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lunes, 9 de noviembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo catorce)

I

A últimos del mes de Jano cayó sobre las tierras del norte una segunda gran nevada que ocasionó no pocos problemas de diversa índole. La ola de frío glacial llevó a la tumba a muchos desheredados, desposeídos de casi todo. En la propia Flavionavia morían los míseros desarrapados en plena calle; sus cuerpos sin vida eran sepultados por el hielo que se desplomaba durante la noche como trozos de cielo desgajados del gran orbe.

Mauregato, contumaz en sus deseos por detentar el máximo poder, calentaba sus ateridos huesos bajo gruesas pieles al pie de la chimenea, en donde las llamas crepitaban en breves estallidos por la madera todavía algo verde para el fuego. A sus cuarenta y un años la lozanía de la juventud había dejado paso a una madurez endeble, si bien mantenía la mente despierta incubando un odio cada día agigantado hacia la familia real. Los achaques que padecía Silo le animaban el espíritu le incendiaban la inquina, sobre todo cuando el rey, ebrio de gloria y prepotencia, ordenó grabar en una piedra un laberinto de letras con su nombre en el centro de ellas, una especie de firma para la inmortalidad.

Si el monarca asturiano agravaba la enfermedad, la misma que asolaba el mundo cada ciertas épocas, sus días estarían contados y entonces estaría a las puertas del solio, pues Ordoño era un crío, Alfonso un mozalbete y Nepociano un incompetente. Nada podría hacer Adosinda para evitar que él fuese proclamado soberano de las Asturias; lo único que tenía que hacer era conservar las influencias y aplicarse al desprestigio de los demás candidatos. El hijo bastardo de Alfonso el Católico paladeaba el dulce saber de la victoria; Siselda, su madre, estaría orgullosa de sus logros.

Sin embargo, nuevas penalidades asomaban allende la cordillera. Abd Al Rahman, a quien los súbditos apelaban con variados motes cual el Justo o el Extranjero, se afanaba en reorganizar el reino cordobés confiriéndose a sí mismo la autodeterminación con respecto al califato de Bagdad, redactando arrestos, firmando ejecuciones (como la de su encarnizado enemigo Yusuf Al Fihri), nombrando valíes de férrea conducta, reforzando la milicia con miras a aumentar su poderío y, en fin, rodeándose de visires con visión de futuro. Por si fuera poco, el emir había mandado construir una gran mezquita en la misma Córdoba para que sirviese de centro religioso, económico, político y cultural en todo el occidente musulmán, una capital antagonista y rival de Damasco y Bagdad. Sin duda Abd Al Rahman planeaba la reconquista del norte peninsular, no sólo la zona ocupada por las fuerzas carolingias, sino también por los reyes asturianos. De ello era testimonio la expedición del año anterior contra Pompaelo en la que Silo, atesorando su entusiasmo en las dotes de Teuda, había conseguido hacerles retroceder. Pero ésta había sido una victoria sin importancia, una escaramuza con la que el emir había probado sus fuerzas y las del enemigo ante la impasibilidad del gran Carlos, rey de los francos, preocupado más por extenderse hacia oriente que en afianzarse en la península ibérica.

Confiaba Mauregato en que su ascendencia musulmana pudiera convencer al emir de que ambos bandos podían subsistir sin interferencias internas compartiendo incluso los mismos propósitos. Para este fin había urdido en su cabeza un complicado proyecto en el que incluía la detención del adolescente Alfonso y su entrega a Abd Al Rahman como regalo de buena fe; solamente le faltaba depositar sus intenciones en un hombre de confianza y esperar el inminente fallecimiento de Silo. Debía proceder con asaz prudencia y juzgar bien al hombre que llevase a cabo la audaz acción. Ése era el pensamiento que le imbuía en aquel momento de esparcimiento frente al lar mientras el calor que desprendía el fuego caldeaba la habitación y enrojecía su rostro barbado. Se devanaba los sesos fraguando un plan que anulase a su hermanastra cuando de pronto, como un lampo, recordó la vieja ley que obligaba a las reinas viudas a tomar los hábitos fuera de la política de Estado.

Sonrió, dejó escapar unas risas y acabó en una convulsivas carcajadas, porque los nobles del consejo comían de su mano y éstos de seguro que le secundarían a la hora de proponer el ingreso de Adosinda en un monasterio: Alfonso quedaría desvalido sin el apoyo de su protectora.

II

En marzo de ese mismo año otro rey de las Asturias daba las postreras bocanadas. La mortal gripe le había consumido sin que cirujanos y sacerdotes hallasen remedio para el mal.

-Pronto acompañaré a mis antecesores –se esforzaba en bromear-. Nacemos para cumplir esta terrible ley y sólo disponemos de unos breves momentos de felicidad antes de afirmar “he vivido”.

Su esposa escuchaba a Silo conteniendo el llanto y sin objetarle nada. Adosinda creía que la felicidad no era más que una ilusión vaga, en su lugar colocaría el vocablo “deber”, quizás “cordura”. Para la hija del rey Católico la vida es un ir muriéndose mientras en vano se busca la eternidad utópica porque todo lo que nace habrá de morir un día, sino el alma que se llevará Dios o Satanás. Silo hablaba casi desfallecido a pesar de que le conminaban a guardar fuerzas.

-¿Por qué? ¿Acaso eso sanará el mal? No deseo pasar las últimas horas como un vegetal inmundo; no me queráis enterrar en vida. Amada mío –dijo al tiempo que le apretaba la mano-, lamento abandonarte en este mundo de ingratitud; me has sido muy querido desde que te vi la primera vez ¿te acuerdas? cuando mi padre me llevó de niño al palacete de Onís. ¡Caros recuerdos los de la infancia! –los vidriosos ojos de Adosinda confirmaron aquel primer encuentro- ¿Y tú, viejo amigo? –giró la cabeza hacia Vermudo, que entre dientes oraba a la cabecera de la cama- ¡cuántos reyes has ungido ya con tus rezos! –Vermudo interrumpió sus quehaceres piadosos y atendió al moribundo- Cuchicheas lo mismo que las gallinas. Deja ya de tanta devoción, con ello no solucionarás nada: lo bueno o lo malo que he obrado ya Dios lo conoce y Él sabe de mis arrepentimientos; no creo que con tantas oraciones le hagas cambiar de opinión. ¿Dónde está nuestro pequeñín, Adosinda? Me gustaría despedirme de él antes de partir –la matrona guio a Ordoño hasta su padre y lo plantó delante de él-. Te lo había advertido, amada esposa. Mira su aspecto; es un niño aquejado de maternidad excesiva, afeminado; su afectación le hará vulnerable a los leones de la Corte. No servirá para reinar.

El agonizante torció la vista hacia un rincón al fondo del cuarto en donde Alfonso callaba sin perderse detalle.

-Él sí sería un gran rey –le dijo a Adosinda-. Posee la mirada de un lince y la fuerza de un oso. Enséñale a manejarse entre lobos porque tu sobrino hará grandes cosas si antes no le arrebatan la vida. Así servirá y cuidará de nuestro hijo cuando se siente en el trono –guardó silencio, falto de energía, antes de continuar-. No veo a mi ... medio cuñado. ¿Qué sabes de él? ¿Insiste en intrigar?

-Se ha excusado –le respondió su esposa-. Al parecer ha tenido un accidente y se halla encama –Silo sonrió ligeramente.

-¿Y te lo crees? Seguramente estará preparándose para asaltar el trono –enmascaró el semblante con un gesto de seriedad-. Cuídate de él, no parará hasta hacerte el daño del que es capaz.

-No pienses en ello.

Adosinda estaba al tanto de las manipulaciones de su hermanastro y yo lo había dispuesto todo para salvaguardar sus intereses, pero no era aquél el momento adecuado para enzarzarse en un enredo.

-¿Y la locuela de tu sobrina? –miró alrededor buscando a Jimena.

-Estoy aquí –dijo ella adelantándose.

-¡Ah! Querida sobrina. Tienes el aspecto de una gacela enjaulada. Procura amoldarte a tu marido; sé que no es fácil; todos tenemos una cruz que sobrellevar y la tuya es ésa. Nepociano no es un mal tipo, bastante engreído e inútil, pero tu marido al fin y al cabo.

Se recostó silencioso en la mirada triste de Adosinda interrumpiendo el exordio como si diera por concluido el testamento oral. Fue cerrando los ojos poco a poco cual se extingue el pábilo de una vela.

-¡Dios mío, cuánto te he amado, Adosinda! –susurró en el último estertor.

El rey Silo había muerto. La reina ya no retuvo las lágrimas y con ellas bañó la cara de su difunto marido, a quien abrazó con desespero en tanto Vermudo trataba de consolarla por la pérdida. Sin más demora el sexagenario Teudano reconvino a Alfonso que se preparara lo antes posible ya que a partir de ese momento su vida corría serio peligro; de Ordoño ya se ocuparía su madre. El joven salió de la estancia sin apresuramiento. En el pasillo lo aguardaba Gadaxera, que le habría de acompañar al exilio alavés.

-¿No puede quedarse hasta después de inhumar a nuestro tío? –le preguntó Jimena al viejo general.

-Es mejor así; tal vez incluso ya sea tarde. Cuanto más retardemos la huida más vigilados estarán los caminos. Mauregato está ávido, y sus secuaces aún más, por hacerse con el control del reino. No querrá herederos que le estorben, ni Alfonso ni Ordoño.

-¿Qué será de nosotras?

-Mauregato no es ningún estúpido; estaréis a salvo. A él sólo le preocupa tu hermano y tu tía, pero con ella no se atreverá, todo el reino la reverencia.

-¿Y Ordoño?

-Es demasiado pequeño para preocuparse por él.

Mientras en las cuadras la escolta aguardaba a Alfonso, éste se despachaba con amargura del palacete que en Flavionavia lo vio crecer los últimos años. Gadaxera le auxiliaba recomendándole llevar o dejar tal o cual cosa.

-Todo está listo –murmuró el capitán-. Cuando lo desees podemos irnos.

-Todavía no. Tengo que despedirme de la familia.

Gadaxera había sido nombrado por Teuda guardaespaldas del muchacho.

-Pon tu vida por delante de la suya –le había amonestado- y no le pierdas de vista ni a sol ni a sombra. Sé su segunda piel. Yo he de cumplir una promesa a nuestro Alfonso el Católico y ella me ata a las Asturias.

No quiso averiguar qué tipo de promesa le apartaba de su protegido, ni siquiera le pasó por mientes. Lo suyo era obedecer a sus superiores, lo mismo en el ejército como capitán que en asuntos de otra índole.

Enseguida se presentaron en la habitación de la tía, la hermana y el cuñado de Alfonso, siempre en compañía del fiel Teudano. Se le abrazaron las mujeres sollozantes, mezclados los funestos sentimientos por la doble ausencia: la muerte de silo y la partida del muchacho.

-Los parientes de tu madre Munia te acogerán de buen grado –le decía Adosinda-. Teuda y yo procuraremos que regreses pronto.

-No te desconsueles, tía –a continuación se despidió de Jimena-. Mantente firme, hermana. Cuida de nuestra tía y cuídate a ti misma.

Jimena lo rodeó con sus brazos sin pronunciar lamento alguno pues la angustia le atoraba el resuello. Nepociano le estrechó la mano frío y distante, los cuñados no se veían con buenos ojos y su amistad no alcanzaba más allá del respeto que infundían los lazos de Jimena.

-Muchacho –le saludó Teudano-, ten coraje. Ejercítate en las armas y en la política y no desdeñes la lectura, que un noble analfabeto sólo es un torreón, nunca un palacio –le palmeó los hombros.

-Ya es de noche –les interrumpió Gadaxera-. Debemos marchar cuanto antes.

Atrás dejó Alfonso a los suyos. La reducida caravana salió a hurtadillas de Flavionavia sin enseñas ni armaduras, disfrazados de rudos campesinos que conducían un carro con los trebejos del trabajo bajo los cuales ocultaban los enseres privados del joven, así como las vestiduras, armas y pendones de la comitiva. Iban a pie con unas simples mulas tirando del carro. De tal modo anduvieron toda la noche y toda la mañana sin detenerse si quiera para tomar un respiro.

Llegado el mediodía arribaron a una ermita desviada de los caminos y poco frecuentada por los feligreses. Allí descansaron y aliviaron el hambre con magra comida. Al atardecer reemprendieron la marcha, de nuevo sin pausas y durante la noche hasta que al alba alcanzaron las ruinas de lo que antaño había sido un puesto fronterizo del ejército romano, de cuando los vadinienses se resistían a la dominación y se revolvían contra el imperio. Escondieron el carro entre las paredes que aún permanecían intactas y ellos mismos se guardaron en los huecos más oscuros. Comieron poco dado que las provisiones no daban para mucho. Respuestas las fuerzas, afrontaron una nueva jornada, la que comenzó al crepúsculo. Así, noche tras noche fueron vadeando los caminos hasta divisar los elevados picachos de un castillo alavés.

-Allí está –sentenció Gadaxera-. Lo hemos conseguido.

-No podemos entrar con estos harapos –comentó Alfonso-. Desviémonos de la ruta y quememos los andrajos. entraremos a pie dignamente vestidos.


De esta forma el bisnieto del rey Pelayo, el nieto del rey Católico, el hijo del rey Fruela se exilió a las tierras de su madre Munia huyendo de su tío Mauregato, coronado en las Asturias a pesar de la oposición de Adosinda.

lunes, 2 de noviembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo trece)

I

Faltó tiempo para que los ciudadanos se hicieran a la idea de la sucesión al trono asturiano cuando ya el nuevo rey había de afrontar un ejército enemigo. Las huestes del rey formaban en un extremo del valle a la falda del Monte Cupeiro, que está sito en la ruta que desde el Acebo llega a Luco Augusto. Aunque los combatientes estaban a las órdenes de Silo, éste había delegado las funciones militares en Teudano quien, a su vez, había sido ascendido al grado de general a instancias de la reina consorte, Adosinda. A pesar de la juventud de Teudano, éste mostraba unas dotes fuera de lo común para la estrategia; además, su aspecto y su voz tonante infundían un respeto casi místico entre los soldados y oficiales. Musculoso, hábil con la espada, temerario cuando era necesario y prudente en las decisiones que atañían a la integridad de los suyos.

En el bando rival destacaba, montado sobre un espectacular caballo, Aldroito, que en su castillo había dejado a la esposa a punto de dar a luz a su primogénito. Se miraban unos a otros en lontananza entendiendo que aquélla iba a ser una batalla de corta duración. Los astures, porque tenían una fe inquebrantable en Teuda; los galaicos, porque consideraban justa su causa.

Las dos masas humanas se pusieron en marcha al unísono. Los galaicos enviaron a la caballería por delante; en cambio, Teuda mandó a la infantería ante la sorpresa de propios y extraños.

-Van a ser destrozados por el enemigo –le comentó Silo.

-Todo a su debido tiempo –respondió el general con gran aplomo.

A punto de chocar las dos fuerzas, los astures se aglutinaron como un racimo de uvas, envainaron las espadas, se protegieron con el escudo y levantaron las lanzas. La caballería se estrelló contra el muro humano y allí perecían animales y jinetes no sin provocar una terrible carnicería. En ese momento Teudano se puso al frente de su caballería y cargó contra los galaicos. Los infantes de Aldroito corrieron a la lucha; cuando llegaron Teuda ya dominaba el combate, repartía tajos por doquier y sus tropas redoblaban la energía viendo cercana la victoria. Sobresalió entre todos el joven conde Aloite, que combatía codo con codo al lado del rey sin apartarse de su lado, pues Teuda le había encomendado su protección mientras el peligro de la contienda persistiese.

Al atardecer los dos ejércitos se retiraron para el descanso nocturno. El combate había durado más de lo que en un principio habían estimado. Caminaban ahítos, casi sin resuello, desmoralizados por el alargamiento de la lucha. No eran pocos los que lamían las heridas o se retorcían por los picores de una punzada, un golpe, una torcedura. Los que se habían librado de la laceración ayudaban a los más graves: mancos, cojos, agonizantes... A pesar del cansancio fueron contados los que durmieron toda la noche ya que se revolvían tendidos sobre el suelo incomodados por la incertidumbre.

Al alba volvieron a la cruenta batalla con mayores ímpetus, olvidado el temor, el pánico a la muerte violenta y prolongada. Si alguna llegaba a ser rodeado se abalanzaba contra el grupo a fin de hallar una muerte rápida y sin sufrimiento de heridas incurables. La tarde fue testigo del calamitoso embate; la tierra se escondía bajo los montones de cadáveres, galaicos en su mayoría. Aldroito, que había buscado en vano un enfrentamiento individual con Silo y que se había topado con la defensa feroz de Aloite, acordó la rendición. El rostros, los brazos, el pecho, la armadura entera estaba salpicada por sangre astur, mas el valle lo estaba por la galaica. Teudano lucía un corte superficial en la frente, de donde manaba la sangre tan escandalosa que el rey lo creyó más profundo.

-Sólo es un rasguño –le calmó el general.

Hasta Mauregato se había batido con ahínco y se quejaba de un costado en donde la punta de una flecha se encontraba alojada.

-El cirujano soliviantará la herida –le dijo Aloite, a lo que Mauregato frunció el ceño dándole la espalda- ¿Quién se creerá que es ese niñato? –murmuró a solas.

El rey Silo había obtenido el triunfo y se regocijó en él perdonando la vida a sus oponentes a cambio de un juramento de fidelidad. Pro primera vez desde el ocaso de Pelayo parecía que el reino asturiano había encontrado la paz interna libre de maquinaciones palaciegas y de afanes independentistas. Exento de la mirada hostil del emirato cordobés, imbuido éste todavía en la disputa por el poder entre Abd Al Rahman y el insurrecto Fihri. Al norte de la Cordillera Cantábrica sólo había un rey: Silo.


II

Silo encargó a Teuda la organización militar del reino ya que, si bien todo parecía bajo control, era consciente de que en el futuro podrían producirse nuevos levantamientos, amén del siempre todopoderoso ejército musulmán. El rey ocupaba el solio acostumbrado, a su derecha estaba Adosinda, cuya presencia había sido consentida aun siendo mujer; les secundaban Teudano, Aldonza y Montano, presbítero éste de San Vicente de Oveto y quien, junto al abad Fromestano, el presbítero Máximo y otros veinticinco siervos habían concluido la formalización del monasterio.

-Onís es un enclave arcaico –decía el general-. Las comunicaciones con el resto de las Asturias son precarias y las defensas son deficientes ante una eventual incursión bélica. Sugiero traslada la Corte a Flavionavia. El terreno es más llamo y los caminos más accesibles. Podemos aprovechar las vías romanas y los puestos de vigilancia nos pueden alertar con mayor anticipación.

Pasó luego a explicar los planes que había ideado para llevar a cabo su propuesta con tanta convicción que todos aplaudieron las prevenciones. Antes de dar el visto bueno consultaron con la mirada a Adosinda. Ésta meditaba en la conveniencia del traslado y los perjuicios que acarrearía.

-No veo ningún inconveniente –dijo-. Sin embargo, Oveto está en mejor situación.

-Habría que desbrozar una gran cantidad de bosque –le contradijo Aldonza- y la construcción de los edificios palatinos tardarían varios años en realizarse.

-De todas formas –concluyó silo-, Adosinda no yerra. Adecentaremos Flavionavia; al mismo tiempo iremos acomodando Oveto para una futura urbe.

Decisión salomónica que fue aprobada. Su esposa se sintió orgullosa del rey: “no es tan necio como parecía”, pensaba, “y se amolda al cargo mejor de lo que yo misma me había imaginado sin pretensiones megalómanas debidas a su título”. Se tomaron otras medidas, como la de nombrar gobernadores de confianza en las regiones más alejadas del centro con el propósito de que el poder real se reforzase. Tampoco faltó la atención eclesiástica concediendo a la orden benedictina cierta prioridad en algunas materias religiosas.

-Mi hermano Fruela inició en vida una cruzada contra aquellas paganos que aún adoran a los falsos dioses y viven descreídos inmersos en supercherías –arengó Adosinda-. Su salvajismo ha contagiado las buenas costumbres de las personas pías. Algunas leyes promulgadas por mi hermano ayudaron a extirpar este mal, pero por desgracia las supersticiones continúan apegadas a los labriegos y montañeses. Tenemos la obligación moral de combatir esta peste antes de que su hedor infeste las sagradas enseñanzas de Jesús Cristo.

-Nuestra orden –intervino Montano- se halla en disposición de extender el Evangelio cristianizando a estas gentes incrédulas. Con el permiso de nuestro rey y el consentimiento de este consejo mis hermanos pueden promover la fe fundando nuevas ermitas, capillas y monasterios; en fin, con el establecimiento de santos lugares donde orar y predicar la palabra de Nuestro Señor.

Un deje de disgusto se dibujó en el entrecejo de Silo dado que aquel excurso, estaba claro, había salido de la connivencia entre la reina y el presbítero sin una previa consulta con él. Reconocía que Adosinda le superaba en los asuntos de Estado, pero nunca hasta ese momento había actuado a sus espaldas y aquella prepotencia suya le desagradó en extremo. Antes de concluir la reunión, ya más distendidas las posturas, platicaron sobre las noticias que llegaban allende las frontera. Se felicitaron por el retroceso musulmán en la Galia, mas desconfiaban de las intenciones de su rey; el avance hacia los Montes Pirineos podría desembocar en un enfrentamiento armado.

Más tarde, después de largas horas allí encerrados, Adosinda se disculpó, pues que las obligaciones como madre la reclamaban: el pequeño Ordoño, que así se llamaba su hijito, estaba enfermo y le preocupaba su salud.

III

A ninguno de los hijos de Alfonso el Católico les faltó el templo en los momentos cruciales: Fruela llevó hacia adelante sus propósitos, Adosinda no conocía rival ante quien inclinarse y Mauregato sólo se sintió derrotado ante su hermanastra. El hijo bastardo de la familia, para bien o para mal, era digno deudor de sus padres, el rey astur y la concubina Siselda. Para ganarse la confianza de Adosinda invitaba a residencia a altos dignatarios políticos y religiosos, en una de cuyas veladas Montano presentó un libro que había caído en sus manos y que le causó una rara impresión, si bien el tema ya corría de boca en boca; eran los comentarios al Apocalipsis que Beato había escrito como respuesta al libro de Félix de Urgel “Confesión de Fe”, en donde promulgaba que Jesús Cristo era hijo adoptivo de Dios.

-¡Eso es una herejía! –exclamó irritado Nepociano cuando Montano le puso en antecedentes con respecto al adopcionismo-. Si fuese cierto y Jesús no huera hijo de Dios ¿qué sería de la Santa Trinidad?

--Es la misma pregunta que formula Beato en su libro, además de otras muchas cuestiones –le respondió con calma al joven, pues que Nepociano había cumplido tan sólo dieciséis años unas semanas antes.

Los huéspedes disputaron largamente sobre este punto dando su opinión como teoría tautológica. A Montano le divertían las disertaciones de los contertulios puesto que, sin contradecirlos, escuchaba sus disquisiciones perdidas en la aignoranaci, ya que ni unos ni otros habían leído alguno de los dos libros, ni siquiera poseían los conocmientos básicos de teología. Basaban las especulaciones en la autoridad que les confería el estamento no biliar. Sólo Mauregato y Adosinda guardaban sus pensamientos; el primero, porque le traían sin cuidado los líos cristianos; la segunda, por temor a infringir las leyes divinas.

-Y este tal Beato, ¿en dónde profesa los hábitos? –inquirió alguien.

-¿Qué interés tiene el que viva acá o acullá? –profirió el conde Pedro-. Sólo es un hereje que desafía los mandatos de la Santa Iglesia Toledana.

-¡Hereje! ¿Habéis oído a este deslenguado? ¡Un hereje! –se exaltó Aldonza.

Entonces Nepociano, más por amistad con Pedro que por convencimiento religioso, se exaltó a su vez despreciando a Aldonza. Subieron el tono y el volumen de las réplicas entre los tres, cuyas voces llenaban por sí solas la estancia hasta que, avivado por el calor de la discusión, Nepociano saltó sobre Aldonza para agredirle, lo que hubiera conseguido de no ser por Máximo, que se abalanzó sobre el agresor y le sujetó con destreza. Mauregato estalló en carcajadas.

-Impetuosa juventud –decía entre risotada y risotada-. Impetuoso zagal.

-Sosiégate, muchacho –insistía Máximo en tanto Nepociano forcejeaba por desasirse.

La propia Adosinda parecía disfrutar con aquel disparate. También Montano sonreía malévolo. No menos gracia le causó la escena a Silo. Se sucedieron las chanzas, el alboroto en tal grado que los sirvientes empalidecieron. Para Adosinda ya se había desmadrado en demasía, así que optó por alejarse en silencio. Mauregato, en cambio, no podía parar de lanzar puyas al joven ofuscado.

-¡Eh, Silo! ¿No te parece que si es tan fogoso en la cama como en asuntos religiosos tendrá descendencia para varias generaciones? ¿Dónde está tu sobrina? Es una lástima que se pierda este espectáculo; es digno de la mejor comedia de Plato.

Silo arrugó la comisura de los labios y dirigió a su anfitrión una dura mirada de reprobación, mas contuvo la ira, pues no era oportuno agriar la fiesta por una indiscreción, seguramente fruto de la ingesta de alcohol. De haber estado presente, Jimena habría acabado por aborrecer a su prometido; la idea de casarse con aquel arrogante jovenzuelo la exasperaba, aunque ya había asumido su condición: la de servir como alianza entre la casa real y la influyente nobleza astur. Tal vez para contrarrestar esta amarga convicción Jimena era propensa a una fértil imaginación y su compostura no ayudaba en nada a su tía Adosinda, que trataba por todos los medios de hacer de su sobrina una dama elegante. Muy al contrario, Jimena solía esparcirse por las aldeas adyacentes para mezclarse con el vulgo.

El colmo de la insolencia llegó cuando confesó a la reina su amistad con una anciana solitaria a quien muchos vecinos suyos habían acusado de practicar la brujería y ella, por miedo a las represalias de un sacerdote empeñado en sojuzgarla, se había establecido en una choza en medio de bosque.

Una vez calmados los ánimos, la conversación prosiguió por otros derroteros, no fuera a reiniciarse la pelea.

-Tengo entendido –le dijo Mauregato a Silo- que en Flavionavia las obras del palacete están casis terminadas.

-Así es. Dentro de uno o dos meses ya estará en disposición.

-Eso si no se te adelanta Carlos Magno –mencionó jocoso Mauregato-, porque a poco que sea una pizca más ambicioso no se conformará con haber tomado Cesaraugusta a los musulmanes, virará hacia Álava y por ahí entrará en las Asturias hasta la misma médula de Bardulias.

-Carlos no combate contra reinos cristianos –adujo Máximo-, sino contra los infieles.

-Para los musulmanes los infieles somos nosotros –contestó Mauregato-. ¿Quién puede asegurar que son ellos los equivocados?

-Rondas un territorio que está más allá de la herejía. Ten cuidado en donde pisas –le advirtió Máximo-. Recuerda a tu madre; ella abrazó la verdadera religión en sus últimos días.

-Quizás en el postrero suspiro se haya arrepentido de haber cambiado sus creencias y haber tornado a las enseñanzas del profeta Mohamed.

-¿Y tú? ¿Hacia qué lado te inclinas? –preguntó Montano discretamente.

-La frontera es más fina de lo que muchos creen.

-Vuelves a pisar en terrenos arenosos.

-Sólo las mentes enrevesadas tergiversan los sentidos de las palabras.

Máximo veía torcerse la plática hacia la religión, causante de la batahola anterior. Aprovechando que Nepociano se encontraba distendido no deseaba que ahora Mauregato o cualquiera otro volviera al cauce violento; así pues, rogó a los presentes un momento de silencio.

-Para rezar a Nuestro Señor porque ningún enemigo pise suelo asturiano.

Cuando llegó la hora fueron desfilando hacia sus respectivos aposentos todos los invitados. Montano y Máximo lo hicieron juntos, pues se hospedaban en la misma habitación. El segundo de ellos miraba el reojo a su compañero como queriendo interrogarle sobre algún punto que no se atrevía a mentar.

-Dime, Máximo, qué te preocupa. Si no sueltas lo que estás pensando reventarás.

-No es nada.

-Algo será cuando miras de forma tan inquisitiva –Máximo dudaba, pero al final se armó de valor.

-¿Por qué no dijiste en la cena que Beato vendrá desde Liébana a la Corte?

-¿Eso es todo? No creí conveniente avivar el fuego. No estaba el horno para bollos. Además, tampoco es seguro que venga y, aunque así fuera, ¿qué importancia tiene? Vendrá a predicar su doctrina y, como has visto, tiempo habrá para dirimir sobre esa cuestión del adopcionismo.

-Pero es todo un honor que Beato asista a las nupcias de Jimena y Nepociano; les podría haber interesado.

-Sus asistencia no es oficial. ¿Olvidas la confidencialidad de la correspondencia entre los miembros de nuestra orden? Sé más prudente, amigo mío.

Mientras, en la alcoba de los reyes éstos descansaban desvelados. Silo se desnudaba con parsimonia, Adosinda acunaba a Ordoño.

-¿No es algo mayor para la cuna? –decía incómodo el rey- A su edad yo ya dormía en una cama que habría servido para otros menesteres más mundanos.

-No seas gruñón. Y no levantes la voz que le vas a despertar.

-Si estuviera con el aya, como debería ser, yo podría hablar con el tono que deseara.

-Yo, yo, yo. No sabes pensar más que en ti. Los hijos deberían ser criados y educados por sus madres y no por una matrona ajena a la familia. La familia lo es todo.

-Si te descuidas también exigirás que las madres les den el pecho. No es que tenga nada en contra, pero esa manía tuya de controlarlo todo va a acabar por maleducar al crío.

-El crío tiene nombre.

-A Ordoño. ¿Estás contenta? –Adosinda sonrió.

-¿Por qué no te lo quitas todo? Me gusta verte desnudo.

-Eres una pervertida –se rio Silo; obedeció, no obstante-. Ahora imítame tú.

Adosinda deslizó la túnica, su marido se excitó y ella coronó su rostro con una amplia mueca de admiración.

-Veo que no has perdido el apetito.


Se acostaron en el lecho sin apetecer el sueño hasta que el sol se asomó tras las altas cumbres de la cordillera.