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miércoles, 30 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo ocho)

I

Cerca de la Cova Dominica, en una ermita hecha construir por el rey Alfonso, el noble Silo, convertido en todo un cortesano aunque de cortas miras, conversaba con Adosinda. La muchacha había heredado la majestad de su abuelo Pelayo, la visión política de su otro abuelo el duque Pedro, la docilidad de su madre Ermesinda, el buen entendimiento de su tía Froiliuba y la capacidad de gobierno de su padre Alfonso. En definitiva, era una mujer ante la que nadie podía permanecer impasible, pues si no sucumbían ante su compostura se rendían ante la belleza de su rostro perfumado por el regio gesto y las facciones de una Afrodita esculpida en mármol. En cambio, su prometido, Silo, carecía de fuertes convicciones, sino eran las que dominaban en su corazón, que estaba perdidamente enamorado de ella. Se plegaba a sus deseos como un cordero se pliega al ladrido de su perro, sucumbía a las caricias que le prodigaba sin osar replicar incluso cuando disentía de sus opiniones.

-No me gusta la mirada de Mauregato –decía Adosinda-. Sus ojos están vacíos, desprovistos de pasión, y eso es lo más peligroso.

-Se comporta como un buen cristiano e intenta aprender nuestros usos y costumbres.

-No te fíes de los lobos vestidos de ovejas, querido. Guarda muy bien sus intenciones y se mezcla con unos y otros en igual medida sin importarle las tendencias. No me gusta nada, Silo; nada en absoluto.

Silo no llegaba a comprender que un bastardo sin ascendiente en la Corte pudiera provocar tanta preocupación; “sólo es un crío”, pensaba.

-Tal vez se muestre un tanto arisco debido al modo en que su madre se quitó la vida. Eso siempre impresiona a un chiquillo.

-Por eso mismo. Es probable que culpe a mi padre de ese acto desesperado.

-Se comporta con él de manera piadosa.

-Pero no da muestras de cariño filial; sólo le atiende como a un maestro, y eso me da miedo.

-¿Qué puede hacer, si fuera como dices?

-No lo sé. No lo sé.

Adosinda paseaba nerviosa frotándose las manos por ahuyentar el frío de la mañana en tanto Silo volvía una y otra vez hacia la entrada ya que se habían citado con Fruela allí mismo y tardaba en llegar.

-¿Qué le habrá retenido? –preguntaba nervioso sin esperar una respuesta- ¿Le habrá sucedido algo a tu padre y por eso se retrasa?

-¡Ni lo pienses!

-No debes negar la gravedad de su estado. Está muy enfermo, “a las puertas del Paraíso” dijo Fromestano.

Adosinda sentía un manantial de penas en sus entrañas. Desde el suicidio de Siselda Alfonso había decaído y el estómago se le reventaba de dolor. Hay quien esperaba que la muerte de Siselda le precipitaría hacia la suya, cansado ya de tanto vagar en este mundo. Pero ¿quién podría afirmar eso? Nadie puede conocer los pensamientos ajenos, sólo los supone y casi casi siempre de modo equivocado, lo que resulta bastante lógico si se tiene en cuenta que ni siquiera puede estar seguro de sus propios pensamientos. Alfonso amaba a Siselda tanto como la odiaba y de igual forma fue correspondido. Después de un incómodo silencio Silo afrontó el asunto que les había llevado allí.

-¿Qué le dirás a Fruela sobre los felones?

-Nuestro padre nos ha puesto al corriente de la traición, así que vendrá con alguna idea concebida.

-¿Qué le dirás tú?

-Ya veremos. No disponemos de mucho tiempo; por desgracia mi padre...

Adosinda calló. El anunciado óbito de su padre la embargaba de sentimientos molestos, de tormentos. La puerta se abrió y viraron la cabeza hacia ella sobresaltados: era Fruela.  Cerró la puerta y abrazó a Silo; luego, a su hermana.

-¿Alguna novedad? –se apresuró Adosinda- ¿Cómo está nuestro padre?

-Sufre –contestó escuetamente.

-¿Y de la conjura? –inquirió Silo.

-Todo es cierto: los galaicos han reclutado un ejército en Galecia con la ayuda de los musulmanes, aunque de momento están atrincherados en el oeste. Supongo que aguardan a la muerte del rey para ponerse en marcha.

-¿Y los alaveses? –se inquietó Adosinda.

-Reafirman sus defensas, si bien no se disponen a una invasión.

-Estarán a la expectativa –mencionó Silo.

-Querrán proclamar roto el acuerdo a la muerte del rey –concluyó Adosinda-. ¿Y los nuestros?

Fruela titubeó un instante, como si intentara recordar todo lo que había planeado.

-Al acecho. Aguardan órdenes.

-¿Estás seguro de que nadie conoce nuestra situación? –quiso asegurarse su hermana.

-No lo sé. Esperemos que así sea. Están acampados a una jornada de Pontuvio, como tú has dispuesto.

-Sigo pensando que vuestros primos deberían formar parte de nuestro plan –comentó Silo-. Los hermanos se miraron. Fruela bajó la cabeza; Adosinda, no.

-Aurelio pretende la corona. Podría formar parte de los conjurados.

-No hay pruebas de ello –dijo Fruela-. En la campaña de nuestro padre se condujo con gran honor.

-Sus amistades no son las más recomendables. Dudo que simpatice con nuestros propósitos.

-¿Y Vermudo? –preguntó Silo.

-El bueno de Vermudo –suspiró Adosinda-. Supongo que él nos apoyaría; sí, estoy segura. Sin embargo, no está hecho para la política ni para la guerra. Es un hombre en exceso honrado y deplora este tipo de conflictos. Sus miras no se dirigen hacia este mundo y por nada saldría de la abadía. Su futuro se halla en una vida dedicada a Dios, no a los hombres.

-Todo eso está muy bien –interrumpió su prometido-, pero en cuanto a lo de Pontuvio ¿no estaremos en desventaja?

-¿A qué te refieres?

-Lamento ser yo quien lo recuerde, pero con la muerte de Froila y con Aurelio cuando menos indeciso ¿acudirán las tropas cántabras en nuestro auxilio? Creo sinceramente que deberíamos hablar con Vermudo o tratar de atraernos a Aurelio con algún tipo de promesas.

-Aurelio aspira al trono –mencionó Adosinda.

-Nombrémosle sucesor de tu hermano.

-¡Sucesor mío! –exclamó indignado el príncipe heredero.

-Ésa no es una buena ida –dijo Adosinda con una tranquilidad rayana con la insensibilidad-. Meteríamos a un enemigo más peligroso en nuestra casa. ¿Quién nos asegura que no intentará un derrocamiento desde esa posición tan ventajosa? No; definitivamente no es una buena idea. No obstante, podrías servirnos de Vermudo a pesar de todo.

-En ese caso tendremos que actuar sin demora –concluyó Fruela-. El tiempo apremia y nuestro padre agoniza.

II

El soberano de las Asturias, rey de Cantabria, Galecia y Álava, señor de Primorias y Bardulias, conquistador y temible enemigo de los sarracenos, Católico y noble; Alfonso agoniza en el lecho allá por el año de setecientos noventa y cinco de la era hispánica, setecientos cincuenta y siete desde el natalicio de Jesús, el Cristo. La espesa barba y el cabello mugriento marcaban todavía más el demacrado rostro de la muerte. Los ojos hundidos, los pómulos salientes, los labios secos, las mejillas hundidas, la nariz prominente; los brazos, otrora robustos, incidían en la delgadez general. En fin, un cuerpo flaco a cuyos pulmones costaba respirar y cuyo estómago, lacerado por los efectos del brebaje de Siselda, se abrasaba en la consunción.

En torno al lecho fúnebre se agolpaban sus dos hijos, los hijos de su hermano y otros principales palatinos. Allí rezaba el honorable Fromestano, el noble Silo; incluso su hijo bastardo, Mauregato, que seguía la rueda de los acontecimientos apartado en un rincón de la estancia sumido en pensamientos contrarios porque, si sentía alivio y cierta alegría por el fin de quien esclavizó a su madre, tampoco podía dejar de notar en su corazón alguna tristeza por aquel hombre que casi le había tratado como a un hijo más. El mutismo de Mauregato contrastaba con el sincero llanto de Adosinda, quien adoraba a su padre y cuya faz ocultaba entre las manos sin conseguir reprimir las lágrimas desbordadas. Fruela, por el contrario, guardaba el ardor de la pena en sus entrañas, las piernas perdían fortaleza y una sensación enervante le sumía en la irrealidad a tal punto que pensó que iba a perder el sentido, y si no se dejó desmayar fue por no parecer débil a los ojos de los presentes; de buena gana se hubiera sentado, tumbado en el suelo. Vermudo, en cambio, rezaba con fervor devoto intentando batir la aflicción que le producía la agonía de su tío; pedía a Dios que le elevara el alma a los cielos y le acogiera en su seno, merecimiento por su vida dedicada a combatir la herejía y propagar la palabra divina aunque fuera a base hierro y sangre. Aurelio, por su parte, elucubraba sobre las posibles consecuencias del fallecimiento; conocía las maniobras de los facciosos galaicos y vascones, y sospechaba de la respuesta de Fruela y Adosinda; él no sabía qué partido tomar: “se sublevan para otorgarme el solio”, pensaba, “pero si fracasan no sólo perderé la corona sino también la cabeza”. En medio de las dudas poco le restaba meditar sobre Alfonso el Católico; su aspecto circunspecto a los presentes les daba la impresión de verdadera compunción por su tío.

El resto contemplaba al moribundo en silencio, con el respeto debido a aquel hombre que tanto hizo por el reino. A la cabecera Fromestano, en genuflexión, oraba en un murmurio alzando de vez en cuando su mano derecha para bendecir al monarca con la señal de la cruz. Toda Onís estaba pendiente del fatal desenlace, desde las damas de alta alcurnia hasta el más humilde de los campesinos; es más, en la sala contigua aguardaba respetuosa una delegación musulmana enviada por el emir en persona, Abd Al Rahman. De pronto, aunque con trabajosa dificultad Alfonso levantó los párpados y movió los labios.

-Fruela –suspiró.

Su hijo se inclinó y le acercó el oído.

-Precávete de los que dicen ser amigos, cuida la paz del reino y fíate sólo de tu hermana; ella posee una mente despejada y sus consejos te servirán de mucho. Vive con tu pueblo y no descuides los deberes para con Nuestro Señor, que él te bendiga.

Alfonso dio por finalizado el excurso y luego pronunció el hombre de su hija. Adosinda se le acercó sosegando los zollipos.

-Amada hija; tú fuiste para mí inspiración y apoyo. Cásate con Silo, es un buen muchacho aunque algo zote, y ayuda a tu hermano a consolidarse en el trono. Si por algo lamento abandonar este mundo es por no volver a verte.


Adosinda rompió a llorar y besó a su padre en la frente. el rey cerró los ojos y se relajó. Todavía vivió unas horas al cabo de las cuales crispó los músculos y dejó de respirar. Las campanas doblaron por toda Primorias llevando en su lúgubre tañido la muerte de un rey, y todas las Asturias se llenaron de luto.

domingo, 27 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo siete)

I

Al este de los montes Obarenes enfrente del gran río Íbero se halla la fortaleza de Arce, bastión fronterizo entre Cantabria, Álava y Bardulias. En sus inmediaciones el campo, otrora vergel floral de primavera, se inundó en tan sólo un día de cadáveres amontonados, de sangre apelmazada, de horror y muerte. Las huestes de Alfonso combatían con ahínco y sus enemigos se debatían en un postrer estertor ante la imposibilidad de resistir el empuje del rey Católico, cuyo ejército se engrosaba a medida que la campaña militar se acervaba a su fin puesto que los vencidos eran obligados a combatir a su lado, amén de los voluntarios que se le unían en busca de botín y fama.

Vímara, el hijo bastardo del anterior monarca astur, se estrenaba en la lucha con gran ardor a pesar de sus blandos músculos. Combatía en el ala derecha, la menos hostigada por el cansancio, mas en su mente no estaba quedarse rezagado, así que avanzaba penosamente hasta la vanguardia; allí donde Froila luchaba con encarnizada fiereza. Su hermano Alfonso recorría a caballo todos los frentes aplastando a unos con el cuerpo imponente de la montura y atravesando a otros con el ardiente acero de la espada; hasta que una pica atravesó el cuello del pobre animal y cayó fulminado por el rayo tonante de Zeus. Alfonso quedó atrapado por el caballo sin lograr salirse de debajo de él. Un lancero hostil advirtió la circunstancia y desatendiendo la lucha echó a correr hacia el rey caído dispuesto a asumir la gloria de dar muerte a tan insigne enemigo. Alfonso se percató al punto del riesgo y asió la adarga con tenaz fuerza para cubrirse en la medida de lo posible. Balanceó la pica el soldado y la arrojó con todas sus fuerzas, la cual se clavó en el brazo diestro del rey; entonces desenvainó su espada y se abalanzó contra el herido. Ya el lancero le iba a asestar la punzada mortal cuando Froila se le interpuso en el camino y de un tajo partió la cabeza del alanceador, cuyos sesos se desparramaron por el suelo salpicando de rojo el poco verde que todavía quedaba sin ensuciar.

-¡Aquí, soldados!- gritó el cántabro- Ayudadme a liberar al rey.

Varios infantes acudieron a la llamada y se esforzaron en la tarea de protegerlo de envites hostiles mientras Froila se empleaba en sacarlo de la trampa. Fue en ese mismo instante en que una lanza silbó por el aire y se embotó en el cuerpo del noble hermano del rey; la punta entró por el costado izquierdo y salió por el pecho llevándose consigo la vida de Froila. A unos metros de allí Vímara lamentaba el infortunio.

-¡Maldito seas, Froila! ¿Por qué te metiste en medio? –murmuró al tiempo que su dura mirada observaba al ileso rey inclinado sobre el cadáver de su hermano.

Vímara se agachó, tomó un asta que tremolaba en el pecho inerte de un arquero astur, y apuntó hacia Alfonso, pero el embate de un jinete musulmán le hizo volver a la pelea. Cuando se desembarazó del peligro echó un vistazo al lugar en que había visto al rey, pero éste ya se encontraba lejos dedicado a estorbar la resistencia de un grupo de soldados. A la anochecida Arce se rendía al ejército astur.

II




¡Qué rápido pasa la vida! Como un balandro que atraviesa el mar dejando tras de sí una estela que al cabo desaparece, así nuestras vidas atraviesan el tiempo dejando una huella que acaba por desvanecerse. Del mismo modo pasa el tiempo sin que apreciemos su paso rápido, y con él se mudan los pareceres y se van los sueños. Del mismo modo que tras la tempestad llega la calma, así también tras la guerra llega la paz.

A la orilla de la corriente cristalina del Saelia en un descampado al abrigo de miradas indiscretas, pues el calvero está rodeado por una plantación de añosas hayas, un conciliábulo celebra su clandestina reunión. Allí habían acudido varios nobles influyentes por petición expresa de un duque cuya identidad se mantuvo en secreto por deseo propio; la finalidad de tal reunión era el debate sobre ciertos asuntos de estado derivados de la gravedad de las últimas noticias.

-Con el nuevo emir instalado en la corte cordobesa –decía el más bizarro con un vocejón seco- nuestro Alfonso se ha vuelto pusilánime. Después de tanta expedición allende la cordillera, luego de las incursiones en Bardulias y el asolamiento de la tierra de campos, tras haber paseado triunfante en el este; conseguido todo esto, nuestro Alfonso se repliega a Primorias y pacta con el enemigo un vergonzoso tributo que mermará el florecimiento del reino. Este Abd Al Rahman le ha metido el miedo en el cuerpo y los infieles se ríen de nosotros, trepan a expensas de nuestro erario, explotan las debilidades de un gobernante hastiado y tímido. Señores míos, creo llegado el momento de un cambio. Dado que Alfonso se arrodilla ante los sarracenos, nos vemos en la necesidad, yo la calificaría de perentoria, de tomar partido en el asunto.

-¿Acaso propones alzarnos contra el rey? –replicó uno de los enmascarados.

-¿Qué podemos frente a su ejército? Posee el apoyo de los nobles astures y cántabros en su mayoría. Levantarnos en rebelión supondría un fracaso.

-No estoy proponiendo una guerra civil que, por otra parte, nos debilitaría aún más, sino un cambio político. Es el momento de sustituir al rey actual por otro más acorde con los tiempos.

-¡Un regicidio! –exclamó el más joven- ¿Eliminar a Alfonso? ¿Y luego qué? ¿Quién ocuparía su lugar? Yo os lo diré: su hijo Fruela. ¿Sois tan crédulos como para esperar otro rey?

-Es posible que tengas razón.

-Y Fruela continuará la labor de su padre.

-Pero es joven. Se le puede guiar. Fruela no es un gran general y algunos de los asesores militares de Alfonso también están de nuestra parte.

-Eso supondría la guerra civil a la que antes te has opuesto. Y aun así, a pesar de todo, el ejército real es más poderoso que el nuestro.

Pareció que aquélla era razón convincente para desistir del uso de la fuerza, aunque otro de los asistentes que había permanecido en silencio se adelantó unos pasos dispuesto a dar su parecer. En el acento de su habla y en la marcialidad de sus gestos los demás creyeron adivinar en él al artífice de la reunión.

-Caballeros, por favor; un poco de sensatez. Todo lo que se ha dicho aquí es cierto, mas no lo es menos que contamos con otro tipo de armas. Cometer un magnicidio no es difícil; sé de alguien que se puede encargar de ello. Sea, pues. Resultaría que Fruela es entronizado. Sea también. Galecia y Álava cuentan con un número menor de armas y soldados. Sin duda. No obstante, nuestras tropas pueden verse engrosadas por huestes expertas y beligerantes: los musulmanes.

Un murmullo de incomprensión, que sonaba a medias entre reproche y aprobación, recorrió la asamblea como el silbido de una víbora en busca de alimento.

-Calma, calma; señores. No se trata de una broma ni tampoco de un desaguisado ni de una locura. Al emir le es molesto Alfonso a pesar del pacto firmado con él. Eso a nadie se le escapa. Pues bien, pactemos con él nosotros; derroquemos al rey astur y repartamos entre nosotros las tierras de las Asturias y de Cantabria.

-Eso nos convertiría en vasallos del emir –replicaron.

-¿Acaso no lo somos ahora de Alfonso? Sólo cambiamos de señor, nada más; pero en el cambio ganamos un cierto ascendente sobre Abd Al Rahman y enriquecemos nuestras arcas.

-Hasta que decidan arrebatarnos las tierras o nos graven con impuestos onerosos.

-En principio, sí. Éste sería nuestro razonamiento ante el musulmán. Pero a continuación vendría una segunda lectura: después de la victoria sobre Alfonso o sobre Fruela, no importa cuál, nombraremos un nuevo rey súbdito del emir, una especie de gobernador, de este modo obtendremos la independencia de Onís y de Córdoba.

-¿Y quién será ese rey de mentira?

-Aurelio, por supuesto.

-¿Aurelio? –voceó alguien indignado- ¿Lucharemos contra el rey para sustituirlo por su sobrino?

-Aurelio nos proporciona más ventajas que cualquier otro. Los astures y los cántabros no se opondrán a su elección, evitando que se subleven. Además, es inexperto en casi todo, aun más que Fruela, por lo que nos será muy fácil manejar sus, digamos, perspectivas. En caso de que el emir tome represalias y aplaste el reino, serán astures y cántabros los que corran con las consecuencias, ya que expondremos a Abd Al Rahman una intriga entre ellos para traicionar nuestro pacto nombrando un nuevo rey.

-Muy enrevesado.

Deliberaron sobre la propuesta largo tiempo en medio de discusiones, aclaraciones, puntualizaciones... acercando pensamientos, limando diferencias de opinión. Finalmente se acordó eliminar a Alfonso y llevar a cabo la empresa.

III

A varias jornadas de Onís, lejos de Primorias y no muy distante de un puerto de montaña que une las Asturias con la meseta, existía un castillo junto a las aguas del Nailo, que en lengua árabe se dice Wad Abalon, como así lo conocía Siselda, la amante del rey Católico, confinada allí junto con una pequeña guarnición. Un único torreón se erguía detrás de las murallas en donde poseía la cautiva su habitación. En aquel lugar recibía las escasas visitas del soberano astur, siempre custodiada por dos centinelas, veteranos de guerra, que pasaban su existencia aquejados de las heridas en el campo de batalla, con los huesos doloridos y las carnes macilentas. Habitaban el lugar un gobernador tosco y obeso, su pequeño séquito y un jovencito, bastardo del rey, a quien su madre llamó Mauregato y a quien ella misma educaba en los saberes tanto cristianos como musulmanes, si bien éstos los departía con sigilo y en arcano, pues que les estaba prohibido a ambos el arraigo infiel.

Cuando a Siselda se le anunciaba la llegada de Alfonso ésta apremiaba a Mauregato para que se aprestase a presentar a su padre los avances en los estudios, lo que complacía grandemente al monarca porque el muchacho mostraba buenas aptitudes para ello, y se felicitaba a sí mismo al verlo acrecentar su piedad religiosa y su ingenio. Mas el Católico no acudía al castillo para que su hijo compareciera ante él, sino para disfrutar de la compañía de Siselda y sosegar las crispaciones que le producía la vida palaciega.

Contemplando las márgenes del Nailo se olvidaba por unos días de las asechanzas del ejército musulmán, siempre agazapado al otro lado de la cordillera, de las intrigas nobiliarias y hasta de los ardores de estómago que padecía desde hacía casi un año.

-Debes cuidar tu alimentación –le recomendaba la cautiva-. ¿Sigues tomando la bebida que te preparo?

-Siempre que me acuerdo, pero estos remedios tuyos no me alivian en absoluto.

-No son remedios para curar tu mal, sólo impiden que éste avance. Si empeoras tendrás que aumentar la dosis.

Déjate ahora de dosis y vayámonos al lecho.

Otras veces Alfonso prefería pasear por los prados en compañía de la mora y de Mauregato. Era en estos largos paseos cuando precisamente departía con Siselda sobre asuntos de índole más personal, como si la naturaleza misma les invitara a ello.

-¿Cuándo te llevarás al niño contigo? –preguntaba la cautiva- Si permanece aquí más tiempo ¿quién sabe lo que harán de él cuando llegue el día, Alá no lo quiera pronto, en que partas para el Paraíso? El hijo de una concubina musulmana... aunque sea el hijo del propio rey.... Ya que no lo prohíjas, al menos le debes una oportunidad. Llévatelo contigo a Onís y afírmalo allí entre los tuyos, que viva sin miedo a ser castigado por haber nacido de quien nació.

A Alfonso le disgustaba ese tema. En realidad era la única molestia que se topaba en el castillo, en donde se refugiaba cada vez que su cargo se lo permitía. Llevar a Mauregato a Onís... ¿qué diría la corte? ¿Qué pensarían sus otros dos hijos? ¿Cómo lo podría aprovechar la facción opositora? Por otro lado ¿negarle ese derecho a un joven con su misma sangre, al hijo de Siselda, la única mujer a quien había amado verdaderamente desde la muerte de Ermesinda? En aquella ocasión Siselda se aplicó a persuadirle por medio de todas las artimañas de que era capaz aduciendo mil y un razonamientos, decenas de explicaciones, incontables ruegos, sinnúmero de llantos, hasta que Alfonso accedió.

-Mañana partiré hacia Onís y me llevaré a tu hijo.

-A nuestro hijo –le puntualizó.

En efecto, al alba los amantes se despedían en la alcoba del cuarto de Siselda. Ésta miraba a Alfonso de hito en hito y sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas. Le estrechó en un largo abrazo.

-Cálmate, mujer; cuidaré de él.

El llanto de Siselda era más profundo. Lloraba, sí, por su hijo, a quien nunca más vería. Lloraba, sí, por la partida de Alfonso porque, a pesar del odio que le profesaba, un sentimiento opuesto hacia él había germinado en su pecho. Pero lloraba también por la resolución que había tomado, que no permitiría dar marcha atrás. Una vez más le instó a moderar las comidas y a ingerir una dosis mayor del brebaje, mas lo hizo con tanta languidez, entrecortando las palabras, que Alfonso le dio su palabra de honor con tal de amortiguar su pena.

Al día siguiente Siselda se arrojó desde lo alto de la torre.

-Vive, hijo mío, por el amor de tu madre –pronunció antes de saltar al vacío.


Su cuerpo se deshizo contra el rocoso suelo, la sangre no tardó en esparcirse por doquier. Su rostro, bello como un amanecer de primavera, quedó convertido en la mueca grotesca de la muerte. Todavía Alfonso no había llegado a Onís cuando le llegó la noticia de tan trágico fin. Nada dijo sobre ello, pero se le adivinaban sus negros pensamientos, pues que éstos parecía que había horadado las sienes y profundizaban las arrugas del rostro, ya marchito por su edad avanzada. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo seis)

I

Dos años ha que Alfonso el Católico guerreaba desde el norte de Galecia hacia Portucale. En la Corte de Onís la vida proseguía su ritmo pacíficamente sin ser perturbada por aceifas musulmanas, ya que el emirato se veía en constante desasosiego a causa de los bereberes, cuyas insidias habían alcanzado ya algunas plazas importantes de la península. Por culpa de estas luchas intestinas grupos de mozárabes iban ascendiendo hacia las Asturias, que gozaban de bonanza fructífera.

Froiliuba repartía tierras sin dueño y poco a poco se iban colonizando los terrenos que rodeaban Primorias en un radio cada vez más extenso. Pero la salud de Froiliuba se resquebrajaba sin que los cirujanos pudiesen atajar la enfermedad; a tal punto empeoraba que los últimos días de enero la debilidad la había obligado a guardar cama. Una tos seca le impedía el sueño, el pecho se le partía en cada espasmo. Quisieron avisar a su cuñado, mas ella se oponía de forma rotunda.

-Él tiene una misión que cumplir, no le estorbemos –decía con sumo esfuerzo suspendiendo el habla casi en cada palabra.

Se había resignado a una pronta muerte y sólo la presencia de la pequeña Adosinda le llevaba un poco de calma. La mañana en que los cirujanos presintieron el fatal desenlace se armó un buen revuelo en toda la urbe. Froiliuba recibió la bendición postrera del sacerdote con el aplomo regio de a quien correspondía, la nuera de Pelayo. Se felicitó por la vida pasada; únicamente lamentó no haber podido dar descendencia sana a su esposo, Favila, por cuya causa se había convertido en un hombre desconsiderado, cruel, mal cristiano y peor gobernante. Su última voluntad fue despedirse de su amada sobrina.

Adosinda entró nerviosa, casi con miedo; nadie se lo dijo, pero ella sospechaba que su tía llegaba al final de sus días. Se acercó muy despacio al lecho y se plantó inmóvil a la cabecera. Sus ojos se fijaron en el desgraciado rostro de la moribunda, que apenas si poseía fuerzas para levantar los párpados; sin embargo, giró la cabeza hacia Adosinda, dibujó en sus labios una sonrisa, si bien triste y lacónica, y con supremo esfuerzo extendió el brazo. al ver que éste casi no se movía, su sobrina le cogió la mano; sabía lo que pretendía Froiliuba, una última caricia. La pequeña Adosinda le guio la mano hasta su propia cara y unió la palma de su tía con la mejilla. Es esta guisa la sostuvo mientras los ojos de Froiliuba se mantuvieron abiertos. De repente, un golpe de tos convulsionó todo su cuerpo, Adosinda soltó la mano y ésta cayó flácida colgando del lecho.

-Ya no padece los rigores de este mundo –sentenció el prelado que la atendía en los asuntos espirituales.

Adosinda echó a correr sin más con el rostro oculto en las manos, salió del palacete, atravesó la laza, cruzó la ería y se dejó caer sobre la hierba cencida de un prado dándole la espalda al cielo. Allí se desahogó en prolongados llantos llamando con insistencia a su tía, que para ella fue algo más porque, muerta su madre, Froiliuba ocupó su lugar.

Las exequias fúnebres carecieron de pompa, mas no de reverencia; la difunta era querida por el pueblo y respetada por la nobleza y el clero, a quien había favorecido con algunas concesiones de relativa importancia. Sus restos descansan en el montaraz paisaje de los picos, no muy lejos de la Cova Dominica, y su tumba se resguarda de los curiosos gracias a los arbustos que han crecido sobre ella, casi una yacija anónima, en el consuelo de una oración sentida y la bendición de un ministro de la iglesia católica.

II

Más de dos años ha que Alfonso guerrea lejos de Primorias. Después de la toma de Luco Agugusto bajó con sus efectivos hasta el sur ganando varias plazas hasta llegar al puerto de Portucale; de ahí pasó hacia el este. A su reino llegaba parte del botín obtenido en sus conquistas junto con las directrices que dictaba a medida de que era informado de las cosas de su tierra. Se convertía el noroeste peninsular en un ajetreado camino de correos en el que se le informaba al monarca de los acontecimientos allende la cordillera; tampoco faltaban las halagüeñas noticias de la guerra civil que el emir cordobés, Al Qatan, mantenía con un tal Abd Al Rahman, que pretendía el trono andalusí. Pero también recibía inquietantes nuevas para el buen gobierno, pues que aquel año que mediaba la década estaba resultando insufrible.

En la meseta de Bardulias, al este y al sur, la escasez de alimentos amenazaba con una hambruna peor que la de años atrás, lo que empujaba a los más pobres a emigrar hacia las Asturias, donde florecía una incipiente prosperidad puesta en peligro por las sucesivas olas de emigrados. De todas formas, ese despoblamiento le ofreció una buena ocasión para sus propósitos, como así se lo hizo saber su hermano.

-Deberíamos arrasar la región. Eso nos permitiría ofrecer un obstáculo más a las hordas cordobesas, si es que alguna vez esos diablos terminan sus disputas. Sin habitantes que cultiven los campos, toda la meseta se convertirá en un páramo desértico que dificultaría el paso de los ejércitos.

El proyecto contó con el apoyo de sus generales, aunque algunos de ellos ya deseaban el regreso al hogar después de tanto tiempo ausentes. Los detractores de su política, en cambio, comenzaban a disentir del soberano y esparcían malignos rumores sobre la relación de éste con la esclava Siselda, a la que el rey trataba como esposa instalada en la tienda regia, y que le había dado un hijo bastardo, Mauregato, en quien depositaba las atenciones debidas a otros dos hijos legítimos, Fruela y Adosinda. Esta incómoda situación amenazaba con minar no sólo su poder, sino también la confianza del heredero, que veía en Siselda más a un enemigo que a una madrastra.

Esa tensión se diluía en Onís, donde Froila había ordenado instalarse de forma definitiva a su pequeño Vermudo. Éste convivía en el palacete con su prima Adosinda bajo la tutela de los frailes benitos. Aprendían a leer, escribir, música, latín y filosofía, amén de los preceptos religiosos que variaban un tanto de la oficialidad toledana, pues iba extendiéndose por aquellos dominios la opinión contraria al adopcionismo gótico. No obstante, los gustos de los dos jovencitos diferían bastante en sus predilecciones. Vermudo adoraba los libros, le fascinaban los misterios ocultos en sus páginas, devoraba con auténtico fervor las historias de los mártires, las enseñanzas de los apóstoles; al contrario, Adosinda prefería las intrigas y los juegos de astucia. Días había en que, mientras Vermudo se refugiaba entre los libros que le proporcionaba el benito, Adosinda se iba hasta las orillas del Saelia en compañía de Silo, hijo de un noble astur que combatía al lado del rey.

-Los ejercicios de armas me aburren sobremanera –le comentaba Silo, sentados a la sombra de un roble en cuyo tronco había grabado las iniciales de sus nombres: A.S.

-¿Te ha visto alguien? –preguntaba temerosa Adosinda.

-¿Es que no confías en mí después de tantas veces?

-Si nos descubren a solas me encerrarán hasta la vuelta de mi padre.

-¿Qué más da? Todos conocen nuestro destino.

-Aún soy demasiado joven para casarme.

Guardaron silencio, azorados con la idea de que un día habrían de verse desnudos acostarse en el mismo lecho.

-¿Crees que dolerá? –dijo de pronto Adosinda sin osar dirigirle la palabra.

-Yo nunca te haría daño; lo sabes muy bien.

-¿Lo hiciste alguna vez?

Silo vaciló. El rubor le cubría las mejillas y un ardor inevitable le quemaba la faz; todo su cuerpo exudaba y las palabras se le atragantaban.

-Una vez vi cómo lo hacían –dijo tembloroso-. Él se puso encima y se agitaba abrazándose; ella chilló un poco, pero no creo que fuese de dolor porque le repetía que la montara más fuerte.

De improviso Adosinda se levantó del suelo y echó a correr sin dejar de soltar risitas nerviosas. Silo la imitó en la carrera y acabaron zambulléndose en el río. Estuvieron así durante un par de horas, al cabo de las cuales salieron con las ropas empapadas. Silo se la quedó mirando extasiado; a Adosinda el cabello húmedo le caía lacio por el rostro y la luz del sol reverberaba en él como una aureola de santidad lasciva. Era la más bella criatura que nadie haya visto; su sola presencia bastaba para cerciorarse de que Dios ama al género humano.

-¿Qué miras, insolente? –voceó Adosinda volviéndose hacia él-. ¿Qué pretendes, en qué piensas?

Silo calló, bajó la mirada y echó a andar en tanto sacudía la ropa, mientras las carcajadas de su compañera retumbaban en los oídos como agujas ardientes.

-Espérame, tonto, que no me burlo de ti.

III

Siselda, la bella esclava de enigmática sonrisa, no perdía de vista a Alfonso, que se preparaba para salir a la batalla. El Católico vestía sus armaduras ajeno a la concubina, concentrado en las próximas horas. La plaza de Legio se resistía a la rendición desde hacía varios días, incluso llegó a infligir en el ejército alfonsino una cantidad considerable de bajas, si bien a costa de un gran cansancio acumulado durante el asedio. Cuando despertó esa mañana, el rey hizo el amor con Siselda sin grandes efusiones, con la mente puesta en el combate que se habría de librar, dado que había determinado poner todos los efectivos disponibles para que la plaza cayera ese mismo día. Siselda se dejó llevar; ya había decidido tiempo ha no oponer resistencia alguna, resignada al destino que Alá le había dictado; era muy consciente que mientras tuviera a Alfonso como protector nada le sucedería, que el problema surgiría si éste se cansaba de ella y la abandonaba junto con su hijo como a una perra que se hubiera revelado contra su dueño. Contemplaba al guerrero sin manifestar más que indiferencia; su pensamiento, sus ilusiones estaban puestas en el hijo, en Mauregato, a quien prodigaba solo sus atenciones.

El pequeño dormía dulcemente en un rincón de la tienda, a tan corta edad tenía comprendida la situación: mamá me quiere y me protege, papá me desdeña. Así que lloraba en cuando alguien se le acercaba si no era su madre; entonces, tendía sus bracitos hacia Siselda, ésta acudía a él, lo ponía en su regazo y el niño calmaba sus temores. Tan tierno infante ocupaba todo el corazón de la musulmana.

-Si hay suerte, esta tarde entraremos en Legio –comentó Alfonso al tiempo que envainaba la espada, dispuesto ya a salir-. Mañana, de sernos propicia la Providencia, organizaré la vuelta a Primorias.

Siselda escuchaba tendida en el lecho, apenas tapado su corito cuerpo por finas telas de seda, botín del soberano tras su victoria en Aqua Flavia.

-¿Qué será de mí y de nuestro hijo? ¿Nos desampararás?

El gesto hierático del rey pareció crisparse ante una resolución en la que no había reparado, como cuanto un buitre cree que ha olido la carne putrefacta de un animal muerto, vuela hacia él y, al posarse a su lado, descubre que no se trataba sino de una extraña equivocación, pues ya la carne está envenenada por la descomposición y nada queda para ser devorada.

-¿No respondes? Tal vez nos envíes a las mazmorras como simples rehenes –insistía la joven-, o quizás nos dejes al libre albedrío para que todos esos súbditos tuyos, que ahora despotrican contra tu conducta, descarguen su ira contra nosotros por no poder hacerlo contra ti. Al fin y al cabo, Mauregato es hijo tuyo y ellos verán en él algo en que aligerar su frustración.

-Calla, mujer. Ya se verá.

Avanzó hacia fuera, mas en el umbral se detuvo para pronunciar una sentencia firme porque, si no estaba seguro de qué hacer con Siselda, sí estaba convencido de lo que no iba a hacer.

-Nada os ocurrirá, ni a ti ni al pequeño. Nadie se atreverá a causaros el menor daño.

Tan pronto como Siselda quedó sola, apartó las telas que la cubrían y se sumergió en una especie de bañera que el rey había mandado traer a instancias suyas. Siselda refregaba todo el cuerpo con tal intensidad que en ocasiones llegaba a producirse heridas sangrantes, como si con ello pretendiera purificarse del contacto con Alfonso. Una expresión de odio y asco se plasmaba en el rostro corroborada por amargas lágrimas y abrasadores palabras.

-¡Maldito seas; maldito una y mil veces! Por ti vivo, hijo mío; sólo por ti, para que un día vengues el trato inhumano que tu mísera madre recibe de ese maldito infiel.

Y entonces apretaba aun más contra la piel hasta encarnar la verija privada de vello púbico. Al poco escuchó la señal de ataque, y una vez más se levantó el estruendo de los soldados en marcha. La tela de la entrada se descorrió y apareció la figura resentida de Aurelio. Siselda se detuvo, Aurelio la miró con vil desprecio; ella se irguió sin ocultar su desnudez, levantó los brazos y cinceló una sonrisa burlesca a la que Aurelio respondió con un gesto de rabia.

-¡Puerca!


Corrió la tela y se alejó. En ese momento despertó el pequeño Mauregato y empezó a llorar. Su madre salió de la bañera, lo acogió entre sus brazos y sintió un profundo alivio al contacto de la piel del niño con la suya. El rencor pareció desvanecerse y Mauregato cesó en el llanto.

lunes, 21 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo cinco)

I

Onís se quedaba pequeña para la afluencia continua de emigrantes, incluso Primorias en sus zonas menos severas se vio inundada de gentes venidas del sur huyendo de las presiones fiscales a que eran sometidas. Además, ideas nuevas penetraban en territorio del emirato, sobremanera las procedentes del Mogreb africano en donde los bereberes se sublevaron bajo el mando de Maysara contra el emir Al Qatan. Estos guerreros africanos suponían un peligro para Córdoba mucho mayor que los insurrectos del norte, mayor que los inconformistas de Toledo o que los galos sureños. Así pues, Al Qatan suspendió las expediciones contra Europa y las expediciones contra Primorias, Álava y Galecia. Los esfuerzos debían ser dirigidos a aplastar esa inminente espada de Damocles que se alzaba en las manos de Maysara. A tal fin Al Qatan había hecho descender las tropas hacia Al Andalus dejando desguarnecidas las líneas fronterizas de la Cordillera Cantábrica, oportunidad ésta que el rey Católico, aconsejado por los nobles cántabros y astures, tomó en provecho para fortalecer su posición en el naciente reino astur.

En pocos meses forjó un ejército enfebrecido, al frente del cual se puso llevando consigo a su hijo Fruela, que contaba entonces con diez y ocho años de edad, a su hermano Froila y al primogénito de éste, Aurelio. Mientras Alfonso aguardaba en Onís las tropas de Froila, que habían de llegar desde Cantabria, Froila dejaba a su otro hijo, Vermudo, en la cuna, en el ducado, despidiéndose de él con un beso lánguido y una mirada esperanzadora. La madre del pequeño había hecho acopio de fuerzas y se mantenía ajena a la escena sin derramar una sola lágrima, si bien tensaba el rostro a punto de reventar en un torbellino de lamentos, pues que era la primera vez que su amado Aruelio se alejaba de ella por un tiempo tan largo ¡y a la guerra!

-No sé por qué tienes que llevártelo –le reprochó a su marido al salir del cuarto, al tiempo que cogía a Aurelio de un brazo-. Todavía es muy joven para empuñar las armas en una batalla.

-Tiene casi la misma edad que su primo Fruela –le respondió.

-¡Allá Fruela con su padre! Esto no es Primorias.

-Mi hermano me necesita. Además, le he jurado obediencia como nuevo rey de la cristiandad.

-Pues sele fiel, pero no entregues a nuestro hijo –le recriminó-. Sabes bien que si pierdo a Aurelio no podré sobrellevarlo, no podré soportar que...

No acabó la frase; sólo con pensar en un desenlace fatal la angustia ahogaba las palabras, las revolvía en las entrañas hasta macerar en ellas la depresión de la muerte, del vacío.

-No te angusties, madre –dijo el muchacho poniendo el brazo sobre los hombros de la madre-. Volveré a tu lado sano y salvo.

-Dios te oiga, hijo mío.

La pobre mujer estrechó en sus brazos al hijo como si aquélla fuera la última vez. No cejó en su empeño por disuadir a Froila, incluso cuando éste ya montaba sobre el caballo.

-Los alaveses se han negado a apoyarlo en esta campaña, haz tú lo mismo.

-Los alaveses no son mi hermano.

Días después las huestes de Alfonso y Froila se dispusieron a partir hacia Galecia, dado que allí nobles cristianos se habían aliado a los extranjeros de la media luna. Los que persistían en su lealtad al reino atur eran insuficientes para enfrentarse a ellos, así que aguardaban al rey en la frontera. Luco Augusti sería la primera plaza a la que asediar y sus huéspedes prepararon la defensa.

-Si cae el resto no se opondrá –afirmaba Alfonso en la despedida de su cuñada Froiliuba-. Entre tanto, a tu cuidado queda Adosinda, la ciudad y el reino mismo.

Después se arrodilló frente a la pequeña, que observaba a su padre con los ojos de par en par, como dos ventanas abiertas al firmamento por las que refulgían dos soles intensos.

-Cariño, tu padre se va un tiempo.

Abrió los brazos y Adosinda se dejó caer hacia ellos para refugiarse en el pecho paterno. Rodeó el cuello del monarca con sus bracitos y apretó éstos con todas sus fuerzas, aplastada la carita contra la barba de Alfonso. Luego, el padre la alzó del suelo; con ella en el regazo se aproximó a la ventana y le señaló las cumbres de la cordillera.

-Allí arriba –le dijo con voz melosa- vela por nosotros Nuestra Señora la Virgen María, a quien tu abuelo Pelayo consagró la cueva en que habita; por eso la Virgen María cuidará de ti y te guardará de todo mal. Rézale a ella por tu hermano Fruela y por mí, y no olvides rezar también por tu querida madre Ermesinda, que te dio la vida. ¿Lo harás? –y ella afirmó con la cabeza de forma contundente.

Alfonso la besó en la frente, en los ojos, en las mejillas. Cuando la devolvió al suelo, Fruela se arrodilló a su lado, la abrazó, le dio tantos besos como había dado su padre y se alejó de ella. Froiliuba cogió su manita y las dos de pie vieron cómo marido, padre, hijo y hermano partían a la cabeza de las tropas, flanqueados por su tío Froila y su primo Aurelio. La emoción de la despedida embargó el alma de Froiliuba; por las mejillas arrollaron sendas lágrimas. Adosinda levantó la vista hacia su tía y se la quedó mirando.

-¿Por qué lloras, tita? –preguntó su vocecita.

-No es nada, cariño; no es nada.

Pronto las tropas se perdieron en lontananza dejando detrás suyo una alta humareda que cubría de polvo el paisaje de Primorias.

II

El alto torreón flameaba con las enseñas izadas al viento. Las murallas de la plaza fuerte se recortaban contra el cielo en el altozano, sobre el cual un ingente número de arqueros se desplazaban nerviosos ante la presencia del ejército sitiador. Por allí encima sobresalían los yelmos de los defensores, entre los que de vez en cuando asomaba el turbante de algún sarraceno. Parecía un muro inexpugnable, rodeado por un foso hediondo sobre el que un puente elevadizo tragaba inmisericorde una barahúnda de refugiados que huían de las huestes del Católico. Cuando ya hubo traspasado la puerta el postrero de ellos, el puente se cerró con pesadez como una monstruosa boca de dragón con dientes afilados.

Las tropas astures se desplegaron delante del campamento: incontables tiendas en desorden, tras las cuales se había habilitado un terreno para las caballerizas y los carromatos con las provisiones. Mientras Alfonso se afanaba en afirmar el sitio con empalizadas y garitas, Froila se encargaba de dirigir los trabajos pesados para construir las máquinas de asalto cortando árboles y preparando escalas, arietes, manteletes y diversos utensilios. Al cargo de Aurelio había quedado la vigilancia de los animales, caballos y mulas, así como de la intendencia: distribución de las víveres y de las armas y la cocina. Fruela controlaba el adiestramiento y ejercicio de los ociosos, al igual que el adecentamiento de los aposentos de campaña.

Así transcurrieron los días. Los alimentos eran recogidos en las huertas de las villas del entorno, entre los que se contaban frutas y verduras; los ríos servían el pescado y las granjas proporcionaban alguna res que su dueño entregaba a regañadientes, coaccionado por la punta de alguna espada.

Desde las almenas los vigías atisbaban las fogatas que iluminaban las oscuras noches, esparcidas aquéllas por todos lados. Durante el día miraban con inquietud cómo se iban levantando las torres, cómo los soldados practicaban la lucha cuerpo a cuerpo, cómo enormes troncos eran convertidos en arietes.

El amanecer del decimoséptimo día tronó apenas se divisaron los primeros rayos del sol. Un estruendo ominoso emergió de lo más profundo de la tierra, tembló el aire, todo el contorno se estremeció con el bramido de los asaltantes. Gritos, voces, atabales retumbando por doquier, ruidos ensordecedores de armaduras, espadas golpeando contra las escudos; los chirridos de las máquinas de guerra cegaban la visión; el crepitar de las antorchas listas para prender las saetas amenazaban con incendiar todo el maderamen. A la distancia adecuada los arqueros dispararon una primera ráfaga; luego, otra. En ninguna de las dos ocasiones hubo respuesta. Al poco los manteletes, arrastrados por los soldados a resguardo, comenzaron a sufrir los envites de los defensores: cientos de flechas encendidas llovían desde detrás de las murallas. De inmediato Alfonso dio la orden de asalto con todo y una muchedumbre de guerreros, como un cardumen de peces en alta mar cuya multitud produce de una gran mancha en la superficie del agua, inundó el campo de batalla. Las armas arrojadizas iban y venían clavándose ora en terreno yerto ora en un escudo ora en un pecho, en una cabeza, en un muslo.

Un grupo de asaltantes consiguió, a pesar de las bajas, arrojar por encima del foso una especie de puente con el que salvar el obstáculo; por él se impelieron las primeras avanzadillas y poco a poco todo el foso se llenó de puentes. Los que se acercaban hasta los muros padecían el ardor del aceite hirviendo que se desplomaba de los grandes calderos sin que pudiesen llegar a tirar las escalas. Algunos manteletes habían conseguido su objetivo y a través de ellos hubo quienes alcanzaron la cima de las murallas, donde se entabló la lucha.

Abajo el fuego desprendido de las flechas incendiarias, clavadas en la puerta este, se propagó, pudrió la madera y los golpes de un ariete abrieron brecha; otro ariete derribó parte del muro sur. Por las dos aberturas entraba la infantería hasta que un pelotón logró cortar las cuerdas de la puerta norte y el puente cayó: por ahí entró parte de la caballería, la que estaba bajo los pendones de Froila, y el resto de la infantería.

A media tarde la batalla se entabló por el interior de la fortaleza. Los asaltantes arrasaban a la cada vez más debilitada guarnición. Muertos, heridos o vencidos, los defensores mermaban. Desde el campamento astur los que se habían quedado alzaban los vítores de júbilo hacia el cielo, reían descontrolados, se ponían a danzar. La confianza en el triunfo les hizo desprenderse de los nervios que les habían atenazado durante toda la jornada. Sólo un muchacho, un aspirante a soldado, un aprendiz en las caballerizas; sólo un mozalbete de pelo revuelto, desharrapado, manos callosas, mirada glacial, que no se procuraba amistades, comía en soledad y desconfiaba hasta de sus compañeros; sólo él masticaba indiferencia entre sus dientes, pues Vímara, aquel hijo bastardo de Favila, tenía asumido que la estirpe real no era sino una parte de su malvado padre: “Algún día”, pensaba, “algún día, lo juro, vengaré a mi madre”. Sentía más odio por su propio rey que por aquellos desgraciados galaicos, quienes, desamparados por el ejército cordobés, eran exterminados por el rey Católico.

III
En poco tiempo la rendición fue sin condiciones. Los vencedores se dieron al pillaje, al abuso, desbordados los nervios. Hubo mujeres violadas, prisioneros ejecutados, tenderetes volcados; los aposentos desolados, inundadas las casas, destrozadas las viviendas, los víveres arrasados. El propio Alfonso eufórico por la victoria tomó a una joven concubina musulmana de extraordinaria belleza, piel de alabastro, ojos abisales.

La mirada encendida del rey escudriñaba por los pasillos algún enemigo en quien hincar la espada, ojos de volcán en erupción. Le seguía un grupo de soldados a modo de guardia. Revisaba cada estancia y no la abandonaba hasta asegurarse de que no había nadie. De pronto encontró una puerta aherrojada; la echó abajo sin miramientos y entró en la habitación espada en mano, mirada alocada, cubierto todo él de sangre y polvo. Siselda, que así se llamaba la joven, corrió asustada a un rincón, aturdida por el escándalo, impresionada por el monarca furioso.

-Dejadnos a solas –vociferó Alfonso.

El corazón le latía en las sienes a punto de estallarle. Algo le empujaba a cometer atrocidades, un odio guardado durante mucho tiempo, reprimido por los años de paz en que veía a los cristianos confraternizar con los salvajes musulmanes. Corrió hacia ella, quiso atraparla; ella se le escurría de entre las manos hasta que, al fin, él la agarró con fiereza, casi con aversión.

-¡Puerca infiel! –le gritó-. Arderás en el Infierno y allí llevarás mi recuerdo.

La desnudó rompiéndole la túnica, la tumbó en el suelo y sobre ella acometió con todo su furor no para fruirse en la concubina, sino para aclararle que era el vencedor. Siselda intentó zafarse, pero Alfonso apretó el puño y lo estampó en su cara quebrándole la mandíbula. Aun así, la joven se repuso, se deslizaba de los brazos del captor... pero éste le agarró el cabello y tiró de él; un mechón de pelo azabache se desgarró al tiempo que Siselda gritaba de incontenible dolor. El rey sujetó su cabeza entre las manos, mas al removerse la rea arrancó un pendiente rasgando el lóbulo de la oreja. Todavía Siselda se revolvió como fiera acosada por los canes; mas, finalmente, hubo de ceder. El metal de la armadura del Católico se le hundía en la piel y las estrías penetraron en la carne, aplastados los senos bajo el oneroso peso del hierro. No se apiadó de sus lloros, de su jerga incomprensible, de su cuerpo convulso que acabó llagado por dentro y por fuera. En torno de ellos las llamas corrompían el cuarto y un fuerte olor a quemado saturaba el aire de por sí viciado por el humo.

Cuando acabó, Alfonso se sentó agotado junto a la muchacha. Permaneció en silencio unos instantes en tanto se reponía de la violencia. Luego, se levantó; fue entonces cuando se dio cuenta de que el cuarto estaba consumiéndose por las llamas, aunque el fuego disminuía. Mientras arreglaba las ropas y componía la armadura, Siselda yacía hecha un ovillo gimoteando, pronunciando entre zollipos lamentos de infamia. El rey se la quedó mirando: de la verija emergía la rubra sangre, sin duda de los hematomas por el acto sexual; en una de sus piernas un trozo de piel había dejado descarnada una parte; la cara, oculta entre las manos, se adivinaba amoratada, más aún, puesto que entre los dedos surgía un líquido mezcla de crúor, lágrimas y sudor; toda ella renegrida. El soberano astur calmó las erinias y un gusano taladró la madriguera del remordimiento. Cogió una tela quemada a medias y se la arrojó encima. Esperó de pie a su lado hasta que uno de los soldados entró.

-Cuida de esta mujer –ordenó.

-¿Y qué hago con ella? –susurró el sorprendido infante.

-Que le sanen las heridas, que la adecenten y que la instalen en mi tienda hasta que vea qué hago con ella.

Mientras tanto sucedía esto, el joven Fruela erraba horrorizado de un lado a otro de la ciudadela. Sólo divisaba crímenes y abusos execrables, muchos de ellos en nombre del rey de Primorias y otros, no pocos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Deploraba contemplar cómo hombres de fe luchaban entre sí por un trozo de tierra, cómo los ganadores se ensañaban con las inermes víctimas sometiéndolas a vejaciones infames. Incluso llegó a maldecir a su padre que en plena demencia de ebriedad por el triunfo buscaba afanosamente un botín del que adueñarse.


Fruela lloraba mientras iba esquivando a su paso los cadáveres que sembraban el patio de armas o los arrabales o las escaleras. En un arrebato arrojó lejos de sí la espada y echó a correr fuera del recinto amurallado; pero allí también topó con los muertos de su ejército. Siguió corriendo con el alma en vilo sin cerciorarse del rumbo con el único propósito de dejar atrás el dantesco espectáculo de oprobio, hasta que halló un claro incólume. No resistió las arcadas y devolvió a la tierra cuanto sus entrañas retenían del alimento diurno, incluida la bilis, ahíto por los vómitos de sangre.

viernes, 18 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo cuatro)

I
Una tarde del mes cesariano Alfonso inspeccionaba las obras que en Onís se realizaban. Era una ermita que Favila había mandado construir sobre un dolmen de antiguas creencias, queriendo significar con ello que Cristo vencía sobre los dioses paganos. En realidad, el proyecto se lo había insinuado Alfonso en un momento de lucidez del caudillo astur, proponiéndole que diera a entender que lo hacía para honrar a su esposa Froiliuba, a quien tan abandonada tenía, con el propósito de que al menos el pueblo viera en este gesto un resquicio por el que entrever al buen esposo. Fue la misma Froiliuba la que juzgó oportuno dedicar la advocación de la ermita a la Santa Cruz, en la que Jesús había expirado para exonerar al hombre de sus pecados.

La humedad, más que el calor, sofocaba el esfuerzo de los trabajadores, sobre todo de los que tenían que acarrear los enormes bloques de piedra, mientras los tallistas faenaban a la sombra de un hayedo próximo. Los golpes del martillo resonaban por encima de las voces de los encargados, como golpes de un badajo caótico. El noble cántabro paseaba entre los operarios mientras el arquitecto le informaba de los avances y retrocesos, adulando acá, excusándose allí. Detrás de ellos curioseaban los acompañantes palatinos en tanto un escribiente anotaba las directrices que dictaba su señor, en su mayoría peticiones de los ingenieros. A media tarde Alfonso se retiró a una tienda para despejarse del bochorno y tomar algún alimento; con él se reunieron otros dos nobles, uno de Cantabria y el otro astur. Luego de finado el refrigerio, Alfonso escuchó con gran interés lo que tenían que decirle.


-El gobierno es un desastre –se quejaba el cántabro-. Somos muchos los que estamos desilusionados con Favila y aspiramos a un nuevo regente. Se está descuidando la recaudación, los soldados vivien en la haraganería, los campesinos protestan airados por los abusos que padecen, hasta nuestros aliados galaicos dudan en la conveniencia de formar un bloque conjunto contra los musulmanes. Entre tanto, Favila se entretiene en grotescos banquetes, favorece descaradamente a quienes le apoyan y permite el comercio con los infieles. Incluso los ministros de Dios sufren las consecuencias de la vida crápula que lleva nuestro caudillo, tu cuñado. No somos pocos los que abogaos por un cambio y tu nombre ha salido a la luz.

-¿Acaso pretendéis hacerlo desaparecer sin más? ¿Al hijo de Pelayo? Tal vez sea un mal gobernante, tal vez nos esté conduciendo a la ruina, pero es el hijo de Pelayo. ¿Creéis que tendremos el apoyo suficiente? Yo no lo creo. El recuerdo de su padre todavía supone una pesada losa. No hay más remedio que esperar.

-¿A qué? Pronto no seremos más que la sombra de lo que fuimos y la venganza de los sarracenos será terrible. Hay que actuar y hay que hacerlo ya.

-De acuerdo, pero ¿cómo? ¿Un magnicidio? Eso sería descabellado. La prudencia y la paciencia han de ser nuestros aliados. Con el auxilio de Nuestro Señor soportaremos esta cruz.

-Todo mal tiene su antagónico, que no existe un problema que no cuente con una solución.

-¿Y vosotros habéis dado con ella? Si iniciamos ahora una riña con los partidarios de Favila, ¿cuánto pensáis que tardaremos en ser devorados por esos alacranes del desierto?

-Supongamos que Favila muere de forma fortuita; ¿accederás a sucederle?

-¡Un cántabro entre astures! Clamarán por Fruela, el nieto de Pelayo, no por mí.

-Tú eres el padre de Fruela.

-Y Pelayo su abuelo, insisto en ello. Y Froiliuba es la esposa de Favila.

-Un rey de su edad no puede reinar. Tú no sólo eres su padre, sino que estás unido a la estirpe pelaya gracias a tu casamiento con Ermesinda. Hasta el clero se pondría de tu parte. En cuanto a Froiliuba, si bien todavía guarda algún cariño y respeto por Favila, estamos convencidos de que también se pondrá de tu lado siempre que, por supuesto, no sospeche que has tenido algo que ver con la muerte de su marido. Serás rey, si así lo deseas.

-¿Y Favila?

-Todo está preparado. Ninguna mano se posará sobre él.

-Si este complot es descubierto, quede entendido que yo no lo conocía.

-Así sea

II
A la amanecida Favila y su séquito de vividores salieron de casa, como era costumbre en los días de buen tiempo, aunque hubieran horadado la noche con sus diversiones. Al caudillo le excitaba el olor a sangre derramada mezclada con el del alcohol, que ingería en cantidades cada vez más alarmantes. De tratarse de otro, todos temerían por su vida antes los colmillos de un jabalí enfurecido; pero, Favila mantenía el temple y la cabeza despejada, los humores etílicos parecían desvanecerse en cuanto se plantaba frente a la presa y sus disparos eran tan certeros como mortales. Su fama de cazador sólo la igualaba la de juerguista, asaltadoncellas y temerosidades por el estilo.

Aquella mañana, como tantas otras, la brisa fresca refrigeraba el plomizo calor que se avecinaba. Internados por los humedales, la partida se fruía en el aliento de la cerveza y la sidra, envalentonados con la bebida. Sin embargo, Favila notó que los tragos no eran tan asiduos como en ocasiones anteriores, lo que achacó a la resaca de la víspera, pues la fiesta había durado hasta bien entrada la madrugada; aun así, cabalgaba despejado, espantado el sueño.

La primera pieza que se cobró fue un venado que pastaba en un calvero sin cuidarse de hostiles predadores. Tensó el arco sin presura, apuntó templado y la flecha rugió por el aire; se espetó en el cuello del animal y éste se desplomó. La segunda víctima debía ser un jabato perdido del lecho materno, mas cuando Favila lo tenía fijado en su infalible ojo, la saeta de uno de sus compadres de solaz salió veloz y errada. Entonces, Favila en vez de molestarse se echó a reír socarronamente mientras se burlaba de la mala puntería de su amigo, y le aconsejó que para la próxima vez se abstuviera del intento, y sin más se prosiguió la caza. Más tarde uno de los siervos observó un movimiento convulso de ramajes a varios metros de distancia; avisó a su señor y todos se pararon. Oyeron el gruñido propio de un oso y Favila sonrió dirigiéndose a los demás con palabras muy quedas.

-Éste es sólo mío. Seguidme a pie y manteneos alertas detrás de mí.

Avezado a estos lances, se fue acercando con sigilo. Tanteaba con los pies el suelo al tiempo que su mirada trataba de descubrir al oso, para cuya captura apretaba en la mano diestra una lanza con mango de roble y de acero que uno de los sirvientes le había tendido. Se iba aproximando, casi notaba el hálito en la cara, concentrado por completo en la tarea de tal modo que no apreció que la lanza estaba rematada en una punta roma. Como por ensalmo el oso se abrió paso, olió al enemigo e irguió su ingente mole con las fauces abiertas de par en par; los dientes afilados y terroríficos sobresalían imponentes. Favila echó la mano armada hacia atrás sin inmutar un músculo, tensó los tendones y con un movimiento raudo arrojó el asta contra el pecho del monstruo; ésta rebotó más que embotarse rasgándole ligeramente la piel. El oso se abalanzó sobre el cazador que, en un acto reflejo, giró la cabeza para pedir a sus hombres que abatiesen a la fiera. Sus ojos desorbitados no hallaron a nadie; en cambio, sintió la zarpa estrujándole la espalda; luego, los temibles dientes se hincaron en el hombro. Quiso luchar, resistirse; pero el oso le arrancó el brazo, después dejó caer todo su peso sobre Favila y éste expiró aplastado. Nadie le socorrió, ni siquiera para recuperar el cuerpo, que fue arrastrado varios metros. Cuando finalmente el oso optó por retirarse, el cuerpo informe del astur ofrecía un lamentable espectáculo sanguinolento de brocaduras y desmembramientos.

Nadie, sino su esposa Froiliuba, lloró la desaparición del hijo de Pelayo. Sus amigos buscaron pronto los brazos poderosos de sus rivales; los detractores respiraron felizmente a la espera de los nuevos acontecimientos.

III
La sala en donde se celebró la reunión no era espaciosa y estaba parcamente adornada. Toda la nobleza astur, todas las familias pudientes estaban allí representadas, por el cual motivo la fortaleza se vio sitiada por centinelas, guardias, vigías que rodeaban el recinto exterior y hacían muy dificultoso moverse dentro. Aunque en principio y por tradición las damas estaban excluidas de esos actos políticos, se acordó permitir la presencia de Froiliuba merced a su relación con Pelayo y Favila, sobre todo en memoria del primero de ellos. Así pues, la viuda asistía en silencio asintiendo o negando cuando se le dirigía alguna pregunta. Estaba sentada a la derecha del solio vacío a la espera de que Alfonso fuera ratificado, según parecía, a pesar de la fuerte oposición de los émulos astures que miraban con desconfianza a aquel noble de sangre cántabra.

Las disensiones fueron marcándose con mayor virulencia, los improperios y las amenazas silbaban por el aire, incluso hubo quien estuvo a punto de desenvainar la espada para demostrar que la razón estaba de su parte. En esencia, el mayor desacuerdo estaba en el nombramiento de Alfonso como rey de Primorias; esto es, rey de las tierras dominadas por la nobleza astur y que eran las que rodeaban el valle del río Saelia en las proximidades de Onís o, dicho de otro modo, de las tierras liberadas del yugo extranjero. Tras muchas y variadas discusiones el problema encarnizaba los ánimos; el propio Alfonso se adelantó para rechazar el cargo regio y mantener únicamente un puesto de liderazgo, como lo habían hecho sus dos antecesores. Sin embargo, ninguno del resto de los nobles mudó de parecer. Y sucedió que Froiliuba se levantó del sillón en que reposaba y echó a andar hacia la puerta como para irse; así, atravesó el largor de la sala y los asistentes se retiraban a ambos lados guardando silencio y con leve inclinación del cuerpo para subrayar el gran respecto de que la dama era merecedora. Cuando Froiliuba alcanzó la puerta ya todos callaban a la espera de reanudar las conversaciones; entonces, viró sobre sí misma y la voz marcial, imponente resonó por todo el edificio ante la atónita mirada de los presentes.

-Alfonso será rey –dijo escuetamente y abandonó el lugar en medio del asombro y la admiración.

Poco después Alfonso, con casi cuarenta años de edad, fue aclamado monarca, sucesor de Favila, que lo había sido de Pelayo. Y de este modo la insurrecta Primorias contó con el apoyo y la servidumbre de los nobles de Asturias porque Alfonso casó con la hija de Pelayo, y con los nobles de Cantabria porque Alfonso era hijo del duque Pedro. Bajo este cetro Alfonso se consagró a propagar la verdad de Crista y por ello recibió el nombre de El Católico.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo tres)

Los años transcurrieron desde aquel aciago día sin tener más noticias de Munuza. Algunos afirmaban que había encontrado el fatal velo del destino en tierras de la meseta; otros se inclinaban por una vida regalada en la corte de Anbasah. El anciano valí de Gigia había salido de la historia de Asturias para siempre, y Pelayo entraba en la leyenda. Reorganizó el territorio conquistado y firmó un pacto con el delegado enemigo por el bien de una convivencia pacífica.

-El diablo vestido de moro tiene sus propios demonios en casa –comentaba Alfonso a su querida Ermesinda en la alcoba de su casa cántabra-. Tu padre y tu hermano se han conformado con el señorío que tanto sufrimiento ha costado –Ermesinda escuchaba atenta las quejas de su marido-. Dos encuentros armados les han agotado. Debieran aprovechar ahora y expulsar a los invasores, entretenidos como están en la Galia. Pero, no; prefieren pactar con Satanás y establecerse cómodamente en Onís.

La fogosidad del joven Alfonso hacía sonreír a Ermesinda, que le veía como a un nuevo Alejandro sujeto a las riendas de Pelayo. La hija del caudillo astur estaba más preocupada en la educación de su hijo Fruela y en cuidar del nuevo vástago que crecía dentro suyo, pues llevaba en su seno la semilla de Alfonso por segunda vez. Cuatro largos años habían transcurrido y Olalíes sonaba muy lejano, como una pesadilla que se recuerda entre brumas apenas se despierta del sueño. El emirato cordobés había perdido su cabeza visible: Anbasah, se comentaba, había sido asesinado mientras dormía.

Los días se sucedían sin interrupción proporcionando a Pelayo la posibilidad de enriquecer las arcas del condado, aunque una sombra le rondaba sus pensamientos: Favila. El carácter de su hijo se volvía más hosco, intratable. A menudo se ausentaba durante varias jornadas, al cabo de las cuales aparecía demacrado, cubierto de rasguños, la ropa en jirones. Por temporadas la delgadez, ya enjuto por naturaleza, le daba un aspecto cadavérico. Nadie osaba replicar sus desmanes por miedo a su irascibilidad; a todo el mundo trataba por igual: abusivamente. Tampoco Froiliuba se atrevía a interrumpir su soledad; Froiliuba, vivía como repudiada por su marido con la única compañía de sus doncellas. Ni siquiera el día en que Gaudiosa fue enterrada se mitigó la conducta desordenada de Favila. Estuvo bebiendo desde la primera hora, y en medio de la ceremonia proclamó santa a la difunta, subido al caballo, con la espada en alto; luego, completamente beodo, se desplomó al suelo, se ovilló y los ronquidos irreverentes inundaron el recinto sagrado.

Los nobles veían con cierto recelo la evolución de quien estaba destinado a heredar el mando, si el destino no se torcía, pues ya Pelayo instruía en esa dirección. Por tal motivo no faltaban quienes se arrimaban a su cuñado Alfonso buscando protección o, los más osados, quienes aconsejaban a Pelayo un cambio de política con respecto a la sucesión, instigando con el cántabro a que tomara las riendas del gobierno. Pero el caudillo astur sentía una innegable compasión por su hijo y no accedía a las propuestas que se le planteaban.

La melancolía roía sus pensamientos. Taciturno por momentos, gastaba largas horas sentado a la orilla del Saelia, donde depositaba sus fantasías, que las aguas llevaban a morir al mar. A veces dibujaba en la corriente el rostro de su difunta Gaudiosa y se le escapaba la sonrisa. Cuando el deber le obligaba se enfrascaba en los documentos que los escribas le presentaban, corregía lo que juzgaba equívoco y estampaba el sello en ellos. En aquella época disfrutó de unos días de sosiego, casi de felicidad. Su hija Ermesinda lo visitó. El abuelo rejuvenecía con el nieto, lo mimaba prodigándole todo tipo de carantoñas, regalos y atenciones. Tal era su devoción que Alfonso protestaba de continuo a su mujer.

-Lo está echando a perder con tanta zalamería.

Ermesinda sonreía, le acariciaba el rostro como para consolarlo y le hablaba con dulzura.

-Mi padre ya es mayor, dentro de unos años el niño tal vez se quede sin abuelo, como se quedó sin tu padre, que en la gloria del Señor esté.

La voz dulce de su esposa le calmaba, era un remedio infalible contra la exasperación y ella lo sabía.

-Algún día heredará estas tierras, también las de Cantabria.

Las palabras le salían sin mucha convicción. Froila, el hermano mayor de Alfonso, regía en aquella región y, si bien aún no tenía descendencia, todavía era joven para ello. Además, nunca había prestado ayuda ni atención a lo que ocurría más allá de los límites de su ducado. Alfonso, visiblemente azorado, procuraba no alzar la voz ni violentar en demasía a su esposa; cada vez que sentía emerger el calor de la irritación, acariciaba con la mano el vientre abultado de Ermesinda y el calorcillo desaparecía. En esa ocasión el bebé dio una patadita y Alfonso retiró la mano como asustado.

-Parece que se incomoda –se excusó sonriente Ermesinda palpándose el vientre; luego, añadía-. Su futuro está en Primorias, al lado de su hermano mayor.

-¿Primorias? Sólo es un sueño inconcluso. En cuanto tu padre muera, Dios no lo quiera por muchos años, tu hermano lo echará todo a perder.

-Por eso debes estar a su lado, para guiarlo. Tienes que conservar estas tierras para nuestro hijo.

-Eso si tu padre no derrocha lo conseguido. Tras el fallecimiento de Gaudiosa extravía la razón con excesiva frecuencia.

-Supongo que el tiempo lo curará, lo cura todo. Ten paciencia. Mi padre es un hombre juicioso, tú lo conoces bien.

-¿Por ese juicio que dices va a entregarlo todo al inútil de tu hermano?

-Favila cambiará. No tiene descendencia, por eso se comporta así; pero en cuanto tengo bajo su responsabilidad a tantas personas pendientes de él, se tornará sensato. Y, si no, ya sabes: tú serás su sostén. La familias es lo primero; si no nos apoyamos entre nosotros, ¿quién lo hará?

Y con un “no discutamos más; vayamos al lecho”, la plática quedó zanjada. Fue esta conversación la que Alfonso recordará pronto como la más querida, porque habrá de ser la última. Poco después de su regreso a Cantabria, a pesar de los insistentes ruegos de su padre para que permanecieran en Onís y allí mismo diera a luz, un nuevo golpe vino a lacerar las heridas del viejo guerrero, pues al comportamiento de Favila y a la muerte de su mujer Gaudiosa, se le unía ahora el óbito de su hija Ermesinda, que cerró sus ojos para no abrirlos más a consecuencia de un parto doloroso y malhadado. La criatura, a quien pusieron por nombre Adosinda, nacía bajo lúgubres auspicios.

Como el aciago acontecimiento había tenido lugar en Cantabria, Favila arremetió contra su cuñado, acusándolo de ser la causa de la muerte. Achacaba a la familia cántabra todos los males de su hermana y los acusaba de descuidar su salud. Pelayo nada objetaba. Se encerró durante semanas en su residencia y no salió ni una sola vez durante este tiempo. El corazón belicoso del anciano había recibido demasiados castigos como para reponerse de aquella nueva fatalidad. El ánimo se le enturbiaba y algunas noches los criados le oían conversar solo.

-Cree que habla con Gaudiosa –rumoreaban.

El propio Favila daba pábulo a esos comentarios y se jactaba de que no tardaría en hacerse con el mando de la hacienda paterna. Los partidarios de Alfonso rezaban porque Pelayo se arrepintiera en su última hora y desheredase al hijo perdido, mientras que los partidarios de éste rezaban porque su mente se volviera cuerda para cumplir los designios de dios.

Y llegó el día señalado para que abandonase este mundo. Pelayo yacía en la cama. Respiraba con suma dificultad, motivo por el que un silbido tétrico manaba de la garganta, agorera imagen de la muerte. Incapaz de levantar los párpados, oía cómo a su alrededor todos se afanaban por retener su alma cansina, pero él ya no deseaba más que transitar al lado de Gaudiosa, estrecharla en los brazos y arrancarle de sus labios un beso de eternidad. Agonizó durante tres días y al cabo, después de recibir la despedida de su único hijo con vida y de su nieto Fruela, puso su espíritu en manos del Más Allá. Al sepelio acudieron para presentar sus respetos una buena representación de la nobleza galaica y de la alavesa, amén de la cántabra y de la astur. Fue sepultado al lado de la amada Gaudiosa en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia.

Ese día Favila no probó una gota de alcohol, se comportó con la dignidad que le correspondía, hasta llegó a impresionar a los visitantes, que sólo le conocían de oídas. En la soledad de su cuarto vertió lágrimas por su padre y oró por su alma con una devoción inusual en él. Durante los días que siguieron dio la impresión de que habría de ser un gran caudillo, como lo fuera su padre. Sólo una espina permanecía clavada, odiaba a sus sobrinos: a Fruela, por estar llamado a ser su sucesor; a Adosinda, por culparla de la muerte de Ermesinda. Mas todas las halagüeñas perspectivas resultaron una ilusión, porque un mes más tarde Favila volvía por sus fueros.

Una noche bebió más de lo que había cenado y los humores nublaron su entendimiento, así que animado por la alegría etílica resolvió salir de las dependencias y enfrascarse en una juerga con algunos de sus amigos. Obligaron al dueño de una taberna a abrir el local y entraron en él exigiendo que se les ofreciesen de beber. Tenía el tabernero una hija no muy hermosa, por decirlo así, prometida en matrimonio con un herrero vecino suyo. Apenas la vieron, cuando se asomó a curiosear a tan insignes clientes, la persiguieron hasta su habitación. Favila, que se topó la puerta atrancada, la derribó de un fuerte golpe desoyendo las súplicas del padre y de la hija. Allí mismo y en presencia del tabernero la desnudaron y la violaron uno a uno sumergidos en escandalosas risotadas.

Pocos días después el tabernero apareció ahorcada en su habitación. En cuanto a la muchacha, llevó en su vientre durante nueve meses la semilla penosa de Favila, mas ocultó su estado en la vergüenza de ser señalada por el dedo acusador de las gentes, para lo cual hubo de romper su compromiso con el herrero, a quien no ofreció explicación alguna. Mudó de pueblo, subsistió a duras penas en los trabajos más arduos y serviles; su existencia se llenó de manos llagadas, pies hinchados, piel purulenta. Cuando le fue imposible mantener en secreto el embarazo, se adueñó de una cabaña medio derruida y allí dio a luz a un varón. Todavía vivirá unos años, bajo cuyo cuidado su hijo Vímara aprenderá a endurecerse. Esquelética ella, flaco él, ambos engañaban al hambre un día sí y otro también mendigando por los pueblos con la esperanza de que una pronta muerte pusiera fin a sus penurias. Y al cabo de diez años un golpe fortuito del destino hará que Vímara entre a formar parte de las tropas cristianas. Madre e hijo se despedirán en un abrazo eterno, pues los dos sabrán que no habrán de verse más.

-No olvides nunca –le dirá la progenitora- quién es tu padre y cómo te engendró.

-No lo olvidaré nunca, madre –le responderá.


A la semana siguiente la desdichada mujer se arrojará al río Saelia, en donde aparecerá su cuerpo desfigurado y deforme sin que nadie sepa quién fue.

lunes, 14 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo dos)

I
Suelen ser más veloces las noticias que los causantes de ellas; no se sabe cómo, a aquéllas parecen que les nacen alas y vuelan con la rapidez de los vencejos. Los hombres, al contrario, viajan con lentitud, sobre todo si han de esconderse a la luz del día y prestar atención a todo ruido en plena oscuridad nocturna. No resulta, pues, extraño que el valí de Gigia montara en cólera tan sólo a dos días de la huida de Pelayo. Golpeaba a los sirvientes sin motivo, acompañando cada azote con improperios tales, que ninguno osaba levantar la mirada del suelo y acataban la paliza con resignación. La fortaleza se llenó de insultos, de amenazas, de órdenes atolondradas, de las carreras de eunucos, de concubinas esquivas, de esclavos temerosos. La faz de Munuza se envolvía en un fuego abrasador y las chispas saltaban de los ojos como ascuas asesinas. Por el suelo se desparramaban en pedazos jarrones, copas, espejos, vasos, bandejas, platos. El dormitorio era un revuelto de telas rasgadas y esparcidas por los rincones más insospechados.

En medio de aquél huracán llamó a sus consejeros, de entre los cuales se abstuvieron de acudir los cristianos, no fuera su presencia el detonante de una explosión de ira incontenible que terminase con sus cabezas en lo alto de la muralla. Toda la guarnición estaba convulsa y temerosa. En su delirio Munuza acusaba al propio emir cordobés por no atender a sus necesidades, de negarse a enviar más hombres armados para pacificar la región; lo consideraba un loco por intentar reforzar un ejército que habría de conquistar la Galia. Arrebatado como estaba, Munuza ordenó subir los impuestos, privar a los señores cristianos de todos los privilegios, anular la inmunidad de los prebostes religiosos, ejecutar a cada uno de los miembros de la insurrección. Los escribas se apresuraban a tomar nota de estas disposiciones, que salían atropelladas de su boca. Los consejeros callaban, si bien su opinión distaba mucho de la de su señor, pero la vida les era más querida que el reconocimiento. El valí juraba y perjuraba que a partir de ese momento no habría perdón para ningún traidor y que asolaría todo el territorio si no se cumplían sus mandatos al pie de la letra.

Nadie recordaba, ni siquiera los más allegados, una furia tal en aquel hombre, otrora pausado, de buen carácter, amante de la justicia, observante de las leyes del Profeta. Incluso se comentaba que a la hermana de Pelayo la había hecho degollar en las mazmorras en las que la mantenía cautiva.

-¿Todo esto por un bandido? –susurró una concubina a la favorita del valí.

-No es por un hombre –contestó en voz baja, como el murmurio de un manantial-. Con ese rebelde en libertad la autoridad y el poder del gobernador se ponen en entredicho, él mismo será el hazmerreír de estas gentes bárbaras. Si se socava tan fácilmente su gobierno, verán en él la debilidad necesaria para enfrentársele, incluso con las armas.

Las voces airadas de Munuza resonaron en el pasillo. Todo el harén se silenció; ninguna movió un músculo; sin embargo, el valí pasó de largo seguido por el séquito espantado, y las mujeres pudieron respirar de alivio.

-Quiero patrullas en todas las rutas –vociferaba Munuza-. Que ni una culebra cruce los pasos de montaña sin ser detenida. Ese malnacido volverá, vaya si volverá. ¡Que su cabeza me sea entregada junto a la de toda su familia y todos los conspiradores! ¡Y las de quienes traten de prestarle auxilio, sea con alimento, refugio o armas! Que diez legados partan para Córdoba por otras tantas rutas con la misiva que escribiré.

Al mismo tiempo instó a sus capitanes a que reforzaran las defensas de Gigia, que impidiesen la entrada a todo extranjero; que formaran una patrulla urbana y registrasen todos los edificios de la urbe y de las proximidades, y detuviesen a sus inquilinos ante la mínima sospecha. En dos días los calabozos de Gigia rebosaron de presos, hubo haciendas arrasadas, nobles decapitados; monjes y obispos fueron descuartizados. Muy pocos cristianos eludieron las represalias, entre ellos el prelado Oppas, que veía con desgana la paz truncada por las ambiciones de la nobleza. A pesar de ello, pedía a su dios el perdón para Pelayo y sus secuaces. Por contra, Munuza veía con cierta complacencia el resultado de sus órdenes.

-Después de esto no habrá nadie que se levante contra mí –comentó satisfecho.
-Después de esto –le respondió sumiso uno de sus ministros-, tal vez no quede nadie para ello.
Y Munuza sonrió con una sonrisa falsa.

II
El invierno de aquel año, setecientos cincuenta y nueve de la era hispana, a setecientos veinte y uno del nacimiento de Jesús el Cristo, fue crudo para todos. La nieve reinó más de los acostumbrado. El avituallamiento desde la meseta no llegó por lo impracticable de los puertos, quedándose almacenado en Asturica. La falta de víveres, el frío permanente, las consecuencias de la represión en los campos astures, todo ello contribuyó a la hambruna. La descontenta población prefirió el exilio: se fueron hacinando en las inaccesibles cumbres de la cordillera, muchos se pusieron a disposición de Pelayo, aportando sus herramientas de trabajo para convertirlas en armas de guerra. Divididos en pequeños grupos, los cristianos sublevados se apropiaban de los escasos alimentos de las caserías: frutas, hortalizas, ganado, legumbres. Las numerosas cuevas hendidas en la caliza servían como improvisadas residencias, colmadas pro el número de refugiados. Algunos optaban por construir sus propias cabañas, otros pernoctaban en las casas vacías de la llanura.

-Bien es cierto que aprecio la confianza que estos hombres y mujeres ponen en mí –decía Pelayo-, pero no comprendo por qué abandonan lo poco que tienen para venir hasta aquí, donde aún hay menos que compartir.

-Los que nada tienen, nada pierden –respondía Gaudiosa-. Si acuden a ti no es sólo por necesidad, sino por el desaliento a soportar los abusos del valí.

-Pues aquí pasarán más hambre y frío que si hubieren permanecido en sus hogares.

-Éste es ahora su hogar.

A mediados de abril un tímido sol empezó a derretir los neveros y a despejar los caminos. El agua bajaba salvaje por las torrenteras abiertas en los abismales declives de la sierra, donde Pelayo y sus seguidores continuaban preparando acciones contra los árabes. Desde la liberación de éste, Favila se había vuelto más ensimismado, más hosco en el trato con los demás, sobre todo con su mujer, a quien rehuía en los momentos íntimos. Su mutismo, su apatía tenía en ascuas a Gaudiosa, no así a Froiliuba, que adivinaba el motivo del desencanto.

Una tarde de ese mes Favila se ausentó de la reunión de nobles y fue a sentarse en un risco, desde donde contemplaba desapasionado la garganta del Cares. Su madre decidió aprovechar la soledad para hablar con él. Tenía que indagar sobre las preocupaciones del hijo amado, antes siempre dispuesto a actuar y ahora sumido en profundas cavilaciones.

-No estoy muy seguro de que liberar a mi padre haya sido lo correcto. Ahora tenemos que alimentas a todas esas bocas hambrientas y aguantar los desvaríos de Munuza.

-¿Y tu mujer tiene que pagar por ello? –Favila guardó unos segundos antes de contestar.

-Cuatro hijos, madre. Cuatro hijos me va dando Froiliuba y ninguno sobrevivió. En cambio, el pequeño Fruela crece y se robustece en condiciones ínfimas. Froiliuba y yo lo hemos intentado tantas veces... Su vientre parece que se ha vuelto estéril y mi semilla cae en tierra baldía. No habrá quien perpetúe mi sangre.

-El hijo de tu hermana también lleva tu sangre. Alégrate en ella.
-No es lo mismo.

-Lo sé. Pero confía en la providencia. Todavía no es tarde para la progenie. Posees el vigor de una gran estirpe gótica. Olvídate de esos temores. Tierra que ha dado fruto, volverá a ser fértil. Además, queda mucho por llevar a cabo. Tu padre te necesita más que nunca, sobre manera en estos días de euforia por las noticias recién llegadas. La derrota de Al Hurr frente a las tropas francas le precipitó a la muerte; quizás el nuevo emir replantee su política y todo se solucione. Luego, ya podrás pensar en tus hijos.

-Vana ilusión. No creo que Anbasah desista de la expansión europea. En cuanto a su política, no debemos esperar que se suavice mientras Munuza siga en su cargo. Y por lo que respecta a mi descendencia, ¿qué opinas si tomo otra esposa?

Gaudiosa le tomó del brazo con materna afabilidad obligándole a levantarse.

-Vamos, hijo. Recobra el ánimo y únete a los demás nobles. Tu padre te echa de menos.

-No me has contestado.

-Lo sé.

Favila claudicó a los ruegos de su madre, aunque su espíritu se hallaba quebrado. Yendo despacio, abatido, Favila llegó cuando ya se había disuelto la reunión. La tristeza manaba de los ojos curtidos por la lucha, resbalaba por las grietas que eran arrugas y se perdían en el desorden de la barba. El tiempo no cicatrizó las heridas, pues que unas semanas después Froiliuba caía presa de fuertes convulsiones provocadas por la intensa fiebre. Se pasó la pobre mujer tres días con sus noches en ese estado febril lleno de agitaciones. Favila observaba cómo en tan poco tiempo los huesos se le marcaban bajo la piel, cómo las cuencas de los ojos se ahondaban en las tinieblas. Hundida en el mísero lecho de paja seca, Froiliuba parecía estar de prestado en este mundo. En medio del delirio de su existencia, Favila creyó escuchar una palabra que aletargó más aún su carácter: Fruela.

III
Antes de que el otoño se despidiera una vez más, el valí Munuza obtuvo finalmente la respuesta deseada a sus peticiones. Aquél había resultado ser un buen año. El ejército que Anbasah envió contra los francos avanzaba victorioso por el sur de la Galia; Hispania se recuperaba del fatal invierno y la mano férrea del nuevo emir había conseguido apaciguar los ánimos exaltados de los inconformistas godos. Así pues, la misiva que Anbasah remitió a Munuza le alentaba a la esperanza: una expedición se estaba preparando para entrar en las Asturias para la próxima primavera con el fin de dar por finiquitado el tema de los sublevados. Con tal halagüeña noticia el valí recuperó su humor acostumbrado. Retomó las relaciones con la nobleza y el clero, agasajaba a los ciudadanos y planeaba el futuro ilusión; mejoraría el rendimiento de los minifundios, repararía las comunicaciones con la meseta... hasta hizo llamar a un poeta reputado y varios maestros de filosofía, matemáticas y astrología. Las inquietudes que le habían desvelado el último año se desvanecían y ya soñaba con una región próspera. Por otro lado, se enfrascó en el embellecimiento de la fortaleza rodeándose de finas telas, exquisitas porcelanas, caballos espléndidos, cristales magníficos; adornó las murallas con obras realizadas al gusto árabe. Lejos quedaban los días en que bajo las órdenes de Muza había cruzado los puertos desde Astúrica.

Asomado a la balconada de sus dependencias se recreaba en la vista de Gigia, de sus calles bullentes, del olor marino, cuyas aguas golpeaban los acantilados o se mecían en las calas. La voz de un vasallo le interrumpió. Anunciaba la visita de Oppas. El gobernador le indicó con un leve movimiento del brazo que daba su permiso. El prelado entró con alegre semblante, porte marcial, el saludo sumiso.

-¿Verdad que hace un día espléndido, amigo mío? –comentó Munuza.

-A nuestra edad una hora de sosiego nos exalta el alma.

-Es cierto. Envejecemos demasiado deprisa. El tiempo no se detiene ante las ridículas preocupaciones de los mortales. Una tarde te acuestas con el brío belicoso de un joven y a la mañana te despiertas achacoso, débil y a las puertas del Paraíso. Y entre tanto pasamos dormidos toda la noche sin apreciar lo que se nos va para siempre. Somos odres henchidos de prepotencia. Pero, dejémonos de altos pensamientos y disfrutemos de la bonanza.

Ambos se acomodaron sobre los cojines, tentaron los frutos secos, sorbieron la hidromiel, conversaron acerca de la religión, la sociedad, las emociones y, al fin, de Pelayo.

-Tengo entendido –refirió Oppas con delicadeza- que los rebeldes se han hecho fuertes en las montañas del Auseva.

-Así es. No obstante, no debemos perder la perspectiva. Ésas son tierras impracticables. Pronto, muy pronto exterminaremos esa plaga de delincuentes. Brindemos por el triunfo de la razón frente a las alocadas ideas revolucionarias que retan a la civilización.

Sendas copas se elevaron en el aire y los dos apuraron hasta la última gota. Luego, el obispo tentó al valí.

-Estoy de acuerdo con ello; sin embargo, quisiera pedirte un favor en honor a nuestra amistad.

-Sea.

-Antes de derramar la sangre de más inocentes desearía intentar de nuevo una reconciliación pacífica. Me apena el desperdicio inútil de vidas.

-¿Qué propones? Hoy me siento generoso. Lo único que no concederé es el perdón para los cabecillas.

-Quizás pueda convencerlos de que se entreguen y eviten más calamidades. No niego que Pelayo y algún otro merezcan un escarmiento ejemplar, pero sus seguidores son en su mayoría desheredados, gente miserable en cuya desesperación se le unieron buscando un rayo de luz. A veces el hombre tuerce el camino correcto para escapar de los cardos sin precaverse de las consecuencias. Confío en tu benevolencia para dar una oportunidad a estos desfavorecidos del destino.

-Eres un elocuente, un gran orador, casi un visionario. Te doy mi palabra de que tendrás esa oportunidad que pides cuando llegue el momento.

-El pueblo verá en ti a un gobernante justo. Esta acción te atraerá el corazón de los que dudan de tu grandeza.

Surtieron efecto los halagos del cristiano, dado que Munuza se holgó en aquel futuro presentado por Oppas. Comieron, platicaron, se emborracharon y yacieron con hermosas mujeres antes del crepúsculo.

IV
Favila enmascaró su alejamiento de Froiliuba en un arrojo rayano con la insensatez. Era el primero en las rapiñas y no abandonaba el lugar hasta que todos se hubieren ido. Además, entretenía los ratos de ocio yendo a cazar con escasa o nula compañía. Su padre, también su madre, le regañaban como a un niño por exponer su vida de forma tan necia.

-El valor –le recriminaba Pelayo- duerme arropado en brazos de la sensatez. Lo que tú haces no es más que un acto desesperado de cobardía y temeridad sin sentido. Compórtate según el honor que nuestros antepasados nos han legado con sus sacrificios; condúcete con prudencia, pues son muchos los que dependen de ti. No resulta difícil llegar a la consideración, a la admiración de las personas; lo realmente dificultoso consiste en mantener el porte y no caer en el vacío de la iniquidad. Cada uno ha nacido para desempeñar un papel, y el tuyo requiere moderación. Guarda la medida y atente a los límites impuestos por la naturaleza; consagra tu vida a los que dependen de ti y no te creas nacido sólo para tu propio provecho, sino para el mundo entero. Recuerda las palabras de Séneca: “nemo regere potest nisi qvi et regi”.

Tales eran las prédicas de su padre, mas Favila prestaba oídos sordos a estos y otros consejos. “¿Qué sabrá él del dolor?”, pensaba en silencio. “¿Cómo puede entender lo que yo siento; él, que se complace en la mujer a quien ama, que se regodea en la descendencia, que recibe el respeto y los halagos de los nobles y plebeyos? No; él no comprende la miseria de los míseros, la desesperación de los desesperados. Mejor atendiera a su deber y compusiera una estrategia con la que vencer a esos malditos herejes; que él exponga el plan y yo lo llevará a feliz puerto, aun a costa de mi propia vida”. En estas y otras cavilaciones estaba paseando solitario, según era su costumbre, cuando a lo lejos vislumbró la polvareda que las huestes del general Al Kahma levantaban a su paso.

El mes de las flores estaba próximo a terminar, un mes de hostigamiento sarraceno, pues la expedición enviada por Anbasah bajo las riendas de Al Kahma había conseguido resolver con éxito algunas escaramuzas. Sus espías le iban indicando dónde y cuándo se hallarían los insurrectos y de este modo Al Kahma aprovechaba la ventaja de la sorpresa. Desde hacía unos días todos los rebeldes se habían concentrado en torno al Auseva y aguardaban impacientes el momento decisivo, dado que ambos bandos se daban perfecta cuenta de que en las inmediaciones de la montaña se decidiría el final de la contienda. Por eso vigilaban los renegados noche y día, por eso Favila se inquietaba, por eso habían trasladado todas las mujeres, niños y ancianos a lugares más seguros.

Favila dio la voz de alarma. Como el engranaje de un mecanismo autómata que sólo necesita el primer impulso para ponerse en movimiento y adquirir independencia, así cada cual supo dónde debía posicionarse, cuál era su misión. Únicamente Favila parecía desorientado; a él no le habían dado instrucciones precisas, no se fiaban de él. Su padre se le encaró con una gran sonrisa y los brazos abiertos.

-Hijo mío, ha llegado el momento de la verdad. Tendrás que demostrar lo que vales, lo que dices que vales. Ponte al frente de los jinetes, azuza a los invasores, provócalos, oblígales a que os persigan con todos sus efectivos y condúcelos a la garganta. Ahí los aplastaremos en una emboscada que resonará burlona en los oídos de nuestro odiado Munuza.

Y así fue cómo el ejército de Al Kahma acabó en la boca del lobo.

V
Según había prometido el valí de Gigia, el obispo Oppas encabezaba la expedición con el firme propósito de llegar a un acuerdo. Conversaba tranquilo con el general cuando Favila y los suyos les atacaron por los flancos. Lejos de desmoralizar a los musulmanes, éstos apretaron filas y se opusieron a la embestida. El fragor del choque anunciaba una encarnizada lucha, pero ésta no se produjo. La caballería astur se replegaba tan pronto como alcanzaba al enemigo para volver a lanzarse con renovado ímpetu. No había bajas en ninguno de los dos bandos y eso exasperaba a Al Kahma hasta que vio cómo el adversario iba retrocediendo a cada nueva acometida. Envalentonado dio la orden de aplastarlos. Entonces, Favila creyó oportuno la retirada.

Las huestes sarracenas se internaron por el escabroso sendero de la garganta. Si arduo era el paso para los caballos de Favila, también lo era para el de sus perseguidores. De repente el camino se cubrió de rocas, troncos de árboles, de tierra que arrollaban las montañas ladera abajo. Imposible continuar e imposible retroceder, pues otro tanto sucedía a sus espaldas. Al Kahma comprendió. Al fondo de la hoz los soldados apresados miraban a uno y otro lado buscando una salida dormidos por el pánico. Durante unos segundos se produjo un silencio sepulcral: se podría oír el zumbido de una abeja libando. Entre tanto los insurrectos aguardaban la señal de su líder para descargar sus armas arrojadizas acurrucados en las alturas. El prelado cristiano se inclinó para una postrer tentativa y alzó la voz cuanto pudo.

-Cristo os ve desde el solio celestial –arengó a los cristianos- y en su rostro se ha marcado la cólera divina. Deponed vuestra arrogante actitud, no cometáis un terrible pecado a los ojos del Señor.
Pelayo le permitía el sermón sin atreverse a dar la señal convenida, pues una cosa era masacrar al enemigo islámico y otra muy distinta quitar la vida a un representante de Cristo. Fue otra voz, la voz que Pelayo reconoció como de su hijo, la que interrumpió la salmodia.

-¡Traidor! ¡Muerte al traidor! ¡Abajo el tirano extranjero! ¡La madre de nuestro dios nos ampara!

Una flecha voló hasta el obispo, se incrustó en el pecho y la punta salió por la espalda; Oppas se desplomó sin vida del caballo y a continuación el cielo se nubló, tal era el número de piedras, lanzas, flechas, picas y todo tipo de material, que fue arrojado desde las faldas del monte. Los soldados musulmanes caían al suelo exánimes, los caballos quebraban las patas; las rodelas resultaban impotentes ante el peso de las orcas y éstas aplastaban todo cuanto encontraban. La sangre se acumulaba en pequeños charcos; luego, corría en diminutos arroyos y la tierra se empapaba con ella adquiriendo un tono granate. Cientos de gritos se perdían en el aire: unos, jubilosos; otros, desesperados.

Una lanza, una de tantas sin dueño, atravesó la pierna de Al Kahma y se espetó en el suelo pedregoso de tal forma que el general se vio privado de movimiento. Trató de arrancársela, pero el agudo dolor de la herida le arrebataba las fuerzas. Viéndose imposibilitado y cercano a la muerte alzó la espada a lo alto.

-¡Maldito seas, Pelayo, tú y toda tu descendencia!

Una piedra chocó en ese instante contra su cabeza y los sesos se desparramaron por todas partes salpicándolo todo en redor. El general quedó tendido supino con la pierna doblada por la rodilla y la espada pegada a la rojiza tierra.

Los pocos que consiguieron eludir la masacre corrieron desperdigados por donde buenamente podían, hacia el sur o hacia el norte. Pelayo mandó cesar los tiros y un clamor rotundo se oyó a lo largo de toda la cordillera.

-¡Victoria! –repetían- ¡Victoria!

En medio de la algarabía Favila se acercó a su padre.

-No debemos desaprovechar la ocasión. Vayamos hasta Gigia y tomémosla por las armas.

-Ese ímpetu tuyo te traerá la ruina. Dime, ¿cómo piensas atravesar los muros de la fortaleza? Una cosa es luchar en estas tierras y otra muy distinta enfrentarse a una tropa ordenada en un terreno que nos es desfavorable. Depón tu odio y alégrate con los demás. Hoy es día de júbilo.

-Pero no podemos permitir que se reorganicen.

-Impaciente. Nuestros hombres se merecen un descanso. Dejemos que disfruten de este triunfo y mañana consolidaremos estos territorios.

-¿Cómo?

-El duque Pedro nos envía tropas desde Cantabria. Entre los dos apuntalaremos con guarniciones el valle y sus lindes. No te apresures a reconquistar aquello que nos llevará algún tiempo. Ahora ve con el resto de nuestros hombres y por una vez que tu semblante sombrío desaparezca, y reconfórtate.

Era el año setecientos y sesenta de la era hispana, hacía setecientos y veinte y dos años que había nacido Nuestro Señor Jesucristo.

VI
Todas las habitaciones del palacio Munuza estaban revueltas. Era un hervidero de bulliciosos personajes trajinando de aquí para allá, recogiendo esto o esotro, empaquetando, despreciando, abandonando. En el patio los siervos acumulaban unos sobre otros los bultos: víveres, joyas, telas, vidrios, esculturas, arcones repletos de monedas... El valí era hostigado constantemente por sus consejeros.

-Debes llevarte más hombres armados. Los rebeldes podrían asaltar la caravana.

-No puedes dejar la guarnición indefensa. Permite que se queden más soldados.

-Es una locura proponerse un viaje ahora. Tu sitio está aquí.

Cada uno daba su propia opinión, sincera y desinteresada las más de las veces. Lo cierto es que Munuza tenía la obsesión de recabar un ejército solvente y regresar con él para la aniquilación total de Pelayo y sus secuaces. Lamentaba, casi lloraba, la decisión de Anbasah de enviar tan sólo un destacamento cuando le había prometido todo un regimiento. Para colmo resultó ser un grupo inexperto en la lucha por tierras montaraces, acostumbrado como estaba a las batallas en campo abierto. Por eso había decidido personarse ante el emir y obligarle a entrar en razón. “Es un desafuero internarse en el continente sin antes haber asegurado la península”, reflexionaba. El mayor inconveniente para convencerlo residía en que Anbasah no tomaba muy en serio a aquel grupo de forajidos; “descarriados de la mano de Alá”, los había llamado en su última misiva; “los hijos de Mahoma”, había escrito, “deben propagar su palabra entre los infieles y dar a conocer la verdad, la única verdad”.

A mediodía la caravana se puso en marcha. Precedía los carromatos un pelotón selecto de la temible caballería, detrás marchaban los soldados de a pie. Munuza iba entre la vanguardia y los carros a lomos de un soberbio caballo árabe rodeado por su guardia personal. Formaba la retaguardia un conjunto heterogéneo de personas: esclavos, heteras, comerciantes que abandonaban el norte tumultuoso, algún poeta, malabaristas, incluso astures convertidos al Islam que se veían amenazados por los cristianos vecinos y hasta familiares suyos.

Por los caminos se oían insultos, advertencias. Los soldados aguzaban la vista, escrutaban los alrededores, mas a nadie distinguían. Apresuraban el paso y sólo se ralentizaron cuando una partida armada se les unió procedente de diferentes guarniciones del valle de Saelia. Cerca de Olalíes el silencio cayó sobre ellos. Los lanceros detuvieron sus monturas a la orden de su capitán. Toda la caravana quedó expectante; diríase que la brisa arrastraba los suspiros lejos de allí, a tal punto llegó la mudez. Cientos de ojos atisbaban en torno suyo, examinaban cuidadosamente por entre las matas más allá de los roquedos; creían adivinar furtivas siluetas al otro lado de los árboles. Tenían la respiración de hito en hito. el capitán renunciaba a reanudar la marcha, los caballos bufaban impacientes, la escolta se apresuraba a desenvainar las armas. Sin perder la compostura el oficial se acercó al valí.

-Alguien nos espía. Deberíamos dar la vuelta. Éste es un lugar apropiado para una emboscada; con unos pocos hombres bien colocados nos destruirían en un pestañeo.

Munuza recapacitó tan sólo unos segundos.

-Preparémonos para salir de aquí cuanto antes.

Apenas lo hubo acordado, una tormenta de flechas se desplomaron sobre la caravana. Gritos, aullidos, golpes, rugidos de bestias surgieron por todos lados abalanzándose sobre los musulmanes. Los jinetes, impedida cualquier maniobra evasiva, hubieron de apearse. Todos estaban desprotegidos.

Alfonso y Favila, codo con codo, guiaban el ataque de los insurgentes. Poco después Pelayo se les añadió con otro buen número de guerreros. Quienes rehuyeron la lid y se pusieron en fuga salvaron la vida; los que aguantaron el envite acabaron por expirar. Munuza fue de los primeros en esquivar la muerte protegido en todo momento por su escolta cada vez más diezmada. No había piedad para los vencidos. Pelayo en persona traspasó con su espada el pecho inofensivo de una prostituta guarnecida tras un matorral, Favila decapitó sin conmiseración a un buen número de siervos desarmados, Alfonso se deleitaba ejecutando con ojos sanguinolentos a quienes alzaban las manos en señal de rendición; incluso hubo quien, después de degollar a una de las concubinas del valí, rajó su vientre para traspasar con su daga el feto que la desgraciada llevaba dentro.

-¡Que no quede con vida ni uno de esos perros! –vociferaba Favila.


Aquello no fue una lucha cuerpo a cuerpo, sino una matanza cruel y despiadada.