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miércoles, 23 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo dieciséis)

I

La cálida capital del emirato padecía los rigores de un verano particularmente caluroso. Por las calles los paseantes vencían la asfixia del bochorno resguardándose en las sombras; las fuentes servían de lenitivo, mas apenas había, salvo en el palacio real.

El anciano Abd al Rahman sufría horrores en el lecho porque el abrumador calor le dificultaba la respiración y sus pulmones semejaban dos fuelles agrietados, ajados por la vejez. Sus súbditos lamentaban tan triste final para un hombre que les había devuelto la ilusión en un reino poderoso, que les había librado de una dependencia exhausta del califa, y todo ello derogando las leyes injustas que los sujetaban con mano de hierro a los caprichos de Bagdad. El moribundo alzó la mano y a su indicación el visir se le acercó.

-Busca a mi hijo, pues Alá me llama a su lado.

El ministro obedeció. Sin provocar más ruido que el de la brisa rozando la hierba, salió de la habitación como una sombra. Al otro lado el general Abd al Kerim ibn Abd Wahid ibn Mugeit, reputado militar que había combatido a las órdenes del emir, le cortó el paso.

-¿Cómo se encuentra nuestro señor?

El visir se detuvo visiblemente emocionado; sus manos temblaban y la mirada arrastraba un amargo velo de tristeza. “Agoniza” fue la única palabra que salió de sus labios temblorosos. Sin más, siguió el camino ignorando al corpulento militar. Encontró a Hixem supervisando las obras de la nueva mezquita, o más bien sentado en sus cercanías sobre una piedra. Leía unos versos del poeta al Wahid ibn Yazid, muerto había catorce años, saboreando cada palabra, que él mismo depositaba en el aire con voz melodiosa, pues su tono, su modulación y su emoción eran en absoluto apropiados para la recitación:
 “Un día me dijeron que Salmà había salido a rezar. / Un gracioso pájaro miraba desde la rama / y le pregunté: ¿quién conoce a Salmà? / Yo, y echó a volar. / Acércate a mí. / Aquí estoy, y bajó. / ¿Has visto a Salmà? / Sí, y huyó. / Me hirió en lo más íntimo del corazón / y voló”.

Estaba abstraído. Su pensamiento había adquirido alas y ahora volaba muy alto sobre las nubes regodeándose en el poema.

-Príncipe –musitó la voz reseca del visir, que se vio obligado a repetir el llamamiento-. Príncipe –pronunció por tercera vez. Hixem se volvió hacia el ministro y le interrogó con los ojos mojados por la interrupción-. Tu padre desea verte.

-Iré enseguida –el visir no se movió-. ¿Y ahora qué quieres?
-El emir llama con urgencia a su hijo.

Hixem se levantó contrariado. Le desagradaban las interrupciones intempestivas, sobre todo cuando se complacía en las artes bellas de la poesía o en los misterios insondables de la filosofía. “Un gobernante culto es un gobernante justo”, le había inculcado su padre desde niño, y con esa premisa se había bañado en las enseñanzas de los sabios, con muchos de los cuales guardaba su afable amistad. Era una costumbre muy arraigada en él conceder favores a estos huéspedes, con quienes compartía días enteros con tanta prodigalidad que a algunos nuevos ricos o de linajes ilustres les carcomía la envidia, mas se abstenían de críticas, por suaves que fuesen, porque de todos era conocido el carácter irascible del príncipe, intransigente con los que le disgustaban.

Abd al Rahman se impacientaba por la tardanza del hijo. Desconfiaba de sus fuerzas y aún debía transmitir a su heredero las palabras postreras y arrancarle, si era posible, una promesa. Cuando entraron, el visir se clavó en el umbral; Hixem, en cambio, se aproximó a su padre.

-Hijo mío. Ven, acércate más, que debo hacerte ciertas confidencias –los siervos se retiraron hacia atrás sin dar la espalda al emir-. Siéntate aquí y escúchame con atención.

Inició la perorata ponderando los valores del Islam y el sometimiento a ellos de todo buen religioso, recitando partes del libro sagrado. A continuación el emir le encareció que aplicase la justicia para todos los ciudadanos sin dejarse dominar por subjetivas opiniones.

-Porque la ecuanimidad del juez es el mayor seguro contra las conspiraciones del enemigo que pasa por ser amigo -continuó exhortándole a que diera fin a sus dos grandes proyectos, que la muerte había truncado-. Haz que la mezquita sea punto de encuentro para los pueblos respetuosos con la doctrina del Profeta, embellécela para que un remanso de paz permita la contemplación del espíritu.

En el extremo del vigor, ya con la voz ahogada, Abd al Rahman le confió a su hijo Hixem que templara las armas del ejército.

-Pues una espina se me ha atragantado, que por causa del rebelde Yusuf al Fihri no pude arrancar: somete a los infieles del norte antes de que su poder les engrandezca. Mina sus sueños de expansión y destruye su reino en la medida que te sea preciso.

Por último, le expresó el orgullo de padre con que se iba al Paraíso y rememoró los tiempos felices que había disfrutado en su compañía.

-Ahora que está dicho todo, deja que tu anciano padre descanse antes de presentarse al juicio de Alá.

Hixem se fue a los jardines para meditar sobre las futuras campañas en el norte. No era partidario de enviar a sus soldados sin asegurarse el éxito. El cambio de rey le preocupaba: apenas sabía algo de Vermudo, acaso que era un religioso culto, tal vez emprendedor, y eso le preocupaba, dado que para Hixem los gobernantes cultos, y más si eran píos, tenían que se pro fuerza hombres convincentes. Precisaba conocer más sobre el rey cristiano, así que acudió a Abd al Kerim, a quien encargó que recopilase todos los informes pertinentes de la nueva situación. Si tenía que actuar de forma contundente, prefería un golpe definitivo, aunque para ello debiera esperar el momento adecuado.


II

La exagerada pompa con que la nobleza asturiana quiso celebrar las nupcias del rey Vermudo con Numilia produjo no poca perplejidad en el diácono. Hubiera escogido una ceremonia sencilla en la intimidad de la familia y en el recogimiento de su monasterio. Sin embargo, Adosinda abogaba por el esplendor y desparpajo. A él le parecía una expresión de alegría por la misteriosa muerte de Mauregato, que había sido hallado en la cama sin vida y sin que nadie atinara a dar con las causas. A ella le pareció una ocasión excelente para reavivar la imagen de un reino consolidado. La reina viuda había obtenido la gracia de la excedencia en la orden religiosa para reincorporarse a la vida laica, siempre que cumpliese ciertos votos establecidos por la priora; por eso su figura hierática volvía a rondar por Flavionavia.

A sus cincuenta y dos años conservaba la lozanía de la juventud y en nada deslucían su bello rostro las arrugas que el tiempo le fue modelando; antes bien, al contrario, atenuaban la dureza de su mirada. Como si de un pacto con el maligno se tratara, tampoco Teuda, ya con sesenta y cuatro años a cuestas, mostraba la decrepitud propia de la edad. Los más malicioso achacaban esa robustez a la soltería, otros a la vida estoica que llevaba, unos pocos a la actividad incesante en que se zambullía y, por fin, los más tunantes a una arcana relación amorosa con la reina viuda. Sea como fuere, ni siquiera él mismo daba crédito a su resistencia y le gustaba pensar que se debía a la vetusta promesa hecha a Fruela.

Adosinda y Teuda, Teudano y Adosinda compartían muchas horas, al punto de que hasta Jimena creía los rumores de un trasto algo más que amical. La treintañera Jimena llevaba un año en la inopia fantaseando con Sancho, el conde de Saldaña. Ambos habitaban en la urbe y ella procuraba toparse con él como por causalidad; no obstante, aún no había conseguido verlo a solas desde el incidente lejano de la fuente del jardín. Se azoraba por completo en su presencia, balbuceaba cuando le dirigía la palabra e intentaba simular la atracción que sentía por él obviándole en las charlas sin darse cuenta del daño que le causaba a su amado; porque Sancho también la amaba, pero en silencia. Nepociano sospechaba de los sentimientos reprimidos de su esposa y trató de sonsacarle una confesión, que ella negaba con torpeza. La sola idea de que Jimena le fuera infiel exacerbaba el odio hacia ella: “si no fuese la sobrina de quien es, yo mismo la estrangularía con mis manos”. Hubiese querido aportar pruebas del adulterio para delatarla ante Adosinda, para provocar la hilaridad de Alfonso, a quien manifestaba su desprecio relatándole lo mal amante que era Jimena en la cama. Alfonso hacía oídos sordos a tales insinuaciones y las tomaba como los frutos insanos de la aversión que su cuñado abrigaba hacia él.

El redoble de campanas anunció la consumación del rito: Vermudo y Numilia habían ingresado en el sacramento del matrimonio. Lo hacían, eso sí, con más pesar que gloria. Ningún enlace real había sido hasta entonces tan premeditado, ni siquiera se conocían cuando se comprometieron. Fue una hábil jugada de Adosinda, como años atrás había instigado la boda entre Fruela y Munia. Nadie, sino ella, concedió mayor importancia al hecho.

-Un rey ha de tener un heredero –dijo- para que a la muerte de aquél el reino no se desmiembre en la lucha por el trono. Debemos evitar que se sucedan tantos soberanos en tan poco tiempo con políticas tan desiguales, pues esos cambios no favorecen el fortalecimiento –claro que lo decía pensando en que los hijos de Vermudo habrían de esperar el turno de Alfonso y, si éste no tenía descendencia, bienvenidos fueran los frutos de este enlace.

Vermudo consintió en ello a duras penas. ¿Qué sabía él de política, si lo suyo eran los libros y los rezos, el trabajo sosegado del huerto? Si no había más remedio que tener prole, por lo menos que sea legítima. Por otra parte, ya que había bendecido en la hora extrema a tantos reyes, ¿por qué no iba a ser el siguiente en necesitar asistencia sacerdotal? De todos modos, las decisiones las tomaría el Consejo; a él sólo le competiría ratificarlas.

El banquete era pantagruélico, no sólo por la enorme variedad y cantidad de comidas, sino también por los juegos malabares, los músicos ambulantes, los bailarines, los rapsodas, los come-fuegos... Vino, sidra y cerveza corrían a raudales. Los invitados reían con estridentes carcajadas, golpeaban la mesa con los pies cuando se subían a ella para danzar, felicitaban a los reyes con dicterios pretenciosos, apostaban con exaltación. Nadie se comedía, incluso Adosinda; salvo el atribulado Vermudo y la dulce Numilia.

El rey estaba desbordado por tanta algarabía, tan diferente de su retiro en la diaconía. La reina estaba abrumada pensando en la noche de bodas y el futuro con aquel hombre tan osco, los nervios a flor de piel; no había probado bocado y bebía a sorbos pequeñitos como un pajarillo en el estanque. A la luz de las antorchas los rostros enrojecidos por el alcohol mostraban un grotesco aspecto y las sombras se mezclaban con los claros, y los claros con los oscuros. La confusión aumentaba y el desorden remitía a una fiesta báquica de desenfreno. Nobles había que, llevados por la inhibición, se abalanzaban lujuriosos sobre las tentadoras bailarinas, las cuales provocaban sus bajos instintos con los cuerpos semidesnudos y los sensuales movimientos. Incluso alguna dama tenida por devota cristiana se lanzó a la conquista de los malabaristas desasiéndose de parte de sus ropas.

Ya Vermudo no soportaba tanto descaro y se excusó ante Adosinda.

-Id, id –dijo ella insistiendo- y probad la copa de la vida.

Rey y reina abandonaron la bacanal como a escondidas. En un mutismo casi fantasmagórico, con el eco del alboroto cada vez más lejos, caminaban por la arcada hacia sus estancias cuando Vermudo escuchó jadeos y susurros en un cuarto que se utilizaba de armería. Asomó la cabeza y, sin ser percibida su presencia, vio a Jimena holgándose con el conde de Saldaña.

-¿Quiénes eran? –le preguntó Numilia una vez llegados a sus aposentos.
-La insensatez y la osadía.

Numilia calló sin haberlo entendido. Se desnudaron despacio y con vergüenza, y yacieron juntos toda la noche.

III

A sus dieciséis años a Ordoño, el hijo de Adosinda, no se le conocía relación amorosa, si bien frecuentaba la compañía de las damas palatinas y de otras que no lo eran. Sus aventuras se limitaban a visitas clandestinas en las tabernas y burdeles, cuyos escarceos llegaron a oídos de su madre. Indignada por la compostura de su vástago, Adosinda le había reconvenido duramente y por primera vez en su vida le había abofeteado.

-Si tanto ardes por dentro búscate una esposa.
-Ningún marido es fiel a su esposa –le repuso Ordoño-. No veo que haya nada malo en desfogarse con una mujerzuela, sobre todo siendo soltero, ¿o tal vez prefieras que me acueste en camas más nobles?

Fue entonces cuando la madre abrió la mano y la estampó en su rostro imberbe. Ordoño salió furioso del cuarto, enrojecido más por la rabia que por el manotazo, y se fue directamente a la taberna más próxima en donde consumió tal cantidad de alcohol que perdió la noción del tiempo y del espacio.

Los más avispados se le arrimaron pronto, y pronto desplumaron al mozalbete; un vividor de cuentas ajenas le escatimó media bolsa, el tabernero le sisó el doble del precio de la bebida, y una prostituta se las arregló para arrebatarle lo que le quedaba. Se convirtió, pues, en diana de escarnios, a cuya costa los clientes habituales entretuvieron el rato. Ordoño, tambaleándose si no movía los pies, tropezando a diestro y siniestro si andaba; de repente escaló a la cima de una mesa y solicitó con lengua estropajosa e indócil la atención de los asistentes. Con el brazo en alto se mofaba de la beatería de su madre, la amenazaba con unos esponsales indignos de su realeza y la acusó de haber ordenado la muerte de Mauregato.

La mudez sumió a la taberna en una honda conmoción apenas pronunció aquella fatídica acusación. Ordoño sacó después un papel arrugado y rasgado en algunas partes, y lo oreó sobre su cabeza.

-Es más; mi madre, esa musa de la virtud, esa santa de la cristiandad; mi madre provocó la muerte de su propio primo, el rey Aurelio, y este papel demuestra lo que digo.

Todos miraban al muchacho sin dar crédito a lo que oían, no por el significado del discurso, sino por la actitud hostil hacia su madre, pues a todos les resultaba indiferentes las intrigas cortesanas; a todos, excepto a cierto caballero que no perdía un ápice de las palabras de Ordoño.

-Esta carta ha venido a parar a mis manos por persona confidente, ni más ni menos que el conde Aldroito, cuyo homónimo padre Dios tenga en su gloria o el diablo en la suya.

El caballero, que se agazapaba en una esquina, se irguió, fue hacia el orador y le agarró con fuerza para sacarlo de allí. Ordoño no cesaba en la monserga, mas se dejaba llevar sin oponer resistencia. Su captor le tomó el papel, lo leyó y se lo guardó dentro de la camisola.

-¿A dónde vamos, amigo mío? –preguntó Ordoño ya en la calle-. Quienquiera que seas, si no eres amigo de Adosinda lo eres mío.
-Te llevaré a casa.


Aloite, el misterioso personaje, lo depositó arrebujado como un ovillo en la vera de un abeto, cercado por un pretil, y se alejó a escondidas. En su mente el galaico daba vueltas al motivo por el que Aldroito había confiado el papel al joven hijo de Adosinda, ¿cómo, cuándo, por qué, para qué?; pero, sobre todo, ¿por qué? Cuando se sintió seguro de no ser visto volvió a leer la esquela y, a pesar de que era manifiesto de que había una conjura contra Aurelio, su muerte y la de Mauregato habían sido por causas naturales, según la opinión de los cirujanos. Volvió a guardarse la nota y desapareció entre el gentío de la plaza de Flavionavia.

jueves, 17 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo quince)

I

El estamento religioso y aun el político estaba convulso no sólo en las Asturias sino también en Hispania cristiana. La repercusión de la prédica de Beato sobre la legitimidad de Jesús de Nazaret como hijo de Dios había calado en los dogmas eclesiásticos extendiéndose con rapidez por los territorios de la corona astur en detrimento del adopcionsimo que Elipando defendía desde la sede toledana. Con el fin de zanjar la cuestión y otras más excitadas por el de Liébana el abad Fidel había pedido una audiencia a Mauregato en representación de los valores góticos tradicionales para discernir junto a otros sabios teólogos la verdadera naturaleza de Cristo. Se produjo un gran revuelo en el reino y el nuevo monarca tuvo la oportunidad de afianzarse más en el solio ganándose el favor de la Iglesia, del vulgo y de la aristocracia, consciente de que los carolingios también habían puesto su mirada en la evolución de la disputa religiosa, en la cual se dirimía la supremacía de una u otra tendencia, ya que sus instituciones se expandían por todo el continente implantando su propia visión del cristianismo más próximo a la idea de Beato que a la de Toledo.

Un soleado día de junio se celebró el reducido concilio en Flavionavia. A él asistieron los dos bandos, encabezados cada cual por Beato y por Fidel, enfrentados sus asientos como dos formaciones militares se enfrentan en una batalla. Mauregato ocupaba la silla intermedia acomodado para una larga disputa que poco o nada le importaba. rodeaba a los contertulios la guardia real. Separados unos metros de ésta los prohombres de la nobleza se dispusieron en largos bancos cuya vista era dificultada por los soldados, de modo que algunos oligarcas debían inclinar el cuella para no perderse detalle de quien tomar la palabra. Arrimada a las paredes se aglutinaba la plebe ociosa más interesada en el ornato, la ceremonia y las riñas que en las resoluciones que ahí se tomaren. Otros muchos se habían colado en el piso superior, una balconada semicircular empleada en los oficios religiosos para la asistencia del pueblo llano. Había varias capillas en redor de la sala en donde las monjas oían la misa; éstas habían obtenido el permiso para obviar sus obligaciones mundanas y completaban todos los asientos disponibles, entre ellas la viuda Adosinda cuyo encierro no había aminorado en absoluto su mirada majestuosa y afable a un tiempo.

Abrió el debate Mauregato con un discurso de propia invención, en el que abogaba por un acuerdo entre las dos partes para una mejor conveniencia y para mayor gloria de Dios. El primer turno correspondió a Fidel, que atacó sin miramientos las teorías de Beato aduciendo con numerosos ejemplos, extraídos de varias fuentes escritas, la imposibilidad de que María pudiese haber sido fertilizada por el Señor y mucho menos a través del Espíritu Santo, concluyendo que Jesús era mortal, a quien la divinidad había adoptado como hijo suyo para propagar las enseñanzas.

Cuando el turno pasó a Beato, éste defendió el caso contrario enfatizando la doble naturaleza del de Nazaret: la mortal por parte de madre y la divina por parte del padre, como así también había entendido la Iglesia que atesoraba Carlos el Magno. Luego, habló de la indivisolubilidad de la Trinidad y, por último, acudió a la evangelización, que en este sentido el Santo Yago había extendido por la península y cuya tumba, terminó, seguramente se encontrara en algún punto del noroeste hispano, como señal de que así era la verdad.

Por momentos las diferencias se agrandaban con la exaltación de los ánimos, a tal punto que algunos perdían los nervios y vociferaban interrumpiendo a los colegas o a los rivales. Las reuniones duraron más de dos semanas y tales fueron los galimatías que allí se armaron, que los últimos días no asistían ni curiosos ni indiferentes, a excepción del rey, que aguantaba estoicamente el vendaval según correspondía a su cargo, a veces medio dormido y otras veces dormido en profundidad.

Con motivo de este debate, calmo en ocasiones y exaltado en otras, la Corte bullía con la asistencia de personajes de todo tipo: condes, obispos, marqueses, monjes, damas, incluso algún duque; pero también pícaros, alcahuetas, jugadores, bufones, ladrones; además pululaban por todas partes los esclavos, sirvientes, ayudantes de cámara, doncellas acompañantes y otras que ya no eran doncellas, confidentes; séquitos, huestes, guardias, legados, correos. Cada día entraban en la urbe decenas de carros con las provisiones de la jornada, tendederos con productos milagrosos. Tal cantidad de gente pisaba las calles terrosas de Flavionania, que en las afueras se levantaban multitud de tiendas y chabolas, como una segunda ciudad, llenando de inmundicias y desperdicios todo el paraje, lo que provocaba fétidos olores agravados por el calor y la brisa constante. En las casas de alcurnia perfumaban las estancias con infinidad de ungüentos y esencias de flores; aun así, tardes había que resultaba insoportable la fetidez, por lo que muchas cortesanas se refugiaban en el jardín adyacente al palacio, por donde paseaba Jimena sumida en sus ensoñaciones.

Echaba de menos las charlas con la vieja bruja, confinada en el bosquecillo que había en la falda del monte Aramo, cerca de Oveto. Para distraer su atribulado espíritu vagaba por las inmensidades de los sueños imaginándose mil y una aventuras amorosas con un apuesto caballero de reluciente armadura, montado sobre un corcel blanco como la nieve. En esos casos gustaba de la soledad, casi olvidada su condición de casada, y Nepociano, atareado en diversiones inútiles, le era totalmente ajeno. Otras veces se veía como una niña que se topa por casualidad con trasgos, xanas o sirenas, con plantas dotadas del don de la palabra o animales juiciosos o estrellas que bajan a la tierra para llevarla en sus crines a paraísos perdidos. En cierto ocasión que estaba refrescando los pies sumergidos en el agua de un estanque, una sombra alargada la exaltó; dio un grito y por un movimiento brusco al intentar levantarse perdió el equilibrio y cayó al agua. Cuando se enderezó, la ropa le chorreaba como una fuente y el cabello se esparcía empapado por la cara. Oyó las carcajadas de un hombre; lo hubiera matada allí mismo. Apartó el pelo de los ojos y al verlo el corazón le dio un vuelco, la sangre corrió alocada por las venas; no sentía el resquemor de las rasguños en una mano ni la incomodidad de pisar guijarros descalza. Aquel intruso, que le era desconocido, le tendió la mano aparcando las risas.

-No era mi intención asustarte.

Jimena estaba quieta. Aun percatándose del gesto del caballero, sus músculos agarrotados no habrían sabido reaccionar. Entonces aquel hombre entró en el estanque, cogió a Jimena en brazos y la sacó de allí.

-Estás herida –dijo mientras examinaba la mano-. No es nada importante. Te llevaré a tu cuarto y llamaremos... –se interrumpió, pues Jimena no reaccionaba y él empezaba a temer que algún golpe en la cabeza le hubiese perturbado la razón; mas, de repente ella calmó esos temores.
-Es igual. Yo misma me cuidaré la herida.
-De todas formas te llevaré a tus aposentos, si me indicas cuáles son –la volvió a coger en brazos y Jimena le rodeó con los suyos el cuello.
-Me llamo Sancho Días, conde de Saldaña. ¿Y tú eres?
-¿Yo?

Estaba ofuscada, sus ojos no se desviaban del conde y su corazón no cesaba de bombear litros y litros de sangre anegando las venas, arterias y capilares. Sancho culpó de aquel aturdimiento a la caída, aunque reconocía para sí que aquella fijación de la dama le molestaba un tanto.

-¿No recuerdas tu nombre? En ese caso malamente recordarás a dónde debo llevarte. No es que me queje, que eres liviana como una pluma, pero no es buena la humedad de tus ropas.
-Jimena –musitó.
-¿Te llamas Jimena, como la hija del difunta Fruela, que Dios tenga en su gloria?
-Sí, como ella.
-Y dime, Jimena, ¿dispondrás de alguna sierva, camarera o dama de compañía?
-Sí.

Viendo que por ese camino nada conseguiría, salvo la habitación a que dirigirse, él mismo se propuso sanar los rasguños y proporcionarle una criada que le ayudase a secar y vestir. Llegados, pues, al cuarto, la sentó en un escabel, vendó la mano y reclamó una criada. Entre tanto llegaba ésta, él mismo secó los pies de Jimena; luego, el cabello.

-Siento mucho haberte asustado, ni siquiera me había dado cuenta de que no estaba solo.
-Es igual.

Entró la criada y Saldaña se despidió con una reverencia.

-Si en algo te puedo servir, no tienes más que decírmelo.
-Tal vez te haga llamar.
-Acudiré presto a tu requerimiento.

Cuando cerró la puerta tras de sí, el conde notó la ausencia de aquella mirada puesta en él y un hilillo de estremecimiento le recorrió la espalda. Giró la cabeza varias veces con la vana esperanza de ver aparecer en el umbral de la puerta la figura aturdida de Jimena, mas dobló la esquina del pasillo y aquélla no asomó.


II

Alfonso frisaba la veintena de años desde su natividad y el lustro desde que partió al exilio. De los asuntos del reino estaba al corriente por la abundante correspondencia que recibía de su tía; por ella conocía su decisión de tomar los hábitos e ingresar en el monasterio de San Juan, en Flavionavia, luego que una asamblea oligarca le diera a elegir entre la vida monacal o el destierro. Por supuesto, Adosinda escogió quedarse, aun como monja, con tal de proseguir su lucha en favor del sobrino, y qué mejor lugar que desde la propia capital del reino. Apenas contaba con hombros a los que arrimarse, Teuda y Aldonza acaso, porque Mauregato había sabido sujetar las bridas del gobierno y desde su posición abarcaba un gran trecho de la política; no era el mentecado Aurelio ni el confiado Fruela ni mucho menos el dócil Silo, que pudo reinar en paz gracias a los tejemanejes de su esposa.

También supo Alfonso que la famosa disputa religiosa entre adopcionistas y legitimistas había acabado en tablas, aunque las distancias entre las dos corrientes habían abierto una brecha imposible de superar, de tal jaez que los púlpitos de las iglesias se habían transformado en oratorios improvisados, desde los cuales el sacerdote abogaba por las teorías de Beato o las de la sede toledana, según defendieran las teorías tradicionales italianas o godas, siendo de éstas últimas el obispo Elipando su más encarnizado valedor. Se rumoreaba que incluso había amenazado a los partidarios del legitimismo con la pena y la condenación eternas llamándolos en sus públicas homilías “hijos de Satán”, “abominaciones del Infierno”, “preludios avernales” y otras lindezas por el estilo. Esgrimía su lengua afilada contra Beato como Longinos blandió su lanza contra el Crucificado.

También su tía le puso al día de las relaciones de Jimena con Nepociano: “un matrimonio mal avenido, pero legitimado ante los ojos de Dios”, escribía. A Alfonso le entristeció esta noticia y todas las noches pedía al Señor que iluminara a los esposos. En la última carta que había recibido, Adosinda le comunicaba que le estaba buscando una buena esposa que sirviera al mismo tiempo como alianza con la nobleza y como fiel reina, citándole varias candidatas por si acaso él prefería alguna en particular o quizás la descartara. Sin embargo, Alfonso respondió inmediatamente con otra misiva en la que le suplicaba que desistiese en este punto; sólo Dios conocía el agradecimiento que profesaba a su queridísima tía, pero en asunto de matrimonio no quería terminar en la situación de su hermana, así que ya buscaría él a su reina.

III

En la celda del monasterio de San Juan, Adosinda imparte órdenes a esporádicos visitantes, privilegio el suyo del que no gozaban las demás reclusas gracias al alto rango de su ascendencia. Por ahí pasa Teuda, Aldonza, incluso Jimena. Solía expresar sus mandatos oralmente, como prevención ante un posible extravío o robo de documentos escritos, aunque en ocasiones se confiaba a una breve esquela, más larga si el destinatario era su sobrino. La excepción era su hijo Ordoño, un adolescente amanerado, frágil rival para la política y aún más para las armas; a éste lo recibía una vez a la semana, si bien había citas a las que Ordoño faltaba ya que le molestaba el trato excesivamente edulcorado de su madre, incapaz de regañarle. Sus rasgos evidenciaban un parecido tan asombroso con Silo que Adosinda no tenía más remedio que acordarse del difunto marido y reverenciar en el hijo el amor que había profesado al padre. Una madrugada después de maitines se encerró en el cuartucho, tomó pluma y papel y se dispuso a escribir una extensa carta a Alfonso.

“Querido sobrino. He meditado largamente sobre el asunto de tu esposa y he decidido acatar tus deseos, siempre que la mujer que escojas no sea una carga imprudente para tu futuro gobierno. Ten presente que una mala elección podría echar por tierra todo lo conseguido hasta el momento por tu abuelo y tu padre. Te debes a la corona y el reino ha de ser tu primera opción. No quisiera ser yo la causa de tu infelicidad proporcionándote una compañera que te haga penosa la existencia y para aliviarte busques un consuelo fuera de la sagrada institución que es el matrimonio; pero, tampoco quisiera que por un capricho estropees las perspectivas favorables que a continuación te expondré. El gobierno de tu tío Mauregato ha llegado a su fin, pronto abandonará este valle de lágrimas. No voy a especificar cómo o cuándo, mas debes prepararte para el regreso a Asturias. Sin embargo, las circunstancias me han obligado a aplazar tu entronización, pues todavía no es el momento oportuno: la oposición es muy fuerte y los detractores se mantienen firmes; además, los indecisos temen por sus propiedades, más incluso que por sus vidas. Por todo ello sólo admitirían un cambio de rey si el sucesor de Mauregato es Vermudo, a quien he conseguido convencer para que abandone su diaconía y ocupe el lugar que a ti te correspondería. Es la elección más válida para todos. No será una apuesta a ciegas, al fin y al cabo es el hermano de Aurelio, el hijo de tu tío abuelo Froila, así que los cántabros apoyarán la candidatura por su ascendencia y los astures por su parentesco con el rey difunto. En cuanto al grupo nobiliario que toma partido en contra nuestra, he negociado con ellos una propuesta arriesgada, no obstante, nos permitirá un resquicio de esperanza: ellos formarán en exclusiva un Consejo Real y, a cambio, podrás volver a Flavionavia adscrito a la corona; esto es, serás declarado oficialmente sucesor legítimo de Vermudo. Es cierto que serán ellos los que rijan el reino, los que detentarán el poder, mas no habrá intrigas para asesinatos ni derrocamientos por su perte ni por la nuestra. Asturias necesita estabilidad política porque un peligro ha surgido, querido Alfonso, en Córduba. Desconozco si estarás al tanto. El anciano emir, Abd Al Rhaman, al que llaman el Justo, se encuentra a las puertas de la muerte y su hijo Hixem arde en deseos de someter bajo su férula toda la península, para lo cual ha estado reclutando un vasto ejército que ha distribuido por las provincias fronterizas alegando que así evitará nuestros alzamientos contra el emirato. Lo más preocupante es que un regimiento bien adiestrado acampa amenazador cerca de Asturica. En definitiva, haz el equipaje y estáte dispuesto para el viaje y no desdeñes las preocupaciones que tome Gadaxera, pues en su mano está arreglado que llegues a nosotros sano y salvo. Que Dios, Nuestro Señor, sea tu guía y cumple fielmente con tus obligaciones.”

Releyó lo escrito por si había algo que añadir y, dando el viesto bueno, devolvió la pluma a su lugar, secó la tinta, cerró el pergamino, lo selló y lo guardó en la manga por si alguna imprevista visita se anticipaba a Teudano y en un descuido era descubierta. Se arrodilló junto al lechoi, juntó las manos y bajó la cabeza sumisamente para rezar. Dos horas tardó su leal Teuda en llamar a la puerta, y lo hizo con dos fuertes golpes de los nudillos.

-Ya se avecina el final –comentó el general besando el dorso de la mano que su reina le tendía-. Mauregato se precipitará en el Orco dentro de unos pocos días.
-La espera será angustiosa. Si se destapa el complot, la picota nos aguarda.
-En ese caso usaremos la protección que el conde Pedro nos ha ofrecido.
-Su amabilidad no valdrá para salvarnos, amigo mío. Los dados han sido arrojados, lo mismo que lo fueron en tiempo de César, y no hay vuelta atrás. ¿Está Jimena a buen recaudo?
-Lo está. He seguido tus instrucciones paso por paso. Jimena va camino de Cantabria con la excusa de visitar a tus parientes lejanos.
-¿Y mi hijo?

-A Ordoño le he enviado como embajador tuyo a Bardulias para cerciorarse de que en los Campos Góticos se respeten los acuerdos que tu marido ratificó con la aristocracia local. Mauregato nada sospecha por el momento. En cuanto a Alfono, ¿qué debo hacer?

Adosinda sacó la carta de la manga y se la entregó con un movimiento brusco.
-Guárdatela bien, en ella le pongo al corriente de casi todo.
-Haré que llegue a su destino.
-Si cae en manos inapropiadas estaremos perdidos y rodarán más cabezas que las nuestras.
-Me aseguraré de que no sea así. Yo mismo...
-No –le interrumpió Adosinda-, a ti te necesito aquí. ¿Aún está en Flavionavia el conde de Saldaña?
-Sí, lo está.
-Encárgale a él el correo. Es joven, audaz y leal a nuestra causa.
-Como desees.
-Dile también que se una al séquito de mi sobrino, al lado de Gadaxera, pero cuídate de confiarle más datos sobre el plan. Ahora vete, nos volveremos a ver, si Dios lo quiere, en mejores circunstrancias.

El viejo Teuda se despidió con un saludo y se fue con paso firme a largas zancadas. En su regazo llevaba la carta, en su mente el sonido de las palabras de Adosinda, su rostro, sus labios moviéndose al compás de las órdenes. Por ella daría su propia vida como cumplimiento de una promesa, se decía, mas no conseguía con ella engañar su conciencia que le confesaba el amor que sentía.

Adosinda regresó a sus oraciones con mayor fervor suplicando al Cristo por el buen término de la empresa, por la salud de sus allegados, pro el buen juicio de sus amigos y por la felicidad del leal Teuda, en cuyo pecho refugiaba su ardor.

IV

Mauregato dormía plácidamente al abrigo de dos guardias delante de la puerta de su cámara. Eran dos robustos corpachones de lánguida mirada que en aquella ocasión estaban inquietos. Cuando apareció por el pasillo un esclavo de tez morena tensaron los músculos y se enfretaron a él cortándole el paso sin decir nada; aguardaban impacientes a que el visitante pronunciara la frase convenida, la contraseña, antes de franquearle la entrada.

-La Cruz es el signo de la Victoria –pronunció el esclavo.
-Con ella caerá la Media Luna –respondieron ellos-. Date prisa en lo que hayas de hacer.

Le abrieron la puerta y el forzudo esbirro entró como un felino aceha a la presa. Asió un almohadón que había en el suelo, del que suelen utilizar los musulmanes del Al Andalus, y con un movimiento raudo lo aplastó sobre la cara del rey. Éste abrió los ojos como para acaparar el mundo entero, y comenzó a forcejear por librarse del gazapo, mas el esclavo estaba curtido en ciertas tareas gravosas y sus brazos, como dos troncos de árbol, no se inmutaban. Mauregato pataleaba en el lecho mientras notaba que el pecho se le encogía angustiado por la ausencia de aire fresco; la piel se azulaba y los ojos se anegaban en las tinieblas. El esfuerzo infame por respirar le mermaba el vigor; la boca, totalmente abierta, no tragaba más que la tela del almohadón y sólo un hilillo insignificante e insuficiente le permitía sobrevivir. Comprendió que era el final y en el prostrero momento se acordó de que bajo el lecho había guardado una daga; estiró el brazo hacia ella palpando el suelo en su búsqueda desesperada, pero el arma huidiza se resistría a ser encontrada. De pronto se abandonó a su suerte y los músculos se le relajaron. El esclavo de piel tiznada oprimió el almohadón un rato más hasta asegurarse de que había cumplico con el encargo. Luego, lo colocó en su sitio y salió.

-Aquí tenéis.

Les dijo a los centinelas al tiempo que les daba una bolsa repleta de monedas antes de desaparecer por el pasillo. Los guardias vacilaron en huir.

-Aquí no ha pasado nada –repetía uno de ellos convulsivamente-. El rey ha muerto porque así lo ha decidido Dios.


Mauregato quedó tendido en el lecho para que a la mañana siguiente los cirujanos se pasmaran ante el hecho inexplicable, cuya perplejidad le acarrearía un buen montón de dineros. Así fue el fin del hijo bastardo del gran Alfonso, el Católico, que engendró a la cautiva Siselda y la mantuvo encerrada para amarla y ser amado. Una vez más el trono asturiano se había cobrado otra víctima.