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jueves, 10 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo uno)

CAPÌTULO UNO
I
Al conciliábulo habían acudido casi todos los nobles disconformes con la política que el valí de Gigia, Munuza, estaba llevando a cabo. Los abusivos impuestos a los señores cristianos, las prebendas sospechosas a los colaboradores, la exención de cargas a sus congéneres y, sobre todo, los gravámenes que aplicaba a los negocios de la nobleza derrotada; todo ello había generado a lo largo del tiempo una inquina difícil de disimular. Había corrido el rumor de que las familias se veían constantemente amenazadas por la exigencia de rehenes, sobremanera de las mujeres doncellas, sin respetar abolengos o rentas; ni siquiera Pelayo se había librado de los desmanes de Munuza, según los dimes y diretes que se iban expandiendo por toda la región como las llamas de un incendio se propagan por la madera seca. Para colmo, las delegaciones enviadas con las protestas pertinentes al emir Al Hurr, hijo de Rahmen Atsakali, habían sido escarnecidas por el propio rey cordobés; el mismo Pelayo había sido despreciado por el orgulloso musulmán. Así las cosas, fueron no pocos los que veían la necesidad de volver a recuperar sus propiedades requisadas, aun a fuer de combatir con las armas. Quien más y quien menos, todos los reunidos estaban dispuestos a secundar al noble Pelayo. Para ello, para ratificar su apoyo, habían ido hasta allí, a salvo de los invasores africanos, bajo la protección de las imponentes agujas calcáreas de la cordillera.

Cerca corría el río Cares, hundido entre las dos paredes descomunales que formaban el desfiladero. Gracias a lo inhóspito del paraje, se sentían libres, sin el acecho constante del gobernador.

-La mayoría de los campesinos han sido despojados de sus bienes –declamaba Favila, el hijo de Pelayo-. Están tan descontentos como nosotros, y quienes no se han convertido en bandidos han huido a las montañas. Todos ellos engrosarían con agrado el número de nuestras fuerzas.

-También contamos con la ayuda de mi yerno Alfonso de Cantabria –le interrumpió Pelayo-, aquí presente.

-Mi padre –tomó éste la palabra-, el duque de Cantabria, está dispuesto a afrontar junto con nosotros la lucha. Yo mismo dispongo de una tropa regular y fiel.

Mientras los hombres se daban ánimos y contabilizaban sus efectivos, Gaudiosa permanecía en silencio al lado de su esposo, Pelyo, y su nuera, Froiliuba. En cambio, su hija Ermesinda, casada con el cántabro Alfonso, se movía nerviosa algo alejada del grupo. Conocía la fogosidad de su padre y presentía que aquélla no sería una lucha de pocos días, tal vez ni de meses. De cuando en cuando restregaba las manos para ahuyentar la brisa gélida que traía el hielo desde las cumbres nevadas, pero su pensamiento se obstinaba en el calor que produce el miedo a un futuro desconcertante, pues nada hay que produzca mayor agitación que lo desconocido. Temía por su hermano Favila, un joven inexperto en el manejo de la espada, más aficionado al juego que a la lucha; temía por su marido, un noble educado en la paz cortesana de Cantabria; temía por su madre, la paciente Gaudiosa, que bajo su aspecto de mujer tranquila escondía un febril recelo por la familia; en fin, temía por su padre, Pelayo, en quien todos depositaban la ardua tarea de liderar una confrontación desigual contra el poderoso Munuza. Estaba próxima a los caballos cuando escuchó los vítores. Su piel palideció, dirigió una mirada asustadiza al grupo y tembló al ver las espadas en alto, saludando al nuevo comandante. Pelayo abrazaba a cada uno de los nobles como sello del pacto y, al final, se fundió con Gaudiosa en un prolongado beso ante las chanzas de algunos.

-Ya estamos en marcha –murmuró Pelayo a su esposa sin apartar los ojos de ella.

Favila notó la mano de su querida Froiliuba sobre el hombro y sus labios cercanos al oído.

-Nos aguardan tiempos muy duros, amor mío –dijo.

Y Alfonso se liberaba de las felicitaciones de los demás para buscar el agradable rostro de su joven Ermesinda.

II
Condes y ganaderos, marqueses y soldados, labriegos y miserables, artesanos y vividores; todos ellos aclamaron a Pelayo como liberador. Por todas partes crecía el rumor y éste avivaba a los más descontentos. No tardaron en producirse revueltas que los soldados del valí aplacaban enseguida. Éste, desde Gigia, se veía incapaz de salvaguardar los intereses de los mercaderes musulmanes o cristianos o judíos, de asegurar los caminos, mucho menos de castigar a los culpables. Casi encerrado en la fortaleza costera, vivía sin exponer su vida saliendo fuera de los muros; a todas partes acudía con una guardia prevenida. Los emisarios que enviaba a Córdoba sólo portaban noticias sobre alguna manifestación inocua, pues no quería dar la impresión de ser incapaz de sofocar cualquier rebeldía. Sin embargo, las patrullas que enviaba en persecución de los malhechores regresaban con las manos vacías. Exigía constantemente la presencia de la nobleza cristiana y ésta le daba largas. En poco tiempo la situación le pareció insostenible, aunque sólo en un punto, y puso precio a la vida del cabecilla, la del instigador Pelayo, pues en el valle del río Saelia ya apenas ningún extranjero o partidario de la paz osaba entrar; a tal punto los bandoleros se habían adueñado de la zona. La mañana en que Munuza por fin se entrevistó en su residencia de Gigia con una representación de la nobleza visigoda, parecía que el levantamiento había fracasado de un modo estrepitoso si se presenciaba el sereno semblante del valí.

Munuza les dio la bienvenida con un saludo escueto, les ofreció un asiento y llamó con unas palmadas a sus sirvientes, que entraron en la estancia con varias bandejas (frutos secos y bebidas) y que dejaron sobre una mesilla baja. De la delegación cristiana el valí conocía las inclinaciones de cada uno: cuatro le eran leales, dos estaban implicados en la conspiración; de hecho, tenía perfecto conocimiento de todos los conjurados gracias a una organizada red de espías.
-Tres días hace que ese Pelayo y sus secuaces incordian a los ciudadanos pacíficos, cometiendo tropelías por doquier.

Acusaba Munuza en su idioma. Su voz no denotaba cólera, tampoco frustración; solamente malestar. En cambio, sus contertulios callaban expectantes ante la impasible actitud del gobernador. Algunos de ellos habían asistido al complot junto al río Cares, pero las tornas se habían vuelto del revés y habían mudado de opinión. Munuza era conocedor de ello, por eso prefería mantener en secreto los informes de sus espías al tiempo que estudiaba el cariz que tomaba la reunión.
-Estamos aquí para llegar a un acuerdo –continuaba tanteando-. Tal vez lleguemos a ello sin conflictos penosos –y meneaba su perilla-. Quizás los sediciosos calmaran sus apetitos si quedasen huérfanos.

-¿Y cómo sería posible?

-Si Pelayo desapareciera.

-No es buena idea –sentenció el valí-. Si se convierte en un mártir, en una idea...  No hay nada más difícil de acallar que una idea. No, amigos míos. Necesitamos a ese Pelayo cargado de cadenas y pidiendo clemencia, rendido a nuestra causa. Sólo de este modo nos libraremos de él.

Todos se miraban, nadie se atrevía a hablar. Los dos detractores no estaban allí para delatarse, y los otros cuatro no acababan de confiar del todo. Aquella proposición parecía sincera, pero podría ser una trampa. Munuza, por su parte, calculaba hasta dónde podía presionar.

-Si alguien le hiciera creer que estoy dispuesto a tratar con él, a pactar un arreglo que satisfaga a ambas partes... Tal vez incluso una proposición de casamiento con su hermana para corroborar el convenio.

Tal fue el dolo que acordaron. La entrevista se realizaría en terreno neutral, a campo descubierto, en las cercanías del monte Auseva. Después, Munuza agasajó a sus invitados con exquisitos manjares y la compañía de las más hermosas mujeres.

III
La propuesta del valí pareció seducir a Pelayo, pero Gaudiosa entreveía una añagaza en aquellas palabras. Además, ¿tomar a su cuñada como una concubina más para su harén?

-No me fío de los infieles –dijo a su esposo en la soledad de la alcoba-. Tienen lengua viperina y garras de dragón. Nada bueno puede salir de su corazón negro.

-Ésas son supersticiones tontas, mujer. De lo que se trata es de política. Munuza no es ningún necio; seguramente está al tanto de la conjura entre los nobles y quiere ponerle fin. Si está dispuesto a casarse con mi hermana, aun teniéndola en su posesión como rehén desde hace un par de años, será un gran paso para nosotros; tal vez recuperemos todo lo que se nos ha arrebatado, al menos una parte de ello.

-¿Y qué pasa con el resto de nuestros amigos y familiares, y con el pueblo con confiaba en nosotros?

-Por eso debo entrevistarme con él. Es el momento de llegar a un acuerdo y sacar el máximo provecho posible. Una reducción de impuestos, la devolución de las tierras... Ésta es una buena oportunidad.

Poco a poco las razones de Pelayo fueron silenciando las protestas de su esposa. Después, la hierática Gaudiosa mostró su preocupación por el futuro de su nieto, pues que Ermesinda estaba en avanzado estado de gestación. Tanto ella como su marido, Alfonso, pasaban una temporada en Cantabria, prontos a acudir con sus tropas de producirse una guerra abierta. Sin duda el ejército musulmán tomaría represalias contra el duque Pedro y, entonces, su hija y su nieto ya no gozarían de paz.
Ésas y otras preocupaciones mantuvieron a ambos en vilo durante toda la noche. En el fondo, Pelayo sospechaba una encerrona, pero lo callaba por no añadir más inquietudes en el corazón de su esposa. De todas formas, tendría que entrevistarse con el valí porque había observado que en aquellos tres años algunos de sus aliados flaqueaban y ansiaban la paz, de modo que tenía que encender una pequeña luz para levantar sus ánimos caídos. Así que tendría que arriesgarse y tratar con Munuza. Por si acaso, a la mañana siguiente y antes de partir, hablaría con Favila: si en verdad era una encerrona y moría o caía prisionero, él debía continuar su labor.

Pelayo llegó con una parca escolta hasta el descampado donde la tienda del gobernador era custodiada por dos centinelas. Fuera, tres caballos hacían pensar que Munuza se encontraba solo en el interior. No obstante, el capitán que le acompañaba susurró al oído de Pelayo sus pensamientos.

-Demasiado obvio, mi señor. ¿Un valí sin más compañía que dos guardias? Mucho me temo que nos acecha una celada.

-Aun así, debo intentar un acuerdo.

Descabalgó unos metros antes y tendió la espada al capitán.

-Si, como dices, caemos en una trampa, huye con tus hombres y comunícaselo a mi hijo Favila -iba el oficial a protestar por la retirada, cuando Pelayo le calvó una mirada seca, imperante.

Los soldados del valí le franquearon la entrada y el líder de la revuelta entró con porte marcial, decidido a afrontar lo que viniere. Tras una rápida ojeada, a nadie vio dentro; en ese mismo instante se dio cuenta de que había sido hecho prisionero. Trató de salir, pero la punta de las lanzas de sus captores le detuvieron apenas hubo descorrido la tela, aunque tuvo el suficiente tiempo para observar cómo sus hombres eran aniquilados por una lluvia de flechas. Un destacamento de la caballería árabe su presentó con rapidez y un oficial se plantó delante suyo con la cimitarra en la mano.

-Daos preso.

Pelayo no ofreció resistencia. Más que su captura, lo que le dolió fue la pérdida de sus hombres, que yacían exánimes en el suelo sin que apenas pudieran haberse defendido. Le maniataron con una cuerda larga y lo llevaron a pie hasta Gigia, en donde lo arrojaron a las mazmorras. Tenía los pies hinchados, falta de resuello y el espaldar ensangrentado por los látigos con que le azotaron. La hediondez, la oscuridad, la humedad le impidieron dormir aquella noche y la siguiente y la siguiente...

IV
Tan pronto la mala noticia llegó a oídos de Favila, comenzó a organizarse, según había acordado con su padre. Lo primero era mandar aviso a sus partidarios, incluido su cuñado Alfonso, a quien advirtió que tal vez había un traidor entre ellos. Luego, envió un legado a tierras galaicas con la misión de adherir adeptos a la causa. Por último, decidió comunicar a su madre la aciaga nueva.
Gaudiosa sospechaba que algo no había salido bien: su marido tardaba en regresar; un día entero con su noche era excesivo. En su fuero interno sospechaba lo peor, aun cuando su firme carácter la mantenía con la esperanza de ver entrar a Pelayo por la puerta en cualquier momento. Su nuera Froiliuba se entretenía aquella mañana con un bordado, regalo para Ermesinda en cuanto diera a luz. Gaudiosa, entre tanto, no hacía más que asomarse a la ventana, con el alma en vilo. Nada. Los nervios la iban atenazando a medida que el tibio sol avanzaba; la firmeza iba minándose. Estaba apoyada con los ojos abarcando todo el valle, cuando de repente el corazón le dio un vuelco: Favila galopaba hacia allí en solitario, la crin del caballo al viento, las ropas ondeando. “Lo han matado”, susurró la angustiada mujer. El comentario llegó a los oídos de su nuera y ésta cesó en la labor, miró a la suegra y vio un rostro descompuesto, con las arrugas marcadas ferozmente en el semblante otrora terso y regio. Guardaron silencio. Los pasos de Favila resonaban en el pasillo hasta que se detuvieron delante de la puerta. Las dos mujeres taladraron con sendas miradas la hoja que se abría. La figura corpulenta de Favila asomó justo al tiempo que Gaudiosa emitía un chillido.

-Era una trampa –dijo sin más su hijo-. Pero, está vivo.

Su madre corrió hacia él, se echó en sus brazos y le cubrió el pecho de lágrimas y lamentos, una vez perdida la compostura. Froiliuba permanecía apartada, pensativa, obnubilada un tanto y un mucho azorada.

-¿Qué va a ser de nosotros? –repetía una y otra vez Gaudiosa- ¿Qué va a ser de nosotros?

-Cálmate, madre. Todo está previsto. Prepara una escolta cuanto antes.

-¿Y a dónde iremos, hijo mío? El valí no parará hasta darnos muerte. Primero fue tu tía, de la que nadie sabe nada, y ahora tu padre. Nosotros no tardaremos en seguirles.

-Tu marido aún está vivo, y tu cuñada... ¿quién sabe? Ahora recoge lo más esencial, un equipaje ligero. Nos vamos al monte Auseva; allí tenemos un refugio seguro.

-¿Y los demás? ¿Y tu hermana, Ermesinda? ¿Qué será de ella y de mi nieto?

-Munuza no se atreverá a atacar Cantabria, no posee hombres bastantes para desguarnecer Asturias. Y ahora, vamos; no debemos perder más tiempo. Enjuga las lágrimas

V
Transcurrieron varios días en los que Munuza no cesaba de entrevistarse con unos y otros hasta que el emir, Al Hurr, le comunicara qué debía hacer con el prisionero. Mientras tanto, nadie osaba interceder por Pelayo y su familia desaparecida. Los insurrectos implicados en la felonía preferían mantenerse alejados del resto de los nobles, se mantenían al margen por miedo a acabar en las mazmorras o, lo que todavía era peor, con la cabeza ensartada en una pica. El único que se aventuró a pedir el indulto fue el obispo Oppas, protegido por la seguridad que le otorgaba el cargo religioso y por el apoyo que prestaba al valí desde el púlpito, apaciguando los ánimos de los feligreses exaltados y convenciendo a la nobleza de los provechos de transigir con los nuevos señores.

-Sólo puedo garantizar su vida –le respondió Munuza- mientras llegue la decisión del emir. Entonces habré de cumplir las órdenes de mi superior.

-¿Y quién discute eso? Lo que yo digo es que no se le puede tratar como a un simple bandolero. Las leyes góticas disponen de ciertos derechos para con aquéllos que pertenecen a un rango alto, como en el caso de Pelayo.

-Las leyes, amigo mío, cambian con los gobernantes. Ese individuo ha soliviantado a las gentes para mermar los intereses tanto de los ciudadanos musulmanes y como de los cristianos, todo en provecho propio. En ese sentido es un bandido. Por otro lado, ha hostigado de forma continuada a los que amamos la paz, y en ese sentido es un insurrecto, un traidor yo diría.

-No se ha demostrado esa acusación. Al menos podrías sacarlo de esa inmunda prisión.

-Es un hombre fuerte; resistirá.

-Quizás si me permitieras hablar con él, podría convencerlo para que persuada al resto de la población a que acaten las nuevas leyes y de esa forma obtener un indulto. Dos pueblos como el tuyo y el mío pueden coexistir sin enfrentamientos vacuos que no conducen a ninguna parte. Además, tu benevolencia serviría de ejemplo y ¿quién sabe? el respeto mutuo podría instalarse en la región de una vez por todas.

-¿Respeto mutuo? Mi buen amigo Oppas, la ingenuidad no es propia del alto cargo del que gozas. Los dos somos conscientes de que no es el respeto lo que mueve el mundo a abrazarse como iguales, sino el temor verse en la pobreza, al castigo, a la tortura, a la muerte. Ése es el verdadero motivo de la unión entre tus feligreses: el temor y el poder.

-Pero aliviaría los conflictos.

-Sólo de forma engañosa. La ira anida y duerme plácida hasta que una chispa fútil prende en ella y estalla con mayor violencia y sinsentido. Las revoluciones no se detienen, siempre avanzan, paso a paso, abriéndose camino inmisericorde.

El obispo comprendía muy bien a su interlocutor y desistió en su intento de mediar. Convencido como estaba de la inevitable pujanza del invasor, le advirtió de que no todos en la comunidad católica compartían el conformismo, pues había quien predicaba la insurrección con palabras vehementes. Munuza dibujó una sonrisa en los labios al tiempo que se acercaba a una estantería; cogió un volumen, de los muchos que había, y se lo ofreció a Oppas. Éste lo desenrolló.

-Ahí están los nombres de los conjurados y de los que podrían ser motivo de traición –dijo Munuza.

El obispo titubeó con el rollo temblando en sus manos. Estaba convencido de muchos de ellos, aunque no de todos. Sus ojos se detuvieron en un nombre familiar, el suyo. Después de un instante de vacilación se lo tendió de nuevo.

-No es asunto mío.

-En ese caso, daremos por concluida esta discusión –el valí retornó el volumen al anaquel.

-El mío puedes borrarlo –dijo Oppas dándose la vuelta cuando ya se disponía a salir de la estancia.

-Lo que está escrito, escrito está –sentenció el valí.

VI
Al alba del segundo mes de prisión, la puerta se abrió con un golpe seco. Entraron varios guardias, que agarraron las cadenas a las que estaba sujeto Pelayo, y lo arrastraron afuera, al patio. El prisionero levantó la cara hacia el cielo e inspiró hondamente con los ojos cerrados. Le subieron a una mula y la comitiva se puso en marcha: seis lanceros delante, ocho jinetes a continuación; luego, Pelayo, y, por último, otros ocho jinetes.

-¿A dónde me lleváis? –no hubo respuesta.

Cruzaban las calles de Gigia. Los ciudadanos les iban siguiendo a corta distancia. Unos insultaban al insurrecto porque le creían el causante de los nuevos impuestos; otros, en cambio, le animaban a resistir como un mártir. Aquéllos lo hacían a grandes voces; éstos, en un murmullo casi inaudible. Entre el gentío Pelayo vislumbró la silueta de Oppas, a quien dirigió la pregunta.

-¿A dónde me llevan?

-A Córdoba –gritó el obispo.

Era tal el tumulto que el noble asturiano no pudo oír la respuesta. Y así, sin conocer más del hecho de que iban hacia el sur, llegaron a León, donde se unió otra escolta. Allí el mando de la expedición quedó en poder de Itruz, el gobernador del lugar. Jornada tras jornada a la comitiva se le iban uniendo otros miembros: emisarios, recaudadores, mercaderes, soldados. La caravana se fue engrosando no sólo con hombres, sino también con carromatos cargados con oro e hierro, impuestos trasladados de una localidad a otra; incluso provisiones para el ejército, pues que el emir ultimaba un nuevo intento de penetrar más allá de los montes Pirineos. De todo ello poco era lo que realmente iba dirigido a Al Hurr, ya que la mayor parte entraba y salía de la caravana a tenor de su procedencia y su destino.

Del templado norte se adentraron en la calurosa meseta a través de caminos enfangados (los últimos días había llovido sin cesar), empleando varias horas en armar las tiendas al atardecer y en desarmarlas al amanecer. Siempre que podían, la comitiva se desviaba de los bosques y evitaba las lomas, dado que era por todos conocida la crueldad de los bandidos que actuaban en estas zonas aprovechando lo intransitable del paraje, cada vez más árido, porque desde los tiempos del romano se talaban árboles para habilitar tierras de pastoreo y cultivo.

Por las noches Pelayo era amarrado de pies y manos, con una argolla al cuello, y encerrado en una tienda apartada, delante de la cual de apostaban dos fornidos centinelas con gumía, escudo y lanza. Itruz, por su parte, dormía en una tienda retirada también, pero en la esquina opuesta. En una de esas noches meseteñas, próxima ya la muralla de Toledo, varios hombre acechaban el campamento ocultos por la luna nueva y la poca luminosidad de las fogatas. Los dos centinelas del reo, ahítos por la marcha diurna, apoyaban su peso sobre las lanzas, ambos con los ojos cerrados y sumidos en esa somnolencia que antecede al sueño y que acuna los sentidos en un placer embriagador mudando la realidad en ficción.

Favila, que era uno de los intrusos y que encabezaba el grupo, y su cuñado Alfonso observaban desde un escondite los movimientos de los seis hombres que se adentraban en el campamento. Arrastraban sus cuerpos por el suelo tanteándolo con cuidado a fin de esquivar los palitroques y la hojarasca, deteniéndose a una distancia prudencial de los guardias. Rodearon la tienda y se allegaron a ella por detrás. Después, rajaron la tela con las espadas y entraron; despertaron a Pelayo y salieron los siete, envueltas las cadenas del reo con trapos a fin de evitar ruidos delatores. De esta guisa rescataron a su líder. Cada uno en su caballo, ni siquiera se entretuvieron en quitarle las cadenas. Cabalgaron toda la noche hacia el norte con tanto empeño que al alba los pobres animales estaban a punto de reventar por el esfuerzo. Se internaron, pues, por un bosquecillo y descabalgaron cabe un arroyo, de donde bebieron equinos y jinetes. Fue en ese momento en que liberaron por fin a Pelayo, y padre e hijo se dieron un abrazo interminable.

-Habéis arriesgado en exceso –le recriminó Pelayo.

-Llevamos varias jornadas esperando el momento oportuno para evitar riesgos innecesarios. Ya creíamos que no íbamos a tener oportunidad, pero la ocasión llegó, y resultó ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.

-¿Cómo está tu madre?

-Está a salvo en los montes del Auseva.

-¿Y tu esposa? –preguntó a Alfonso.


-Tienes un nieto –le respondió-. Lo hemos llamado Fruela, como a su bisabuelo, tu padre. 

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