I
El estamento religioso y aun el político estaba convulso no
sólo en las Asturias sino también en Hispania cristiana. La repercusión de la
prédica de Beato sobre la legitimidad de Jesús de Nazaret como hijo de Dios
había calado en los dogmas eclesiásticos extendiéndose con rapidez por los
territorios de la corona astur en detrimento del adopcionsimo que Elipando
defendía desde la sede toledana. Con el fin de zanjar la cuestión y otras más
excitadas por el de Liébana el abad Fidel había pedido una audiencia a
Mauregato en representación de los valores góticos tradicionales para discernir
junto a otros sabios teólogos la verdadera naturaleza de Cristo. Se produjo un
gran revuelo en el reino y el nuevo monarca tuvo la oportunidad de afianzarse más
en el solio ganándose el favor de la Iglesia, del vulgo y de la aristocracia,
consciente de que los carolingios también habían puesto su mirada en la
evolución de la disputa religiosa, en la cual se dirimía la supremacía de una u
otra tendencia, ya que sus instituciones se expandían por todo el continente
implantando su propia visión del cristianismo más próximo a la idea de Beato
que a la de Toledo.
Un soleado día de junio se celebró el reducido concilio en
Flavionavia. A él asistieron los dos bandos, encabezados cada cual por Beato y
por Fidel, enfrentados sus asientos como dos formaciones militares se enfrentan
en una batalla. Mauregato ocupaba la silla intermedia acomodado para una larga
disputa que poco o nada le importaba. rodeaba a los contertulios la guardia
real. Separados unos metros de ésta los prohombres de la nobleza se dispusieron
en largos bancos cuya vista era dificultada por los soldados, de modo que
algunos oligarcas debían inclinar el cuella para no perderse detalle de quien
tomar la palabra. Arrimada a las paredes se aglutinaba la plebe ociosa más
interesada en el ornato, la ceremonia y las riñas que en las resoluciones que
ahí se tomaren. Otros muchos se habían colado en el piso superior, una
balconada semicircular empleada en los oficios religiosos para la asistencia
del pueblo llano. Había varias capillas en redor de la sala en donde las monjas
oían la misa; éstas habían obtenido el permiso para obviar sus obligaciones
mundanas y completaban todos los asientos disponibles, entre ellas la viuda
Adosinda cuyo encierro no había aminorado en absoluto su mirada majestuosa y
afable a un tiempo.
Abrió el debate Mauregato con un discurso de propia
invención, en el que abogaba por un acuerdo entre las dos partes para una mejor
conveniencia y para mayor gloria de Dios. El primer turno correspondió a Fidel,
que atacó sin miramientos las teorías de Beato aduciendo con numerosos
ejemplos, extraídos de varias fuentes escritas, la imposibilidad de que María
pudiese haber sido fertilizada por el Señor y mucho menos a través del Espíritu
Santo, concluyendo que Jesús era mortal, a quien la divinidad había adoptado
como hijo suyo para propagar las enseñanzas.
Cuando el turno pasó a Beato, éste defendió el caso
contrario enfatizando la doble naturaleza del de Nazaret: la mortal por parte
de madre y la divina por parte del padre, como así también había entendido la
Iglesia que atesoraba Carlos el Magno. Luego, habló de la indivisolubilidad de
la Trinidad y, por último, acudió a la evangelización, que en este sentido el
Santo Yago había extendido por la península y cuya tumba, terminó, seguramente
se encontrara en algún punto del noroeste hispano, como señal de que así era la
verdad.
Por momentos las diferencias se agrandaban con la exaltación
de los ánimos, a tal punto que algunos perdían los nervios y vociferaban
interrumpiendo a los colegas o a los rivales. Las reuniones duraron más de dos
semanas y tales fueron los galimatías que allí se armaron, que los últimos días
no asistían ni curiosos ni indiferentes, a excepción del rey, que aguantaba
estoicamente el vendaval según correspondía a su cargo, a veces medio dormido y
otras veces dormido en profundidad.
Con motivo de este debate, calmo en ocasiones y exaltado en
otras, la Corte bullía con la asistencia de personajes de todo tipo: condes,
obispos, marqueses, monjes, damas, incluso algún duque; pero también pícaros,
alcahuetas, jugadores, bufones, ladrones; además pululaban por todas partes los
esclavos, sirvientes, ayudantes de cámara, doncellas acompañantes y otras que
ya no eran doncellas, confidentes; séquitos, huestes, guardias, legados,
correos. Cada día entraban en la urbe decenas de carros con las provisiones de
la jornada, tendederos con productos milagrosos. Tal cantidad de gente pisaba
las calles terrosas de Flavionania, que en las afueras se levantaban multitud
de tiendas y chabolas, como una segunda ciudad, llenando de inmundicias y
desperdicios todo el paraje, lo que provocaba fétidos olores agravados por el
calor y la brisa constante. En las casas de alcurnia perfumaban las estancias
con infinidad de ungüentos y esencias de flores; aun así, tardes había que
resultaba insoportable la fetidez, por lo que muchas cortesanas se refugiaban
en el jardín adyacente al palacio, por donde paseaba Jimena sumida en sus
ensoñaciones.
Echaba de menos las charlas con la vieja bruja, confinada en
el bosquecillo que había en la falda del monte Aramo, cerca de Oveto. Para
distraer su atribulado espíritu vagaba por las inmensidades de los sueños
imaginándose mil y una aventuras amorosas con un apuesto caballero de
reluciente armadura, montado sobre un corcel blanco como la nieve. En esos
casos gustaba de la soledad, casi olvidada su condición de casada, y Nepociano,
atareado en diversiones inútiles, le era totalmente ajeno. Otras veces se veía
como una niña que se topa por casualidad con trasgos, xanas o sirenas, con
plantas dotadas del don de la palabra o animales juiciosos o estrellas que
bajan a la tierra para llevarla en sus crines a paraísos perdidos. En cierto
ocasión que estaba refrescando los pies sumergidos en el agua de un estanque,
una sombra alargada la exaltó; dio un grito y por un movimiento brusco al
intentar levantarse perdió el equilibrio y cayó al agua. Cuando se enderezó, la
ropa le chorreaba como una fuente y el cabello se esparcía empapado por la cara.
Oyó las carcajadas de un hombre; lo hubiera matada allí mismo. Apartó el pelo
de los ojos y al verlo el corazón le dio un vuelco, la sangre corrió alocada
por las venas; no sentía el resquemor de las rasguños en una mano ni la
incomodidad de pisar guijarros descalza. Aquel intruso, que le era desconocido,
le tendió la mano aparcando las risas.
-No era mi intención asustarte.
Jimena estaba quieta. Aun percatándose del gesto del
caballero, sus músculos agarrotados no habrían sabido reaccionar. Entonces
aquel hombre entró en el estanque, cogió a Jimena en brazos y la sacó de allí.
-Estás herida –dijo mientras examinaba la mano-. No es nada
importante. Te llevaré a tu cuarto y llamaremos... –se interrumpió, pues Jimena
no reaccionaba y él empezaba a temer que algún golpe en la cabeza le hubiese
perturbado la razón; mas, de repente ella calmó esos temores.
-Es igual. Yo misma me cuidaré la herida.
-De todas formas te llevaré a tus aposentos, si me indicas
cuáles son –la volvió a coger en brazos y Jimena le rodeó con los suyos el
cuello.
-Me llamo Sancho Días, conde de Saldaña. ¿Y tú eres?
-¿Yo?
Estaba ofuscada, sus ojos no se desviaban del conde y su
corazón no cesaba de bombear litros y litros de sangre anegando las venas,
arterias y capilares. Sancho culpó de aquel aturdimiento a la caída, aunque
reconocía para sí que aquella fijación de la dama le molestaba un tanto.
-¿No recuerdas tu nombre? En ese caso malamente recordarás a
dónde debo llevarte. No es que me queje, que eres liviana como una pluma, pero
no es buena la humedad de tus ropas.
-Jimena –musitó.
-¿Te llamas Jimena, como la hija del difunta Fruela, que
Dios tenga en su gloria?
-Sí, como ella.
-Y dime, Jimena, ¿dispondrás de alguna sierva, camarera o
dama de compañía?
-Sí.
Viendo que por ese camino nada conseguiría, salvo la
habitación a que dirigirse, él mismo se propuso sanar los rasguños y
proporcionarle una criada que le ayudase a secar y vestir. Llegados, pues, al
cuarto, la sentó en un escabel, vendó la mano y reclamó una criada. Entre tanto
llegaba ésta, él mismo secó los pies de Jimena; luego, el cabello.
-Siento mucho haberte asustado, ni siquiera me había dado
cuenta de que no estaba solo.
-Es igual.
Entró la criada y Saldaña se despidió con una reverencia.
-Si en algo te puedo servir, no tienes más que decírmelo.
-Tal vez te haga llamar.
-Acudiré presto a tu requerimiento.
Cuando cerró la puerta tras de sí, el conde notó la ausencia
de aquella mirada puesta en él y un hilillo de estremecimiento le recorrió la
espalda. Giró la cabeza varias veces con la vana esperanza de ver aparecer en
el umbral de la puerta la figura aturdida de Jimena, mas dobló la esquina del
pasillo y aquélla no asomó.
II
Alfonso frisaba la veintena de años desde su natividad y el
lustro desde que partió al exilio. De los asuntos del reino estaba al corriente
por la abundante correspondencia que recibía de su tía; por ella conocía su
decisión de tomar los hábitos e ingresar en el monasterio de San Juan, en
Flavionavia, luego que una asamblea oligarca le diera a elegir entre la vida
monacal o el destierro. Por supuesto, Adosinda escogió quedarse, aun como
monja, con tal de proseguir su lucha en favor del sobrino, y qué mejor lugar
que desde la propia capital del reino. Apenas contaba con hombros a los que
arrimarse, Teuda y Aldonza acaso, porque Mauregato había sabido sujetar las
bridas del gobierno y desde su posición abarcaba un gran trecho de la política;
no era el mentecado Aurelio ni el confiado Fruela ni mucho menos el dócil Silo,
que pudo reinar en paz gracias a los tejemanejes de su esposa.
También supo Alfonso que la famosa disputa religiosa entre
adopcionistas y legitimistas había acabado en tablas, aunque las distancias
entre las dos corrientes habían abierto una brecha imposible de superar, de tal
jaez que los púlpitos de las iglesias se habían transformado en oratorios
improvisados, desde los cuales el sacerdote abogaba por las teorías de Beato o
las de la sede toledana, según defendieran las teorías tradicionales italianas
o godas, siendo de éstas últimas el obispo Elipando su más encarnizado
valedor. Se rumoreaba que incluso había amenazado a los partidarios del
legitimismo con la pena y la condenación eternas llamándolos en sus públicas
homilías “hijos de Satán”, “abominaciones del Infierno”, “preludios avernales”
y otras lindezas por el estilo. Esgrimía su lengua afilada contra Beato como
Longinos blandió su lanza contra el Crucificado.
También su tía le puso al día de las relaciones de Jimena
con Nepociano: “un matrimonio mal avenido, pero legitimado ante los ojos de
Dios”, escribía. A Alfonso le entristeció esta noticia y todas las noches pedía
al Señor que iluminara a los esposos. En la última carta que había recibido,
Adosinda le comunicaba que le estaba buscando una buena esposa que sirviera al
mismo tiempo como alianza con la nobleza y como fiel reina, citándole varias
candidatas por si acaso él prefería alguna en particular o quizás la
descartara. Sin embargo, Alfonso respondió inmediatamente con otra misiva en la
que le suplicaba que desistiese en este punto; sólo Dios conocía el
agradecimiento que profesaba a su queridísima tía, pero en asunto de matrimonio
no quería terminar en la situación de su hermana, así que ya buscaría él a su
reina.
III
En la celda del monasterio de San Juan, Adosinda imparte
órdenes a esporádicos visitantes, privilegio el suyo del que no gozaban las
demás reclusas gracias al alto rango de su ascendencia. Por ahí pasa Teuda,
Aldonza, incluso Jimena. Solía expresar sus mandatos oralmente, como prevención
ante un posible extravío o robo de documentos escritos, aunque en ocasiones se
confiaba a una breve esquela, más larga si el destinatario era su sobrino. La
excepción era su hijo Ordoño, un adolescente amanerado, frágil rival para la
política y aún más para las armas; a éste lo recibía una vez a la semana, si
bien había citas a las que Ordoño faltaba ya que le molestaba el trato
excesivamente edulcorado de su madre, incapaz de regañarle. Sus rasgos
evidenciaban un parecido tan asombroso con Silo que Adosinda no tenía más
remedio que acordarse del difunto marido y reverenciar en el hijo el amor que
había profesado al padre. Una madrugada después de maitines se encerró en el
cuartucho, tomó pluma y papel y se dispuso a escribir una extensa carta a
Alfonso.
“Querido sobrino. He meditado largamente sobre el asunto de
tu esposa y he decidido acatar tus deseos, siempre que la mujer que escojas no
sea una carga imprudente para tu futuro gobierno. Ten presente que una mala
elección podría echar por tierra todo lo conseguido hasta el momento por tu
abuelo y tu padre. Te debes a la corona y el reino ha de ser tu primera opción.
No quisiera ser yo la causa de tu infelicidad proporcionándote una compañera
que te haga penosa la existencia y para aliviarte busques un consuelo fuera de
la sagrada institución que es el matrimonio; pero, tampoco quisiera que por un
capricho estropees las perspectivas favorables que a continuación te expondré.
El gobierno de tu tío Mauregato ha llegado a su fin, pronto abandonará este
valle de lágrimas. No voy a especificar cómo o cuándo, mas debes prepararte
para el regreso a Asturias. Sin embargo, las circunstancias me han obligado a
aplazar tu entronización, pues todavía no es el momento oportuno: la oposición
es muy fuerte y los detractores se mantienen firmes; además, los indecisos
temen por sus propiedades, más incluso que por sus vidas. Por todo ello sólo
admitirían un cambio de rey si el sucesor de Mauregato es Vermudo, a quien he
conseguido convencer para que abandone su diaconía y ocupe el lugar que a ti te
correspondería. Es la elección más válida para todos. No será una apuesta a
ciegas, al fin y al cabo es el hermano de Aurelio, el hijo de tu tío abuelo
Froila, así que los cántabros apoyarán la candidatura por su ascendencia y los
astures por su parentesco con el rey difunto. En cuanto al grupo nobiliario que
toma partido en contra nuestra, he negociado con ellos una propuesta
arriesgada, no obstante, nos permitirá un resquicio de esperanza: ellos
formarán en exclusiva un Consejo Real y, a cambio, podrás volver a Flavionavia
adscrito a la corona; esto es, serás declarado oficialmente sucesor legítimo de
Vermudo. Es cierto que serán ellos los que rijan el reino, los que detentarán
el poder, mas no habrá intrigas para asesinatos ni derrocamientos por su perte
ni por la nuestra. Asturias necesita estabilidad política porque un peligro ha
surgido, querido Alfonso, en Córduba. Desconozco si estarás al tanto. El
anciano emir, Abd Al Rhaman, al que llaman el Justo, se encuentra a las puertas
de la muerte y su hijo Hixem arde en deseos de someter bajo su férula toda la
península, para lo cual ha estado reclutando un vasto ejército que ha
distribuido por las provincias fronterizas alegando que así evitará nuestros
alzamientos contra el emirato. Lo más preocupante es que un regimiento bien
adiestrado acampa amenazador cerca de Asturica. En definitiva, haz el equipaje
y estáte dispuesto para el viaje y no desdeñes las preocupaciones que tome
Gadaxera, pues en su mano está arreglado que llegues a nosotros sano y salvo.
Que Dios, Nuestro Señor, sea tu guía y cumple fielmente con tus obligaciones.”
Releyó lo escrito por si había algo que añadir y, dando el
viesto bueno, devolvió la pluma a su lugar, secó la tinta, cerró el pergamino,
lo selló y lo guardó en la manga por si alguna imprevista visita se anticipaba
a Teudano y en un descuido era descubierta. Se arrodilló junto al lechoi, juntó
las manos y bajó la cabeza sumisamente para rezar. Dos horas tardó su leal
Teuda en llamar a la puerta, y lo hizo con dos fuertes golpes de los nudillos.
-Ya se avecina el final –comentó el general besando el dorso
de la mano que su reina le tendía-. Mauregato se precipitará en el Orco dentro
de unos pocos días.
-La espera será angustiosa. Si se destapa el complot, la
picota nos aguarda.
-En ese caso usaremos la protección que el conde Pedro nos
ha ofrecido.
-Su amabilidad no valdrá para salvarnos, amigo mío. Los
dados han sido arrojados, lo mismo que lo fueron en tiempo de César, y no hay
vuelta atrás. ¿Está Jimena a buen recaudo?
-Lo está. He seguido tus instrucciones paso por paso. Jimena
va camino de Cantabria con la excusa de visitar a tus parientes lejanos.
-¿Y mi hijo?
-A Ordoño le he enviado como embajador tuyo a Bardulias para
cerciorarse de que en los Campos Góticos se respeten los acuerdos que tu marido
ratificó con la aristocracia local. Mauregato nada sospecha por el momento. En
cuanto a Alfono, ¿qué debo hacer?
Adosinda sacó la carta de la manga y se la entregó con un
movimiento brusco.
-Guárdatela bien, en ella le pongo al corriente de casi
todo.
-Haré que llegue a su destino.
-Si cae en manos inapropiadas estaremos perdidos y rodarán
más cabezas que las nuestras.
-Me aseguraré de que no sea así. Yo mismo...
-No –le interrumpió Adosinda-, a ti te necesito aquí. ¿Aún
está en Flavionavia el conde de Saldaña?
-Sí, lo está.
-Encárgale a él el correo. Es joven, audaz y leal a nuestra
causa.
-Como desees.
-Dile también que se una al séquito de mi sobrino, al lado
de Gadaxera, pero cuídate de confiarle más datos sobre el plan. Ahora vete, nos
volveremos a ver, si Dios lo quiere, en mejores circunstrancias.
El viejo Teuda se despidió con un saludo y se fue con paso
firme a largas zancadas. En su regazo llevaba la carta, en su mente el sonido
de las palabras de Adosinda, su rostro, sus labios moviéndose al compás de las
órdenes. Por ella daría su propia vida como cumplimiento de una promesa, se
decía, mas no conseguía con ella engañar su conciencia que le confesaba el amor
que sentía.
Adosinda regresó a sus oraciones con mayor fervor suplicando
al Cristo por el buen término de la empresa, por la salud de sus allegados,
pro el buen juicio de sus amigos y por la felicidad del leal Teuda, en cuyo
pecho refugiaba su ardor.
IV
Mauregato dormía plácidamente al abrigo de dos guardias
delante de la puerta de su cámara. Eran dos robustos corpachones de lánguida
mirada que en aquella ocasión estaban inquietos. Cuando apareció por el pasillo
un esclavo de tez morena tensaron los músculos y se enfretaron a él cortándole
el paso sin decir nada; aguardaban impacientes a que el visitante pronunciara
la frase convenida, la contraseña, antes de franquearle la entrada.
-La Cruz es el signo de la Victoria –pronunció el esclavo.
-Con ella caerá la Media Luna –respondieron ellos-. Date
prisa en lo que hayas de hacer.
Le abrieron la puerta y el forzudo esbirro entró como un
felino aceha a la presa. Asió un almohadón que había en el suelo, del que
suelen utilizar los musulmanes del Al Andalus, y con un movimiento raudo lo
aplastó sobre la cara del rey. Éste abrió los ojos como para acaparar el mundo
entero, y comenzó a forcejear por librarse del gazapo, mas el esclavo estaba
curtido en ciertas tareas gravosas y sus brazos, como dos troncos de árbol, no
se inmutaban. Mauregato pataleaba en el lecho mientras notaba que el pecho se
le encogía angustiado por la ausencia de aire fresco; la piel se azulaba y los
ojos se anegaban en las tinieblas. El esfuerzo infame por respirar le mermaba
el vigor; la boca, totalmente abierta, no tragaba más que la tela del almohadón
y sólo un hilillo insignificante e insuficiente le permitía sobrevivir.
Comprendió que era el final y en el prostrero momento se acordó de que bajo el
lecho había guardado una daga; estiró el brazo hacia ella palpando el suelo en
su búsqueda desesperada, pero el arma huidiza se resistría a ser encontrada. De
pronto se abandonó a su suerte y los músculos se le relajaron. El esclavo de
piel tiznada oprimió el almohadón un rato más hasta asegurarse de que había
cumplico con el encargo. Luego, lo colocó en su sitio y salió.
-Aquí tenéis.
Les dijo a los centinelas al tiempo que les daba una bolsa
repleta de monedas antes de desaparecer por el pasillo. Los guardias vacilaron
en huir.
-Aquí no ha pasado nada –repetía uno de ellos
convulsivamente-. El rey ha muerto porque así lo ha decidido Dios.
Mauregato quedó tendido en el lecho para que a la mañana
siguiente los cirujanos se pasmaran ante el hecho inexplicable, cuya
perplejidad le acarrearía un buen montón de dineros. Así fue el fin del hijo
bastardo del gran Alfonso, el Católico, que engendró a la cautiva Siselda y la
mantuvo encerrada para amarla y ser amado. Una vez más el trono asturiano se
había cobrado otra víctima.