
mayor.
-¿Primorias? Sólo es un sueño inconcluso. En cuanto tu padre
muera, Dios no lo quiera por muchos años, tu hermano lo echará todo a perder.
-Por eso debes estar a su lado, para guiarlo. Tienes que
conservar estas tierras para nuestro hijo.
-Eso si tu padre no derrocha lo conseguido. Tras el
fallecimiento de Gaudiosa extravía la razón con excesiva frecuencia.
-Supongo que el tiempo lo curará, lo cura todo. Ten
paciencia. Mi padre es un hombre juicioso, tú lo conoces bien.
-¿Por ese juicio que dices va a entregarlo todo al inútil de
tu hermano?
-Favila cambiará. No tiene descendencia, por eso se comporta
así; pero en cuanto tengo bajo su responsabilidad a tantas personas pendientes
de él, se tornará sensato. Y, si no, ya sabes: tú serás su sostén. La familias
es lo primero; si no nos apoyamos entre nosotros, ¿quién lo hará?
Y con un “no discutamos más; vayamos al lecho”, la plática
quedó zanjada. Fue esta conversación la que Alfonso recordará pronto como la
más querida, porque habrá de ser la última. Poco después de su regreso a
Cantabria, a pesar de los insistentes ruegos de su padre para que permanecieran
en Onís y allí mismo diera a luz, un nuevo golpe vino a lacerar las heridas del
viejo guerrero, pues al comportamiento de Favila y a la muerte de su mujer
Gaudiosa, se le unía ahora el óbito de su hija Ermesinda, que cerró sus ojos
para no abrirlos más a consecuencia de un parto doloroso y malhadado. La
criatura, a quien pusieron por nombre Adosinda, nacía bajo lúgubres auspicios.
Como el aciago acontecimiento había tenido lugar en
Cantabria, Favila arremetió contra su cuñado, acusándolo de ser la causa de la
muerte. Achacaba a la familia cántabra todos los males de su hermana y los
acusaba de descuidar su salud. Pelayo nada objetaba. Se encerró durante semanas
en su residencia y no salió ni una sola vez durante este tiempo. El corazón
belicoso del anciano había recibido demasiados castigos como para reponerse de
aquella nueva fatalidad. El ánimo se le enturbiaba y algunas noches los criados
le oían conversar solo.
-Cree que habla con Gaudiosa –rumoreaban.
El propio Favila daba pábulo a esos comentarios y se jactaba
de que no tardaría en hacerse con el mando de la hacienda paterna. Los
partidarios de Alfonso rezaban porque Pelayo se arrepintiera en su última hora
y desheredase al hijo perdido, mientras que los partidarios de éste rezaban
porque su mente se volviera cuerda para cumplir los designios de dios.
Y llegó el día señalado para que abandonase este mundo.
Pelayo yacía en la cama. Respiraba con suma dificultad, motivo por el que un
silbido tétrico manaba de la garganta, agorera imagen de la muerte. Incapaz de
levantar los párpados, oía cómo a su alrededor todos se afanaban por retener su
alma cansina, pero él ya no deseaba más que transitar al lado de Gaudiosa,
estrecharla en los brazos y arrancarle de sus labios un beso de eternidad.
Agonizó durante tres días y al cabo, después de recibir la despedida de su
único hijo con vida y de su nieto Fruela, puso su espíritu en manos del Más
Allá. Al sepelio acudieron para presentar sus respetos una buena representación
de la nobleza galaica y de la alavesa, amén de la cántabra y de la astur. Fue
sepultado al lado de la amada Gaudiosa en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia.
Ese día Favila no probó una gota de alcohol, se comportó con
la dignidad que le correspondía, hasta llegó a impresionar a los visitantes,
que sólo le conocían de oídas. En la soledad de su cuarto vertió lágrimas por
su padre y oró por su alma con una devoción inusual en él. Durante los días que
siguieron dio la impresión de que habría de ser un gran caudillo, como lo fuera
su padre. Sólo una espina permanecía clavada, odiaba a sus sobrinos: a Fruela,
por estar llamado a ser su sucesor; a Adosinda, por culparla de la muerte de
Ermesinda. Mas todas las halagüeñas perspectivas resultaron una ilusión, porque
un mes más tarde Favila volvía por sus fueros.
Una noche bebió más de lo que había cenado y los humores
nublaron su entendimiento, así que animado por la alegría etílica resolvió
salir de las dependencias y enfrascarse en una juerga con algunos de sus
amigos. Obligaron al dueño de una taberna a abrir el local y entraron en él
exigiendo que se les ofreciesen de beber. Tenía el tabernero una hija no muy
hermosa, por decirlo así, prometida en matrimonio con un herrero vecino suyo.
Apenas la vieron, cuando se asomó a curiosear a tan insignes clientes, la persiguieron
hasta su habitación. Favila, que se topó la puerta atrancada, la derribó de un
fuerte golpe desoyendo las súplicas del padre y de la hija. Allí mismo y en
presencia del tabernero la desnudaron y la violaron uno a uno sumergidos en
escandalosas risotadas.
Pocos días después el tabernero apareció ahorcada en su
habitación. En cuanto a la muchacha, llevó en su vientre durante nueve meses la
semilla penosa de Favila, mas ocultó su estado en la vergüenza de ser señalada
por el dedo acusador de las gentes, para lo cual hubo de romper su compromiso
con el herrero, a quien no ofreció explicación alguna. Mudó de pueblo,
subsistió a duras penas en los trabajos más arduos y serviles; su existencia se
llenó de manos llagadas, pies hinchados, piel purulenta. Cuando le fue
imposible mantener en secreto el embarazo, se adueñó de una cabaña medio
derruida y allí dio a luz a un varón. Todavía vivirá unos años, bajo cuyo
cuidado su hijo Vímara aprenderá a endurecerse. Esquelética ella, flaco él,
ambos engañaban al hambre un día sí y otro también mendigando por los pueblos
con la esperanza de que una pronta muerte pusiera fin a sus penurias. Y al cabo
de diez años un golpe fortuito del destino hará que Vímara entre a formar parte
de las tropas cristianas. Madre e hijo se despedirán en un abrazo eterno, pues
los dos sabrán que no habrán de verse más.
-No olvides nunca –le dirá la progenitora- quién es tu padre
y cómo te engendró.
-No lo olvidaré nunca, madre –le responderá.
A la semana siguiente la desdichada mujer se arrojará al río
Saelia, en donde aparecerá su cuerpo desfigurado y deforme sin que nadie sepa
quién fue.
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