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martes, 6 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo nueve)

I

La caballería formaba una larga hilera. Representaba el cuerpo de choque, los primeros en entrar al combate. Fruela había hecho formar una única hilera y exhortaba a los jinetes a esforzarse en resistir la acometida enemiga en las alas, a donde se replegaría el centro para envolver a la caballería musulmana y cortarles la retirada en cuanto la infantería arremetiera violentamente. A su vez, deberían frenar el avance de los infantes galaicos. Por último, los arqueros, pocos y bisoños, quedaban reservados ante una posible incursión hostil por la retaguardia.

Silo quedaba a cargo de la intendencia provisto de una tropa de refuerzo para el caso en que fuera preciso un refresco. todo estaba planteado al milímetro, pero no había contado con un ejército tan numeroso enfrente. Las caras de los combatientes se arrugaron en un mohín de desconfianza y temor; la victoria era más que dudosa, sobre todo porque no tenían noticias de Vermudo ni de Aurelio.

-Es demasiado tarde para esperar a que lleguen, si es que alguna vez tuvieron el propósito de llegar –comentó el capitán de la caballería.

-No debimos menospreciarles –murmuró una voz anónima.

-Moriremos todos –dijo una tercera voz.

-Esto es una locura –una cuarta.

Cundía el pánico entre los soldados según iban escrutando el malestar entre los oficiales, el ánimo decaía y la derrota estaba más patente que nunca. Fruela comprendió lo que sucedía, mas ¿qué podía hacer él? No era un hombre que supiera arengar a las tropas. “Adosinda es la que debería haber sido hombre, no yo”, pensaba en silencio mientras contemplaba el despliegue del ejército enemigo, “será una lucha corta. ¡Ojalá encuentra una honrosa muerte antes de ver la ominosa retirada que se nos avecina”. Frunció el ceño cuando uno de sus lugartenientes le susurró al oído.

-Los hombres aguardan a que les dirijas las últimas palabras antes de trabar combate. Tendrás tiempo más tarde para lamentar la derrota.

El rey miró duramente, pero no le amonestó; en lugar de ello espoleó al caballo y sobre él cabalgaba entre las filas intentando levantarles el espíritu. Sus palabras resultaban vacuas y sin mordente.

-Ni él mismo confía en la victoria –mencionó entre dientes un arquero.

-Nos aplastarán como a gusanos inmundos –asintió su compañero.

La caballería musulmana se puso en movimiento. Primero, al paso; luego, al trote; finalmente, a la carga. Fruela permanecía impasible, el enemigo se acercaba con rapidez. Los astures, quietos. Todos comenzaban a ponerse nerviosos, los caballos piafaban y cabriolaban como si a sus befos llegara el olor de la lucha. Una columna de polvo se alzó detrás de los atacantes; entonces, Fruela dio la orden.

-¡Al ataque!

Los dos bandos corrieron al encuentro y el choque produjo un estruendo atronador. Los musulmanes rompieron la formación astur como un cuchillo trocea la manteca. En el embate cayeron un sinnúmero de fieles cristianos y su caballería fue arrollada por completo; imposible continuar el pan trazado. Los caballeros se batían en desventaja y las huestes de la media luna destrozaban las tropas astures.

La infantería se demoró en apoyar cada cual a los suyos y la tierra tembló bajo su peso. En la confusión de la multitud y la polvareda las armas arrojadizas apenas si eran efectivas puesto que nada se distinguía más allá de unos pocos metros.

El joven Vímara demostraba que la juventud no estaba reñida con la eficacia y bajo su espada sucumbían cuantos rivales topaba. La balanza, empero, se inclinaba claramente del lado de los rebeldes y un pelotón de la caballería arremetió contra la retaguardia; los arqueros dispararon sus flechas con el suficiente tiento como para repeler ese primer intento.

El tiempo pasaba y aquello iba camino de convertirse en un holocausto, el fin del reino astur. Hasta el propio Fruela fue descabalgado y obligado a luchar a pie La situación empeoraba para el ejército real y todos presentían que aquél iba a ser el último día de su vida. Especial era la matanza que el conde Aldroito producía entre las huestes astures, de lo que se percató Fruela, quien al punto acudió a su encuentro con la lanza en la diestra y la espada en la siniestra, desprovisto de escudo con que defenderse. El rey blandió en lo alto el asta y la lanzó contra Aldroito; aquélla tremó por el aire y se clavó en una zanca del caballo galaico. Aldroito volvió grupas y azuzó al caballo. Fruela cogió del suelo una jabalina y la arrojó contra el conde la cual rebotó en el escudo y torció el rumbo para irse a embotar en la panza equina, con lo que Aldroito se vio apeado junto al moribundo animal. Cara a cara los dos esforzados guerreros templaron sus aceros e iniciaron una particular lid que se decantó pronto en favor de Aldroito. Fruela retrocedía a cada acometida del oponente sin poder ofrecer resistencia. Vistos los apuros de su rey, un grupo de la caballería se abalanzó hacia los dos contendientes y se interpusieron entre ellos obligando al conde a refrenar sus impulsos y precaverse contra los enemigos.

 El campo de batalla demostraba la superioridad galaica, que estaba a punto e cercenar la soberanía astur. Como por ensalmo, en lo alto de una loma se avistó un hecho insólito: varios batallones de soldados aparecieron en formación al frente de los cuales los estandartes cántabros de Aurelio anunciaban un cambio en el rumbo de la lucha. Con la llegada de los refuerzos y su intervención en la lucha el ejército musulmán empezó a temblar, pues que todo cuanto había ganado hasta ese momento lo perdía ahora con suma rapidez. Aurelio por un flanco y Vermudo por el opuesto no tardaron en aplastar a los rebeldes, hasta el mismo Aldroito, coloso guerrero, flaqueó. Fue un visto y no visto. Los rehechos despojos de las tropas del rey astur sembraron la pradera de cadáveres y mutilaciones, incluso Vímara se olvidó de la inquina hacia Fruela y se concentraba en obtener la victoria.

A media tarde los conjurados se rendían y juraban acatar la soberanía del reino de Onís.

II

Los señores vascones de Álava recibieron al legado de Fruela susceptibles y desconfiados de las proposiciones que traería la embajada. Ilusionados con la independencia del nuevo reino, después del descalabro de sus aliados en Pontuvio, el desconcierto fructificó en sus corazones. Grande fue su sorpresa cuando vieron en la sala a Aurelio, escoltado por dos lanceros y un gonfaloniero con la enseña del reino de Onís. Miraron con rabia, con rencor a aquel Cántabro que les había traicionado apoyando con su ejército a Fruela; alguno hubo que llegó a desenvainar y sólo la intervención de sus compañeros le disuadió del fatal propósito.

Aurelio conocía la aversión que causaba su presencia allí; sin embargo, él mismo se ofreció como voluntario para transmitir los deseos de su primo, que eran los de evitar otra batalla, la cual consideraba vana por la inútil pérdida de hombres que favorecía a Córdoba. Como buenamente pudo expuso las explicaciones pertinentes sobre su conducta: después de mucho sopesarlo Aurelio entendió que con su nombramiento como rey supondría una afrenta al emirato, a quien los nobles galaicos habían prometido el fin del reino astur, lo cual atraería la cólera del emir y en esas condiciones era muy probable que éste enviara su poderoso ejército para acabar de una vez con el insurrecto Norte; no era, pues, aquél el momento más apropiado para romper el pacto con la capital andalusí. Mejores tiempos habrían de llegar. Fruela debía seguir siendo el rey.

Esto y algo más dijo a los oyentes, mas con el cuidado de dar a cada frase un doble sentido porque los oídos de su primo atravesaban largas distancias. No se complacieron los vascones; no obstante, sabían con certeza que no tenían más opciones que atenerse a sus palabras y tomarlas como buen augurio.

-Mi señor –concluyó Aurelio- no desea más muertes ni más resentimientos, por eso os propone una alianza que selle nuestra futura cooperación. No exigirá ni siquiera el nombre de los cabecillas ni compensación alguna por los gastos ocasionados –fijó la vista en un noble de robusta complexión, conde de recio abolengo, a quien se consideraba descendiente de una estirpe antigua-. únicamente pido unirse en matrimonio con la muy noble Munia para que de este modo nos unan no sólo los lazos de la corona sino también el vínculo de la sangre.

El padre de Munia, reputado caballero en toda Álava, mesó la barba a la vez que entrecerraba los párpados, actitud de meditación. Todos callaban, todas las miradas estaban puestas en él. A pesar del profundo ensimismamiento el busto marcial impresionaba a Aurelio, máxime estando envuelto en aquella tirantez que provocaba tanto silencio. Así, como para librarse de aquella comezón que le atenazaba las entrañas, volvió a tomar la palabra.

-Mi señor aguardará dos semanas la respuesta para que podáis consultar con vuestra conciencia y decidir lo que os parezca más conveniente.

-De momento -le dijo el noble vascón- te hospedarás en mi castillo. Prometo responder con la primera luz del día.

Esa noche Munia enterada de la proposición velaba en su habitación con el sueño espantado. Se volteaba en la cama tapándose o destapándose con la manta incapaz de cerrar los ojos. A sus catorce años disfrutaba cada día como si fuera el último, sus risas constantes por los pasillos llegaban a molestar a todo el mundo, pero nadie osaba doblegar la alegría que emanaba de aquel ser. Desde la muerte de su madre, cuando ella no tenía más que siete años, su padre la consentía en todo o, más bien, la desatendía porque su parecido maternal le traía al conde recuerdos de los días felices que no había conseguido recuperar en segundas nupcias. Sus facciones duras y desprovistas de encanto no suponían un obstáculo para que fuese pretendida por otros muchos nobles señores, dado que el enlace con su familia suponía un peldaño más en sus aspiraciones. Sin embargo, su padre descuidaba esta faceta a tal punto que, cuando Aurelio le planteó la propuesta del rey, hubo de hacer memoria sobre la conveniencia de emplear a su hija como letra de cambio político. Si la visitó pasada la medianoche no fue para comunicarle la determinación que había adoptado, sino un acto de remordimiento por no haber llegado a apreciarla como parte de su sangre.

En cuanto Munia le miró a los ojos, sentado en el lecho, supo cuál era la decisión. Insensibilizado por tantos años de desapego el padre acogió las lágrimas de su hija como un signo de debilidad, por ello no le concedió el lenitivo de una caricia o una palabra amable.

-Me supongo que ya estarás al corriente de todo –le dijo-. He decidido que tus esponsales con el rey astur se lleven a cabo cuanto antes. Mañana mismo partirás hacia Onís en compañía de Aurelio.

-Padre...

Comenzó Munia, pero la angustia que la embargó impidió que continuara, ya que el nudo de la congoja le atoró el resuello y de su boca salió un lastimero quejido de desamparo. La paz había sido ratificada y las Asturias tenían nueva reina. El matrimonio se instaló en Onís, aunque la vascona, acostumbrada como estaba a espacios más abiertos allá en su tierra, sintió su corazón aún más oprimido viéndose rodeada por tanta montaña, así que no tardó en hacer a su marido partícipe de ello, a lo cual Fruela contestó con un lacónico “ya se verá lo que se pueda hacer”.

III

El rostro de Fruela resplandecía a sus cuarenta años con la buena nueva: Munia le había dado una hija, a quien puso de nombre Jimena. Hablaba con una alegría y desenvoltura como no lo había hecho desde los tiempos de la infancia. Sus ojos emitían chiribitas de radiante felicidad y las concesiones que otorgaba a los más allegados sólo eran una parca consecuencia de ello. Por eso Fromestano, ya entrado en edad avanzada, no se extrañó cuando el rey le encargó adecentar bajo la supervisión de un arquitecto un antiguo y ruinoso asentamiento de época romana en la falda del monte Naranco.

-Es mi deseo, provecto amigo, erigir un monasterio dedicado a San Vicente para conmemorar el nacimiento de mi primer descendiente.

-Oveto está algo distante de la Corte –respondió el anciano.

-Mucho mejor –afirmó Fruela-. Así podré meditar con Nuestro Señor sin los avatares políticos; será el lugar personal de reposo para la reina y para mí mismo. La pobre Munia no se hace a vivir entre montañas, así que Oveto puede servirle de esparcimiento.

-Con tu venia, majestad; así se hará. No obstante, debo advertirte que mis huesos ya están molidos por los años y no sé si tendré la suficiente entereza para llevar a buen puerto esta fundación. Tal vez alguien más joven me sirve de apoyo.

-¿Estás pensado en alguien?

-Mi sobrino Máximo no está menos ducho que yo en estas labores y quizás con su energía y mis conocimientos las obras avancen con mayor ligereza.

-Sea.

Y mientras Fruela le enseñaba al padre benito el proyecto que había ideado, en otra estancia del palacete Silo trataba de convencer a su amada Adosinda de otro proyecto muy distinto.

-Tres veces has demorado nuestro enlace –le reprochaba-. Cada vez que se acerca la fecha señalada tú la aplazas y tu hermano lo consiente. Mis padres y yo mismo empezamos a creer que no soy bienvenido en vuestra familia. No discuto que te ofendan las alianzas políticas que nuestra boda aporta, pero temo que ya no sientas lo que yo por ti, si es que alguna vez lo has sentido.

En su mirada no había quejas, sino tristeza y temor a tener razón, miedo a la respuesta de Adosinda.

-No seas necio, Silo. Claro que te aprecio, siempre te he apreciado y siempre te apreciaré.

-Entonces, ¿por qué ese recelo a casarnos? No lo entiendo.

-Todo a su debido tiempo. ¿Es que acaso no apagas tu fogosidad con mujerzuelas? –le espetó dándole la espalda.

Silo palideció; en verdad no esperaba aquella reconvención. Adosinda aguardó un instante y se le volvió desafiante. Él bajó sus ojos vidriosos y los estrelló contra el suelo; hubiera dado gracias a Dios si en aquel momento la tierra se hubiera dividido y lo hubiera tragado.

-¿No dices nada? –le instó Adosinda.

-Las necesidades de los hombres... –balbuceó Silo sin atreverse a terminar la frase.

Adosinda se mostraba contundente con su gesto altivo, casi amenazador. No parecía de este mundo, sino del mundo de las diosas helénicas: Hera irritada contra Zeus, Atenea airada contra Afrodita.

-Me acusas injustamente –osó decir silo.

-¿Injustamente? ¿No es cierto que has retozado en camas ajenas a la tuya?

-No lo niego.

-En otro tiempo sentía por ti un gran cariño, creo incluso que llegué a amarte en cierto sentido; pero esas aventuras...

-Son comunes a todos los hombres.

--¿Es ésa tu excusa, tu pretexto para la deslealtad?

-Los mismos sacerdotes que juraron lealtad a sus mujeres ante Nuestro Señor mantienen a una o varias barraganas en la misma casa en que viven con sus legítimas esposas.

-¿Acaso si esos sacerdotes se convierten al Islam les seguirías? No te mires en el espejo de quienes cometen faltas, sino en los justos. Mi hermano, a pesar de la juventud e inexperiencia de la reina en los lances del amor, sólo se acuesta con ella.

-Tu hermano es una persona pía, un santo varón.

-Pues mírate en él y no en esos otros corruptos. Desfógate en la oración y en la penitencia si te es preciso. Este reino está llenos de bastardos y haraganes –la voz de Adosinda, al principio serena, casi meliflua, se tornaba terrible, como una lengua de fuego que abrasa todo en redor-. La pureza de espíritu sólo se alcanza con un cuerpo limpio de pecados. El Diablo campa a sus anchas entre nosotros y vuelve ciegos los corazones –las palabras de Adosinda azotaban el alma encogida de Silo, lo empequeñecían y lo trituraban con sus mordaces dientes, y los reproches surgían de su pecho como una avalancha que arrasa los campos cultivados-. Pues bien, dado que os escudáis los unos en los otros, tal vez sea el momento de poner freno a este desvarío. Hablaré con el rey y le encareceré que arregle esta situación.

-¿Qué le propondrás? –preguntó Silo con la voz temblorosa.

-Los sacerdotes, ya que predican las virtudes de la santidad, deberán dar ejemplo de ella. No se puede adorar a Dios y vivir con Satanás. Deberán tener a su disposición el tiempo que deja libre la soltería para cumplir el encargo de Jesús y atender a sus semejantes en vez de buscar el pacer personal –Adosinda vio la incredulidad en los ojos de su prometido y notó su incomprensión-. Deberán elegir entre la fidelidad al espíritu o a la carne; que la castidad cure sus almas enfermas.

-Pero eso va contra natura. ¿Cómo puede un hombre soportar esa cruz?

-Jesús soportó una mayor por todos nosotros. ¿No se mantienen célibes las mujeres en la soltería aun cuando ésta dure años, incluso hasta la vejez, incluso hasta la muerte?

-Las mujeres...

-¡Basta! –gritó Adosinda fuera de sí-. ¡La carne es la carne, sea de hombre o de mujer!

Giró con brusquedad sobre sí y salió del cuarto con ademán despreciativo. En su corazón albergaba la indignación por el hecho de que no sólo Silo, sino todos los varones aprovechaban su status para el esparcimiento sexual, mientras las mujeres se consumían en el mismo ardor de sus deseos. Salió decidida a convencer a su hermano a que promulgara una ley para vetar a los religiosos sea del sexo que fueran, a comprometerse en matrimonio. La Iglesia tenía que variar sus directrices, aunque se apartaran de las de la sede toledana; así había ocurrido ya en algunas partes de la Hispania, incluso de Europa.

Pasó como un relámpago levantando volutas de aire por delante de la puerta de la estancia en que Munia reposaba vigilante, pues la nodriza alimentaba al bebé.

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