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viernes, 18 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo cuatro)

I
Una tarde del mes cesariano Alfonso inspeccionaba las obras que en Onís se realizaban. Era una ermita que Favila había mandado construir sobre un dolmen de antiguas creencias, queriendo significar con ello que Cristo vencía sobre los dioses paganos. En realidad, el proyecto se lo había insinuado Alfonso en un momento de lucidez del caudillo astur, proponiéndole que diera a entender que lo hacía para honrar a su esposa Froiliuba, a quien tan abandonada tenía, con el propósito de que al menos el pueblo viera en este gesto un resquicio por el que entrever al buen esposo. Fue la misma Froiliuba la que juzgó oportuno dedicar la advocación de la ermita a la Santa Cruz, en la que Jesús había expirado para exonerar al hombre de sus pecados.

La humedad, más que el calor, sofocaba el esfuerzo de los trabajadores, sobre todo de los que tenían que acarrear los enormes bloques de piedra, mientras los tallistas faenaban a la sombra de un hayedo próximo. Los golpes del martillo resonaban por encima de las voces de los encargados, como golpes de un badajo caótico. El noble cántabro paseaba entre los operarios mientras el arquitecto le informaba de los avances y retrocesos, adulando acá, excusándose allí. Detrás de ellos curioseaban los acompañantes palatinos en tanto un escribiente anotaba las directrices que dictaba su señor, en su mayoría peticiones de los ingenieros. A media tarde Alfonso se retiró a una tienda para despejarse del bochorno y tomar algún alimento; con él se reunieron otros dos nobles, uno de Cantabria y el otro astur. Luego de finado el refrigerio, Alfonso escuchó con gran interés lo que tenían que decirle.


-El gobierno es un desastre –se quejaba el cántabro-. Somos muchos los que estamos desilusionados con Favila y aspiramos a un nuevo regente. Se está descuidando la recaudación, los soldados vivien en la haraganería, los campesinos protestan airados por los abusos que padecen, hasta nuestros aliados galaicos dudan en la conveniencia de formar un bloque conjunto contra los musulmanes. Entre tanto, Favila se entretiene en grotescos banquetes, favorece descaradamente a quienes le apoyan y permite el comercio con los infieles. Incluso los ministros de Dios sufren las consecuencias de la vida crápula que lleva nuestro caudillo, tu cuñado. No somos pocos los que abogaos por un cambio y tu nombre ha salido a la luz.

-¿Acaso pretendéis hacerlo desaparecer sin más? ¿Al hijo de Pelayo? Tal vez sea un mal gobernante, tal vez nos esté conduciendo a la ruina, pero es el hijo de Pelayo. ¿Creéis que tendremos el apoyo suficiente? Yo no lo creo. El recuerdo de su padre todavía supone una pesada losa. No hay más remedio que esperar.

-¿A qué? Pronto no seremos más que la sombra de lo que fuimos y la venganza de los sarracenos será terrible. Hay que actuar y hay que hacerlo ya.

-De acuerdo, pero ¿cómo? ¿Un magnicidio? Eso sería descabellado. La prudencia y la paciencia han de ser nuestros aliados. Con el auxilio de Nuestro Señor soportaremos esta cruz.

-Todo mal tiene su antagónico, que no existe un problema que no cuente con una solución.

-¿Y vosotros habéis dado con ella? Si iniciamos ahora una riña con los partidarios de Favila, ¿cuánto pensáis que tardaremos en ser devorados por esos alacranes del desierto?

-Supongamos que Favila muere de forma fortuita; ¿accederás a sucederle?

-¡Un cántabro entre astures! Clamarán por Fruela, el nieto de Pelayo, no por mí.

-Tú eres el padre de Fruela.

-Y Pelayo su abuelo, insisto en ello. Y Froiliuba es la esposa de Favila.

-Un rey de su edad no puede reinar. Tú no sólo eres su padre, sino que estás unido a la estirpe pelaya gracias a tu casamiento con Ermesinda. Hasta el clero se pondría de tu parte. En cuanto a Froiliuba, si bien todavía guarda algún cariño y respeto por Favila, estamos convencidos de que también se pondrá de tu lado siempre que, por supuesto, no sospeche que has tenido algo que ver con la muerte de su marido. Serás rey, si así lo deseas.

-¿Y Favila?

-Todo está preparado. Ninguna mano se posará sobre él.

-Si este complot es descubierto, quede entendido que yo no lo conocía.

-Así sea

II
A la amanecida Favila y su séquito de vividores salieron de casa, como era costumbre en los días de buen tiempo, aunque hubieran horadado la noche con sus diversiones. Al caudillo le excitaba el olor a sangre derramada mezclada con el del alcohol, que ingería en cantidades cada vez más alarmantes. De tratarse de otro, todos temerían por su vida antes los colmillos de un jabalí enfurecido; pero, Favila mantenía el temple y la cabeza despejada, los humores etílicos parecían desvanecerse en cuanto se plantaba frente a la presa y sus disparos eran tan certeros como mortales. Su fama de cazador sólo la igualaba la de juerguista, asaltadoncellas y temerosidades por el estilo.

Aquella mañana, como tantas otras, la brisa fresca refrigeraba el plomizo calor que se avecinaba. Internados por los humedales, la partida se fruía en el aliento de la cerveza y la sidra, envalentonados con la bebida. Sin embargo, Favila notó que los tragos no eran tan asiduos como en ocasiones anteriores, lo que achacó a la resaca de la víspera, pues la fiesta había durado hasta bien entrada la madrugada; aun así, cabalgaba despejado, espantado el sueño.

La primera pieza que se cobró fue un venado que pastaba en un calvero sin cuidarse de hostiles predadores. Tensó el arco sin presura, apuntó templado y la flecha rugió por el aire; se espetó en el cuello del animal y éste se desplomó. La segunda víctima debía ser un jabato perdido del lecho materno, mas cuando Favila lo tenía fijado en su infalible ojo, la saeta de uno de sus compadres de solaz salió veloz y errada. Entonces, Favila en vez de molestarse se echó a reír socarronamente mientras se burlaba de la mala puntería de su amigo, y le aconsejó que para la próxima vez se abstuviera del intento, y sin más se prosiguió la caza. Más tarde uno de los siervos observó un movimiento convulso de ramajes a varios metros de distancia; avisó a su señor y todos se pararon. Oyeron el gruñido propio de un oso y Favila sonrió dirigiéndose a los demás con palabras muy quedas.

-Éste es sólo mío. Seguidme a pie y manteneos alertas detrás de mí.

Avezado a estos lances, se fue acercando con sigilo. Tanteaba con los pies el suelo al tiempo que su mirada trataba de descubrir al oso, para cuya captura apretaba en la mano diestra una lanza con mango de roble y de acero que uno de los sirvientes le había tendido. Se iba aproximando, casi notaba el hálito en la cara, concentrado por completo en la tarea de tal modo que no apreció que la lanza estaba rematada en una punta roma. Como por ensalmo el oso se abrió paso, olió al enemigo e irguió su ingente mole con las fauces abiertas de par en par; los dientes afilados y terroríficos sobresalían imponentes. Favila echó la mano armada hacia atrás sin inmutar un músculo, tensó los tendones y con un movimiento raudo arrojó el asta contra el pecho del monstruo; ésta rebotó más que embotarse rasgándole ligeramente la piel. El oso se abalanzó sobre el cazador que, en un acto reflejo, giró la cabeza para pedir a sus hombres que abatiesen a la fiera. Sus ojos desorbitados no hallaron a nadie; en cambio, sintió la zarpa estrujándole la espalda; luego, los temibles dientes se hincaron en el hombro. Quiso luchar, resistirse; pero el oso le arrancó el brazo, después dejó caer todo su peso sobre Favila y éste expiró aplastado. Nadie le socorrió, ni siquiera para recuperar el cuerpo, que fue arrastrado varios metros. Cuando finalmente el oso optó por retirarse, el cuerpo informe del astur ofrecía un lamentable espectáculo sanguinolento de brocaduras y desmembramientos.

Nadie, sino su esposa Froiliuba, lloró la desaparición del hijo de Pelayo. Sus amigos buscaron pronto los brazos poderosos de sus rivales; los detractores respiraron felizmente a la espera de los nuevos acontecimientos.

III
La sala en donde se celebró la reunión no era espaciosa y estaba parcamente adornada. Toda la nobleza astur, todas las familias pudientes estaban allí representadas, por el cual motivo la fortaleza se vio sitiada por centinelas, guardias, vigías que rodeaban el recinto exterior y hacían muy dificultoso moverse dentro. Aunque en principio y por tradición las damas estaban excluidas de esos actos políticos, se acordó permitir la presencia de Froiliuba merced a su relación con Pelayo y Favila, sobre todo en memoria del primero de ellos. Así pues, la viuda asistía en silencio asintiendo o negando cuando se le dirigía alguna pregunta. Estaba sentada a la derecha del solio vacío a la espera de que Alfonso fuera ratificado, según parecía, a pesar de la fuerte oposición de los émulos astures que miraban con desconfianza a aquel noble de sangre cántabra.

Las disensiones fueron marcándose con mayor virulencia, los improperios y las amenazas silbaban por el aire, incluso hubo quien estuvo a punto de desenvainar la espada para demostrar que la razón estaba de su parte. En esencia, el mayor desacuerdo estaba en el nombramiento de Alfonso como rey de Primorias; esto es, rey de las tierras dominadas por la nobleza astur y que eran las que rodeaban el valle del río Saelia en las proximidades de Onís o, dicho de otro modo, de las tierras liberadas del yugo extranjero. Tras muchas y variadas discusiones el problema encarnizaba los ánimos; el propio Alfonso se adelantó para rechazar el cargo regio y mantener únicamente un puesto de liderazgo, como lo habían hecho sus dos antecesores. Sin embargo, ninguno del resto de los nobles mudó de parecer. Y sucedió que Froiliuba se levantó del sillón en que reposaba y echó a andar hacia la puerta como para irse; así, atravesó el largor de la sala y los asistentes se retiraban a ambos lados guardando silencio y con leve inclinación del cuerpo para subrayar el gran respecto de que la dama era merecedora. Cuando Froiliuba alcanzó la puerta ya todos callaban a la espera de reanudar las conversaciones; entonces, viró sobre sí misma y la voz marcial, imponente resonó por todo el edificio ante la atónita mirada de los presentes.

-Alfonso será rey –dijo escuetamente y abandonó el lugar en medio del asombro y la admiración.

Poco después Alfonso, con casi cuarenta años de edad, fue aclamado monarca, sucesor de Favila, que lo había sido de Pelayo. Y de este modo la insurrecta Primorias contó con el apoyo y la servidumbre de los nobles de Asturias porque Alfonso casó con la hija de Pelayo, y con los nobles de Cantabria porque Alfonso era hijo del duque Pedro. Bajo este cetro Alfonso se consagró a propagar la verdad de Crista y por ello recibió el nombre de El Católico.

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