I
Suelen ser más veloces las noticias que los causantes de
ellas; no se sabe cómo, a aquéllas parecen que les nacen alas y vuelan con la
rapidez de los vencejos. Los hombres, al contrario, viajan con lentitud, sobre
todo si han de esconderse a la luz del día y prestar atención a todo ruido en
plena oscuridad nocturna. No resulta, pues, extraño que el valí de Gigia
montara en cólera tan sólo a dos días de la huida de Pelayo. Golpeaba a los
sirvientes sin motivo, acompañando cada azote con improperios tales, que
ninguno osaba levantar la mirada del suelo y acataban la paliza con
resignación. La fortaleza se llenó de insultos, de amenazas, de órdenes atolondradas,
de las carreras de eunucos, de concubinas esquivas, de esclavos temerosos. La
faz de Munuza se envolvía en un fuego abrasador y las chispas saltaban de los
ojos como ascuas asesinas. Por el suelo se desparramaban en pedazos jarrones,
copas, espejos, vasos, bandejas, platos. El dormitorio era un revuelto de telas
rasgadas y esparcidas por los rincones más insospechados.
En medio de aquél huracán llamó a sus consejeros, de entre
los cuales se abstuvieron de acudir los cristianos, no fuera su presencia el
detonante de una explosión de ira incontenible que terminase con sus cabezas en
lo alto de la muralla. Toda la guarnición estaba convulsa y temerosa. En su
delirio Munuza acusaba al propio emir cordobés por no atender a sus
necesidades, de negarse a enviar más hombres armados para pacificar la región;
lo consideraba un loco por intentar reforzar un ejército que habría de
conquistar la Galia. Arrebatado como estaba, Munuza ordenó subir los impuestos,
privar a los señores cristianos de todos los privilegios, anular la inmunidad
de los prebostes religiosos, ejecutar a cada uno de los miembros de la
insurrección. Los escribas se apresuraban a tomar nota de estas disposiciones,
que salían atropelladas de su boca. Los consejeros callaban, si bien su opinión
distaba mucho de la de su señor, pero la vida les era más querida que el
reconocimiento. El valí juraba y perjuraba que a partir de ese momento no
habría perdón para ningún traidor y que asolaría todo el territorio si no se
cumplían sus mandatos al pie de la letra.
Nadie recordaba, ni siquiera los más allegados, una furia
tal en aquel hombre, otrora pausado, de buen carácter, amante de la justicia,
observante de las leyes del Profeta. Incluso se comentaba que a la hermana de
Pelayo la había hecho degollar en las mazmorras en las que la mantenía cautiva.
-¿Todo esto por un bandido? –susurró una concubina a la
favorita del valí.
-No es por un hombre –contestó en voz baja, como el murmurio
de un manantial-. Con ese rebelde en libertad la autoridad y el poder del
gobernador se ponen en entredicho, él mismo será el hazmerreír de estas gentes
bárbaras. Si se socava tan fácilmente su gobierno, verán en él la debilidad
necesaria para enfrentársele, incluso con las armas.
Las voces airadas de Munuza resonaron en el pasillo. Todo el
harén se silenció; ninguna movió un músculo; sin embargo, el valí pasó de largo
seguido por el séquito espantado, y las mujeres pudieron respirar de alivio.
-Quiero patrullas en todas las rutas –vociferaba Munuza-.
Que ni una culebra cruce los pasos de montaña sin ser detenida. Ese malnacido
volverá, vaya si volverá. ¡Que su cabeza me sea entregada junto a la de toda su
familia y todos los conspiradores! ¡Y las de quienes traten de prestarle
auxilio, sea con alimento, refugio o armas! Que diez legados partan para
Córdoba por otras tantas rutas con la misiva que escribiré.
Al mismo tiempo instó a sus capitanes a que reforzaran las
defensas de Gigia, que impidiesen la entrada a todo extranjero; que formaran
una patrulla urbana y registrasen todos los edificios de la urbe y de las
proximidades, y detuviesen a sus inquilinos ante la mínima sospecha. En dos
días los calabozos de Gigia rebosaron de presos, hubo haciendas arrasadas,
nobles decapitados; monjes y obispos fueron descuartizados. Muy pocos
cristianos eludieron las represalias, entre ellos el prelado Oppas, que veía
con desgana la paz truncada por las ambiciones de la nobleza. A pesar de ello,
pedía a su dios el perdón para Pelayo y sus secuaces. Por contra, Munuza veía
con cierta complacencia el resultado de sus órdenes.
-Después de esto no habrá nadie que se levante contra mí
–comentó satisfecho.
-Después de esto –le respondió sumiso uno de sus ministros-,
tal vez no quede nadie para ello.
Y Munuza sonrió con una sonrisa falsa.
II
El invierno de aquel año, setecientos cincuenta y nueve de
la era hispana, a setecientos veinte y uno del nacimiento de Jesús el Cristo,
fue crudo para todos. La nieve reinó más de los acostumbrado. El
avituallamiento desde la meseta no llegó por lo impracticable de los puertos, quedándose
almacenado en Asturica. La falta de víveres, el frío permanente, las
consecuencias de la represión en los campos astures, todo ello contribuyó a la
hambruna. La descontenta población prefirió el exilio: se fueron hacinando en
las inaccesibles cumbres de la cordillera, muchos se pusieron a disposición de
Pelayo, aportando sus herramientas de trabajo para convertirlas en armas de
guerra. Divididos en pequeños grupos, los cristianos sublevados se apropiaban
de los escasos alimentos de las caserías: frutas, hortalizas, ganado,
legumbres. Las numerosas cuevas hendidas en la caliza servían como improvisadas
residencias, colmadas pro el número de refugiados. Algunos optaban por
construir sus propias cabañas, otros pernoctaban en las casas vacías de la
llanura.
-Bien es cierto que aprecio la confianza que estos hombres y
mujeres ponen en mí –decía Pelayo-, pero no comprendo por qué abandonan lo poco
que tienen para venir hasta aquí, donde aún hay menos que compartir.
-Los que nada tienen, nada pierden –respondía Gaudiosa-. Si
acuden a ti no es sólo por necesidad, sino por el desaliento a soportar los
abusos del valí.
-Pues aquí pasarán más hambre y frío que si hubieren
permanecido en sus hogares.
-Éste es ahora su hogar.
A mediados de abril un tímido sol empezó a derretir los
neveros y a despejar los caminos. El agua bajaba salvaje por las torrenteras
abiertas en los abismales declives de la sierra, donde Pelayo y sus seguidores
continuaban preparando acciones contra los árabes. Desde la liberación de éste,
Favila se había vuelto más ensimismado, más hosco en el trato con los demás,
sobre todo con su mujer, a quien rehuía en los momentos íntimos. Su mutismo, su
apatía tenía en ascuas a Gaudiosa, no así a Froiliuba, que adivinaba el motivo
del desencanto.
Una tarde de ese mes Favila se ausentó de la reunión de
nobles y fue a sentarse en un risco, desde donde contemplaba desapasionado la
garganta del Cares. Su madre decidió aprovechar la soledad para hablar con él.
Tenía que indagar sobre las preocupaciones del hijo amado, antes siempre
dispuesto a actuar y ahora sumido en profundas cavilaciones.
-No estoy muy seguro de que liberar a mi padre haya sido lo
correcto. Ahora tenemos que alimentas a todas esas bocas hambrientas y aguantar
los desvaríos de Munuza.
-¿Y tu mujer tiene que pagar por ello? –Favila guardó unos
segundos antes de contestar.
-Cuatro hijos, madre. Cuatro hijos me va dando Froiliuba y
ninguno sobrevivió. En cambio, el pequeño Fruela crece y se robustece en
condiciones ínfimas. Froiliuba y yo lo hemos intentado tantas veces... Su
vientre parece que se ha vuelto estéril y mi semilla cae en tierra baldía. No
habrá quien perpetúe mi sangre.
-El hijo de tu hermana también lleva tu sangre. Alégrate en
ella.
-No es lo mismo.
-Lo sé. Pero confía en la providencia. Todavía no es tarde
para la progenie. Posees el vigor de una gran estirpe gótica. Olvídate de esos
temores. Tierra que ha dado fruto, volverá a ser fértil. Además, queda mucho
por llevar a cabo. Tu padre te necesita más que nunca, sobre manera en estos
días de euforia por las noticias recién llegadas. La derrota de Al Hurr frente
a las tropas francas le precipitó a la muerte; quizás el nuevo emir replantee
su política y todo se solucione. Luego, ya podrás pensar en tus hijos.
-Vana ilusión. No creo que Anbasah desista de la expansión
europea. En cuanto a su política, no debemos esperar que se suavice mientras
Munuza siga en su cargo. Y por lo que respecta a mi descendencia, ¿qué opinas
si tomo otra esposa?
Gaudiosa le tomó del brazo con materna afabilidad
obligándole a levantarse.
-Vamos, hijo. Recobra el ánimo y únete a los demás nobles.
Tu padre te echa de menos.
-No me has contestado.
-Lo sé.
Favila claudicó a los ruegos de su madre, aunque su espíritu
se hallaba quebrado. Yendo despacio, abatido, Favila llegó cuando ya se había
disuelto la reunión. La tristeza manaba de los ojos curtidos por la lucha,
resbalaba por las grietas que eran arrugas y se perdían en el desorden de la
barba. El tiempo no cicatrizó las heridas, pues que unas semanas después
Froiliuba caía presa de fuertes convulsiones provocadas por la intensa fiebre. Se
pasó la pobre mujer tres días con sus noches en ese estado febril lleno de
agitaciones. Favila observaba cómo en tan poco tiempo los huesos se le marcaban
bajo la piel, cómo las cuencas de los ojos se ahondaban en las tinieblas.
Hundida en el mísero lecho de paja seca, Froiliuba parecía estar de prestado en
este mundo. En medio del delirio de su existencia, Favila creyó escuchar una
palabra que aletargó más aún su carácter: Fruela.
III
Antes de que el otoño se despidiera una vez más, el valí
Munuza obtuvo finalmente la respuesta deseada a sus peticiones. Aquél había
resultado ser un buen año. El ejército que Anbasah envió contra los francos
avanzaba victorioso por el sur de la Galia; Hispania se recuperaba del fatal
invierno y la mano férrea del nuevo emir había conseguido apaciguar los ánimos
exaltados de los inconformistas godos. Así pues, la misiva que Anbasah remitió
a Munuza le alentaba a la esperanza: una expedición se estaba preparando para
entrar en las Asturias para la próxima primavera con el fin de dar por
finiquitado el tema de los sublevados. Con tal halagüeña noticia el valí
recuperó su humor acostumbrado. Retomó las relaciones con la nobleza y el
clero, agasajaba a los ciudadanos y planeaba el futuro ilusión; mejoraría el
rendimiento de los minifundios, repararía las comunicaciones con la meseta...
hasta hizo llamar a un poeta reputado y varios maestros de filosofía,
matemáticas y astrología. Las inquietudes que le habían desvelado el último año
se desvanecían y ya soñaba con una región próspera. Por otro lado, se enfrascó
en el embellecimiento de la fortaleza rodeándose de finas telas, exquisitas
porcelanas, caballos espléndidos, cristales magníficos; adornó las murallas con
obras realizadas al gusto árabe. Lejos quedaban los días en que bajo las órdenes
de Muza había cruzado los puertos desde Astúrica.
Asomado a la balconada de sus dependencias se recreaba en la
vista de Gigia, de sus calles bullentes, del olor marino, cuyas aguas golpeaban
los acantilados o se mecían en las calas. La voz de un vasallo le interrumpió.
Anunciaba la visita de Oppas. El gobernador le indicó con un leve movimiento
del brazo que daba su permiso. El prelado entró con alegre semblante, porte
marcial, el saludo sumiso.
-¿Verdad que hace un día espléndido, amigo mío? –comentó Munuza.
-A nuestra edad una hora de sosiego nos exalta el alma.
-Es cierto. Envejecemos demasiado deprisa. El tiempo no se
detiene ante las ridículas preocupaciones de los mortales. Una tarde te
acuestas con el brío belicoso de un joven y a la mañana te despiertas achacoso,
débil y a las puertas del Paraíso. Y entre tanto pasamos dormidos toda la noche
sin apreciar lo que se nos va para siempre. Somos odres henchidos de
prepotencia. Pero, dejémonos de altos pensamientos y disfrutemos de la bonanza.
Ambos se acomodaron sobre los cojines, tentaron los frutos
secos, sorbieron la hidromiel, conversaron acerca de la religión, la sociedad,
las emociones y, al fin, de Pelayo.
-Tengo entendido –refirió Oppas con delicadeza- que los
rebeldes se han hecho fuertes en las montañas del Auseva.
-Así es. No obstante, no debemos perder la perspectiva. Ésas
son tierras impracticables. Pronto, muy pronto exterminaremos esa plaga de
delincuentes. Brindemos por el triunfo de la razón frente a las alocadas ideas
revolucionarias que retan a la civilización.
Sendas copas se elevaron en el aire y los dos apuraron hasta
la última gota. Luego, el obispo tentó al valí.
-Estoy de acuerdo con ello; sin embargo, quisiera pedirte un
favor en honor a nuestra amistad.
-Sea.
-Antes de derramar la sangre de más inocentes desearía
intentar de nuevo una reconciliación pacífica. Me apena el desperdicio inútil
de vidas.
-¿Qué propones? Hoy me siento generoso. Lo único que no
concederé es el perdón para los cabecillas.
-Quizás pueda convencerlos de que se entreguen y eviten más
calamidades. No niego que Pelayo y algún otro merezcan un escarmiento ejemplar,
pero sus seguidores son en su mayoría desheredados, gente miserable en cuya
desesperación se le unieron buscando un rayo de luz. A veces el hombre tuerce
el camino correcto para escapar de los cardos sin precaverse de las
consecuencias. Confío en tu benevolencia para dar una oportunidad a estos
desfavorecidos del destino.
-Eres un elocuente, un gran orador, casi un visionario. Te
doy mi palabra de que tendrás esa oportunidad que pides cuando llegue el
momento.
-El pueblo verá en ti a un gobernante justo. Esta acción te
atraerá el corazón de los que dudan de tu grandeza.
Surtieron efecto los halagos del cristiano, dado que Munuza
se holgó en aquel futuro presentado por Oppas. Comieron, platicaron, se
emborracharon y yacieron con hermosas mujeres antes del crepúsculo.
IV
Favila enmascaró su alejamiento de Froiliuba en un arrojo
rayano con la insensatez. Era el primero en las rapiñas y no abandonaba el lugar
hasta que todos se hubieren ido. Además, entretenía los ratos de ocio yendo a
cazar con escasa o nula compañía. Su padre, también su madre, le regañaban como
a un niño por exponer su vida de forma tan necia.
-El valor –le recriminaba Pelayo- duerme arropado en brazos
de la sensatez. Lo que tú haces no es más que un acto desesperado de cobardía y
temeridad sin sentido. Compórtate según el honor que nuestros antepasados nos
han legado con sus sacrificios; condúcete con prudencia, pues son muchos los que
dependen de ti. No resulta difícil llegar a la consideración, a la admiración
de las personas; lo realmente dificultoso consiste en mantener el porte y no
caer en el vacío de la iniquidad. Cada uno ha nacido para desempeñar un papel,
y el tuyo requiere moderación. Guarda la medida y atente a los límites
impuestos por la naturaleza; consagra tu vida a los que dependen de ti y no te
creas nacido sólo para tu propio provecho, sino para el mundo entero. Recuerda
las palabras de Séneca: “nemo regere potest nisi qvi et regi”.
Tales eran las prédicas de su padre, mas Favila prestaba
oídos sordos a estos y otros consejos. “¿Qué sabrá él del dolor?”, pensaba en
silencio. “¿Cómo puede entender lo que yo siento; él, que se complace en la
mujer a quien ama, que se regodea en la descendencia, que recibe el respeto y
los halagos de los nobles y plebeyos? No; él no comprende la miseria de los
míseros, la desesperación de los desesperados. Mejor atendiera a su deber y
compusiera una estrategia con la que vencer a esos malditos herejes; que él
exponga el plan y yo lo llevará a feliz puerto, aun a costa de mi propia vida”.
En estas y otras cavilaciones estaba paseando solitario, según era su
costumbre, cuando a lo lejos vislumbró la polvareda que las huestes del general
Al Kahma levantaban a su paso.
El mes de las flores estaba próximo a terminar, un mes de
hostigamiento sarraceno, pues la expedición enviada por Anbasah bajo las
riendas de Al Kahma había conseguido resolver con éxito algunas escaramuzas.
Sus espías le iban indicando dónde y cuándo se hallarían los insurrectos y de
este modo Al Kahma aprovechaba la ventaja de la sorpresa. Desde hacía unos días
todos los rebeldes se habían concentrado en torno al Auseva y aguardaban
impacientes el momento decisivo, dado que ambos bandos se daban perfecta cuenta
de que en las inmediaciones de la montaña se decidiría el final de la
contienda. Por eso vigilaban los renegados noche y día, por eso Favila se
inquietaba, por eso habían trasladado todas las mujeres, niños y ancianos a lugares
más seguros.
Favila dio la voz de alarma. Como el engranaje de un
mecanismo autómata que sólo necesita el primer impulso para ponerse en
movimiento y adquirir independencia, así cada cual supo dónde debía
posicionarse, cuál era su misión. Únicamente Favila parecía desorientado; a él
no le habían dado instrucciones precisas, no se fiaban de él. Su padre se le
encaró con una gran sonrisa y los brazos abiertos.
-Hijo mío, ha llegado el momento de la verdad. Tendrás que
demostrar lo que vales, lo que dices que vales. Ponte al frente de los jinetes,
azuza a los invasores, provócalos, oblígales a que os persigan con todos sus
efectivos y condúcelos a la garganta. Ahí los aplastaremos en una emboscada que
resonará burlona en los oídos de nuestro odiado Munuza.
Y así fue cómo el ejército de Al Kahma acabó en la boca del
lobo.
V
Según había prometido el valí de Gigia, el obispo Oppas
encabezaba la expedición con el firme propósito de llegar a un acuerdo.
Conversaba tranquilo con el general cuando Favila y los suyos les atacaron por
los flancos. Lejos de desmoralizar a los musulmanes, éstos apretaron filas y se
opusieron a la embestida. El fragor del choque anunciaba una encarnizada lucha,
pero ésta no se produjo. La caballería astur se replegaba tan pronto como alcanzaba
al enemigo para volver a lanzarse con renovado ímpetu. No había bajas en
ninguno de los dos bandos y eso exasperaba a Al Kahma hasta que vio cómo el
adversario iba retrocediendo a cada nueva acometida. Envalentonado dio la orden
de aplastarlos. Entonces, Favila creyó oportuno la retirada.
Las huestes sarracenas se internaron por el escabroso
sendero de la garganta. Si arduo era el paso para los caballos de Favila,
también lo era para el de sus perseguidores. De repente el camino se cubrió de
rocas, troncos de árboles, de tierra que arrollaban las montañas ladera abajo.
Imposible continuar e imposible retroceder, pues otro tanto sucedía a sus
espaldas. Al Kahma comprendió. Al fondo de la hoz los soldados apresados
miraban a uno y otro lado buscando una salida dormidos por el pánico. Durante
unos segundos se produjo un silencio sepulcral: se podría oír el zumbido de una
abeja libando. Entre tanto los insurrectos aguardaban la señal de su líder para
descargar sus armas arrojadizas acurrucados en las alturas. El prelado
cristiano se inclinó para una postrer tentativa y alzó la voz cuanto pudo.
-Cristo os ve desde el solio celestial –arengó a los
cristianos- y en su rostro se ha marcado la cólera divina. Deponed vuestra
arrogante actitud, no cometáis un terrible pecado a los ojos del Señor.
Pelayo le permitía el sermón sin atreverse a dar la señal
convenida, pues una cosa era masacrar al enemigo islámico y otra muy distinta
quitar la vida a un representante de Cristo. Fue otra voz, la voz que Pelayo
reconoció como de su hijo, la que interrumpió la salmodia.
-¡Traidor! ¡Muerte al traidor! ¡Abajo el tirano extranjero!
¡La madre de nuestro dios nos ampara!
Una flecha voló hasta el obispo, se incrustó en el pecho y
la punta salió por la espalda; Oppas se desplomó sin vida del caballo y a
continuación el cielo se nubló, tal era el número de piedras, lanzas, flechas,
picas y todo tipo de material, que fue arrojado desde las faldas del monte. Los
soldados musulmanes caían al suelo exánimes, los caballos quebraban las patas;
las rodelas resultaban impotentes ante el peso de las orcas y éstas aplastaban
todo cuanto encontraban. La sangre se acumulaba en pequeños charcos; luego,
corría en diminutos arroyos y la tierra se empapaba con ella adquiriendo un
tono granate. Cientos de gritos se perdían en el aire: unos, jubilosos; otros,
desesperados.
Una lanza, una de tantas sin dueño, atravesó la pierna de Al
Kahma y se espetó en el suelo pedregoso de tal forma que el general se vio
privado de movimiento. Trató de arrancársela, pero el agudo dolor de la herida
le arrebataba las fuerzas. Viéndose imposibilitado y cercano a la muerte alzó
la espada a lo alto.
-¡Maldito seas, Pelayo, tú y toda tu descendencia!
Una piedra chocó en ese instante contra su cabeza y los
sesos se desparramaron por todas partes salpicándolo todo en redor. El general
quedó tendido supino con la pierna doblada por la rodilla y la espada pegada a
la rojiza tierra.
Los pocos que consiguieron eludir la masacre corrieron
desperdigados por donde buenamente podían, hacia el sur o hacia el norte.
Pelayo mandó cesar los tiros y un clamor rotundo se oyó a lo largo de toda la
cordillera.
-¡Victoria! –repetían- ¡Victoria!
En medio de la algarabía Favila se acercó a su padre.
-No debemos desaprovechar la ocasión. Vayamos hasta Gigia y
tomémosla por las armas.
-Ese ímpetu tuyo te traerá la ruina. Dime, ¿cómo piensas
atravesar los muros de la fortaleza? Una cosa es luchar en estas tierras y otra
muy distinta enfrentarse a una tropa ordenada en un terreno que nos es desfavorable.
Depón tu odio y alégrate con los demás. Hoy es día de júbilo.
-Pero no podemos permitir que se reorganicen.
-Impaciente. Nuestros hombres se merecen un descanso.
Dejemos que disfruten de este triunfo y mañana consolidaremos estos
territorios.
-¿Cómo?
-El duque Pedro nos envía tropas desde Cantabria. Entre los
dos apuntalaremos con guarniciones el valle y sus lindes. No te apresures a
reconquistar aquello que nos llevará algún tiempo. Ahora ve con el resto de
nuestros hombres y por una vez que tu semblante sombrío desaparezca, y
reconfórtate.
Era el año setecientos y sesenta de la era hispana, hacía setecientos
y veinte y dos años que había nacido Nuestro Señor Jesucristo.
VI
Todas las habitaciones del palacio Munuza estaban revueltas.
Era un hervidero de bulliciosos personajes trajinando de aquí para allá,
recogiendo esto o esotro, empaquetando, despreciando, abandonando. En el patio
los siervos acumulaban unos sobre otros los bultos: víveres, joyas, telas,
vidrios, esculturas, arcones repletos de monedas... El valí era hostigado
constantemente por sus consejeros.
-Debes llevarte más hombres armados. Los rebeldes podrían
asaltar la caravana.
-No puedes dejar la guarnición indefensa. Permite que se
queden más soldados.
-Es una locura proponerse un viaje ahora. Tu sitio está
aquí.
Cada uno daba su propia opinión, sincera y desinteresada las
más de las veces. Lo cierto es que Munuza tenía la obsesión de recabar un
ejército solvente y regresar con él para la aniquilación total de Pelayo y sus
secuaces. Lamentaba, casi lloraba, la decisión de Anbasah de enviar tan sólo un
destacamento cuando le había prometido todo un regimiento. Para colmo resultó
ser un grupo inexperto en la lucha por tierras montaraces, acostumbrado como
estaba a las batallas en campo abierto. Por eso había decidido personarse ante
el emir y obligarle a entrar en razón. “Es un desafuero internarse en el
continente sin antes haber asegurado la península”, reflexionaba. El mayor
inconveniente para convencerlo residía en que Anbasah no tomaba muy en serio a
aquel grupo de forajidos; “descarriados de la mano de Alá”, los había llamado
en su última misiva; “los hijos de Mahoma”, había escrito, “deben propagar su
palabra entre los infieles y dar a conocer la verdad, la única verdad”.
A mediodía la caravana se puso en marcha. Precedía los
carromatos un pelotón selecto de la temible caballería, detrás marchaban los
soldados de a pie. Munuza iba entre la vanguardia y los carros a lomos de un
soberbio caballo árabe rodeado por su guardia personal. Formaba la retaguardia
un conjunto heterogéneo de personas: esclavos, heteras, comerciantes que
abandonaban el norte tumultuoso, algún poeta, malabaristas, incluso astures
convertidos al Islam que se veían amenazados por los cristianos vecinos y hasta
familiares suyos.
Por los caminos se oían insultos, advertencias. Los soldados
aguzaban la vista, escrutaban los alrededores, mas a nadie distinguían.
Apresuraban el paso y sólo se ralentizaron cuando una partida armada se les
unió procedente de diferentes guarniciones del valle de Saelia. Cerca de
Olalíes el silencio cayó sobre ellos. Los lanceros detuvieron sus monturas a la
orden de su capitán. Toda la caravana quedó expectante; diríase que la brisa
arrastraba los suspiros lejos de allí, a tal punto llegó la mudez. Cientos de
ojos atisbaban en torno suyo, examinaban cuidadosamente por entre las matas más
allá de los roquedos; creían adivinar furtivas siluetas al otro lado de los
árboles. Tenían la respiración de hito en hito. el capitán renunciaba a reanudar
la marcha, los caballos bufaban impacientes, la escolta se apresuraba a
desenvainar las armas. Sin perder la compostura el oficial se acercó al valí.
-Alguien nos espía. Deberíamos dar la vuelta. Éste es un
lugar apropiado para una emboscada; con unos pocos hombres bien colocados nos
destruirían en un pestañeo.
Munuza recapacitó tan sólo unos segundos.
-Preparémonos para salir de aquí cuanto antes.
Apenas lo hubo acordado, una tormenta de flechas se
desplomaron sobre la caravana. Gritos, aullidos, golpes, rugidos de bestias
surgieron por todos lados abalanzándose sobre los musulmanes. Los jinetes,
impedida cualquier maniobra evasiva, hubieron de apearse. Todos estaban
desprotegidos.
Alfonso y Favila, codo con codo, guiaban el ataque de los
insurgentes. Poco después Pelayo se les añadió con otro buen número de
guerreros. Quienes rehuyeron la lid y se pusieron en fuga salvaron la vida; los
que aguantaron el envite acabaron por expirar. Munuza fue de los primeros en
esquivar la muerte protegido en todo momento por su escolta cada vez más
diezmada. No había piedad para los vencidos. Pelayo en persona traspasó con su
espada el pecho inofensivo de una prostituta guarnecida tras un matorral,
Favila decapitó sin conmiseración a un buen número de siervos desarmados,
Alfonso se deleitaba ejecutando con ojos sanguinolentos a quienes alzaban las
manos en señal de rendición; incluso hubo quien, después de degollar a una de
las concubinas del valí, rajó su vientre para traspasar con su daga el feto que
la desgraciada llevaba dentro.
-¡Que no quede con vida ni uno de esos perros! –vociferaba
Favila.
Aquello no fue una lucha cuerpo a cuerpo, sino una matanza
cruel y despiadada.