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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (prólogo)

PRÓLOGO
Durante la era oscura, la que media entre el esplendor romano y el florecimiento itálico, las hordas venidas del sur bajo el emblema de la media luna se expandieron por la costa africana, como las aguas de un río desbordado, devastando a fuego y sangre las tierras que topaban a su paso hasta llegar a las mismas columnas hercúleas, y que el gran héroe latino colgó a las espaldas de Atlas. 

Con sus mantos holgados, las curvas cimitarras y los exóticos turbantes, atemorizaban al enemigo con su sola presencia, dispuestos a sacrificar sus vidas por expandir sus creencias religiosas; los magníficos caballos, adiestrados con el arte de la doma, parecían formar parte del jinete, revolviéndose en medio de la lucha con una maestría hasta entonces nunca vista. Todo el litoral africano quedó a las órdenes de Muza, hijo de Nusayr. Nombrado gobernador por el califa de Damasco, Muza ibn Nusayr era un experimentado general, cuya visión estratégica le había proporcionado más de una victoria sin necesidad de arriesgar la vida de sus huestes. Cuando debía negociar con alguna embajada o asistir a algún acto protocolario, siempre lo hacía con gestos mesurados, una sonrisa en los labios y la mano dispuesta a tenderla, en caso preciso. Así se presentó ante el hijo del difunto Witiza, Akhila, quien esperaba con creciente interés la entrevista con el gran Muza. Apenas cruzados los primeros saludos, la impaciencia del joven godo le empujó a abordar el motivo de su visita sin más preámbulos.

   -Como bien sabes, mi tío, el duque de la Bética, ha usurpado el trono que correspondía a mi padre por derecho. Ésa fue la causa de la guerra intestina que está debilitando el reino de Toledo. Yo le aconsejé a mi padre que acudiera a ti para robustecer su legítima pretensión al trono, pero él se negó una y otra vez sin aducir explicación alguna. Ahora que ya ha muerto, soy yo quien viene a ti.

Muza procedía en todo con sumo cuidado, analizando no sólo las palabras, sino también el carácter del joven Akhila.

   -Supongamos que te ofrezco la ayuda que pides, ¿por dónde habrían de pasar las tropas? El gobernador de Ceuta dispone de un buen grupo de soldados cristianos, y es más que seguro que se opondrían a nuestra marcha.

   -¿Quién? ¿El conde Julián? Es razonable; no opondrá obstáculos. 

   -¿Ya tienes algún plan para atravesar el estrecho?

   -Tampoco eso será una traba. Todo están bien planificado. Podemos aprovechar que Rodrigo se encuentra en Pamplona con sus tropas; si actuamos con sigilo y presteza, cuando se de cuenta de lo que se le avecina ya habremos dispuesto nuestras fuerzas en lugar ventajoso.

Muza se levantó, cruzó las manos a la espalda y, al poco, se volvió hacia él.

   -De acuerdo; Tariq se pondrá al frente de once mil soldados.

Y así fue cómo el reguero musulmán holló con sus pies guerreros el reino visigodo ante los atónitos ojos de las naciones europeas. La envidia, el ansia de poder, la corrupción de los gobernantes hispanos proporcionaron el veloz avance de las tropas musulmanas, quienes en poco menos de un lustro sometieron la península entera al yugo sarraceno; y pronto habrían extendido su poderosa máquina bélica al resto del continente, sino es que en Poitiers salieran derrotados por el victorioso ejército de la cristiana cruz. Así pues, los invasores de Oriente detuvieron por un tiempo sus conquistas y se dispusieron a gobernar a lo largo y ancho del territorio adquirido en los campos de batalla. Mas no sólo destrucción y asolamiento sembraron, sino también un nuevo orden político, nuevas ideas religiosas, progreso científico, evolución agrícola, estrategias militares, renacimiento filosófico; en fin, un nuevo orden social fue sembrado en las erías y su semilla se multiplicaba por todas partes.

Pero, la paz no es amada por un pueblo belicoso; las intrigas palaciegas crecieron, el deseo de riquezas germinó en los señores, aumentaron los abusos, el corazón del amo generó insidias. Los nobles sometidos a la férula extranjera avivaron las discordias entre los pobres y los señores recién llegados, hasta que un grupo de ellos huyó hacia las montañas de la cordillera norteña. Allí fue donde todo comenzó.

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