CAPÌTULO UNO
I
Al conciliábulo habían acudido casi todos los nobles
disconformes con la política que el valí de Gigia, Munuza, estaba llevando a
cabo. Los abusivos impuestos a los señores cristianos, las prebendas
sospechosas a los colaboradores, la exención de cargas a sus congéneres y,
sobre todo, los gravámenes que aplicaba a los negocios de la nobleza derrotada;
todo ello había generado a lo largo del tiempo una inquina difícil de
disimular. Había corrido el rumor de que las familias se veían constantemente
amenazadas por la exigencia de rehenes, sobremanera de las mujeres doncellas,
sin respetar abolengos o rentas; ni siquiera Pelayo se había librado de los desmanes
de Munuza, según los dimes y diretes que se iban expandiendo por toda la región
como las llamas de un incendio se propagan por la madera seca. Para colmo, las
delegaciones enviadas con las protestas pertinentes al emir Al Hurr, hijo de
Rahmen Atsakali, habían sido escarnecidas por el propio rey cordobés; el mismo
Pelayo había sido despreciado por el orgulloso musulmán. Así las cosas, fueron
no pocos los que veían la necesidad de volver a recuperar sus propiedades
requisadas, aun a fuer de combatir con las armas. Quien más y quien menos,
todos los reunidos estaban dispuestos a secundar al noble Pelayo. Para ello,
para ratificar su apoyo, habían ido hasta allí, a salvo de los invasores
africanos, bajo la protección de las imponentes agujas calcáreas de la
cordillera.
Cerca corría el río Cares, hundido entre las dos paredes
descomunales que formaban el desfiladero. Gracias a lo inhóspito del paraje, se
sentían libres, sin el acecho constante del gobernador.
-La mayoría de los campesinos han sido despojados de sus
bienes –declamaba Favila, el hijo de Pelayo-. Están tan descontentos como
nosotros, y quienes no se han convertido en bandidos han huido a las montañas.
Todos ellos engrosarían con agrado el número de nuestras fuerzas.
-También contamos con la ayuda de mi yerno Alfonso de
Cantabria –le interrumpió Pelayo-, aquí presente.
-Mi padre –tomó éste la palabra-, el duque de Cantabria,
está dispuesto a afrontar junto con nosotros la lucha. Yo mismo dispongo de una
tropa regular y fiel.
Mientras los hombres se daban ánimos y contabilizaban sus
efectivos, Gaudiosa permanecía en silencio al lado de su esposo, Pelyo, y su
nuera, Froiliuba. En cambio, su hija Ermesinda, casada con el cántabro Alfonso,
se movía nerviosa algo alejada del grupo. Conocía la fogosidad de su padre y
presentía que aquélla no sería una lucha de pocos días, tal vez ni de meses. De
cuando en cuando restregaba las manos para ahuyentar la brisa gélida que traía
el hielo desde las cumbres nevadas, pero su pensamiento se obstinaba en el
calor que produce el miedo a un futuro desconcertante, pues nada hay que
produzca mayor agitación que lo desconocido. Temía por su hermano Favila, un
joven inexperto en el manejo de la espada, más aficionado al juego que a la
lucha; temía por su marido, un noble educado en la paz cortesana de Cantabria;
temía por su madre, la paciente Gaudiosa, que bajo su aspecto de mujer
tranquila escondía un febril recelo por la familia; en fin, temía por su padre,
Pelayo, en quien todos depositaban la ardua tarea de liderar una confrontación
desigual contra el poderoso Munuza. Estaba próxima a los caballos cuando
escuchó los vítores. Su piel palideció, dirigió una mirada asustadiza al grupo
y tembló al ver las espadas en alto, saludando al nuevo comandante. Pelayo
abrazaba a cada uno de los nobles como sello del pacto y, al final, se fundió
con Gaudiosa en un prolongado beso ante las chanzas de algunos.
-Ya estamos en marcha –murmuró Pelayo a su esposa sin
apartar los ojos de ella.
Favila notó la mano de su querida Froiliuba sobre el hombro
y sus labios cercanos al oído.
-Nos aguardan tiempos muy duros, amor mío –dijo.
Y Alfonso se liberaba de las felicitaciones de los demás
para buscar el agradable rostro de su joven Ermesinda.
II
Condes y ganaderos, marqueses y soldados, labriegos y
miserables, artesanos y vividores; todos ellos aclamaron a Pelayo como
liberador. Por todas partes crecía el rumor y éste avivaba a los más
descontentos. No tardaron en producirse revueltas que los soldados del valí
aplacaban enseguida. Éste, desde Gigia, se veía incapaz de salvaguardar los
intereses de los mercaderes musulmanes o cristianos o judíos, de asegurar los
caminos, mucho menos de castigar a los culpables. Casi encerrado en la
fortaleza costera, vivía sin exponer su vida saliendo fuera de los muros; a
todas partes acudía con una guardia prevenida. Los emisarios que enviaba a
Córdoba sólo portaban noticias sobre alguna manifestación inocua, pues no
quería dar la impresión de ser incapaz de sofocar cualquier rebeldía. Sin
embargo, las patrullas que enviaba en persecución de los malhechores regresaban
con las manos vacías. Exigía constantemente la presencia de la nobleza
cristiana y ésta le daba largas. En poco tiempo la situación le pareció
insostenible, aunque sólo en un punto, y puso precio a la vida del cabecilla,
la del instigador Pelayo, pues en el valle del río Saelia ya apenas ningún
extranjero o partidario de la paz osaba entrar; a tal punto los bandoleros se
habían adueñado de la zona. La mañana en que Munuza por fin se entrevistó en su
residencia de Gigia con una representación de la nobleza visigoda, parecía que
el levantamiento había fracasado de un modo estrepitoso si se presenciaba el
sereno semblante del valí.
Munuza les dio la bienvenida con un saludo escueto, les
ofreció un asiento y llamó con unas palmadas a sus sirvientes, que entraron en
la estancia con varias bandejas (frutos secos y bebidas) y que dejaron sobre
una mesilla baja. De la delegación cristiana el valí conocía las inclinaciones
de cada uno: cuatro le eran leales, dos estaban implicados en la conspiración;
de hecho, tenía perfecto conocimiento de todos los conjurados gracias a una
organizada red de espías.
-Tres días hace que ese Pelayo y sus secuaces incordian a
los ciudadanos pacíficos, cometiendo tropelías por doquier.
Acusaba Munuza en su idioma. Su voz no denotaba cólera,
tampoco frustración; solamente malestar. En cambio, sus contertulios callaban
expectantes ante la impasible actitud del gobernador. Algunos de ellos habían
asistido al complot junto al río Cares, pero las tornas se habían vuelto del
revés y habían mudado de opinión. Munuza era conocedor de ello, por eso
prefería mantener en secreto los informes de sus espías al tiempo que estudiaba
el cariz que tomaba la reunión.
-Estamos aquí para llegar a un acuerdo –continuaba
tanteando-. Tal vez lleguemos a ello sin conflictos penosos –y meneaba su
perilla-. Quizás los sediciosos calmaran sus apetitos si quedasen huérfanos.
-¿Y cómo sería posible?
-Si Pelayo desapareciera.
-No es buena idea –sentenció el valí-. Si se convierte en un
mártir, en una idea... No hay nada más
difícil de acallar que una idea. No, amigos míos. Necesitamos a ese Pelayo
cargado de cadenas y pidiendo clemencia, rendido a nuestra causa. Sólo de este
modo nos libraremos de él.
Todos se miraban, nadie se atrevía a hablar. Los dos
detractores no estaban allí para delatarse, y los otros cuatro no acababan de
confiar del todo. Aquella proposición parecía sincera, pero podría ser una
trampa. Munuza, por su parte, calculaba hasta dónde podía presionar.
-Si alguien le hiciera creer que estoy dispuesto a tratar
con él, a pactar un arreglo que satisfaga a ambas partes... Tal vez incluso una
proposición de casamiento con su hermana para corroborar el convenio.
Tal fue el dolo que acordaron. La entrevista se realizaría
en terreno neutral, a campo descubierto, en las cercanías del monte Auseva.
Después, Munuza agasajó a sus invitados con exquisitos manjares y la compañía
de las más hermosas mujeres.
III
La propuesta del valí pareció seducir a Pelayo, pero
Gaudiosa entreveía una añagaza en aquellas palabras. Además, ¿tomar a su cuñada
como una concubina más para su harén?
-No me fío de los infieles –dijo a su esposo en la soledad
de la alcoba-. Tienen lengua viperina y garras de dragón. Nada bueno puede
salir de su corazón negro.
-Ésas son supersticiones tontas, mujer. De lo que se trata
es de política. Munuza no es ningún necio; seguramente está al tanto de la
conjura entre los nobles y quiere ponerle fin. Si está dispuesto a casarse con
mi hermana, aun teniéndola en su posesión como rehén desde hace un par de años,
será un gran paso para nosotros; tal vez recuperemos todo lo que se nos ha
arrebatado, al menos una parte de ello.
-¿Y qué pasa con el resto de nuestros amigos y familiares, y
con el pueblo con confiaba en nosotros?
-Por eso debo entrevistarme con él. Es el momento de llegar
a un acuerdo y sacar el máximo provecho posible. Una reducción de impuestos, la
devolución de las tierras... Ésta es una buena oportunidad.
Poco a poco las razones de Pelayo fueron silenciando las
protestas de su esposa. Después, la hierática Gaudiosa mostró su preocupación
por el futuro de su nieto, pues que Ermesinda estaba en avanzado estado de
gestación. Tanto ella como su marido, Alfonso, pasaban una temporada en
Cantabria, prontos a acudir con sus tropas de producirse una guerra abierta.
Sin duda el ejército musulmán tomaría represalias contra el duque Pedro y,
entonces, su hija y su nieto ya no gozarían de paz.
Ésas y otras preocupaciones mantuvieron a ambos en vilo
durante toda la noche. En el fondo, Pelayo sospechaba una encerrona, pero lo
callaba por no añadir más inquietudes en el corazón de su esposa. De todas
formas, tendría que entrevistarse con el valí porque había observado que en
aquellos tres años algunos de sus aliados flaqueaban y ansiaban la paz, de modo
que tenía que encender una pequeña luz para levantar sus ánimos caídos. Así que
tendría que arriesgarse y tratar con Munuza. Por si acaso, a la mañana siguiente
y antes de partir, hablaría con Favila: si en verdad era una encerrona y moría
o caía prisionero, él debía continuar su labor.
Pelayo llegó con una parca escolta hasta el descampado donde
la tienda del gobernador era custodiada por dos centinelas. Fuera, tres
caballos hacían pensar que Munuza se encontraba solo en el interior. No
obstante, el capitán que le acompañaba susurró al oído de Pelayo sus
pensamientos.
-Demasiado obvio, mi señor. ¿Un valí sin más compañía que
dos guardias? Mucho me temo que nos acecha una celada.
-Aun así, debo intentar un acuerdo.
Descabalgó unos metros antes y tendió la espada al capitán.
-Si, como dices, caemos en una trampa, huye con tus hombres
y comunícaselo a mi hijo Favila -iba el oficial a protestar por la retirada, cuando
Pelayo le calvó una mirada seca, imperante.
Los soldados del valí le franquearon la entrada y el líder
de la revuelta entró con porte marcial, decidido a afrontar lo que viniere.
Tras una rápida ojeada, a nadie vio dentro; en ese mismo instante se dio cuenta
de que había sido hecho prisionero. Trató de salir, pero la punta de las lanzas
de sus captores le detuvieron apenas hubo descorrido la tela, aunque tuvo el
suficiente tiempo para observar cómo sus hombres eran aniquilados por una
lluvia de flechas. Un destacamento de la caballería árabe su presentó con
rapidez y un oficial se plantó delante suyo con la cimitarra en la mano.
-Daos preso.
Pelayo no ofreció resistencia. Más que su captura, lo que le
dolió fue la pérdida de sus hombres, que yacían exánimes en el suelo sin que
apenas pudieran haberse defendido. Le maniataron con una cuerda larga y lo
llevaron a pie hasta Gigia, en donde lo arrojaron a las mazmorras. Tenía los
pies hinchados, falta de resuello y el espaldar ensangrentado por los látigos
con que le azotaron. La hediondez, la oscuridad, la humedad le impidieron
dormir aquella noche y la siguiente y la siguiente...
IV
Tan pronto la mala noticia llegó a oídos de Favila, comenzó
a organizarse, según había acordado con su padre. Lo primero era mandar aviso a
sus partidarios, incluido su cuñado Alfonso, a quien advirtió que tal vez había
un traidor entre ellos. Luego, envió un legado a tierras galaicas con la misión
de adherir adeptos a la causa. Por último, decidió comunicar a su madre la aciaga
nueva.
Gaudiosa sospechaba que algo no había salido bien: su marido
tardaba en regresar; un día entero con su noche era excesivo. En su fuero
interno sospechaba lo peor, aun cuando su firme carácter la mantenía con la
esperanza de ver entrar a Pelayo por la puerta en cualquier momento. Su nuera
Froiliuba se entretenía aquella mañana con un bordado, regalo para Ermesinda en
cuanto diera a luz. Gaudiosa, entre tanto, no hacía más que asomarse a la
ventana, con el alma en vilo. Nada. Los nervios la iban atenazando a medida que
el tibio sol avanzaba; la firmeza iba minándose. Estaba apoyada con los ojos
abarcando todo el valle, cuando de repente el corazón le dio un vuelco: Favila
galopaba hacia allí en solitario, la crin del caballo al viento, las ropas ondeando.
“Lo han matado”, susurró la angustiada mujer. El comentario llegó a los oídos
de su nuera y ésta cesó en la labor, miró a la suegra y vio un rostro
descompuesto, con las arrugas marcadas ferozmente en el semblante otrora terso
y regio. Guardaron silencio. Los pasos de Favila resonaban en el pasillo hasta
que se detuvieron delante de la puerta. Las dos mujeres taladraron con sendas
miradas la hoja que se abría. La figura corpulenta de Favila asomó justo al
tiempo que Gaudiosa emitía un chillido.
-Era una trampa –dijo sin más su hijo-. Pero, está vivo.
Su madre corrió hacia él, se echó en sus brazos y le cubrió
el pecho de lágrimas y lamentos, una vez perdida la compostura. Froiliuba
permanecía apartada, pensativa, obnubilada un tanto y un mucho azorada.
-¿Qué va a ser de nosotros? –repetía una y otra vez
Gaudiosa- ¿Qué va a ser de nosotros?
-Cálmate, madre. Todo está previsto. Prepara una escolta
cuanto antes.
-¿Y a dónde iremos, hijo mío? El valí no parará hasta darnos
muerte. Primero fue tu tía, de la que nadie sabe nada, y ahora tu padre.
Nosotros no tardaremos en seguirles.
-Tu marido aún está vivo, y tu cuñada... ¿quién sabe? Ahora
recoge lo más esencial, un equipaje ligero. Nos vamos al monte Auseva; allí
tenemos un refugio seguro.
-¿Y los demás? ¿Y tu hermana, Ermesinda? ¿Qué será de ella y
de mi nieto?
-Munuza no se atreverá a atacar Cantabria, no posee hombres
bastantes para desguarnecer Asturias. Y ahora, vamos; no debemos perder más
tiempo. Enjuga las lágrimas
V
Transcurrieron varios días en los que Munuza no cesaba de
entrevistarse con unos y otros hasta que el emir, Al Hurr, le comunicara qué
debía hacer con el prisionero. Mientras tanto, nadie osaba interceder por
Pelayo y su familia desaparecida. Los insurrectos implicados en la felonía preferían
mantenerse alejados del resto de los nobles, se mantenían al margen por miedo a
acabar en las mazmorras o, lo que todavía era peor, con la cabeza ensartada en
una pica. El único que se aventuró a pedir el indulto fue el obispo Oppas,
protegido por la seguridad que le otorgaba el cargo religioso y por el apoyo
que prestaba al valí desde el púlpito, apaciguando los ánimos de los feligreses
exaltados y convenciendo a la nobleza de los provechos de transigir con los
nuevos señores.
-Sólo puedo garantizar su vida –le respondió Munuza-
mientras llegue la decisión del emir. Entonces habré de cumplir las órdenes de
mi superior.
-¿Y quién discute eso? Lo que yo digo es que no se le puede
tratar como a un simple bandolero. Las leyes góticas disponen de ciertos
derechos para con aquéllos que pertenecen a un rango alto, como en el caso de
Pelayo.
-Las leyes, amigo mío, cambian con los gobernantes. Ese
individuo ha soliviantado a las gentes para mermar los intereses tanto de los
ciudadanos musulmanes y como de los cristianos, todo en provecho propio. En ese
sentido es un bandido. Por otro lado, ha hostigado de forma continuada a los
que amamos la paz, y en ese sentido es un insurrecto, un traidor yo diría.
-No se ha demostrado esa acusación. Al menos podrías sacarlo
de esa inmunda prisión.
-Es un hombre fuerte; resistirá.
-Quizás si me permitieras hablar con él, podría convencerlo
para que persuada al resto de la población a que acaten las nuevas leyes y de
esa forma obtener un indulto. Dos pueblos como el tuyo y el mío pueden
coexistir sin enfrentamientos vacuos que no conducen a ninguna parte. Además,
tu benevolencia serviría de ejemplo y ¿quién sabe? el respeto mutuo podría
instalarse en la región de una vez por todas.
-¿Respeto mutuo? Mi buen amigo Oppas, la ingenuidad no es
propia del alto cargo del que gozas. Los dos somos conscientes de que no es el
respeto lo que mueve el mundo a abrazarse como iguales, sino el temor verse en
la pobreza, al castigo, a la tortura, a la muerte. Ése es el verdadero motivo
de la unión entre tus feligreses: el temor y el poder.
-Pero aliviaría los conflictos.
-Sólo de forma engañosa. La ira anida y duerme plácida hasta
que una chispa fútil prende en ella y estalla con mayor violencia y sinsentido.
Las revoluciones no se detienen, siempre avanzan, paso a paso, abriéndose
camino inmisericorde.
El obispo comprendía muy bien a su interlocutor y desistió
en su intento de mediar. Convencido como estaba de la inevitable pujanza del
invasor, le advirtió de que no todos en la comunidad católica compartían el
conformismo, pues había quien predicaba la insurrección con palabras
vehementes. Munuza dibujó una sonrisa en los labios al tiempo que se acercaba a
una estantería; cogió un volumen, de los muchos que había, y se lo ofreció a
Oppas. Éste lo desenrolló.
-Ahí están los nombres de los conjurados y de los que
podrían ser motivo de traición –dijo Munuza.
El obispo titubeó con el rollo temblando en sus manos.
Estaba convencido de muchos de ellos, aunque no de todos. Sus ojos se
detuvieron en un nombre familiar, el suyo. Después de un instante de vacilación
se lo tendió de nuevo.
-No es asunto mío.
-En ese caso, daremos por concluida esta discusión –el valí
retornó el volumen al anaquel.
-El mío puedes borrarlo –dijo Oppas dándose la vuelta cuando
ya se disponía a salir de la estancia.
-Lo que está escrito, escrito está –sentenció el valí.
VI
Al alba del segundo mes de prisión, la puerta se abrió con
un golpe seco. Entraron varios guardias, que agarraron las cadenas a las que
estaba sujeto Pelayo, y lo arrastraron afuera, al patio. El prisionero levantó
la cara hacia el cielo e inspiró hondamente con los ojos cerrados. Le subieron
a una mula y la comitiva se puso en marcha: seis lanceros delante, ocho jinetes
a continuación; luego, Pelayo, y, por último, otros ocho jinetes.
-¿A dónde me lleváis? –no hubo respuesta.
Cruzaban las calles de Gigia. Los ciudadanos les iban
siguiendo a corta distancia. Unos insultaban al insurrecto porque le creían el
causante de los nuevos impuestos; otros, en cambio, le animaban a resistir como
un mártir. Aquéllos lo hacían a grandes voces; éstos, en un murmullo casi
inaudible. Entre el gentío Pelayo vislumbró la silueta de Oppas, a quien
dirigió la pregunta.
-¿A dónde me llevan?
-A Córdoba –gritó el obispo.
Era tal el tumulto que el noble asturiano no pudo oír la
respuesta. Y así, sin conocer más del hecho de que iban hacia el sur, llegaron
a León, donde se unió otra escolta. Allí el mando de la expedición quedó en
poder de Itruz, el gobernador del lugar. Jornada tras jornada a la comitiva se
le iban uniendo otros miembros: emisarios, recaudadores, mercaderes, soldados.
La caravana se fue engrosando no sólo con hombres, sino también con carromatos
cargados con oro e hierro, impuestos trasladados de una localidad a otra; incluso
provisiones para el ejército, pues que el emir ultimaba un nuevo intento de
penetrar más allá de los montes Pirineos. De todo ello poco era lo que
realmente iba dirigido a Al Hurr, ya que la mayor parte entraba y salía de la
caravana a tenor de su procedencia y su destino.
Del templado norte se adentraron en la calurosa meseta a
través de caminos enfangados (los últimos días había llovido sin cesar),
empleando varias horas en armar las tiendas al atardecer y en desarmarlas al
amanecer. Siempre que podían, la comitiva se desviaba de los bosques y evitaba
las lomas, dado que era por todos conocida la crueldad de los bandidos que
actuaban en estas zonas aprovechando lo intransitable del paraje, cada vez más
árido, porque desde los tiempos del romano se talaban árboles para habilitar
tierras de pastoreo y cultivo.
Por las noches Pelayo era amarrado de pies y manos, con una
argolla al cuello, y encerrado en una tienda apartada, delante de la cual de
apostaban dos fornidos centinelas con gumía, escudo y lanza. Itruz, por su
parte, dormía en una tienda retirada también, pero en la esquina opuesta. En
una de esas noches meseteñas, próxima ya la muralla de Toledo, varios hombre acechaban
el campamento ocultos por la luna nueva y la poca luminosidad de las fogatas.
Los dos centinelas del reo, ahítos por la marcha diurna, apoyaban su peso sobre
las lanzas, ambos con los ojos cerrados y sumidos en esa somnolencia que
antecede al sueño y que acuna los sentidos en un placer embriagador mudando la
realidad en ficción.
Favila, que era uno de los intrusos y que encabezaba el
grupo, y su cuñado Alfonso observaban desde un escondite los movimientos de los
seis hombres que se adentraban en el campamento. Arrastraban sus cuerpos por el
suelo tanteándolo con cuidado a fin de esquivar los palitroques y la hojarasca,
deteniéndose a una distancia prudencial de los guardias. Rodearon la tienda y
se allegaron a ella por detrás. Después, rajaron la tela con las espadas y
entraron; despertaron a Pelayo y salieron los siete, envueltas las cadenas del
reo con trapos a fin de evitar ruidos delatores. De esta guisa rescataron a su líder.
Cada uno en su caballo, ni siquiera se entretuvieron en quitarle las cadenas.
Cabalgaron toda la noche hacia el norte con tanto empeño que al alba los pobres
animales estaban a punto de reventar por el esfuerzo. Se internaron, pues, por
un bosquecillo y descabalgaron cabe un arroyo, de donde bebieron equinos y
jinetes. Fue en ese momento en que liberaron por fin a Pelayo, y padre e hijo
se dieron un abrazo interminable.
-Habéis arriesgado en exceso –le recriminó Pelayo.
-Llevamos varias jornadas esperando el momento oportuno para
evitar riesgos innecesarios. Ya creíamos que no íbamos a tener oportunidad,
pero la ocasión llegó, y resultó ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.
-¿Cómo está tu madre?
-Está a salvo en los montes del Auseva.
-¿Y tu esposa? –preguntó a Alfonso.
-Tienes un nieto –le respondió-. Lo hemos llamado Fruela,
como a su bisabuelo, tu padre.
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