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lunes, 14 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo dos)

I
Suelen ser más veloces las noticias que los causantes de ellas; no se sabe cómo, a aquéllas parecen que les nacen alas y vuelan con la rapidez de los vencejos. Los hombres, al contrario, viajan con lentitud, sobre todo si han de esconderse a la luz del día y prestar atención a todo ruido en plena oscuridad nocturna. No resulta, pues, extraño que el valí de Gigia montara en cólera tan sólo a dos días de la huida de Pelayo. Golpeaba a los sirvientes sin motivo, acompañando cada azote con improperios tales, que ninguno osaba levantar la mirada del suelo y acataban la paliza con resignación. La fortaleza se llenó de insultos, de amenazas, de órdenes atolondradas, de las carreras de eunucos, de concubinas esquivas, de esclavos temerosos. La faz de Munuza se envolvía en un fuego abrasador y las chispas saltaban de los ojos como ascuas asesinas. Por el suelo se desparramaban en pedazos jarrones, copas, espejos, vasos, bandejas, platos. El dormitorio era un revuelto de telas rasgadas y esparcidas por los rincones más insospechados.

En medio de aquél huracán llamó a sus consejeros, de entre los cuales se abstuvieron de acudir los cristianos, no fuera su presencia el detonante de una explosión de ira incontenible que terminase con sus cabezas en lo alto de la muralla. Toda la guarnición estaba convulsa y temerosa. En su delirio Munuza acusaba al propio emir cordobés por no atender a sus necesidades, de negarse a enviar más hombres armados para pacificar la región; lo consideraba un loco por intentar reforzar un ejército que habría de conquistar la Galia. Arrebatado como estaba, Munuza ordenó subir los impuestos, privar a los señores cristianos de todos los privilegios, anular la inmunidad de los prebostes religiosos, ejecutar a cada uno de los miembros de la insurrección. Los escribas se apresuraban a tomar nota de estas disposiciones, que salían atropelladas de su boca. Los consejeros callaban, si bien su opinión distaba mucho de la de su señor, pero la vida les era más querida que el reconocimiento. El valí juraba y perjuraba que a partir de ese momento no habría perdón para ningún traidor y que asolaría todo el territorio si no se cumplían sus mandatos al pie de la letra.

Nadie recordaba, ni siquiera los más allegados, una furia tal en aquel hombre, otrora pausado, de buen carácter, amante de la justicia, observante de las leyes del Profeta. Incluso se comentaba que a la hermana de Pelayo la había hecho degollar en las mazmorras en las que la mantenía cautiva.

-¿Todo esto por un bandido? –susurró una concubina a la favorita del valí.

-No es por un hombre –contestó en voz baja, como el murmurio de un manantial-. Con ese rebelde en libertad la autoridad y el poder del gobernador se ponen en entredicho, él mismo será el hazmerreír de estas gentes bárbaras. Si se socava tan fácilmente su gobierno, verán en él la debilidad necesaria para enfrentársele, incluso con las armas.

Las voces airadas de Munuza resonaron en el pasillo. Todo el harén se silenció; ninguna movió un músculo; sin embargo, el valí pasó de largo seguido por el séquito espantado, y las mujeres pudieron respirar de alivio.

-Quiero patrullas en todas las rutas –vociferaba Munuza-. Que ni una culebra cruce los pasos de montaña sin ser detenida. Ese malnacido volverá, vaya si volverá. ¡Que su cabeza me sea entregada junto a la de toda su familia y todos los conspiradores! ¡Y las de quienes traten de prestarle auxilio, sea con alimento, refugio o armas! Que diez legados partan para Córdoba por otras tantas rutas con la misiva que escribiré.

Al mismo tiempo instó a sus capitanes a que reforzaran las defensas de Gigia, que impidiesen la entrada a todo extranjero; que formaran una patrulla urbana y registrasen todos los edificios de la urbe y de las proximidades, y detuviesen a sus inquilinos ante la mínima sospecha. En dos días los calabozos de Gigia rebosaron de presos, hubo haciendas arrasadas, nobles decapitados; monjes y obispos fueron descuartizados. Muy pocos cristianos eludieron las represalias, entre ellos el prelado Oppas, que veía con desgana la paz truncada por las ambiciones de la nobleza. A pesar de ello, pedía a su dios el perdón para Pelayo y sus secuaces. Por contra, Munuza veía con cierta complacencia el resultado de sus órdenes.

-Después de esto no habrá nadie que se levante contra mí –comentó satisfecho.
-Después de esto –le respondió sumiso uno de sus ministros-, tal vez no quede nadie para ello.
Y Munuza sonrió con una sonrisa falsa.

II
El invierno de aquel año, setecientos cincuenta y nueve de la era hispana, a setecientos veinte y uno del nacimiento de Jesús el Cristo, fue crudo para todos. La nieve reinó más de los acostumbrado. El avituallamiento desde la meseta no llegó por lo impracticable de los puertos, quedándose almacenado en Asturica. La falta de víveres, el frío permanente, las consecuencias de la represión en los campos astures, todo ello contribuyó a la hambruna. La descontenta población prefirió el exilio: se fueron hacinando en las inaccesibles cumbres de la cordillera, muchos se pusieron a disposición de Pelayo, aportando sus herramientas de trabajo para convertirlas en armas de guerra. Divididos en pequeños grupos, los cristianos sublevados se apropiaban de los escasos alimentos de las caserías: frutas, hortalizas, ganado, legumbres. Las numerosas cuevas hendidas en la caliza servían como improvisadas residencias, colmadas pro el número de refugiados. Algunos optaban por construir sus propias cabañas, otros pernoctaban en las casas vacías de la llanura.

-Bien es cierto que aprecio la confianza que estos hombres y mujeres ponen en mí –decía Pelayo-, pero no comprendo por qué abandonan lo poco que tienen para venir hasta aquí, donde aún hay menos que compartir.

-Los que nada tienen, nada pierden –respondía Gaudiosa-. Si acuden a ti no es sólo por necesidad, sino por el desaliento a soportar los abusos del valí.

-Pues aquí pasarán más hambre y frío que si hubieren permanecido en sus hogares.

-Éste es ahora su hogar.

A mediados de abril un tímido sol empezó a derretir los neveros y a despejar los caminos. El agua bajaba salvaje por las torrenteras abiertas en los abismales declives de la sierra, donde Pelayo y sus seguidores continuaban preparando acciones contra los árabes. Desde la liberación de éste, Favila se había vuelto más ensimismado, más hosco en el trato con los demás, sobre todo con su mujer, a quien rehuía en los momentos íntimos. Su mutismo, su apatía tenía en ascuas a Gaudiosa, no así a Froiliuba, que adivinaba el motivo del desencanto.

Una tarde de ese mes Favila se ausentó de la reunión de nobles y fue a sentarse en un risco, desde donde contemplaba desapasionado la garganta del Cares. Su madre decidió aprovechar la soledad para hablar con él. Tenía que indagar sobre las preocupaciones del hijo amado, antes siempre dispuesto a actuar y ahora sumido en profundas cavilaciones.

-No estoy muy seguro de que liberar a mi padre haya sido lo correcto. Ahora tenemos que alimentas a todas esas bocas hambrientas y aguantar los desvaríos de Munuza.

-¿Y tu mujer tiene que pagar por ello? –Favila guardó unos segundos antes de contestar.

-Cuatro hijos, madre. Cuatro hijos me va dando Froiliuba y ninguno sobrevivió. En cambio, el pequeño Fruela crece y se robustece en condiciones ínfimas. Froiliuba y yo lo hemos intentado tantas veces... Su vientre parece que se ha vuelto estéril y mi semilla cae en tierra baldía. No habrá quien perpetúe mi sangre.

-El hijo de tu hermana también lleva tu sangre. Alégrate en ella.
-No es lo mismo.

-Lo sé. Pero confía en la providencia. Todavía no es tarde para la progenie. Posees el vigor de una gran estirpe gótica. Olvídate de esos temores. Tierra que ha dado fruto, volverá a ser fértil. Además, queda mucho por llevar a cabo. Tu padre te necesita más que nunca, sobre manera en estos días de euforia por las noticias recién llegadas. La derrota de Al Hurr frente a las tropas francas le precipitó a la muerte; quizás el nuevo emir replantee su política y todo se solucione. Luego, ya podrás pensar en tus hijos.

-Vana ilusión. No creo que Anbasah desista de la expansión europea. En cuanto a su política, no debemos esperar que se suavice mientras Munuza siga en su cargo. Y por lo que respecta a mi descendencia, ¿qué opinas si tomo otra esposa?

Gaudiosa le tomó del brazo con materna afabilidad obligándole a levantarse.

-Vamos, hijo. Recobra el ánimo y únete a los demás nobles. Tu padre te echa de menos.

-No me has contestado.

-Lo sé.

Favila claudicó a los ruegos de su madre, aunque su espíritu se hallaba quebrado. Yendo despacio, abatido, Favila llegó cuando ya se había disuelto la reunión. La tristeza manaba de los ojos curtidos por la lucha, resbalaba por las grietas que eran arrugas y se perdían en el desorden de la barba. El tiempo no cicatrizó las heridas, pues que unas semanas después Froiliuba caía presa de fuertes convulsiones provocadas por la intensa fiebre. Se pasó la pobre mujer tres días con sus noches en ese estado febril lleno de agitaciones. Favila observaba cómo en tan poco tiempo los huesos se le marcaban bajo la piel, cómo las cuencas de los ojos se ahondaban en las tinieblas. Hundida en el mísero lecho de paja seca, Froiliuba parecía estar de prestado en este mundo. En medio del delirio de su existencia, Favila creyó escuchar una palabra que aletargó más aún su carácter: Fruela.

III
Antes de que el otoño se despidiera una vez más, el valí Munuza obtuvo finalmente la respuesta deseada a sus peticiones. Aquél había resultado ser un buen año. El ejército que Anbasah envió contra los francos avanzaba victorioso por el sur de la Galia; Hispania se recuperaba del fatal invierno y la mano férrea del nuevo emir había conseguido apaciguar los ánimos exaltados de los inconformistas godos. Así pues, la misiva que Anbasah remitió a Munuza le alentaba a la esperanza: una expedición se estaba preparando para entrar en las Asturias para la próxima primavera con el fin de dar por finiquitado el tema de los sublevados. Con tal halagüeña noticia el valí recuperó su humor acostumbrado. Retomó las relaciones con la nobleza y el clero, agasajaba a los ciudadanos y planeaba el futuro ilusión; mejoraría el rendimiento de los minifundios, repararía las comunicaciones con la meseta... hasta hizo llamar a un poeta reputado y varios maestros de filosofía, matemáticas y astrología. Las inquietudes que le habían desvelado el último año se desvanecían y ya soñaba con una región próspera. Por otro lado, se enfrascó en el embellecimiento de la fortaleza rodeándose de finas telas, exquisitas porcelanas, caballos espléndidos, cristales magníficos; adornó las murallas con obras realizadas al gusto árabe. Lejos quedaban los días en que bajo las órdenes de Muza había cruzado los puertos desde Astúrica.

Asomado a la balconada de sus dependencias se recreaba en la vista de Gigia, de sus calles bullentes, del olor marino, cuyas aguas golpeaban los acantilados o se mecían en las calas. La voz de un vasallo le interrumpió. Anunciaba la visita de Oppas. El gobernador le indicó con un leve movimiento del brazo que daba su permiso. El prelado entró con alegre semblante, porte marcial, el saludo sumiso.

-¿Verdad que hace un día espléndido, amigo mío? –comentó Munuza.

-A nuestra edad una hora de sosiego nos exalta el alma.

-Es cierto. Envejecemos demasiado deprisa. El tiempo no se detiene ante las ridículas preocupaciones de los mortales. Una tarde te acuestas con el brío belicoso de un joven y a la mañana te despiertas achacoso, débil y a las puertas del Paraíso. Y entre tanto pasamos dormidos toda la noche sin apreciar lo que se nos va para siempre. Somos odres henchidos de prepotencia. Pero, dejémonos de altos pensamientos y disfrutemos de la bonanza.

Ambos se acomodaron sobre los cojines, tentaron los frutos secos, sorbieron la hidromiel, conversaron acerca de la religión, la sociedad, las emociones y, al fin, de Pelayo.

-Tengo entendido –refirió Oppas con delicadeza- que los rebeldes se han hecho fuertes en las montañas del Auseva.

-Así es. No obstante, no debemos perder la perspectiva. Ésas son tierras impracticables. Pronto, muy pronto exterminaremos esa plaga de delincuentes. Brindemos por el triunfo de la razón frente a las alocadas ideas revolucionarias que retan a la civilización.

Sendas copas se elevaron en el aire y los dos apuraron hasta la última gota. Luego, el obispo tentó al valí.

-Estoy de acuerdo con ello; sin embargo, quisiera pedirte un favor en honor a nuestra amistad.

-Sea.

-Antes de derramar la sangre de más inocentes desearía intentar de nuevo una reconciliación pacífica. Me apena el desperdicio inútil de vidas.

-¿Qué propones? Hoy me siento generoso. Lo único que no concederé es el perdón para los cabecillas.

-Quizás pueda convencerlos de que se entreguen y eviten más calamidades. No niego que Pelayo y algún otro merezcan un escarmiento ejemplar, pero sus seguidores son en su mayoría desheredados, gente miserable en cuya desesperación se le unieron buscando un rayo de luz. A veces el hombre tuerce el camino correcto para escapar de los cardos sin precaverse de las consecuencias. Confío en tu benevolencia para dar una oportunidad a estos desfavorecidos del destino.

-Eres un elocuente, un gran orador, casi un visionario. Te doy mi palabra de que tendrás esa oportunidad que pides cuando llegue el momento.

-El pueblo verá en ti a un gobernante justo. Esta acción te atraerá el corazón de los que dudan de tu grandeza.

Surtieron efecto los halagos del cristiano, dado que Munuza se holgó en aquel futuro presentado por Oppas. Comieron, platicaron, se emborracharon y yacieron con hermosas mujeres antes del crepúsculo.

IV
Favila enmascaró su alejamiento de Froiliuba en un arrojo rayano con la insensatez. Era el primero en las rapiñas y no abandonaba el lugar hasta que todos se hubieren ido. Además, entretenía los ratos de ocio yendo a cazar con escasa o nula compañía. Su padre, también su madre, le regañaban como a un niño por exponer su vida de forma tan necia.

-El valor –le recriminaba Pelayo- duerme arropado en brazos de la sensatez. Lo que tú haces no es más que un acto desesperado de cobardía y temeridad sin sentido. Compórtate según el honor que nuestros antepasados nos han legado con sus sacrificios; condúcete con prudencia, pues son muchos los que dependen de ti. No resulta difícil llegar a la consideración, a la admiración de las personas; lo realmente dificultoso consiste en mantener el porte y no caer en el vacío de la iniquidad. Cada uno ha nacido para desempeñar un papel, y el tuyo requiere moderación. Guarda la medida y atente a los límites impuestos por la naturaleza; consagra tu vida a los que dependen de ti y no te creas nacido sólo para tu propio provecho, sino para el mundo entero. Recuerda las palabras de Séneca: “nemo regere potest nisi qvi et regi”.

Tales eran las prédicas de su padre, mas Favila prestaba oídos sordos a estos y otros consejos. “¿Qué sabrá él del dolor?”, pensaba en silencio. “¿Cómo puede entender lo que yo siento; él, que se complace en la mujer a quien ama, que se regodea en la descendencia, que recibe el respeto y los halagos de los nobles y plebeyos? No; él no comprende la miseria de los míseros, la desesperación de los desesperados. Mejor atendiera a su deber y compusiera una estrategia con la que vencer a esos malditos herejes; que él exponga el plan y yo lo llevará a feliz puerto, aun a costa de mi propia vida”. En estas y otras cavilaciones estaba paseando solitario, según era su costumbre, cuando a lo lejos vislumbró la polvareda que las huestes del general Al Kahma levantaban a su paso.

El mes de las flores estaba próximo a terminar, un mes de hostigamiento sarraceno, pues la expedición enviada por Anbasah bajo las riendas de Al Kahma había conseguido resolver con éxito algunas escaramuzas. Sus espías le iban indicando dónde y cuándo se hallarían los insurrectos y de este modo Al Kahma aprovechaba la ventaja de la sorpresa. Desde hacía unos días todos los rebeldes se habían concentrado en torno al Auseva y aguardaban impacientes el momento decisivo, dado que ambos bandos se daban perfecta cuenta de que en las inmediaciones de la montaña se decidiría el final de la contienda. Por eso vigilaban los renegados noche y día, por eso Favila se inquietaba, por eso habían trasladado todas las mujeres, niños y ancianos a lugares más seguros.

Favila dio la voz de alarma. Como el engranaje de un mecanismo autómata que sólo necesita el primer impulso para ponerse en movimiento y adquirir independencia, así cada cual supo dónde debía posicionarse, cuál era su misión. Únicamente Favila parecía desorientado; a él no le habían dado instrucciones precisas, no se fiaban de él. Su padre se le encaró con una gran sonrisa y los brazos abiertos.

-Hijo mío, ha llegado el momento de la verdad. Tendrás que demostrar lo que vales, lo que dices que vales. Ponte al frente de los jinetes, azuza a los invasores, provócalos, oblígales a que os persigan con todos sus efectivos y condúcelos a la garganta. Ahí los aplastaremos en una emboscada que resonará burlona en los oídos de nuestro odiado Munuza.

Y así fue cómo el ejército de Al Kahma acabó en la boca del lobo.

V
Según había prometido el valí de Gigia, el obispo Oppas encabezaba la expedición con el firme propósito de llegar a un acuerdo. Conversaba tranquilo con el general cuando Favila y los suyos les atacaron por los flancos. Lejos de desmoralizar a los musulmanes, éstos apretaron filas y se opusieron a la embestida. El fragor del choque anunciaba una encarnizada lucha, pero ésta no se produjo. La caballería astur se replegaba tan pronto como alcanzaba al enemigo para volver a lanzarse con renovado ímpetu. No había bajas en ninguno de los dos bandos y eso exasperaba a Al Kahma hasta que vio cómo el adversario iba retrocediendo a cada nueva acometida. Envalentonado dio la orden de aplastarlos. Entonces, Favila creyó oportuno la retirada.

Las huestes sarracenas se internaron por el escabroso sendero de la garganta. Si arduo era el paso para los caballos de Favila, también lo era para el de sus perseguidores. De repente el camino se cubrió de rocas, troncos de árboles, de tierra que arrollaban las montañas ladera abajo. Imposible continuar e imposible retroceder, pues otro tanto sucedía a sus espaldas. Al Kahma comprendió. Al fondo de la hoz los soldados apresados miraban a uno y otro lado buscando una salida dormidos por el pánico. Durante unos segundos se produjo un silencio sepulcral: se podría oír el zumbido de una abeja libando. Entre tanto los insurrectos aguardaban la señal de su líder para descargar sus armas arrojadizas acurrucados en las alturas. El prelado cristiano se inclinó para una postrer tentativa y alzó la voz cuanto pudo.

-Cristo os ve desde el solio celestial –arengó a los cristianos- y en su rostro se ha marcado la cólera divina. Deponed vuestra arrogante actitud, no cometáis un terrible pecado a los ojos del Señor.
Pelayo le permitía el sermón sin atreverse a dar la señal convenida, pues una cosa era masacrar al enemigo islámico y otra muy distinta quitar la vida a un representante de Cristo. Fue otra voz, la voz que Pelayo reconoció como de su hijo, la que interrumpió la salmodia.

-¡Traidor! ¡Muerte al traidor! ¡Abajo el tirano extranjero! ¡La madre de nuestro dios nos ampara!

Una flecha voló hasta el obispo, se incrustó en el pecho y la punta salió por la espalda; Oppas se desplomó sin vida del caballo y a continuación el cielo se nubló, tal era el número de piedras, lanzas, flechas, picas y todo tipo de material, que fue arrojado desde las faldas del monte. Los soldados musulmanes caían al suelo exánimes, los caballos quebraban las patas; las rodelas resultaban impotentes ante el peso de las orcas y éstas aplastaban todo cuanto encontraban. La sangre se acumulaba en pequeños charcos; luego, corría en diminutos arroyos y la tierra se empapaba con ella adquiriendo un tono granate. Cientos de gritos se perdían en el aire: unos, jubilosos; otros, desesperados.

Una lanza, una de tantas sin dueño, atravesó la pierna de Al Kahma y se espetó en el suelo pedregoso de tal forma que el general se vio privado de movimiento. Trató de arrancársela, pero el agudo dolor de la herida le arrebataba las fuerzas. Viéndose imposibilitado y cercano a la muerte alzó la espada a lo alto.

-¡Maldito seas, Pelayo, tú y toda tu descendencia!

Una piedra chocó en ese instante contra su cabeza y los sesos se desparramaron por todas partes salpicándolo todo en redor. El general quedó tendido supino con la pierna doblada por la rodilla y la espada pegada a la rojiza tierra.

Los pocos que consiguieron eludir la masacre corrieron desperdigados por donde buenamente podían, hacia el sur o hacia el norte. Pelayo mandó cesar los tiros y un clamor rotundo se oyó a lo largo de toda la cordillera.

-¡Victoria! –repetían- ¡Victoria!

En medio de la algarabía Favila se acercó a su padre.

-No debemos desaprovechar la ocasión. Vayamos hasta Gigia y tomémosla por las armas.

-Ese ímpetu tuyo te traerá la ruina. Dime, ¿cómo piensas atravesar los muros de la fortaleza? Una cosa es luchar en estas tierras y otra muy distinta enfrentarse a una tropa ordenada en un terreno que nos es desfavorable. Depón tu odio y alégrate con los demás. Hoy es día de júbilo.

-Pero no podemos permitir que se reorganicen.

-Impaciente. Nuestros hombres se merecen un descanso. Dejemos que disfruten de este triunfo y mañana consolidaremos estos territorios.

-¿Cómo?

-El duque Pedro nos envía tropas desde Cantabria. Entre los dos apuntalaremos con guarniciones el valle y sus lindes. No te apresures a reconquistar aquello que nos llevará algún tiempo. Ahora ve con el resto de nuestros hombres y por una vez que tu semblante sombrío desaparezca, y reconfórtate.

Era el año setecientos y sesenta de la era hispana, hacía setecientos y veinte y dos años que había nacido Nuestro Señor Jesucristo.

VI
Todas las habitaciones del palacio Munuza estaban revueltas. Era un hervidero de bulliciosos personajes trajinando de aquí para allá, recogiendo esto o esotro, empaquetando, despreciando, abandonando. En el patio los siervos acumulaban unos sobre otros los bultos: víveres, joyas, telas, vidrios, esculturas, arcones repletos de monedas... El valí era hostigado constantemente por sus consejeros.

-Debes llevarte más hombres armados. Los rebeldes podrían asaltar la caravana.

-No puedes dejar la guarnición indefensa. Permite que se queden más soldados.

-Es una locura proponerse un viaje ahora. Tu sitio está aquí.

Cada uno daba su propia opinión, sincera y desinteresada las más de las veces. Lo cierto es que Munuza tenía la obsesión de recabar un ejército solvente y regresar con él para la aniquilación total de Pelayo y sus secuaces. Lamentaba, casi lloraba, la decisión de Anbasah de enviar tan sólo un destacamento cuando le había prometido todo un regimiento. Para colmo resultó ser un grupo inexperto en la lucha por tierras montaraces, acostumbrado como estaba a las batallas en campo abierto. Por eso había decidido personarse ante el emir y obligarle a entrar en razón. “Es un desafuero internarse en el continente sin antes haber asegurado la península”, reflexionaba. El mayor inconveniente para convencerlo residía en que Anbasah no tomaba muy en serio a aquel grupo de forajidos; “descarriados de la mano de Alá”, los había llamado en su última misiva; “los hijos de Mahoma”, había escrito, “deben propagar su palabra entre los infieles y dar a conocer la verdad, la única verdad”.

A mediodía la caravana se puso en marcha. Precedía los carromatos un pelotón selecto de la temible caballería, detrás marchaban los soldados de a pie. Munuza iba entre la vanguardia y los carros a lomos de un soberbio caballo árabe rodeado por su guardia personal. Formaba la retaguardia un conjunto heterogéneo de personas: esclavos, heteras, comerciantes que abandonaban el norte tumultuoso, algún poeta, malabaristas, incluso astures convertidos al Islam que se veían amenazados por los cristianos vecinos y hasta familiares suyos.

Por los caminos se oían insultos, advertencias. Los soldados aguzaban la vista, escrutaban los alrededores, mas a nadie distinguían. Apresuraban el paso y sólo se ralentizaron cuando una partida armada se les unió procedente de diferentes guarniciones del valle de Saelia. Cerca de Olalíes el silencio cayó sobre ellos. Los lanceros detuvieron sus monturas a la orden de su capitán. Toda la caravana quedó expectante; diríase que la brisa arrastraba los suspiros lejos de allí, a tal punto llegó la mudez. Cientos de ojos atisbaban en torno suyo, examinaban cuidadosamente por entre las matas más allá de los roquedos; creían adivinar furtivas siluetas al otro lado de los árboles. Tenían la respiración de hito en hito. el capitán renunciaba a reanudar la marcha, los caballos bufaban impacientes, la escolta se apresuraba a desenvainar las armas. Sin perder la compostura el oficial se acercó al valí.

-Alguien nos espía. Deberíamos dar la vuelta. Éste es un lugar apropiado para una emboscada; con unos pocos hombres bien colocados nos destruirían en un pestañeo.

Munuza recapacitó tan sólo unos segundos.

-Preparémonos para salir de aquí cuanto antes.

Apenas lo hubo acordado, una tormenta de flechas se desplomaron sobre la caravana. Gritos, aullidos, golpes, rugidos de bestias surgieron por todos lados abalanzándose sobre los musulmanes. Los jinetes, impedida cualquier maniobra evasiva, hubieron de apearse. Todos estaban desprotegidos.

Alfonso y Favila, codo con codo, guiaban el ataque de los insurgentes. Poco después Pelayo se les añadió con otro buen número de guerreros. Quienes rehuyeron la lid y se pusieron en fuga salvaron la vida; los que aguantaron el envite acabaron por expirar. Munuza fue de los primeros en esquivar la muerte protegido en todo momento por su escolta cada vez más diezmada. No había piedad para los vencidos. Pelayo en persona traspasó con su espada el pecho inofensivo de una prostituta guarnecida tras un matorral, Favila decapitó sin conmiseración a un buen número de siervos desarmados, Alfonso se deleitaba ejecutando con ojos sanguinolentos a quienes alzaban las manos en señal de rendición; incluso hubo quien, después de degollar a una de las concubinas del valí, rajó su vientre para traspasar con su daga el feto que la desgraciada llevaba dentro.

-¡Que no quede con vida ni uno de esos perros! –vociferaba Favila.


Aquello no fue una lucha cuerpo a cuerpo, sino una matanza cruel y despiadada.

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