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miércoles, 6 de enero de 2016

La Cruz de la Victoria (capítulo diecisiete)

I

El diecisiete de septiembre del año ochocientos y veinte y nueve de la era hispánica, setecientos y ochenta y uno desde el natalicio de Jesús, el Cristo, se celebró en Flavionavia una gran misa de coronación por todo lo alto. Días atrás Vermudo había abdicado; las presiones de la nobleza descontenta con la gestión, la desastrosa derrota en el Bierzo y la incuria del rey suponían una carga excesiva para los hombros de Vermudo, segundo hijo de Froila, hijo del duque de Cantabria, Pedro, que era el padre de Alfonso el Católico, abuelo materno del nuevo monarca, Alfonso, hijo de Fruela. Así pues, Vermudo delegaba la responsabilidad del reino en el sobrino de Adosinda, el cual había sido educado desde la más tierna infancia para ceñirse la corona. Vermudo, a quien el pueblo apodaba el Diácono, regresaba a la celda de su monasterio exculpándose ante todos por su ineficacia, reconociendo que había sido un títere manejado por el consejo real. A pesar de la insistencia de su esposa, la tierna Numilia, el Diácono renunció al mismo tiempo al trono y a la familia, con quien nunca logró encariñarse; únicamente accedió a asistir a la ceremonia que entronaría a su sucesor en el solio, por el cual motivo vestía sus galas en la primera fila al lado de su mujer, cuyos pensamientos se teñían de melancolía y de dudas: ¿qué sería de ella y de sus hijos? ¿Con qué referente paternal crecerían? ¿Cómo aliviaría las noches en la soledad de su cámara? Un ácido resentimiento anidaba en sus entrañas hacia aquel pésimo rey y peor padre y esposo; ¿con qué licencia moral o divina se permitía abandonar una familia que le necesitaba? ¿A quién recurrir?

Un murmullo de impaciencia fue alzándose por todos los asistentes, pues Alfonso demoraba la presencia y hasta el obispo regente ostentaba un semblante malhumorado. A Numilia la sacó de sus cavilaciones la voz empalagosa de Nepociano, sentado a su vera, que se inclinaba hacia ella como para hacerle una confidencia.

-Nuestro príncipe comienza con mal pie su mandato. Quiera Dios que no sea el augurio de un gobierno lento en tomar decisiones y enredado banalmente, como el de tu marido. A fe que ha sido de los más ridículo y, aunque es persona de Fe, como hombre no ha sabido cumplir. Otros sí somos hombres cumplidores; si en algo me necesitas, no dudes de que yo te favoreceré.

Captó Numilia la poco sutil indirecta. Le mostró una mueca desganada, como indicando que lo tendría en cuenta, pero que rechazaba su ofrecimiento. Cuando Nepociano se enderezó en su asiento, ella miró a Jimena por ver si se había enterado del comentario sobre su esposo, mas descubrió en su rostro el mismo de la indiferencia que le era tan habitual en Vermudo.

En efecto, Jimena se abstenía de las infidelidades de su marido. Su pasión incubaba en el corazón la figura de un conde de Bardulias, de la urbe de Saldaña. os últimos tres años se habían intensificado los encuentros; primero buscaron el amparo de los rincones del palacete; luego, la seguridad de una casa alquilada a las afueras de Flavionavia; cuando creyeron que los rumores del populacho podrían llegar a oídos de su marido, su hermano o su tía, Jimena convenció a su amante para regodearse en un recodo el río Saelia; finalmente, después que una tarde un grupo de chiquillos casi les descubre, se armaron de valor y pidieron a la vieja bruja del bosque que les prestara su cabaña para los furtivos encuentros.


La mayor preocupación del amante no era, sin embargo, recurrir a la ayuda de una bruja, sino la felonía que estaba cometiendo con Alfonso, porque Alfonso basaba su confianza en cuatro columnas inquebrantables: su tía Adosinda, el noble Teudano, el valiente capitán Gadaxera y él, el conde de Saldaña, a quien encargaba las misiones más delicadas, pues ni Adosinda ni Teuda tenían edad para correrías ni quería desprenderse de Gadaxera, convertido en una especie de guardaespaldas, por lo que descuidaba un tanto la capitanía del regimiento caballeresco. Ese sentimiento de culpa agriaba el amor que le consumía por Jimena, mas su voluntad era incapaz de renunciar ni a uno ni a otra.

Tronaron las trompetas en el patio exterior y todos los presentes se levantaron aliviados ante la inminente entrada de Alfonso. Las cabezas giraron hacia la puerta de doble hoja abierta de par en par y contemplaron la silueta mayestática de su futuro soberano. Alto, de talle estilizado, frente marcial, mirada altiva, paso firme, mohín contundente. Impresionaba su personalidad, cegaba su apariencia; hasta los adornos humildes para un monarca refulgían con sus andares. Avanzaba por el pasillo admirado por la concurrencia, incluso una celosa aprensión clavó las garras en el pecho de su primo Ordoño: “ese engreído... ese pretencioso...”, se decía, “miradlo cómo se pavonea; todo se lo debe a mi madre; debería ser yo quien ciñera las sienes con la corona”.

Desde el desagradable episodio de la taberna, Adosinda le apretó las riendas sin consideración y, con el corazón partido, incluyó su nombre en la lista de los posibles intrigantes, una lista que encabezaba Nepociano y cerraba el conde Aldroito, homónimo del padre, que había militado en el bando rival de su hermano Fruela.

Durante la homilía el obispo de Iria, Teodomiro, hizo referencia a la herejía que aún restaba a lo largo del reino y conminó al nuevo rey a que pusiera fin a las prácticas herejes de los paganos, a la adoración de los falsos dioses, y que castigara con justa crudeza los pactos con el Maligno. Así mismo elevó una plegaria al cielo para que Dios infundiera en Alfonso el discernimiento entre el bien y el mal, y le dotara de la suficiente energía para desenquistar a los infieles musulmanes. El sermón no daba la impresión de hallar fin y muchos feligreses bostezaban de hastío sin poder remediarlo, y eso a pesar de los ímprobos esfuerzos por mantenerse despejados. El conde Aloite meneaba la cabeza, como renegando de aquella jeremiada.

-¡Por Dios Santo, que todos los curas son iguales! –susurró a Piniolo, sentado a la izquierda-. Les das permiso para hablar y te machacan con sus interminables alocuciones.
-Tengo entendido que éste en particular desconoce la palabra mesura.
-Si tiene la lengua tan longeva como la nariz, estamos aviados -causó gracia el chascarrillo y a los que le oyeron les costó la indecible aguantar la carcajada. El obispo calló-. ¡Por fin! –exclamó Aloite.

Había llegado el momento culminante. Con todos puestos en pie, en medio de un silencio apabullador, el obispo coronó la testa alfonsina acompañando el ritual con las bendiciones pertinentes. Apenas lo había proclamado soberano de las Asturias y Cantabria, de Galecia y Álava, de las tierras vecinas cuyos señores habían jurado lealtad a la institución regia; el populacho voceó los vítores hacia el nuevo rey con una alegría desbordada que ni el propio obispo ni los guardias consiguieron apaciguar hasta después de un buen rato.

Tras la interrupción el ceremoniante finiquitó la misa con presteza, no fuera que el vulgo volviese a recabar su autoridad. Todos los ojos estaban puestos en el rey, el segundo de su nombre, mientras salía por el pasillo. Se detuvo en el umbral, saludó a los súbditos y éstos le aclamaron con tal griterío, que las campanas enmudecían su badajo lo mismo que el obispo enmudeció su lengua.
La engalanada Flavionavia vio turbada su pacífica existencia con las celebraciones posteriores, abarrotada por los asistentes que acudían a miríadas, pues astures y cántabros depositaban en el veinteañero rey las ambiciones de prosperidad que desde el óbito de su abuelo fueron truncadas por los ineficaces gobernantes que se habían sucedido. En cambio, los alaveses se manifestaban reservados, si bien mostraban un tímido contento al ver entronizado a su hijo adoptivo, que lo era por su madre Munia y por el exilio en tiempos adversos. Muy al contrario, los díscolos galegos se amoldaban a la situación con un deje de escepticismo achacando los continuos fracasos de independencia a las maniobras poco claras de Adosinda.

La repercusión de este nombramiento había traspasado las fronteras y para sorpresa de propios y extraños una delegación vascona se había presentado sin previo aviso con la única intención de ratificar un acuerdo no escrito por el cual la monarquía asturiana no interferiría en los asuntos de las tierras del Alto Ebro, en cuya populosa capital, Pompaelo, la estirpe de los Arista despuntaba como soberana frente a la influyente política de Córdoba. Enterados de los avatares palatinos, los emisarios se entrevistaron con Adosinda y no con Alfonso, lo que disgustó a éste y puso en un brete a aquélla y enquistó un resentimiento frívolo en el corazón de la facción opositora; después de todo, presintieron que quien mandaba en el reino seguía siendo Adosinda.

Ardua tarea, pues, le aguardaba al joven Alfonso. En sus manos estaba depositado el futuro del occidente cristiano.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

miércoles, 23 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo dieciséis)

I

La cálida capital del emirato padecía los rigores de un verano particularmente caluroso. Por las calles los paseantes vencían la asfixia del bochorno resguardándose en las sombras; las fuentes servían de lenitivo, mas apenas había, salvo en el palacio real.

El anciano Abd al Rahman sufría horrores en el lecho porque el abrumador calor le dificultaba la respiración y sus pulmones semejaban dos fuelles agrietados, ajados por la vejez. Sus súbditos lamentaban tan triste final para un hombre que les había devuelto la ilusión en un reino poderoso, que les había librado de una dependencia exhausta del califa, y todo ello derogando las leyes injustas que los sujetaban con mano de hierro a los caprichos de Bagdad. El moribundo alzó la mano y a su indicación el visir se le acercó.

-Busca a mi hijo, pues Alá me llama a su lado.

El ministro obedeció. Sin provocar más ruido que el de la brisa rozando la hierba, salió de la habitación como una sombra. Al otro lado el general Abd al Kerim ibn Abd Wahid ibn Mugeit, reputado militar que había combatido a las órdenes del emir, le cortó el paso.

-¿Cómo se encuentra nuestro señor?

El visir se detuvo visiblemente emocionado; sus manos temblaban y la mirada arrastraba un amargo velo de tristeza. “Agoniza” fue la única palabra que salió de sus labios temblorosos. Sin más, siguió el camino ignorando al corpulento militar. Encontró a Hixem supervisando las obras de la nueva mezquita, o más bien sentado en sus cercanías sobre una piedra. Leía unos versos del poeta al Wahid ibn Yazid, muerto había catorce años, saboreando cada palabra, que él mismo depositaba en el aire con voz melodiosa, pues su tono, su modulación y su emoción eran en absoluto apropiados para la recitación:
 “Un día me dijeron que Salmà había salido a rezar. / Un gracioso pájaro miraba desde la rama / y le pregunté: ¿quién conoce a Salmà? / Yo, y echó a volar. / Acércate a mí. / Aquí estoy, y bajó. / ¿Has visto a Salmà? / Sí, y huyó. / Me hirió en lo más íntimo del corazón / y voló”.

Estaba abstraído. Su pensamiento había adquirido alas y ahora volaba muy alto sobre las nubes regodeándose en el poema.

-Príncipe –musitó la voz reseca del visir, que se vio obligado a repetir el llamamiento-. Príncipe –pronunció por tercera vez. Hixem se volvió hacia el ministro y le interrogó con los ojos mojados por la interrupción-. Tu padre desea verte.

-Iré enseguida –el visir no se movió-. ¿Y ahora qué quieres?
-El emir llama con urgencia a su hijo.

Hixem se levantó contrariado. Le desagradaban las interrupciones intempestivas, sobre todo cuando se complacía en las artes bellas de la poesía o en los misterios insondables de la filosofía. “Un gobernante culto es un gobernante justo”, le había inculcado su padre desde niño, y con esa premisa se había bañado en las enseñanzas de los sabios, con muchos de los cuales guardaba su afable amistad. Era una costumbre muy arraigada en él conceder favores a estos huéspedes, con quienes compartía días enteros con tanta prodigalidad que a algunos nuevos ricos o de linajes ilustres les carcomía la envidia, mas se abstenían de críticas, por suaves que fuesen, porque de todos era conocido el carácter irascible del príncipe, intransigente con los que le disgustaban.

Abd al Rahman se impacientaba por la tardanza del hijo. Desconfiaba de sus fuerzas y aún debía transmitir a su heredero las palabras postreras y arrancarle, si era posible, una promesa. Cuando entraron, el visir se clavó en el umbral; Hixem, en cambio, se aproximó a su padre.

-Hijo mío. Ven, acércate más, que debo hacerte ciertas confidencias –los siervos se retiraron hacia atrás sin dar la espalda al emir-. Siéntate aquí y escúchame con atención.

Inició la perorata ponderando los valores del Islam y el sometimiento a ellos de todo buen religioso, recitando partes del libro sagrado. A continuación el emir le encareció que aplicase la justicia para todos los ciudadanos sin dejarse dominar por subjetivas opiniones.

-Porque la ecuanimidad del juez es el mayor seguro contra las conspiraciones del enemigo que pasa por ser amigo -continuó exhortándole a que diera fin a sus dos grandes proyectos, que la muerte había truncado-. Haz que la mezquita sea punto de encuentro para los pueblos respetuosos con la doctrina del Profeta, embellécela para que un remanso de paz permita la contemplación del espíritu.

En el extremo del vigor, ya con la voz ahogada, Abd al Rahman le confió a su hijo Hixem que templara las armas del ejército.

-Pues una espina se me ha atragantado, que por causa del rebelde Yusuf al Fihri no pude arrancar: somete a los infieles del norte antes de que su poder les engrandezca. Mina sus sueños de expansión y destruye su reino en la medida que te sea preciso.

Por último, le expresó el orgullo de padre con que se iba al Paraíso y rememoró los tiempos felices que había disfrutado en su compañía.

-Ahora que está dicho todo, deja que tu anciano padre descanse antes de presentarse al juicio de Alá.

Hixem se fue a los jardines para meditar sobre las futuras campañas en el norte. No era partidario de enviar a sus soldados sin asegurarse el éxito. El cambio de rey le preocupaba: apenas sabía algo de Vermudo, acaso que era un religioso culto, tal vez emprendedor, y eso le preocupaba, dado que para Hixem los gobernantes cultos, y más si eran píos, tenían que se pro fuerza hombres convincentes. Precisaba conocer más sobre el rey cristiano, así que acudió a Abd al Kerim, a quien encargó que recopilase todos los informes pertinentes de la nueva situación. Si tenía que actuar de forma contundente, prefería un golpe definitivo, aunque para ello debiera esperar el momento adecuado.


II

La exagerada pompa con que la nobleza asturiana quiso celebrar las nupcias del rey Vermudo con Numilia produjo no poca perplejidad en el diácono. Hubiera escogido una ceremonia sencilla en la intimidad de la familia y en el recogimiento de su monasterio. Sin embargo, Adosinda abogaba por el esplendor y desparpajo. A él le parecía una expresión de alegría por la misteriosa muerte de Mauregato, que había sido hallado en la cama sin vida y sin que nadie atinara a dar con las causas. A ella le pareció una ocasión excelente para reavivar la imagen de un reino consolidado. La reina viuda había obtenido la gracia de la excedencia en la orden religiosa para reincorporarse a la vida laica, siempre que cumpliese ciertos votos establecidos por la priora; por eso su figura hierática volvía a rondar por Flavionavia.

A sus cincuenta y dos años conservaba la lozanía de la juventud y en nada deslucían su bello rostro las arrugas que el tiempo le fue modelando; antes bien, al contrario, atenuaban la dureza de su mirada. Como si de un pacto con el maligno se tratara, tampoco Teuda, ya con sesenta y cuatro años a cuestas, mostraba la decrepitud propia de la edad. Los más malicioso achacaban esa robustez a la soltería, otros a la vida estoica que llevaba, unos pocos a la actividad incesante en que se zambullía y, por fin, los más tunantes a una arcana relación amorosa con la reina viuda. Sea como fuere, ni siquiera él mismo daba crédito a su resistencia y le gustaba pensar que se debía a la vetusta promesa hecha a Fruela.

Adosinda y Teuda, Teudano y Adosinda compartían muchas horas, al punto de que hasta Jimena creía los rumores de un trasto algo más que amical. La treintañera Jimena llevaba un año en la inopia fantaseando con Sancho, el conde de Saldaña. Ambos habitaban en la urbe y ella procuraba toparse con él como por causalidad; no obstante, aún no había conseguido verlo a solas desde el incidente lejano de la fuente del jardín. Se azoraba por completo en su presencia, balbuceaba cuando le dirigía la palabra e intentaba simular la atracción que sentía por él obviándole en las charlas sin darse cuenta del daño que le causaba a su amado; porque Sancho también la amaba, pero en silencia. Nepociano sospechaba de los sentimientos reprimidos de su esposa y trató de sonsacarle una confesión, que ella negaba con torpeza. La sola idea de que Jimena le fuera infiel exacerbaba el odio hacia ella: “si no fuese la sobrina de quien es, yo mismo la estrangularía con mis manos”. Hubiese querido aportar pruebas del adulterio para delatarla ante Adosinda, para provocar la hilaridad de Alfonso, a quien manifestaba su desprecio relatándole lo mal amante que era Jimena en la cama. Alfonso hacía oídos sordos a tales insinuaciones y las tomaba como los frutos insanos de la aversión que su cuñado abrigaba hacia él.

El redoble de campanas anunció la consumación del rito: Vermudo y Numilia habían ingresado en el sacramento del matrimonio. Lo hacían, eso sí, con más pesar que gloria. Ningún enlace real había sido hasta entonces tan premeditado, ni siquiera se conocían cuando se comprometieron. Fue una hábil jugada de Adosinda, como años atrás había instigado la boda entre Fruela y Munia. Nadie, sino ella, concedió mayor importancia al hecho.

-Un rey ha de tener un heredero –dijo- para que a la muerte de aquél el reino no se desmiembre en la lucha por el trono. Debemos evitar que se sucedan tantos soberanos en tan poco tiempo con políticas tan desiguales, pues esos cambios no favorecen el fortalecimiento –claro que lo decía pensando en que los hijos de Vermudo habrían de esperar el turno de Alfonso y, si éste no tenía descendencia, bienvenidos fueran los frutos de este enlace.

Vermudo consintió en ello a duras penas. ¿Qué sabía él de política, si lo suyo eran los libros y los rezos, el trabajo sosegado del huerto? Si no había más remedio que tener prole, por lo menos que sea legítima. Por otra parte, ya que había bendecido en la hora extrema a tantos reyes, ¿por qué no iba a ser el siguiente en necesitar asistencia sacerdotal? De todos modos, las decisiones las tomaría el Consejo; a él sólo le competiría ratificarlas.

El banquete era pantagruélico, no sólo por la enorme variedad y cantidad de comidas, sino también por los juegos malabares, los músicos ambulantes, los bailarines, los rapsodas, los come-fuegos... Vino, sidra y cerveza corrían a raudales. Los invitados reían con estridentes carcajadas, golpeaban la mesa con los pies cuando se subían a ella para danzar, felicitaban a los reyes con dicterios pretenciosos, apostaban con exaltación. Nadie se comedía, incluso Adosinda; salvo el atribulado Vermudo y la dulce Numilia.

El rey estaba desbordado por tanta algarabía, tan diferente de su retiro en la diaconía. La reina estaba abrumada pensando en la noche de bodas y el futuro con aquel hombre tan osco, los nervios a flor de piel; no había probado bocado y bebía a sorbos pequeñitos como un pajarillo en el estanque. A la luz de las antorchas los rostros enrojecidos por el alcohol mostraban un grotesco aspecto y las sombras se mezclaban con los claros, y los claros con los oscuros. La confusión aumentaba y el desorden remitía a una fiesta báquica de desenfreno. Nobles había que, llevados por la inhibición, se abalanzaban lujuriosos sobre las tentadoras bailarinas, las cuales provocaban sus bajos instintos con los cuerpos semidesnudos y los sensuales movimientos. Incluso alguna dama tenida por devota cristiana se lanzó a la conquista de los malabaristas desasiéndose de parte de sus ropas.

Ya Vermudo no soportaba tanto descaro y se excusó ante Adosinda.

-Id, id –dijo ella insistiendo- y probad la copa de la vida.

Rey y reina abandonaron la bacanal como a escondidas. En un mutismo casi fantasmagórico, con el eco del alboroto cada vez más lejos, caminaban por la arcada hacia sus estancias cuando Vermudo escuchó jadeos y susurros en un cuarto que se utilizaba de armería. Asomó la cabeza y, sin ser percibida su presencia, vio a Jimena holgándose con el conde de Saldaña.

-¿Quiénes eran? –le preguntó Numilia una vez llegados a sus aposentos.
-La insensatez y la osadía.

Numilia calló sin haberlo entendido. Se desnudaron despacio y con vergüenza, y yacieron juntos toda la noche.

III

A sus dieciséis años a Ordoño, el hijo de Adosinda, no se le conocía relación amorosa, si bien frecuentaba la compañía de las damas palatinas y de otras que no lo eran. Sus aventuras se limitaban a visitas clandestinas en las tabernas y burdeles, cuyos escarceos llegaron a oídos de su madre. Indignada por la compostura de su vástago, Adosinda le había reconvenido duramente y por primera vez en su vida le había abofeteado.

-Si tanto ardes por dentro búscate una esposa.
-Ningún marido es fiel a su esposa –le repuso Ordoño-. No veo que haya nada malo en desfogarse con una mujerzuela, sobre todo siendo soltero, ¿o tal vez prefieras que me acueste en camas más nobles?

Fue entonces cuando la madre abrió la mano y la estampó en su rostro imberbe. Ordoño salió furioso del cuarto, enrojecido más por la rabia que por el manotazo, y se fue directamente a la taberna más próxima en donde consumió tal cantidad de alcohol que perdió la noción del tiempo y del espacio.

Los más avispados se le arrimaron pronto, y pronto desplumaron al mozalbete; un vividor de cuentas ajenas le escatimó media bolsa, el tabernero le sisó el doble del precio de la bebida, y una prostituta se las arregló para arrebatarle lo que le quedaba. Se convirtió, pues, en diana de escarnios, a cuya costa los clientes habituales entretuvieron el rato. Ordoño, tambaleándose si no movía los pies, tropezando a diestro y siniestro si andaba; de repente escaló a la cima de una mesa y solicitó con lengua estropajosa e indócil la atención de los asistentes. Con el brazo en alto se mofaba de la beatería de su madre, la amenazaba con unos esponsales indignos de su realeza y la acusó de haber ordenado la muerte de Mauregato.

La mudez sumió a la taberna en una honda conmoción apenas pronunció aquella fatídica acusación. Ordoño sacó después un papel arrugado y rasgado en algunas partes, y lo oreó sobre su cabeza.

-Es más; mi madre, esa musa de la virtud, esa santa de la cristiandad; mi madre provocó la muerte de su propio primo, el rey Aurelio, y este papel demuestra lo que digo.

Todos miraban al muchacho sin dar crédito a lo que oían, no por el significado del discurso, sino por la actitud hostil hacia su madre, pues a todos les resultaba indiferentes las intrigas cortesanas; a todos, excepto a cierto caballero que no perdía un ápice de las palabras de Ordoño.

-Esta carta ha venido a parar a mis manos por persona confidente, ni más ni menos que el conde Aldroito, cuyo homónimo padre Dios tenga en su gloria o el diablo en la suya.

El caballero, que se agazapaba en una esquina, se irguió, fue hacia el orador y le agarró con fuerza para sacarlo de allí. Ordoño no cesaba en la monserga, mas se dejaba llevar sin oponer resistencia. Su captor le tomó el papel, lo leyó y se lo guardó dentro de la camisola.

-¿A dónde vamos, amigo mío? –preguntó Ordoño ya en la calle-. Quienquiera que seas, si no eres amigo de Adosinda lo eres mío.
-Te llevaré a casa.


Aloite, el misterioso personaje, lo depositó arrebujado como un ovillo en la vera de un abeto, cercado por un pretil, y se alejó a escondidas. En su mente el galaico daba vueltas al motivo por el que Aldroito había confiado el papel al joven hijo de Adosinda, ¿cómo, cuándo, por qué, para qué?; pero, sobre todo, ¿por qué? Cuando se sintió seguro de no ser visto volvió a leer la esquela y, a pesar de que era manifiesto de que había una conjura contra Aurelio, su muerte y la de Mauregato habían sido por causas naturales, según la opinión de los cirujanos. Volvió a guardarse la nota y desapareció entre el gentío de la plaza de Flavionavia.

jueves, 17 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo quince)

I

El estamento religioso y aun el político estaba convulso no sólo en las Asturias sino también en Hispania cristiana. La repercusión de la prédica de Beato sobre la legitimidad de Jesús de Nazaret como hijo de Dios había calado en los dogmas eclesiásticos extendiéndose con rapidez por los territorios de la corona astur en detrimento del adopcionsimo que Elipando defendía desde la sede toledana. Con el fin de zanjar la cuestión y otras más excitadas por el de Liébana el abad Fidel había pedido una audiencia a Mauregato en representación de los valores góticos tradicionales para discernir junto a otros sabios teólogos la verdadera naturaleza de Cristo. Se produjo un gran revuelo en el reino y el nuevo monarca tuvo la oportunidad de afianzarse más en el solio ganándose el favor de la Iglesia, del vulgo y de la aristocracia, consciente de que los carolingios también habían puesto su mirada en la evolución de la disputa religiosa, en la cual se dirimía la supremacía de una u otra tendencia, ya que sus instituciones se expandían por todo el continente implantando su propia visión del cristianismo más próximo a la idea de Beato que a la de Toledo.

Un soleado día de junio se celebró el reducido concilio en Flavionavia. A él asistieron los dos bandos, encabezados cada cual por Beato y por Fidel, enfrentados sus asientos como dos formaciones militares se enfrentan en una batalla. Mauregato ocupaba la silla intermedia acomodado para una larga disputa que poco o nada le importaba. rodeaba a los contertulios la guardia real. Separados unos metros de ésta los prohombres de la nobleza se dispusieron en largos bancos cuya vista era dificultada por los soldados, de modo que algunos oligarcas debían inclinar el cuella para no perderse detalle de quien tomar la palabra. Arrimada a las paredes se aglutinaba la plebe ociosa más interesada en el ornato, la ceremonia y las riñas que en las resoluciones que ahí se tomaren. Otros muchos se habían colado en el piso superior, una balconada semicircular empleada en los oficios religiosos para la asistencia del pueblo llano. Había varias capillas en redor de la sala en donde las monjas oían la misa; éstas habían obtenido el permiso para obviar sus obligaciones mundanas y completaban todos los asientos disponibles, entre ellas la viuda Adosinda cuyo encierro no había aminorado en absoluto su mirada majestuosa y afable a un tiempo.

Abrió el debate Mauregato con un discurso de propia invención, en el que abogaba por un acuerdo entre las dos partes para una mejor conveniencia y para mayor gloria de Dios. El primer turno correspondió a Fidel, que atacó sin miramientos las teorías de Beato aduciendo con numerosos ejemplos, extraídos de varias fuentes escritas, la imposibilidad de que María pudiese haber sido fertilizada por el Señor y mucho menos a través del Espíritu Santo, concluyendo que Jesús era mortal, a quien la divinidad había adoptado como hijo suyo para propagar las enseñanzas.

Cuando el turno pasó a Beato, éste defendió el caso contrario enfatizando la doble naturaleza del de Nazaret: la mortal por parte de madre y la divina por parte del padre, como así también había entendido la Iglesia que atesoraba Carlos el Magno. Luego, habló de la indivisolubilidad de la Trinidad y, por último, acudió a la evangelización, que en este sentido el Santo Yago había extendido por la península y cuya tumba, terminó, seguramente se encontrara en algún punto del noroeste hispano, como señal de que así era la verdad.

Por momentos las diferencias se agrandaban con la exaltación de los ánimos, a tal punto que algunos perdían los nervios y vociferaban interrumpiendo a los colegas o a los rivales. Las reuniones duraron más de dos semanas y tales fueron los galimatías que allí se armaron, que los últimos días no asistían ni curiosos ni indiferentes, a excepción del rey, que aguantaba estoicamente el vendaval según correspondía a su cargo, a veces medio dormido y otras veces dormido en profundidad.

Con motivo de este debate, calmo en ocasiones y exaltado en otras, la Corte bullía con la asistencia de personajes de todo tipo: condes, obispos, marqueses, monjes, damas, incluso algún duque; pero también pícaros, alcahuetas, jugadores, bufones, ladrones; además pululaban por todas partes los esclavos, sirvientes, ayudantes de cámara, doncellas acompañantes y otras que ya no eran doncellas, confidentes; séquitos, huestes, guardias, legados, correos. Cada día entraban en la urbe decenas de carros con las provisiones de la jornada, tendederos con productos milagrosos. Tal cantidad de gente pisaba las calles terrosas de Flavionania, que en las afueras se levantaban multitud de tiendas y chabolas, como una segunda ciudad, llenando de inmundicias y desperdicios todo el paraje, lo que provocaba fétidos olores agravados por el calor y la brisa constante. En las casas de alcurnia perfumaban las estancias con infinidad de ungüentos y esencias de flores; aun así, tardes había que resultaba insoportable la fetidez, por lo que muchas cortesanas se refugiaban en el jardín adyacente al palacio, por donde paseaba Jimena sumida en sus ensoñaciones.

Echaba de menos las charlas con la vieja bruja, confinada en el bosquecillo que había en la falda del monte Aramo, cerca de Oveto. Para distraer su atribulado espíritu vagaba por las inmensidades de los sueños imaginándose mil y una aventuras amorosas con un apuesto caballero de reluciente armadura, montado sobre un corcel blanco como la nieve. En esos casos gustaba de la soledad, casi olvidada su condición de casada, y Nepociano, atareado en diversiones inútiles, le era totalmente ajeno. Otras veces se veía como una niña que se topa por casualidad con trasgos, xanas o sirenas, con plantas dotadas del don de la palabra o animales juiciosos o estrellas que bajan a la tierra para llevarla en sus crines a paraísos perdidos. En cierto ocasión que estaba refrescando los pies sumergidos en el agua de un estanque, una sombra alargada la exaltó; dio un grito y por un movimiento brusco al intentar levantarse perdió el equilibrio y cayó al agua. Cuando se enderezó, la ropa le chorreaba como una fuente y el cabello se esparcía empapado por la cara. Oyó las carcajadas de un hombre; lo hubiera matada allí mismo. Apartó el pelo de los ojos y al verlo el corazón le dio un vuelco, la sangre corrió alocada por las venas; no sentía el resquemor de las rasguños en una mano ni la incomodidad de pisar guijarros descalza. Aquel intruso, que le era desconocido, le tendió la mano aparcando las risas.

-No era mi intención asustarte.

Jimena estaba quieta. Aun percatándose del gesto del caballero, sus músculos agarrotados no habrían sabido reaccionar. Entonces aquel hombre entró en el estanque, cogió a Jimena en brazos y la sacó de allí.

-Estás herida –dijo mientras examinaba la mano-. No es nada importante. Te llevaré a tu cuarto y llamaremos... –se interrumpió, pues Jimena no reaccionaba y él empezaba a temer que algún golpe en la cabeza le hubiese perturbado la razón; mas, de repente ella calmó esos temores.
-Es igual. Yo misma me cuidaré la herida.
-De todas formas te llevaré a tus aposentos, si me indicas cuáles son –la volvió a coger en brazos y Jimena le rodeó con los suyos el cuello.
-Me llamo Sancho Días, conde de Saldaña. ¿Y tú eres?
-¿Yo?

Estaba ofuscada, sus ojos no se desviaban del conde y su corazón no cesaba de bombear litros y litros de sangre anegando las venas, arterias y capilares. Sancho culpó de aquel aturdimiento a la caída, aunque reconocía para sí que aquella fijación de la dama le molestaba un tanto.

-¿No recuerdas tu nombre? En ese caso malamente recordarás a dónde debo llevarte. No es que me queje, que eres liviana como una pluma, pero no es buena la humedad de tus ropas.
-Jimena –musitó.
-¿Te llamas Jimena, como la hija del difunta Fruela, que Dios tenga en su gloria?
-Sí, como ella.
-Y dime, Jimena, ¿dispondrás de alguna sierva, camarera o dama de compañía?
-Sí.

Viendo que por ese camino nada conseguiría, salvo la habitación a que dirigirse, él mismo se propuso sanar los rasguños y proporcionarle una criada que le ayudase a secar y vestir. Llegados, pues, al cuarto, la sentó en un escabel, vendó la mano y reclamó una criada. Entre tanto llegaba ésta, él mismo secó los pies de Jimena; luego, el cabello.

-Siento mucho haberte asustado, ni siquiera me había dado cuenta de que no estaba solo.
-Es igual.

Entró la criada y Saldaña se despidió con una reverencia.

-Si en algo te puedo servir, no tienes más que decírmelo.
-Tal vez te haga llamar.
-Acudiré presto a tu requerimiento.

Cuando cerró la puerta tras de sí, el conde notó la ausencia de aquella mirada puesta en él y un hilillo de estremecimiento le recorrió la espalda. Giró la cabeza varias veces con la vana esperanza de ver aparecer en el umbral de la puerta la figura aturdida de Jimena, mas dobló la esquina del pasillo y aquélla no asomó.


II

Alfonso frisaba la veintena de años desde su natividad y el lustro desde que partió al exilio. De los asuntos del reino estaba al corriente por la abundante correspondencia que recibía de su tía; por ella conocía su decisión de tomar los hábitos e ingresar en el monasterio de San Juan, en Flavionavia, luego que una asamblea oligarca le diera a elegir entre la vida monacal o el destierro. Por supuesto, Adosinda escogió quedarse, aun como monja, con tal de proseguir su lucha en favor del sobrino, y qué mejor lugar que desde la propia capital del reino. Apenas contaba con hombros a los que arrimarse, Teuda y Aldonza acaso, porque Mauregato había sabido sujetar las bridas del gobierno y desde su posición abarcaba un gran trecho de la política; no era el mentecado Aurelio ni el confiado Fruela ni mucho menos el dócil Silo, que pudo reinar en paz gracias a los tejemanejes de su esposa.

También supo Alfonso que la famosa disputa religiosa entre adopcionistas y legitimistas había acabado en tablas, aunque las distancias entre las dos corrientes habían abierto una brecha imposible de superar, de tal jaez que los púlpitos de las iglesias se habían transformado en oratorios improvisados, desde los cuales el sacerdote abogaba por las teorías de Beato o las de la sede toledana, según defendieran las teorías tradicionales italianas o godas, siendo de éstas últimas el obispo Elipando su más encarnizado valedor. Se rumoreaba que incluso había amenazado a los partidarios del legitimismo con la pena y la condenación eternas llamándolos en sus públicas homilías “hijos de Satán”, “abominaciones del Infierno”, “preludios avernales” y otras lindezas por el estilo. Esgrimía su lengua afilada contra Beato como Longinos blandió su lanza contra el Crucificado.

También su tía le puso al día de las relaciones de Jimena con Nepociano: “un matrimonio mal avenido, pero legitimado ante los ojos de Dios”, escribía. A Alfonso le entristeció esta noticia y todas las noches pedía al Señor que iluminara a los esposos. En la última carta que había recibido, Adosinda le comunicaba que le estaba buscando una buena esposa que sirviera al mismo tiempo como alianza con la nobleza y como fiel reina, citándole varias candidatas por si acaso él prefería alguna en particular o quizás la descartara. Sin embargo, Alfonso respondió inmediatamente con otra misiva en la que le suplicaba que desistiese en este punto; sólo Dios conocía el agradecimiento que profesaba a su queridísima tía, pero en asunto de matrimonio no quería terminar en la situación de su hermana, así que ya buscaría él a su reina.

III

En la celda del monasterio de San Juan, Adosinda imparte órdenes a esporádicos visitantes, privilegio el suyo del que no gozaban las demás reclusas gracias al alto rango de su ascendencia. Por ahí pasa Teuda, Aldonza, incluso Jimena. Solía expresar sus mandatos oralmente, como prevención ante un posible extravío o robo de documentos escritos, aunque en ocasiones se confiaba a una breve esquela, más larga si el destinatario era su sobrino. La excepción era su hijo Ordoño, un adolescente amanerado, frágil rival para la política y aún más para las armas; a éste lo recibía una vez a la semana, si bien había citas a las que Ordoño faltaba ya que le molestaba el trato excesivamente edulcorado de su madre, incapaz de regañarle. Sus rasgos evidenciaban un parecido tan asombroso con Silo que Adosinda no tenía más remedio que acordarse del difunto marido y reverenciar en el hijo el amor que había profesado al padre. Una madrugada después de maitines se encerró en el cuartucho, tomó pluma y papel y se dispuso a escribir una extensa carta a Alfonso.

“Querido sobrino. He meditado largamente sobre el asunto de tu esposa y he decidido acatar tus deseos, siempre que la mujer que escojas no sea una carga imprudente para tu futuro gobierno. Ten presente que una mala elección podría echar por tierra todo lo conseguido hasta el momento por tu abuelo y tu padre. Te debes a la corona y el reino ha de ser tu primera opción. No quisiera ser yo la causa de tu infelicidad proporcionándote una compañera que te haga penosa la existencia y para aliviarte busques un consuelo fuera de la sagrada institución que es el matrimonio; pero, tampoco quisiera que por un capricho estropees las perspectivas favorables que a continuación te expondré. El gobierno de tu tío Mauregato ha llegado a su fin, pronto abandonará este valle de lágrimas. No voy a especificar cómo o cuándo, mas debes prepararte para el regreso a Asturias. Sin embargo, las circunstancias me han obligado a aplazar tu entronización, pues todavía no es el momento oportuno: la oposición es muy fuerte y los detractores se mantienen firmes; además, los indecisos temen por sus propiedades, más incluso que por sus vidas. Por todo ello sólo admitirían un cambio de rey si el sucesor de Mauregato es Vermudo, a quien he conseguido convencer para que abandone su diaconía y ocupe el lugar que a ti te correspondería. Es la elección más válida para todos. No será una apuesta a ciegas, al fin y al cabo es el hermano de Aurelio, el hijo de tu tío abuelo Froila, así que los cántabros apoyarán la candidatura por su ascendencia y los astures por su parentesco con el rey difunto. En cuanto al grupo nobiliario que toma partido en contra nuestra, he negociado con ellos una propuesta arriesgada, no obstante, nos permitirá un resquicio de esperanza: ellos formarán en exclusiva un Consejo Real y, a cambio, podrás volver a Flavionavia adscrito a la corona; esto es, serás declarado oficialmente sucesor legítimo de Vermudo. Es cierto que serán ellos los que rijan el reino, los que detentarán el poder, mas no habrá intrigas para asesinatos ni derrocamientos por su perte ni por la nuestra. Asturias necesita estabilidad política porque un peligro ha surgido, querido Alfonso, en Córduba. Desconozco si estarás al tanto. El anciano emir, Abd Al Rhaman, al que llaman el Justo, se encuentra a las puertas de la muerte y su hijo Hixem arde en deseos de someter bajo su férula toda la península, para lo cual ha estado reclutando un vasto ejército que ha distribuido por las provincias fronterizas alegando que así evitará nuestros alzamientos contra el emirato. Lo más preocupante es que un regimiento bien adiestrado acampa amenazador cerca de Asturica. En definitiva, haz el equipaje y estáte dispuesto para el viaje y no desdeñes las preocupaciones que tome Gadaxera, pues en su mano está arreglado que llegues a nosotros sano y salvo. Que Dios, Nuestro Señor, sea tu guía y cumple fielmente con tus obligaciones.”

Releyó lo escrito por si había algo que añadir y, dando el viesto bueno, devolvió la pluma a su lugar, secó la tinta, cerró el pergamino, lo selló y lo guardó en la manga por si alguna imprevista visita se anticipaba a Teudano y en un descuido era descubierta. Se arrodilló junto al lechoi, juntó las manos y bajó la cabeza sumisamente para rezar. Dos horas tardó su leal Teuda en llamar a la puerta, y lo hizo con dos fuertes golpes de los nudillos.

-Ya se avecina el final –comentó el general besando el dorso de la mano que su reina le tendía-. Mauregato se precipitará en el Orco dentro de unos pocos días.
-La espera será angustiosa. Si se destapa el complot, la picota nos aguarda.
-En ese caso usaremos la protección que el conde Pedro nos ha ofrecido.
-Su amabilidad no valdrá para salvarnos, amigo mío. Los dados han sido arrojados, lo mismo que lo fueron en tiempo de César, y no hay vuelta atrás. ¿Está Jimena a buen recaudo?
-Lo está. He seguido tus instrucciones paso por paso. Jimena va camino de Cantabria con la excusa de visitar a tus parientes lejanos.
-¿Y mi hijo?

-A Ordoño le he enviado como embajador tuyo a Bardulias para cerciorarse de que en los Campos Góticos se respeten los acuerdos que tu marido ratificó con la aristocracia local. Mauregato nada sospecha por el momento. En cuanto a Alfono, ¿qué debo hacer?

Adosinda sacó la carta de la manga y se la entregó con un movimiento brusco.
-Guárdatela bien, en ella le pongo al corriente de casi todo.
-Haré que llegue a su destino.
-Si cae en manos inapropiadas estaremos perdidos y rodarán más cabezas que las nuestras.
-Me aseguraré de que no sea así. Yo mismo...
-No –le interrumpió Adosinda-, a ti te necesito aquí. ¿Aún está en Flavionavia el conde de Saldaña?
-Sí, lo está.
-Encárgale a él el correo. Es joven, audaz y leal a nuestra causa.
-Como desees.
-Dile también que se una al séquito de mi sobrino, al lado de Gadaxera, pero cuídate de confiarle más datos sobre el plan. Ahora vete, nos volveremos a ver, si Dios lo quiere, en mejores circunstrancias.

El viejo Teuda se despidió con un saludo y se fue con paso firme a largas zancadas. En su regazo llevaba la carta, en su mente el sonido de las palabras de Adosinda, su rostro, sus labios moviéndose al compás de las órdenes. Por ella daría su propia vida como cumplimiento de una promesa, se decía, mas no conseguía con ella engañar su conciencia que le confesaba el amor que sentía.

Adosinda regresó a sus oraciones con mayor fervor suplicando al Cristo por el buen término de la empresa, por la salud de sus allegados, pro el buen juicio de sus amigos y por la felicidad del leal Teuda, en cuyo pecho refugiaba su ardor.

IV

Mauregato dormía plácidamente al abrigo de dos guardias delante de la puerta de su cámara. Eran dos robustos corpachones de lánguida mirada que en aquella ocasión estaban inquietos. Cuando apareció por el pasillo un esclavo de tez morena tensaron los músculos y se enfretaron a él cortándole el paso sin decir nada; aguardaban impacientes a que el visitante pronunciara la frase convenida, la contraseña, antes de franquearle la entrada.

-La Cruz es el signo de la Victoria –pronunció el esclavo.
-Con ella caerá la Media Luna –respondieron ellos-. Date prisa en lo que hayas de hacer.

Le abrieron la puerta y el forzudo esbirro entró como un felino aceha a la presa. Asió un almohadón que había en el suelo, del que suelen utilizar los musulmanes del Al Andalus, y con un movimiento raudo lo aplastó sobre la cara del rey. Éste abrió los ojos como para acaparar el mundo entero, y comenzó a forcejear por librarse del gazapo, mas el esclavo estaba curtido en ciertas tareas gravosas y sus brazos, como dos troncos de árbol, no se inmutaban. Mauregato pataleaba en el lecho mientras notaba que el pecho se le encogía angustiado por la ausencia de aire fresco; la piel se azulaba y los ojos se anegaban en las tinieblas. El esfuerzo infame por respirar le mermaba el vigor; la boca, totalmente abierta, no tragaba más que la tela del almohadón y sólo un hilillo insignificante e insuficiente le permitía sobrevivir. Comprendió que era el final y en el prostrero momento se acordó de que bajo el lecho había guardado una daga; estiró el brazo hacia ella palpando el suelo en su búsqueda desesperada, pero el arma huidiza se resistría a ser encontrada. De pronto se abandonó a su suerte y los músculos se le relajaron. El esclavo de piel tiznada oprimió el almohadón un rato más hasta asegurarse de que había cumplico con el encargo. Luego, lo colocó en su sitio y salió.

-Aquí tenéis.

Les dijo a los centinelas al tiempo que les daba una bolsa repleta de monedas antes de desaparecer por el pasillo. Los guardias vacilaron en huir.

-Aquí no ha pasado nada –repetía uno de ellos convulsivamente-. El rey ha muerto porque así lo ha decidido Dios.


Mauregato quedó tendido en el lecho para que a la mañana siguiente los cirujanos se pasmaran ante el hecho inexplicable, cuya perplejidad le acarrearía un buen montón de dineros. Así fue el fin del hijo bastardo del gran Alfonso, el Católico, que engendró a la cautiva Siselda y la mantuvo encerrada para amarla y ser amado. Una vez más el trono asturiano se había cobrado otra víctima.

lunes, 9 de noviembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo catorce)

I

A últimos del mes de Jano cayó sobre las tierras del norte una segunda gran nevada que ocasionó no pocos problemas de diversa índole. La ola de frío glacial llevó a la tumba a muchos desheredados, desposeídos de casi todo. En la propia Flavionavia morían los míseros desarrapados en plena calle; sus cuerpos sin vida eran sepultados por el hielo que se desplomaba durante la noche como trozos de cielo desgajados del gran orbe.

Mauregato, contumaz en sus deseos por detentar el máximo poder, calentaba sus ateridos huesos bajo gruesas pieles al pie de la chimenea, en donde las llamas crepitaban en breves estallidos por la madera todavía algo verde para el fuego. A sus cuarenta y un años la lozanía de la juventud había dejado paso a una madurez endeble, si bien mantenía la mente despierta incubando un odio cada día agigantado hacia la familia real. Los achaques que padecía Silo le animaban el espíritu le incendiaban la inquina, sobre todo cuando el rey, ebrio de gloria y prepotencia, ordenó grabar en una piedra un laberinto de letras con su nombre en el centro de ellas, una especie de firma para la inmortalidad.

Si el monarca asturiano agravaba la enfermedad, la misma que asolaba el mundo cada ciertas épocas, sus días estarían contados y entonces estaría a las puertas del solio, pues Ordoño era un crío, Alfonso un mozalbete y Nepociano un incompetente. Nada podría hacer Adosinda para evitar que él fuese proclamado soberano de las Asturias; lo único que tenía que hacer era conservar las influencias y aplicarse al desprestigio de los demás candidatos. El hijo bastardo de Alfonso el Católico paladeaba el dulce saber de la victoria; Siselda, su madre, estaría orgullosa de sus logros.

Sin embargo, nuevas penalidades asomaban allende la cordillera. Abd Al Rahman, a quien los súbditos apelaban con variados motes cual el Justo o el Extranjero, se afanaba en reorganizar el reino cordobés confiriéndose a sí mismo la autodeterminación con respecto al califato de Bagdad, redactando arrestos, firmando ejecuciones (como la de su encarnizado enemigo Yusuf Al Fihri), nombrando valíes de férrea conducta, reforzando la milicia con miras a aumentar su poderío y, en fin, rodeándose de visires con visión de futuro. Por si fuera poco, el emir había mandado construir una gran mezquita en la misma Córdoba para que sirviese de centro religioso, económico, político y cultural en todo el occidente musulmán, una capital antagonista y rival de Damasco y Bagdad. Sin duda Abd Al Rahman planeaba la reconquista del norte peninsular, no sólo la zona ocupada por las fuerzas carolingias, sino también por los reyes asturianos. De ello era testimonio la expedición del año anterior contra Pompaelo en la que Silo, atesorando su entusiasmo en las dotes de Teuda, había conseguido hacerles retroceder. Pero ésta había sido una victoria sin importancia, una escaramuza con la que el emir había probado sus fuerzas y las del enemigo ante la impasibilidad del gran Carlos, rey de los francos, preocupado más por extenderse hacia oriente que en afianzarse en la península ibérica.

Confiaba Mauregato en que su ascendencia musulmana pudiera convencer al emir de que ambos bandos podían subsistir sin interferencias internas compartiendo incluso los mismos propósitos. Para este fin había urdido en su cabeza un complicado proyecto en el que incluía la detención del adolescente Alfonso y su entrega a Abd Al Rahman como regalo de buena fe; solamente le faltaba depositar sus intenciones en un hombre de confianza y esperar el inminente fallecimiento de Silo. Debía proceder con asaz prudencia y juzgar bien al hombre que llevase a cabo la audaz acción. Ése era el pensamiento que le imbuía en aquel momento de esparcimiento frente al lar mientras el calor que desprendía el fuego caldeaba la habitación y enrojecía su rostro barbado. Se devanaba los sesos fraguando un plan que anulase a su hermanastra cuando de pronto, como un lampo, recordó la vieja ley que obligaba a las reinas viudas a tomar los hábitos fuera de la política de Estado.

Sonrió, dejó escapar unas risas y acabó en una convulsivas carcajadas, porque los nobles del consejo comían de su mano y éstos de seguro que le secundarían a la hora de proponer el ingreso de Adosinda en un monasterio: Alfonso quedaría desvalido sin el apoyo de su protectora.

II

En marzo de ese mismo año otro rey de las Asturias daba las postreras bocanadas. La mortal gripe le había consumido sin que cirujanos y sacerdotes hallasen remedio para el mal.

-Pronto acompañaré a mis antecesores –se esforzaba en bromear-. Nacemos para cumplir esta terrible ley y sólo disponemos de unos breves momentos de felicidad antes de afirmar “he vivido”.

Su esposa escuchaba a Silo conteniendo el llanto y sin objetarle nada. Adosinda creía que la felicidad no era más que una ilusión vaga, en su lugar colocaría el vocablo “deber”, quizás “cordura”. Para la hija del rey Católico la vida es un ir muriéndose mientras en vano se busca la eternidad utópica porque todo lo que nace habrá de morir un día, sino el alma que se llevará Dios o Satanás. Silo hablaba casi desfallecido a pesar de que le conminaban a guardar fuerzas.

-¿Por qué? ¿Acaso eso sanará el mal? No deseo pasar las últimas horas como un vegetal inmundo; no me queráis enterrar en vida. Amada mío –dijo al tiempo que le apretaba la mano-, lamento abandonarte en este mundo de ingratitud; me has sido muy querido desde que te vi la primera vez ¿te acuerdas? cuando mi padre me llevó de niño al palacete de Onís. ¡Caros recuerdos los de la infancia! –los vidriosos ojos de Adosinda confirmaron aquel primer encuentro- ¿Y tú, viejo amigo? –giró la cabeza hacia Vermudo, que entre dientes oraba a la cabecera de la cama- ¡cuántos reyes has ungido ya con tus rezos! –Vermudo interrumpió sus quehaceres piadosos y atendió al moribundo- Cuchicheas lo mismo que las gallinas. Deja ya de tanta devoción, con ello no solucionarás nada: lo bueno o lo malo que he obrado ya Dios lo conoce y Él sabe de mis arrepentimientos; no creo que con tantas oraciones le hagas cambiar de opinión. ¿Dónde está nuestro pequeñín, Adosinda? Me gustaría despedirme de él antes de partir –la matrona guio a Ordoño hasta su padre y lo plantó delante de él-. Te lo había advertido, amada esposa. Mira su aspecto; es un niño aquejado de maternidad excesiva, afeminado; su afectación le hará vulnerable a los leones de la Corte. No servirá para reinar.

El agonizante torció la vista hacia un rincón al fondo del cuarto en donde Alfonso callaba sin perderse detalle.

-Él sí sería un gran rey –le dijo a Adosinda-. Posee la mirada de un lince y la fuerza de un oso. Enséñale a manejarse entre lobos porque tu sobrino hará grandes cosas si antes no le arrebatan la vida. Así servirá y cuidará de nuestro hijo cuando se siente en el trono –guardó silencio, falto de energía, antes de continuar-. No veo a mi ... medio cuñado. ¿Qué sabes de él? ¿Insiste en intrigar?

-Se ha excusado –le respondió su esposa-. Al parecer ha tenido un accidente y se halla encama –Silo sonrió ligeramente.

-¿Y te lo crees? Seguramente estará preparándose para asaltar el trono –enmascaró el semblante con un gesto de seriedad-. Cuídate de él, no parará hasta hacerte el daño del que es capaz.

-No pienses en ello.

Adosinda estaba al tanto de las manipulaciones de su hermanastro y yo lo había dispuesto todo para salvaguardar sus intereses, pero no era aquél el momento adecuado para enzarzarse en un enredo.

-¿Y la locuela de tu sobrina? –miró alrededor buscando a Jimena.

-Estoy aquí –dijo ella adelantándose.

-¡Ah! Querida sobrina. Tienes el aspecto de una gacela enjaulada. Procura amoldarte a tu marido; sé que no es fácil; todos tenemos una cruz que sobrellevar y la tuya es ésa. Nepociano no es un mal tipo, bastante engreído e inútil, pero tu marido al fin y al cabo.

Se recostó silencioso en la mirada triste de Adosinda interrumpiendo el exordio como si diera por concluido el testamento oral. Fue cerrando los ojos poco a poco cual se extingue el pábilo de una vela.

-¡Dios mío, cuánto te he amado, Adosinda! –susurró en el último estertor.

El rey Silo había muerto. La reina ya no retuvo las lágrimas y con ellas bañó la cara de su difunto marido, a quien abrazó con desespero en tanto Vermudo trataba de consolarla por la pérdida. Sin más demora el sexagenario Teudano reconvino a Alfonso que se preparara lo antes posible ya que a partir de ese momento su vida corría serio peligro; de Ordoño ya se ocuparía su madre. El joven salió de la estancia sin apresuramiento. En el pasillo lo aguardaba Gadaxera, que le habría de acompañar al exilio alavés.

-¿No puede quedarse hasta después de inhumar a nuestro tío? –le preguntó Jimena al viejo general.

-Es mejor así; tal vez incluso ya sea tarde. Cuanto más retardemos la huida más vigilados estarán los caminos. Mauregato está ávido, y sus secuaces aún más, por hacerse con el control del reino. No querrá herederos que le estorben, ni Alfonso ni Ordoño.

-¿Qué será de nosotras?

-Mauregato no es ningún estúpido; estaréis a salvo. A él sólo le preocupa tu hermano y tu tía, pero con ella no se atreverá, todo el reino la reverencia.

-¿Y Ordoño?

-Es demasiado pequeño para preocuparse por él.

Mientras en las cuadras la escolta aguardaba a Alfonso, éste se despachaba con amargura del palacete que en Flavionavia lo vio crecer los últimos años. Gadaxera le auxiliaba recomendándole llevar o dejar tal o cual cosa.

-Todo está listo –murmuró el capitán-. Cuando lo desees podemos irnos.

-Todavía no. Tengo que despedirme de la familia.

Gadaxera había sido nombrado por Teuda guardaespaldas del muchacho.

-Pon tu vida por delante de la suya –le había amonestado- y no le pierdas de vista ni a sol ni a sombra. Sé su segunda piel. Yo he de cumplir una promesa a nuestro Alfonso el Católico y ella me ata a las Asturias.

No quiso averiguar qué tipo de promesa le apartaba de su protegido, ni siquiera le pasó por mientes. Lo suyo era obedecer a sus superiores, lo mismo en el ejército como capitán que en asuntos de otra índole.

Enseguida se presentaron en la habitación de la tía, la hermana y el cuñado de Alfonso, siempre en compañía del fiel Teudano. Se le abrazaron las mujeres sollozantes, mezclados los funestos sentimientos por la doble ausencia: la muerte de silo y la partida del muchacho.

-Los parientes de tu madre Munia te acogerán de buen grado –le decía Adosinda-. Teuda y yo procuraremos que regreses pronto.

-No te desconsueles, tía –a continuación se despidió de Jimena-. Mantente firme, hermana. Cuida de nuestra tía y cuídate a ti misma.

Jimena lo rodeó con sus brazos sin pronunciar lamento alguno pues la angustia le atoraba el resuello. Nepociano le estrechó la mano frío y distante, los cuñados no se veían con buenos ojos y su amistad no alcanzaba más allá del respeto que infundían los lazos de Jimena.

-Muchacho –le saludó Teudano-, ten coraje. Ejercítate en las armas y en la política y no desdeñes la lectura, que un noble analfabeto sólo es un torreón, nunca un palacio –le palmeó los hombros.

-Ya es de noche –les interrumpió Gadaxera-. Debemos marchar cuanto antes.

Atrás dejó Alfonso a los suyos. La reducida caravana salió a hurtadillas de Flavionavia sin enseñas ni armaduras, disfrazados de rudos campesinos que conducían un carro con los trebejos del trabajo bajo los cuales ocultaban los enseres privados del joven, así como las vestiduras, armas y pendones de la comitiva. Iban a pie con unas simples mulas tirando del carro. De tal modo anduvieron toda la noche y toda la mañana sin detenerse si quiera para tomar un respiro.

Llegado el mediodía arribaron a una ermita desviada de los caminos y poco frecuentada por los feligreses. Allí descansaron y aliviaron el hambre con magra comida. Al atardecer reemprendieron la marcha, de nuevo sin pausas y durante la noche hasta que al alba alcanzaron las ruinas de lo que antaño había sido un puesto fronterizo del ejército romano, de cuando los vadinienses se resistían a la dominación y se revolvían contra el imperio. Escondieron el carro entre las paredes que aún permanecían intactas y ellos mismos se guardaron en los huecos más oscuros. Comieron poco dado que las provisiones no daban para mucho. Respuestas las fuerzas, afrontaron una nueva jornada, la que comenzó al crepúsculo. Así, noche tras noche fueron vadeando los caminos hasta divisar los elevados picachos de un castillo alavés.

-Allí está –sentenció Gadaxera-. Lo hemos conseguido.

-No podemos entrar con estos harapos –comentó Alfonso-. Desviémonos de la ruta y quememos los andrajos. entraremos a pie dignamente vestidos.


De esta forma el bisnieto del rey Pelayo, el nieto del rey Católico, el hijo del rey Fruela se exilió a las tierras de su madre Munia huyendo de su tío Mauregato, coronado en las Asturias a pesar de la oposición de Adosinda.

lunes, 2 de noviembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo trece)

I

Faltó tiempo para que los ciudadanos se hicieran a la idea de la sucesión al trono asturiano cuando ya el nuevo rey había de afrontar un ejército enemigo. Las huestes del rey formaban en un extremo del valle a la falda del Monte Cupeiro, que está sito en la ruta que desde el Acebo llega a Luco Augusto. Aunque los combatientes estaban a las órdenes de Silo, éste había delegado las funciones militares en Teudano quien, a su vez, había sido ascendido al grado de general a instancias de la reina consorte, Adosinda. A pesar de la juventud de Teudano, éste mostraba unas dotes fuera de lo común para la estrategia; además, su aspecto y su voz tonante infundían un respeto casi místico entre los soldados y oficiales. Musculoso, hábil con la espada, temerario cuando era necesario y prudente en las decisiones que atañían a la integridad de los suyos.

En el bando rival destacaba, montado sobre un espectacular caballo, Aldroito, que en su castillo había dejado a la esposa a punto de dar a luz a su primogénito. Se miraban unos a otros en lontananza entendiendo que aquélla iba a ser una batalla de corta duración. Los astures, porque tenían una fe inquebrantable en Teuda; los galaicos, porque consideraban justa su causa.

Las dos masas humanas se pusieron en marcha al unísono. Los galaicos enviaron a la caballería por delante; en cambio, Teuda mandó a la infantería ante la sorpresa de propios y extraños.

-Van a ser destrozados por el enemigo –le comentó Silo.

-Todo a su debido tiempo –respondió el general con gran aplomo.

A punto de chocar las dos fuerzas, los astures se aglutinaron como un racimo de uvas, envainaron las espadas, se protegieron con el escudo y levantaron las lanzas. La caballería se estrelló contra el muro humano y allí perecían animales y jinetes no sin provocar una terrible carnicería. En ese momento Teudano se puso al frente de su caballería y cargó contra los galaicos. Los infantes de Aldroito corrieron a la lucha; cuando llegaron Teuda ya dominaba el combate, repartía tajos por doquier y sus tropas redoblaban la energía viendo cercana la victoria. Sobresalió entre todos el joven conde Aloite, que combatía codo con codo al lado del rey sin apartarse de su lado, pues Teuda le había encomendado su protección mientras el peligro de la contienda persistiese.

Al atardecer los dos ejércitos se retiraron para el descanso nocturno. El combate había durado más de lo que en un principio habían estimado. Caminaban ahítos, casi sin resuello, desmoralizados por el alargamiento de la lucha. No eran pocos los que lamían las heridas o se retorcían por los picores de una punzada, un golpe, una torcedura. Los que se habían librado de la laceración ayudaban a los más graves: mancos, cojos, agonizantes... A pesar del cansancio fueron contados los que durmieron toda la noche ya que se revolvían tendidos sobre el suelo incomodados por la incertidumbre.

Al alba volvieron a la cruenta batalla con mayores ímpetus, olvidado el temor, el pánico a la muerte violenta y prolongada. Si alguna llegaba a ser rodeado se abalanzaba contra el grupo a fin de hallar una muerte rápida y sin sufrimiento de heridas incurables. La tarde fue testigo del calamitoso embate; la tierra se escondía bajo los montones de cadáveres, galaicos en su mayoría. Aldroito, que había buscado en vano un enfrentamiento individual con Silo y que se había topado con la defensa feroz de Aloite, acordó la rendición. El rostros, los brazos, el pecho, la armadura entera estaba salpicada por sangre astur, mas el valle lo estaba por la galaica. Teudano lucía un corte superficial en la frente, de donde manaba la sangre tan escandalosa que el rey lo creyó más profundo.

-Sólo es un rasguño –le calmó el general.

Hasta Mauregato se había batido con ahínco y se quejaba de un costado en donde la punta de una flecha se encontraba alojada.

-El cirujano soliviantará la herida –le dijo Aloite, a lo que Mauregato frunció el ceño dándole la espalda- ¿Quién se creerá que es ese niñato? –murmuró a solas.

El rey Silo había obtenido el triunfo y se regocijó en él perdonando la vida a sus oponentes a cambio de un juramento de fidelidad. Pro primera vez desde el ocaso de Pelayo parecía que el reino asturiano había encontrado la paz interna libre de maquinaciones palaciegas y de afanes independentistas. Exento de la mirada hostil del emirato cordobés, imbuido éste todavía en la disputa por el poder entre Abd Al Rahman y el insurrecto Fihri. Al norte de la Cordillera Cantábrica sólo había un rey: Silo.


II

Silo encargó a Teuda la organización militar del reino ya que, si bien todo parecía bajo control, era consciente de que en el futuro podrían producirse nuevos levantamientos, amén del siempre todopoderoso ejército musulmán. El rey ocupaba el solio acostumbrado, a su derecha estaba Adosinda, cuya presencia había sido consentida aun siendo mujer; les secundaban Teudano, Aldonza y Montano, presbítero éste de San Vicente de Oveto y quien, junto al abad Fromestano, el presbítero Máximo y otros veinticinco siervos habían concluido la formalización del monasterio.

-Onís es un enclave arcaico –decía el general-. Las comunicaciones con el resto de las Asturias son precarias y las defensas son deficientes ante una eventual incursión bélica. Sugiero traslada la Corte a Flavionavia. El terreno es más llamo y los caminos más accesibles. Podemos aprovechar las vías romanas y los puestos de vigilancia nos pueden alertar con mayor anticipación.

Pasó luego a explicar los planes que había ideado para llevar a cabo su propuesta con tanta convicción que todos aplaudieron las prevenciones. Antes de dar el visto bueno consultaron con la mirada a Adosinda. Ésta meditaba en la conveniencia del traslado y los perjuicios que acarrearía.

-No veo ningún inconveniente –dijo-. Sin embargo, Oveto está en mejor situación.

-Habría que desbrozar una gran cantidad de bosque –le contradijo Aldonza- y la construcción de los edificios palatinos tardarían varios años en realizarse.

-De todas formas –concluyó silo-, Adosinda no yerra. Adecentaremos Flavionavia; al mismo tiempo iremos acomodando Oveto para una futura urbe.

Decisión salomónica que fue aprobada. Su esposa se sintió orgullosa del rey: “no es tan necio como parecía”, pensaba, “y se amolda al cargo mejor de lo que yo misma me había imaginado sin pretensiones megalómanas debidas a su título”. Se tomaron otras medidas, como la de nombrar gobernadores de confianza en las regiones más alejadas del centro con el propósito de que el poder real se reforzase. Tampoco faltó la atención eclesiástica concediendo a la orden benedictina cierta prioridad en algunas materias religiosas.

-Mi hermano Fruela inició en vida una cruzada contra aquellas paganos que aún adoran a los falsos dioses y viven descreídos inmersos en supercherías –arengó Adosinda-. Su salvajismo ha contagiado las buenas costumbres de las personas pías. Algunas leyes promulgadas por mi hermano ayudaron a extirpar este mal, pero por desgracia las supersticiones continúan apegadas a los labriegos y montañeses. Tenemos la obligación moral de combatir esta peste antes de que su hedor infeste las sagradas enseñanzas de Jesús Cristo.

-Nuestra orden –intervino Montano- se halla en disposición de extender el Evangelio cristianizando a estas gentes incrédulas. Con el permiso de nuestro rey y el consentimiento de este consejo mis hermanos pueden promover la fe fundando nuevas ermitas, capillas y monasterios; en fin, con el establecimiento de santos lugares donde orar y predicar la palabra de Nuestro Señor.

Un deje de disgusto se dibujó en el entrecejo de Silo dado que aquel excurso, estaba claro, había salido de la connivencia entre la reina y el presbítero sin una previa consulta con él. Reconocía que Adosinda le superaba en los asuntos de Estado, pero nunca hasta ese momento había actuado a sus espaldas y aquella prepotencia suya le desagradó en extremo. Antes de concluir la reunión, ya más distendidas las posturas, platicaron sobre las noticias que llegaban allende las frontera. Se felicitaron por el retroceso musulmán en la Galia, mas desconfiaban de las intenciones de su rey; el avance hacia los Montes Pirineos podría desembocar en un enfrentamiento armado.

Más tarde, después de largas horas allí encerrados, Adosinda se disculpó, pues que las obligaciones como madre la reclamaban: el pequeño Ordoño, que así se llamaba su hijito, estaba enfermo y le preocupaba su salud.

III

A ninguno de los hijos de Alfonso el Católico les faltó el templo en los momentos cruciales: Fruela llevó hacia adelante sus propósitos, Adosinda no conocía rival ante quien inclinarse y Mauregato sólo se sintió derrotado ante su hermanastra. El hijo bastardo de la familia, para bien o para mal, era digno deudor de sus padres, el rey astur y la concubina Siselda. Para ganarse la confianza de Adosinda invitaba a residencia a altos dignatarios políticos y religiosos, en una de cuyas veladas Montano presentó un libro que había caído en sus manos y que le causó una rara impresión, si bien el tema ya corría de boca en boca; eran los comentarios al Apocalipsis que Beato había escrito como respuesta al libro de Félix de Urgel “Confesión de Fe”, en donde promulgaba que Jesús Cristo era hijo adoptivo de Dios.

-¡Eso es una herejía! –exclamó irritado Nepociano cuando Montano le puso en antecedentes con respecto al adopcionismo-. Si fuese cierto y Jesús no huera hijo de Dios ¿qué sería de la Santa Trinidad?

--Es la misma pregunta que formula Beato en su libro, además de otras muchas cuestiones –le respondió con calma al joven, pues que Nepociano había cumplido tan sólo dieciséis años unas semanas antes.

Los huéspedes disputaron largamente sobre este punto dando su opinión como teoría tautológica. A Montano le divertían las disertaciones de los contertulios puesto que, sin contradecirlos, escuchaba sus disquisiciones perdidas en la aignoranaci, ya que ni unos ni otros habían leído alguno de los dos libros, ni siquiera poseían los conocmientos básicos de teología. Basaban las especulaciones en la autoridad que les confería el estamento no biliar. Sólo Mauregato y Adosinda guardaban sus pensamientos; el primero, porque le traían sin cuidado los líos cristianos; la segunda, por temor a infringir las leyes divinas.

-Y este tal Beato, ¿en dónde profesa los hábitos? –inquirió alguien.

-¿Qué interés tiene el que viva acá o acullá? –profirió el conde Pedro-. Sólo es un hereje que desafía los mandatos de la Santa Iglesia Toledana.

-¡Hereje! ¿Habéis oído a este deslenguado? ¡Un hereje! –se exaltó Aldonza.

Entonces Nepociano, más por amistad con Pedro que por convencimiento religioso, se exaltó a su vez despreciando a Aldonza. Subieron el tono y el volumen de las réplicas entre los tres, cuyas voces llenaban por sí solas la estancia hasta que, avivado por el calor de la discusión, Nepociano saltó sobre Aldonza para agredirle, lo que hubiera conseguido de no ser por Máximo, que se abalanzó sobre el agresor y le sujetó con destreza. Mauregato estalló en carcajadas.

-Impetuosa juventud –decía entre risotada y risotada-. Impetuoso zagal.

-Sosiégate, muchacho –insistía Máximo en tanto Nepociano forcejeaba por desasirse.

La propia Adosinda parecía disfrutar con aquel disparate. También Montano sonreía malévolo. No menos gracia le causó la escena a Silo. Se sucedieron las chanzas, el alboroto en tal grado que los sirvientes empalidecieron. Para Adosinda ya se había desmadrado en demasía, así que optó por alejarse en silencio. Mauregato, en cambio, no podía parar de lanzar puyas al joven ofuscado.

-¡Eh, Silo! ¿No te parece que si es tan fogoso en la cama como en asuntos religiosos tendrá descendencia para varias generaciones? ¿Dónde está tu sobrina? Es una lástima que se pierda este espectáculo; es digno de la mejor comedia de Plato.

Silo arrugó la comisura de los labios y dirigió a su anfitrión una dura mirada de reprobación, mas contuvo la ira, pues no era oportuno agriar la fiesta por una indiscreción, seguramente fruto de la ingesta de alcohol. De haber estado presente, Jimena habría acabado por aborrecer a su prometido; la idea de casarse con aquel arrogante jovenzuelo la exasperaba, aunque ya había asumido su condición: la de servir como alianza entre la casa real y la influyente nobleza astur. Tal vez para contrarrestar esta amarga convicción Jimena era propensa a una fértil imaginación y su compostura no ayudaba en nada a su tía Adosinda, que trataba por todos los medios de hacer de su sobrina una dama elegante. Muy al contrario, Jimena solía esparcirse por las aldeas adyacentes para mezclarse con el vulgo.

El colmo de la insolencia llegó cuando confesó a la reina su amistad con una anciana solitaria a quien muchos vecinos suyos habían acusado de practicar la brujería y ella, por miedo a las represalias de un sacerdote empeñado en sojuzgarla, se había establecido en una choza en medio de bosque.

Una vez calmados los ánimos, la conversación prosiguió por otros derroteros, no fuera a reiniciarse la pelea.

-Tengo entendido –le dijo Mauregato a Silo- que en Flavionavia las obras del palacete están casis terminadas.

-Así es. Dentro de uno o dos meses ya estará en disposición.

-Eso si no se te adelanta Carlos Magno –mencionó jocoso Mauregato-, porque a poco que sea una pizca más ambicioso no se conformará con haber tomado Cesaraugusta a los musulmanes, virará hacia Álava y por ahí entrará en las Asturias hasta la misma médula de Bardulias.

-Carlos no combate contra reinos cristianos –adujo Máximo-, sino contra los infieles.

-Para los musulmanes los infieles somos nosotros –contestó Mauregato-. ¿Quién puede asegurar que son ellos los equivocados?

-Rondas un territorio que está más allá de la herejía. Ten cuidado en donde pisas –le advirtió Máximo-. Recuerda a tu madre; ella abrazó la verdadera religión en sus últimos días.

-Quizás en el postrero suspiro se haya arrepentido de haber cambiado sus creencias y haber tornado a las enseñanzas del profeta Mohamed.

-¿Y tú? ¿Hacia qué lado te inclinas? –preguntó Montano discretamente.

-La frontera es más fina de lo que muchos creen.

-Vuelves a pisar en terrenos arenosos.

-Sólo las mentes enrevesadas tergiversan los sentidos de las palabras.

Máximo veía torcerse la plática hacia la religión, causante de la batahola anterior. Aprovechando que Nepociano se encontraba distendido no deseaba que ahora Mauregato o cualquiera otro volviera al cauce violento; así pues, rogó a los presentes un momento de silencio.

-Para rezar a Nuestro Señor porque ningún enemigo pise suelo asturiano.

Cuando llegó la hora fueron desfilando hacia sus respectivos aposentos todos los invitados. Montano y Máximo lo hicieron juntos, pues se hospedaban en la misma habitación. El segundo de ellos miraba el reojo a su compañero como queriendo interrogarle sobre algún punto que no se atrevía a mentar.

-Dime, Máximo, qué te preocupa. Si no sueltas lo que estás pensando reventarás.

-No es nada.

-Algo será cuando miras de forma tan inquisitiva –Máximo dudaba, pero al final se armó de valor.

-¿Por qué no dijiste en la cena que Beato vendrá desde Liébana a la Corte?

-¿Eso es todo? No creí conveniente avivar el fuego. No estaba el horno para bollos. Además, tampoco es seguro que venga y, aunque así fuera, ¿qué importancia tiene? Vendrá a predicar su doctrina y, como has visto, tiempo habrá para dirimir sobre esa cuestión del adopcionismo.

-Pero es todo un honor que Beato asista a las nupcias de Jimena y Nepociano; les podría haber interesado.

-Sus asistencia no es oficial. ¿Olvidas la confidencialidad de la correspondencia entre los miembros de nuestra orden? Sé más prudente, amigo mío.

Mientras, en la alcoba de los reyes éstos descansaban desvelados. Silo se desnudaba con parsimonia, Adosinda acunaba a Ordoño.

-¿No es algo mayor para la cuna? –decía incómodo el rey- A su edad yo ya dormía en una cama que habría servido para otros menesteres más mundanos.

-No seas gruñón. Y no levantes la voz que le vas a despertar.

-Si estuviera con el aya, como debería ser, yo podría hablar con el tono que deseara.

-Yo, yo, yo. No sabes pensar más que en ti. Los hijos deberían ser criados y educados por sus madres y no por una matrona ajena a la familia. La familia lo es todo.

-Si te descuidas también exigirás que las madres les den el pecho. No es que tenga nada en contra, pero esa manía tuya de controlarlo todo va a acabar por maleducar al crío.

-El crío tiene nombre.

-A Ordoño. ¿Estás contenta? –Adosinda sonrió.

-¿Por qué no te lo quitas todo? Me gusta verte desnudo.

-Eres una pervertida –se rio Silo; obedeció, no obstante-. Ahora imítame tú.

Adosinda deslizó la túnica, su marido se excitó y ella coronó su rostro con una amplia mueca de admiración.

-Veo que no has perdido el apetito.


Se acostaron en el lecho sin apetecer el sueño hasta que el sol se asomó tras las altas cumbres de la cordillera.

domingo, 25 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo doce)

I

En el mes cesáreo el palacete de Onís se engalana para acoger a la nobleza más destacada de los territorios cristianos y aun de los musulmanes, pues el enlace entre Adosinda y Silo había merecido la pompa y relevancia de los grandes monarcas. No faltaron los potentados galaicos, cántabros y astures, como tampoco faltó una arrogante representación de los territorios fronterizos cordobeses. Se casaba la nieta del gran Pelayo, la hija del Católico Alfonso, la hermana del asesinado Fruela; nieta , hija y hermana de reyes; mujer de extraordinario visión política, de enorme fuerza de voluntad, de notable carisma, querida por todos, por todos venerada; un ángel de belleza sublime, una fuerza ingente de la naturaleza. Por un día el pueblo había aparcado sus asperezas y el reino gozaba de una rara tranquilidad. Nadie temía un acto vil en fecha tan señalada.

La iglesia de la Santa Cruz, que había sido erigida por Favila y consagrada por el vate Asterio, estaba abarrotada. La aristocracia ocupó sus puestos privilegiados en tanto la plebe se apiñaba abigarrada en torno a la capilla y en el exterior. Por deseo expreso de la novia sería Fromestano quien dirigiera la misa, aunque el acto oficial corriera a cargo del obispo pertinente. Incluso el diácono Vermudo, el hermano del rey, había consentido en salir de su encierro no por la alcurnia de los prometidos, sino por la amistad que les unía desde la más tierna infancia cuando los tres pataleaban las calles embarradas de Onís o correteaban por la ería o padecían las clases aburridas a las que eran sometidos.

Silo se había vestido con las ropas más relucientes mientras que Adosinda destacaba por sus telas coloridas y las joyas que ornaban su cuello. Una gargantilla de precioso metal que rememoraba los paganos torques de antiguas creencias, ajorcas en los brazos y hasta en la garganta de los pies, justo por encima de los tobillos; pulseras en las muñecas; una diadema que jugueteaba con las guedejas que le caían sobre la frente, como desmayadas. A pesar de tanta venustez y opulencia en una misma persona, fueron muchos los ojos que se fijaron en el rey y sus consejeros. Quien más y quien menos sospechaba de su intervención en el magnicidio, pero sin pruebas nadie osaba acusarle en voz alta y abiertamente.

-Si algo he aprendido en la Corte –le había dicho Aldroito días antes- es el mantener cerca al enemigo.

-Por eso quieres que Adosinda retorne y regrese sin más consecuencias después de su huida.

-Lejos de aquí puede tramar una conjura a sus anchas. Aquí estará más vigilada y podremos seguir sus pasos.

Próximo el mediodía la novia avanzó por el pasillo que conducía hasta el altar. Iba precedida por la pequeña Jimena, diez años largamente cumplidos, y por Nepociano, un año menor que la pequeña, significando así el compromiso entre los niños para una futura unión. Jimena caminaba con paso marcial y frente altivo retando con sus ojos a los asistentes.

-No arrastres los pies –la había instruido Adosinda, que ejercía de madre ante la pasividad de Munia-. Lo que vieren en ti, eso serás. Si barres el suelo con los pies, como hacen los campesinos, los siervos y los esclavos, así serás considerada sea cual sea tu abolengo; por el contrario, hasta la persona más humilde será respetada y reverenciada si el porte es majestuoso, los mohines comedidos y los gestos calculados.

-Pero hay muchos hombres hoscos y rudos por el palacio y todos disfrutan de estimación –protestó la niña.

-Con el tiempo aprenderás a distinguir el hecho de que un hombre es un hombre y una mujer es quien acompaña al hombre. Si no quieres verte supeditada a la sombra masculina deberás mostrarte más firme, más sabia, más hermosa y menos maleable. Por desgracia, el estamento femenino está oprimido por los caprichos varoniles.

Jimena nada entendía de lo que su tía expresaba con tanto ahínco, más pendiente de por ir a jugar que de las enseñanzas.

Cuando Munia, retrepada en su silla, vio con los ojos cansados a su hijita, se le saltaron silenciosas lágrimas. La desgraciada Munia, enferma desde el parto del año anterior, no había vuelto a recuperar las fuerzas. Gastaba los días tumbada en el lecho con el semblante abatido y la mirada perdida en la demencia mórbida. Sus flacas fuerzas impedían una vida normal. Cuando salía a tomar el aire fresco por recomendación de los cirujanos la transportaban en unas andas; siempre tenía un musculoso esclavo a disposición para que la llevase en brazos del lecho a la litera o a la silla. La ausencia de ejercicio había agarrotado los tendones de las piernas y un extraño mal iba paralizando la mitad izquierda de su cuerpo dejando en el rostro una desagradable mueca que no podía borrar.

Todo el recinto guardó silencio durante la ceremonia y sólo cuando los recién casados salieron estalló el alborozo. Los más humildes se atracaban con los alimentos distribuidos. Se bailó, se oyó música, hubo riñas propiciadas por el abuso etílico. Los cortesanos también aprovecharon para mercar sus bienes. La fiesta por los esponsales continuaron en Onís hasta bien entrada la noche y todavía al día siguiente prosiguió la algarabía con nuevas ceremonias, como la que Adosinda improvisó al visitar la tumba de su abuelo y la basílica de la Cova Dominica. Durante una semana fueron desfilando por el palacete de la corte personalidades de alta alcurnia, unas para presentar sus respetos y otras para despedirse con felicitaciones y deseos de prosperidad.


II
Munia agonizaba. Llevaba una semana sin apenas dormir a causa de las continuas apneas y su cuerpo no poseía vigor alguno para reponerse. La piel marcaba los huesos, tal era su delgadez. Las cuencas de los ojos semejaban sendas grutas de tenebrosa oscuridad, hundidas en los huecos faciales donde se perdían dos ojos sin brillo apagados por el sufrimiento de la enfermedad. Su vida matrimonial le había resultado un suplicio inconmensurable y afrontaba la muerte con resignación, como una liberadora salida de este mundo.

Junto a su lecho la moribunda ya no percibía ninguna presencia; no obstante, la velaban día y noche las esclavas, las siervas familiares o su cuñada Adosinda. En cambio, su anciano padre conocía la noticia postrado en cama por los terribles dolores de la gota, que le imposibilitaba emprender viaje alguno.

A media tarde Munia empeoró. La respiración se volvió más forzada y un hilillo agudo, como un silbido en aguas abisales, se escapaba en cada respiración. Uno de sus brazos colgaba fláccido en el aire y el cuello, dormido por la laxitud, no lograba mantener la cabeza enhiesta; se inclinaba a un lado y el aire circulaba con mayor dificultad. Entonces, Adosinda le cruzaba las manos sobre el pecho y le recolocaba la cabeza que tornaba a ladearse de inmediato.

A la cabecera Vermudo oraba constantemente por la salvación del alma de la moribunda. La hija de ésta entró en la habitación sobrecogida por el fúnebre ambiente agarrando con tesón la mano de una fámula que también tenía en brazos al pequeño Alfonso. Al llegar a la altura de Adosinda ésta acarició a su sobrina y la condujo hasta Munia.

-Besa la mejilla de tu madre – le susurró al oído.

Jimena se elevó de puntillas y contempló con los ojos desorbitados el lamentable aspecto de la enferma sin atreverse a arrimar sus labios a aquella piel de blancura luctuosa. Adosinda le dio un leve empujón y la niña cerró los ojos para el beso fugaz, cual si un dedo se acerca al carámbano glacial y se retira presuroso al notar el abrasador frío. A continuación, Adosinda tomó al chiquillo en brazos y lo aproximó a su madre. Alfonso le tocó el rostro con su manita, jugueteó con la nariz y la boca exangüe y su tía dio por buena la caricia en vez del beso requerido para la despedida. Luego, la fámula se los llevó afuera.

Ante el inminente fallecimiento de Munia, Vermudo le señaló la cruz en su frente y en ambas mejillas; después, le colocó un crucifijo en los labios para el ósculo divino.

-Que Dios perdone todos tus pecados y acoja tu alma en su seno.

Una mueca de dolor se cinceló en el semblante de Munia y los párpados se abrieron de repente. Poco más tarde expiró tan en silencio como había vivido en Asturias. Adosinda le cerró los ojos, se genuflexionó e inició una sarta de rezos.


III
Por primera vez desde su entronización Aurelio se complugo en la paz del reino, pero al cabo los disturbios surgieron de nuevo con mayor intensidad. Cansado ya del desorden social Aurelio reunió a sus incondicionales a fin de tomar las medidas necesarias para acabar de una vez con él.

-Una represión fuera de control nos acarrearía graves dificultades –decía Aldroito-. Lo mejor será actuar según los casos concediendo aquí y castigando allá, abriendo una mano y cerrando la otra.

-Sin embargo, habrá que asumir que estamos bajo la espada de Damocles. De nuestra reacción depende el que Adosinda fortalezca su causa o ésta se debilite. Además, cuenta con el apoyo de influyentes estamentos.

-Deberemos atraernos el favor de la Iglesia, que es el sostén del populacho.

Las opiniones fluían como ramales de un venero. El rey se limitaba a examinar cada una de ellas. En toda la tarde no se mencionó el nombre de Mauregato y eso incomodaba al monarca porque denotaba la baja estima que le tenían tanto en favor como en contra suyo. Aurelio sabía que a pesar de su juventud las influencias y ascendentes de éste crecían a tenor de sus años; todos los niños maduran y se convierten en hombres. Para colmo Mauregato había sido el artífice de la muerte de Fruela, conocía el nombre de los conjurados, había adquirido conciencia de intrigante y estaba en su poder minar la monarquía atacando los puntos débiles de los prebostes. Aun así,, ninguna se acordaba de él si no fuera Aurelio, que comenzaba a arrepentirse por no haberlo convocado a la asamblea. Su fortaleza de ánimo aflojaba, dudaba haber atinado en hacerse con el poder regio tan pronto; sus enemigos, Mauregato y Adosinda, poseían mayor paciencia y serenidad.

-¿Y bien? –preguntó Aldroito una vez concluida la exposición de las ideas- ¿Qué postura tomaremos?

Todos quedaron a la expectativa de lo que el rey determinara dado que no se había llegado a un consenso. Él tenía la última palabra. Reflexionó unos minutos más sopesando los inconvenientes y las ventajas. Paseaba por la sala con las manos cruzadas a la espalda deteniéndose ora frente a la ventana ora frente a un tapiz ora frente a la puerta. Al fin se volvió hacia los contertulios.

-Habrá que demostrar el poder del rey para que en el futuro no vuelvan a soliviantarse contra él. Si cedemos hoy ¿cuántas veces cederemos mañana? Aldroito, tú te ocuparás de mantener el orden. A tu cargo dispongo cuantos soldados hagan falta. Que los castigos sean ejemplares; las penas, duras; los juicios, rápidos. Si te es preciso pediremos refuerzos a la aristocracia galaica, ella también padece de este infortunio. Es el momento de aplastar a los revolucionarios, de dejar bien claro de una vez para siempre quién tiene la sartén por el mango.

-¿Y qué hacemos con los cabecillas?

-Todos sabemos que los disturbios provienen en última instancia de Adosinda. ¿Quieres acusarla de ello y apresarla? No, gracias. Encárgate de los peces chicos y dejemos a los grandes donde están.

Siguió despotricando sin control contra sus adversarios embebido en las fuentes del poder. En ese momento Aldroito comprendió que su lucha por la emancipación de Galecia tendría que esperar, y se entristeció: no era momento de plantear sus intenciones. Se había convencido de su yerro; se equivocó al elegir el bando, pues si bien Fruela contaba con su hermana, era más manejable, incluso Mauregato habría sido una opción más rentable aunque hubiera supuesto un alto riesgo, dado que el joven era más decidido que Aurelio.

IV

Los dos últimos años de reinado, desde las nupcias de Adosinda y Silo, el corazón del monarca asturiano se había recrudecido; había amasado bajo su manto una enorme riqueza que despilfarraba sin ton ni son desoyendo quejas, consejos, reprimendas y advertencias. No respetaba amistades ni alianzas, así que proliferaron los contactos de la nobleza vasalla con Adosinda. Únicamente los más comprometidas con el rey rehusaron un pacto con la hermana del rey interfecto. Daba la impresión de que Aurelio había enloquecido. Ya no era ni la sombre de lo que había sido, siempre desconfiando de todos como si temiera ser envenenado o muerto por un puñal oculto. El caos gubernativo abocaba a terribles consecuencias llegando incluso a desfavorecer a sus enemigos, Mauregato y Adosinda, quienes se entrevistaron en secreto tras comprender el panorama que se traslucía. Acordaron verse a solas sin la presión de ajenos consejeros.

Aunque cuatro años mayor Adosinda lo abordó con presunción. Éste, precavido ante su oponente, recelaba de ella, mas era consciente de que Aurelio terminaría por deshacerse de él; le suponía un estorbo incómodo a causa de su participación en la muerte de Fruela.

-Aldroito no ha disminuido un ápice en sus intenciones independentistas –decía el joven-. Estará formando un ejército en su tierra para el eventual caso de que Aurelio o su sucesor se niegue a abolir la dominación astur en Galecia. Tiene suficiente dinero para ello, dinero extraído de las arcas reales.

-Lo sé perfectamente. Si los dos unimos fuerzas, contaremos con la dirección de Teudano. El problema no sería derrotar a ese ejército, sino nombrar al nuevo rey.

-¿Cuál se tu opinión?

-No se te escape que conozco las circunstancias en que mi hermano fue asesinado. Ignoro a quién pertenecía la mano del autor, pero sí estoy segura de que tanto Aurelio como tú habéis formado parte en la traición. Admito que ahora es el momento de aliarnos y medrar codo a codo, nada más.

Mauregato callaba. Se había presentado con el convencimiento de que podría encararse a Adosinda sin flojear delante suyo a pesar del fuerte carácter de que ella hacía ostentación. Confiaba en que se mostraría menos agresiva, sobre todo por su embarazo, ya de ocho meses. Se equivocó. Durante aquella entrevista Mauregato notaba su cabeza menos ágil, menos formada que la de Adosinda. Apenas se hubieron cruzado las primeras palabras supo que las riendas las llevaba ella y no estaba dispuesta a soltarlas ante ´ningún contratiempo. Mauregato se limitó a escuchar las sugerencias y asentir a todo cuanto proponía. Temía, sin embargo, el punto más conflictivo, que se aplazó hasta el final.

-¿Qué hacemos con Aurelio? –inquirió con voz templada, mas con un deje de intranquilidad. Adosinda le miró fijamente a los ojos, Mauregato no aguantó el reto y hubo de bajar la mirada.

-De eso me encargo yo; antes debes darme pruebas de que tu círculo apoyará el nombramiento de Silo.

Abrumado por la imperiosa autoridad de su interlocutora, como un grano de arena pasa desapercibido en el inmenso arenal del desierto, Mauregato le prometió fidelidad en nombre de su facción y en el suyo propio. Para convencerla le suplicó, le rogó que confiara en el juramento, débil base para la persuasión. Impertérrita Adosinda le instó a que reafirmase sus palabras con un hecho significativo.

-¿Cómo puedo hacerlo?

-Un documento en el que aparezcan las firmas de todos vosotros consintiendo la coronación de Silo como sucesor de Aurelio.

-Eso supondría una confesión de culpabilidad.

-En efecto. Una confesión que yo mantendré a buen recaudo mientras no haya más traiciones –Mauregato había sido vencido estrepitosamente.

-De acuerdo, de acuerdo –murmuraba entre dientes mientras se alejaba; era demasiado endeble para los negocios.

No se volvió hacia ella, en cuyo caso podría haber visto la sonrisa de satisfacción que alumbraba el rostro, sonrisa que sólo pudo adivinar en sus pensamientos.

V

Aciagos pensamientos rondaban al rey. Una esquela anónima le había puesto sobre aviso acerca de la felonía fraguada a su alrededor sin mentar nombres, si bien él bien conocía cuáles eran. Su parco conocimiento de la lectura le obligó a acudir a un muchacha veinteañero, de nombre Teodomiro, cuyo mayor anhelo era ingresar en el próspero campo eclesiástico para lo cual había sido instruido por los monjes benitos. Éste, tan pronto como finiquitó la tare, le miró de hito en hito; nada dijo. Aurelio le despidió expedito y no le dio ninguna explicación. Se quedó consternado de espíritu, paralizado de raciocinio.

Las sospechas cobraban vida: “todos quieren quitarme de en medio”, elucubraba, “estoy rodeado de traidores que conspiran por el vano precio de unas migajas. La misiva no menciona a nadie, pero bien conozco a la instigadora. Querrá vengar la muerte de su hermano; nunca ocultó sus acusaciones en contra mía. Debía haberla matado cuando tuve ocasión, a ella y a toda esa recua que la sigue como borregos detrás del pastor. ¿En quién podré depositar mis temores? ¿En Aldroito? Ni siquiera. Moro en un nido de víboras ambiciosas, ávidas de sangre y podredumbre. Cría cuervos y te sacarán los ojos”. La aprehensión por una muerte violenta le produjo un ligero vahído; hubo de sostenerse apoyándose en el quicio de la puerta. Un sudor gélido le bañó todo el cuerpo, un sinnúmero de chiribitas bailaron en los ojos. Perdió la visión momentáneamente y su recuperación fue despaciosa.

Guardó el papel dentro de la camisola y se recostó en el camastro. En las sienes golpeaba la figura ensangrentada de un gigante de piel oscura que reía a carcajadas en tanto contemplaba las manos elefancíacas salpicadas de rubro crúor. “¿Cuándo me asestarán el golpe? ¿Será con veneno o con una daga, tal vez mientras duermo o en vigilia?”. Un intenso dolor en el pecho le ahogó de improviso, como si una mano estrujara el corazón. De nuevo se le nubló el mundo, perdió toda fuerza en los músculos. Los pulmones aceleraban de balde su acopio de oxígeno ya que éste no le llegaba en suficiente cantidad. En el costado izquierdo un agudo pinchazo interminable le oprimía el pecho como un espetón atraviesa la carne que ha de ser expuesta al fuego. De pronto todo se le aflojó, los tendones se distendieron, la mente se vació; el hálito abandonó al soberano y las negras tinieblas del Más Allá recibieron gustosas su alma perversa.

Un caballero de noble aspecto que entró de puntillas en los aposentos reales fue el primero que se topó con el cadáver a la mañana siguiente. Para cerciorarse de que el rey había dejado de respirar se acercó el oídos a sus labios, instante en que descubrió la carta. La asió con extrañeza, la ojeó y la guardó; luego, dio la voz de alarma.


-¡El rey ha muerto! ¡A mí la guardia!