Archivo del blog

domingo, 25 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo doce)

I

En el mes cesáreo el palacete de Onís se engalana para acoger a la nobleza más destacada de los territorios cristianos y aun de los musulmanes, pues el enlace entre Adosinda y Silo había merecido la pompa y relevancia de los grandes monarcas. No faltaron los potentados galaicos, cántabros y astures, como tampoco faltó una arrogante representación de los territorios fronterizos cordobeses. Se casaba la nieta del gran Pelayo, la hija del Católico Alfonso, la hermana del asesinado Fruela; nieta , hija y hermana de reyes; mujer de extraordinario visión política, de enorme fuerza de voluntad, de notable carisma, querida por todos, por todos venerada; un ángel de belleza sublime, una fuerza ingente de la naturaleza. Por un día el pueblo había aparcado sus asperezas y el reino gozaba de una rara tranquilidad. Nadie temía un acto vil en fecha tan señalada.

La iglesia de la Santa Cruz, que había sido erigida por Favila y consagrada por el vate Asterio, estaba abarrotada. La aristocracia ocupó sus puestos privilegiados en tanto la plebe se apiñaba abigarrada en torno a la capilla y en el exterior. Por deseo expreso de la novia sería Fromestano quien dirigiera la misa, aunque el acto oficial corriera a cargo del obispo pertinente. Incluso el diácono Vermudo, el hermano del rey, había consentido en salir de su encierro no por la alcurnia de los prometidos, sino por la amistad que les unía desde la más tierna infancia cuando los tres pataleaban las calles embarradas de Onís o correteaban por la ería o padecían las clases aburridas a las que eran sometidos.

Silo se había vestido con las ropas más relucientes mientras que Adosinda destacaba por sus telas coloridas y las joyas que ornaban su cuello. Una gargantilla de precioso metal que rememoraba los paganos torques de antiguas creencias, ajorcas en los brazos y hasta en la garganta de los pies, justo por encima de los tobillos; pulseras en las muñecas; una diadema que jugueteaba con las guedejas que le caían sobre la frente, como desmayadas. A pesar de tanta venustez y opulencia en una misma persona, fueron muchos los ojos que se fijaron en el rey y sus consejeros. Quien más y quien menos sospechaba de su intervención en el magnicidio, pero sin pruebas nadie osaba acusarle en voz alta y abiertamente.

-Si algo he aprendido en la Corte –le había dicho Aldroito días antes- es el mantener cerca al enemigo.

-Por eso quieres que Adosinda retorne y regrese sin más consecuencias después de su huida.

-Lejos de aquí puede tramar una conjura a sus anchas. Aquí estará más vigilada y podremos seguir sus pasos.

Próximo el mediodía la novia avanzó por el pasillo que conducía hasta el altar. Iba precedida por la pequeña Jimena, diez años largamente cumplidos, y por Nepociano, un año menor que la pequeña, significando así el compromiso entre los niños para una futura unión. Jimena caminaba con paso marcial y frente altivo retando con sus ojos a los asistentes.

-No arrastres los pies –la había instruido Adosinda, que ejercía de madre ante la pasividad de Munia-. Lo que vieren en ti, eso serás. Si barres el suelo con los pies, como hacen los campesinos, los siervos y los esclavos, así serás considerada sea cual sea tu abolengo; por el contrario, hasta la persona más humilde será respetada y reverenciada si el porte es majestuoso, los mohines comedidos y los gestos calculados.

-Pero hay muchos hombres hoscos y rudos por el palacio y todos disfrutan de estimación –protestó la niña.

-Con el tiempo aprenderás a distinguir el hecho de que un hombre es un hombre y una mujer es quien acompaña al hombre. Si no quieres verte supeditada a la sombra masculina deberás mostrarte más firme, más sabia, más hermosa y menos maleable. Por desgracia, el estamento femenino está oprimido por los caprichos varoniles.

Jimena nada entendía de lo que su tía expresaba con tanto ahínco, más pendiente de por ir a jugar que de las enseñanzas.

Cuando Munia, retrepada en su silla, vio con los ojos cansados a su hijita, se le saltaron silenciosas lágrimas. La desgraciada Munia, enferma desde el parto del año anterior, no había vuelto a recuperar las fuerzas. Gastaba los días tumbada en el lecho con el semblante abatido y la mirada perdida en la demencia mórbida. Sus flacas fuerzas impedían una vida normal. Cuando salía a tomar el aire fresco por recomendación de los cirujanos la transportaban en unas andas; siempre tenía un musculoso esclavo a disposición para que la llevase en brazos del lecho a la litera o a la silla. La ausencia de ejercicio había agarrotado los tendones de las piernas y un extraño mal iba paralizando la mitad izquierda de su cuerpo dejando en el rostro una desagradable mueca que no podía borrar.

Todo el recinto guardó silencio durante la ceremonia y sólo cuando los recién casados salieron estalló el alborozo. Los más humildes se atracaban con los alimentos distribuidos. Se bailó, se oyó música, hubo riñas propiciadas por el abuso etílico. Los cortesanos también aprovecharon para mercar sus bienes. La fiesta por los esponsales continuaron en Onís hasta bien entrada la noche y todavía al día siguiente prosiguió la algarabía con nuevas ceremonias, como la que Adosinda improvisó al visitar la tumba de su abuelo y la basílica de la Cova Dominica. Durante una semana fueron desfilando por el palacete de la corte personalidades de alta alcurnia, unas para presentar sus respetos y otras para despedirse con felicitaciones y deseos de prosperidad.


II
Munia agonizaba. Llevaba una semana sin apenas dormir a causa de las continuas apneas y su cuerpo no poseía vigor alguno para reponerse. La piel marcaba los huesos, tal era su delgadez. Las cuencas de los ojos semejaban sendas grutas de tenebrosa oscuridad, hundidas en los huecos faciales donde se perdían dos ojos sin brillo apagados por el sufrimiento de la enfermedad. Su vida matrimonial le había resultado un suplicio inconmensurable y afrontaba la muerte con resignación, como una liberadora salida de este mundo.

Junto a su lecho la moribunda ya no percibía ninguna presencia; no obstante, la velaban día y noche las esclavas, las siervas familiares o su cuñada Adosinda. En cambio, su anciano padre conocía la noticia postrado en cama por los terribles dolores de la gota, que le imposibilitaba emprender viaje alguno.

A media tarde Munia empeoró. La respiración se volvió más forzada y un hilillo agudo, como un silbido en aguas abisales, se escapaba en cada respiración. Uno de sus brazos colgaba fláccido en el aire y el cuello, dormido por la laxitud, no lograba mantener la cabeza enhiesta; se inclinaba a un lado y el aire circulaba con mayor dificultad. Entonces, Adosinda le cruzaba las manos sobre el pecho y le recolocaba la cabeza que tornaba a ladearse de inmediato.

A la cabecera Vermudo oraba constantemente por la salvación del alma de la moribunda. La hija de ésta entró en la habitación sobrecogida por el fúnebre ambiente agarrando con tesón la mano de una fámula que también tenía en brazos al pequeño Alfonso. Al llegar a la altura de Adosinda ésta acarició a su sobrina y la condujo hasta Munia.

-Besa la mejilla de tu madre – le susurró al oído.

Jimena se elevó de puntillas y contempló con los ojos desorbitados el lamentable aspecto de la enferma sin atreverse a arrimar sus labios a aquella piel de blancura luctuosa. Adosinda le dio un leve empujón y la niña cerró los ojos para el beso fugaz, cual si un dedo se acerca al carámbano glacial y se retira presuroso al notar el abrasador frío. A continuación, Adosinda tomó al chiquillo en brazos y lo aproximó a su madre. Alfonso le tocó el rostro con su manita, jugueteó con la nariz y la boca exangüe y su tía dio por buena la caricia en vez del beso requerido para la despedida. Luego, la fámula se los llevó afuera.

Ante el inminente fallecimiento de Munia, Vermudo le señaló la cruz en su frente y en ambas mejillas; después, le colocó un crucifijo en los labios para el ósculo divino.

-Que Dios perdone todos tus pecados y acoja tu alma en su seno.

Una mueca de dolor se cinceló en el semblante de Munia y los párpados se abrieron de repente. Poco más tarde expiró tan en silencio como había vivido en Asturias. Adosinda le cerró los ojos, se genuflexionó e inició una sarta de rezos.


III
Por primera vez desde su entronización Aurelio se complugo en la paz del reino, pero al cabo los disturbios surgieron de nuevo con mayor intensidad. Cansado ya del desorden social Aurelio reunió a sus incondicionales a fin de tomar las medidas necesarias para acabar de una vez con él.

-Una represión fuera de control nos acarrearía graves dificultades –decía Aldroito-. Lo mejor será actuar según los casos concediendo aquí y castigando allá, abriendo una mano y cerrando la otra.

-Sin embargo, habrá que asumir que estamos bajo la espada de Damocles. De nuestra reacción depende el que Adosinda fortalezca su causa o ésta se debilite. Además, cuenta con el apoyo de influyentes estamentos.

-Deberemos atraernos el favor de la Iglesia, que es el sostén del populacho.

Las opiniones fluían como ramales de un venero. El rey se limitaba a examinar cada una de ellas. En toda la tarde no se mencionó el nombre de Mauregato y eso incomodaba al monarca porque denotaba la baja estima que le tenían tanto en favor como en contra suyo. Aurelio sabía que a pesar de su juventud las influencias y ascendentes de éste crecían a tenor de sus años; todos los niños maduran y se convierten en hombres. Para colmo Mauregato había sido el artífice de la muerte de Fruela, conocía el nombre de los conjurados, había adquirido conciencia de intrigante y estaba en su poder minar la monarquía atacando los puntos débiles de los prebostes. Aun así,, ninguna se acordaba de él si no fuera Aurelio, que comenzaba a arrepentirse por no haberlo convocado a la asamblea. Su fortaleza de ánimo aflojaba, dudaba haber atinado en hacerse con el poder regio tan pronto; sus enemigos, Mauregato y Adosinda, poseían mayor paciencia y serenidad.

-¿Y bien? –preguntó Aldroito una vez concluida la exposición de las ideas- ¿Qué postura tomaremos?

Todos quedaron a la expectativa de lo que el rey determinara dado que no se había llegado a un consenso. Él tenía la última palabra. Reflexionó unos minutos más sopesando los inconvenientes y las ventajas. Paseaba por la sala con las manos cruzadas a la espalda deteniéndose ora frente a la ventana ora frente a un tapiz ora frente a la puerta. Al fin se volvió hacia los contertulios.

-Habrá que demostrar el poder del rey para que en el futuro no vuelvan a soliviantarse contra él. Si cedemos hoy ¿cuántas veces cederemos mañana? Aldroito, tú te ocuparás de mantener el orden. A tu cargo dispongo cuantos soldados hagan falta. Que los castigos sean ejemplares; las penas, duras; los juicios, rápidos. Si te es preciso pediremos refuerzos a la aristocracia galaica, ella también padece de este infortunio. Es el momento de aplastar a los revolucionarios, de dejar bien claro de una vez para siempre quién tiene la sartén por el mango.

-¿Y qué hacemos con los cabecillas?

-Todos sabemos que los disturbios provienen en última instancia de Adosinda. ¿Quieres acusarla de ello y apresarla? No, gracias. Encárgate de los peces chicos y dejemos a los grandes donde están.

Siguió despotricando sin control contra sus adversarios embebido en las fuentes del poder. En ese momento Aldroito comprendió que su lucha por la emancipación de Galecia tendría que esperar, y se entristeció: no era momento de plantear sus intenciones. Se había convencido de su yerro; se equivocó al elegir el bando, pues si bien Fruela contaba con su hermana, era más manejable, incluso Mauregato habría sido una opción más rentable aunque hubiera supuesto un alto riesgo, dado que el joven era más decidido que Aurelio.

IV

Los dos últimos años de reinado, desde las nupcias de Adosinda y Silo, el corazón del monarca asturiano se había recrudecido; había amasado bajo su manto una enorme riqueza que despilfarraba sin ton ni son desoyendo quejas, consejos, reprimendas y advertencias. No respetaba amistades ni alianzas, así que proliferaron los contactos de la nobleza vasalla con Adosinda. Únicamente los más comprometidas con el rey rehusaron un pacto con la hermana del rey interfecto. Daba la impresión de que Aurelio había enloquecido. Ya no era ni la sombre de lo que había sido, siempre desconfiando de todos como si temiera ser envenenado o muerto por un puñal oculto. El caos gubernativo abocaba a terribles consecuencias llegando incluso a desfavorecer a sus enemigos, Mauregato y Adosinda, quienes se entrevistaron en secreto tras comprender el panorama que se traslucía. Acordaron verse a solas sin la presión de ajenos consejeros.

Aunque cuatro años mayor Adosinda lo abordó con presunción. Éste, precavido ante su oponente, recelaba de ella, mas era consciente de que Aurelio terminaría por deshacerse de él; le suponía un estorbo incómodo a causa de su participación en la muerte de Fruela.

-Aldroito no ha disminuido un ápice en sus intenciones independentistas –decía el joven-. Estará formando un ejército en su tierra para el eventual caso de que Aurelio o su sucesor se niegue a abolir la dominación astur en Galecia. Tiene suficiente dinero para ello, dinero extraído de las arcas reales.

-Lo sé perfectamente. Si los dos unimos fuerzas, contaremos con la dirección de Teudano. El problema no sería derrotar a ese ejército, sino nombrar al nuevo rey.

-¿Cuál se tu opinión?

-No se te escape que conozco las circunstancias en que mi hermano fue asesinado. Ignoro a quién pertenecía la mano del autor, pero sí estoy segura de que tanto Aurelio como tú habéis formado parte en la traición. Admito que ahora es el momento de aliarnos y medrar codo a codo, nada más.

Mauregato callaba. Se había presentado con el convencimiento de que podría encararse a Adosinda sin flojear delante suyo a pesar del fuerte carácter de que ella hacía ostentación. Confiaba en que se mostraría menos agresiva, sobre todo por su embarazo, ya de ocho meses. Se equivocó. Durante aquella entrevista Mauregato notaba su cabeza menos ágil, menos formada que la de Adosinda. Apenas se hubieron cruzado las primeras palabras supo que las riendas las llevaba ella y no estaba dispuesta a soltarlas ante ´ningún contratiempo. Mauregato se limitó a escuchar las sugerencias y asentir a todo cuanto proponía. Temía, sin embargo, el punto más conflictivo, que se aplazó hasta el final.

-¿Qué hacemos con Aurelio? –inquirió con voz templada, mas con un deje de intranquilidad. Adosinda le miró fijamente a los ojos, Mauregato no aguantó el reto y hubo de bajar la mirada.

-De eso me encargo yo; antes debes darme pruebas de que tu círculo apoyará el nombramiento de Silo.

Abrumado por la imperiosa autoridad de su interlocutora, como un grano de arena pasa desapercibido en el inmenso arenal del desierto, Mauregato le prometió fidelidad en nombre de su facción y en el suyo propio. Para convencerla le suplicó, le rogó que confiara en el juramento, débil base para la persuasión. Impertérrita Adosinda le instó a que reafirmase sus palabras con un hecho significativo.

-¿Cómo puedo hacerlo?

-Un documento en el que aparezcan las firmas de todos vosotros consintiendo la coronación de Silo como sucesor de Aurelio.

-Eso supondría una confesión de culpabilidad.

-En efecto. Una confesión que yo mantendré a buen recaudo mientras no haya más traiciones –Mauregato había sido vencido estrepitosamente.

-De acuerdo, de acuerdo –murmuraba entre dientes mientras se alejaba; era demasiado endeble para los negocios.

No se volvió hacia ella, en cuyo caso podría haber visto la sonrisa de satisfacción que alumbraba el rostro, sonrisa que sólo pudo adivinar en sus pensamientos.

V

Aciagos pensamientos rondaban al rey. Una esquela anónima le había puesto sobre aviso acerca de la felonía fraguada a su alrededor sin mentar nombres, si bien él bien conocía cuáles eran. Su parco conocimiento de la lectura le obligó a acudir a un muchacha veinteañero, de nombre Teodomiro, cuyo mayor anhelo era ingresar en el próspero campo eclesiástico para lo cual había sido instruido por los monjes benitos. Éste, tan pronto como finiquitó la tare, le miró de hito en hito; nada dijo. Aurelio le despidió expedito y no le dio ninguna explicación. Se quedó consternado de espíritu, paralizado de raciocinio.

Las sospechas cobraban vida: “todos quieren quitarme de en medio”, elucubraba, “estoy rodeado de traidores que conspiran por el vano precio de unas migajas. La misiva no menciona a nadie, pero bien conozco a la instigadora. Querrá vengar la muerte de su hermano; nunca ocultó sus acusaciones en contra mía. Debía haberla matado cuando tuve ocasión, a ella y a toda esa recua que la sigue como borregos detrás del pastor. ¿En quién podré depositar mis temores? ¿En Aldroito? Ni siquiera. Moro en un nido de víboras ambiciosas, ávidas de sangre y podredumbre. Cría cuervos y te sacarán los ojos”. La aprehensión por una muerte violenta le produjo un ligero vahído; hubo de sostenerse apoyándose en el quicio de la puerta. Un sudor gélido le bañó todo el cuerpo, un sinnúmero de chiribitas bailaron en los ojos. Perdió la visión momentáneamente y su recuperación fue despaciosa.

Guardó el papel dentro de la camisola y se recostó en el camastro. En las sienes golpeaba la figura ensangrentada de un gigante de piel oscura que reía a carcajadas en tanto contemplaba las manos elefancíacas salpicadas de rubro crúor. “¿Cuándo me asestarán el golpe? ¿Será con veneno o con una daga, tal vez mientras duermo o en vigilia?”. Un intenso dolor en el pecho le ahogó de improviso, como si una mano estrujara el corazón. De nuevo se le nubló el mundo, perdió toda fuerza en los músculos. Los pulmones aceleraban de balde su acopio de oxígeno ya que éste no le llegaba en suficiente cantidad. En el costado izquierdo un agudo pinchazo interminable le oprimía el pecho como un espetón atraviesa la carne que ha de ser expuesta al fuego. De pronto todo se le aflojó, los tendones se distendieron, la mente se vació; el hálito abandonó al soberano y las negras tinieblas del Más Allá recibieron gustosas su alma perversa.

Un caballero de noble aspecto que entró de puntillas en los aposentos reales fue el primero que se topó con el cadáver a la mañana siguiente. Para cerciorarse de que el rey había dejado de respirar se acercó el oídos a sus labios, instante en que descubrió la carta. La asió con extrañeza, la ojeó y la guardó; luego, dio la voz de alarma.


-¡El rey ha muerto! ¡A mí la guardia!

domingo, 18 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo once)

I

Tres días se demoró el rey en presentarse en la corte áulica de Onís. Apenas llegó, fue recibido por un grupo aristocrático en cuyos semblantes se dibujaba una determinación aciaga. Permitieron a Fruela sentarse en el trono para, a continuación, expresarle las conclusiones a que habían llegado durante su ausencia. fue el conde Aldroito, viejo opositor suyo desde comienzos del reinado y derrotado en Pontuvio, el mismo que había estado en un tris de segarle la vida al propio Fruela; ese mismo conde se le enfrentó secundado por otros ocho nobles, entre ellos Aurelio y Mauregato.

El monarca escuchó durante casi una hora el relato de Aldroito. En resumen, le achacaban la incapacidad para solucionar los graves disturbios sociales que se sucedían entre el pueblo astur, de hacer oídos sordos a las peticiones de la aristocracia galaica, de haber abusado del poder que le otorgaba la corona para privar a la nobleza vascona de sus antiguos privilegios y primar a sus partidarios con prebendas injustificadas, de inmiscuirse en los asuntos espirituales de la Iglesia, de endurecer su corazón al punto de matar a su primo Vímara cuando éste se hallaba inerme e indefenso bajo la tutela de los jueces.

Fruela aguantaba todas las acusaciones sin mover un solo músculo de la cara, sin inmutar el gesto ni retreparse en el asiento. El color, sin embargo, le invadió la faz cuando escuchó la decisión que había tomado la mayoría de os nobles: le concedían un plazo de una semana para abdicar en su primo Aurelio. Se levantó de un salto y cruzó la salas indignado por la proposición proclamando a grandes voces que un rey no debía justificar sus actos ante ningún mortal si obraba de buena fe. Les conminaba a la lucha y les amenazó con organizar un ejército para abatirles a todos ellos, como ya lo había hecho en Pontuvio. Salió por la puerta sin volverse y dispuesto a reclutar nuevas tropas.

Ni uno sólo de los presentes se movió, tan enajenados estaban. Poco después Aldroito dirigió una mirada elíptica a Mauregato y éste asintió con la cabeza, unos ademanes que pasaron desapercibidos a todos salvo a Aurelio.

-El rey es terco y esa terquedad le acarreará la desgracia a él, a su familia y a todos nosotros. Aun así, una semana es como decir ahora mismo. En cierto sentido su reacción es comprensible.

Mauregato fue el primero en salir, Aurelio y Aldroito fueron los últimos.

-¿Podemos confiar en él? –susurró Aurelio.

-Su odio hacia el rey es aún más fuerte que tu deseo por reinar. Lo hará.

-Si le descubren nos delatará.

-Es inteligente, astuto y paciente. No debemos preocuparnos por eso, sino por lo que pueda hacer cuando seas aclamado rey. De todas formas, más temo la reacción de Adosinda; ella es nuestro verdadero problema.

Atravesaron la arquería norte y se separaron al llegar al patio. Allí jugaba el pequeño Gadaxera, con sus ocho años recientemente cumplidos, junto a sus compañeros persiguiendo sin tregua a un grupo de gallinas que huían de ellos en desorden.

-¡Al ataque! –gritaba Gadaxera- ¡Acabemos con los moros!


II

Esa noche el rey cenó en privado con la compañía de sus íntimos: el aristócrata Silo, el capitán Teudano, los condes Pedro y Aldonza. La comida fue frugal; la bebida, abundante. En sus rostros se reflejaba la preocupación por el ultimátum que Fruela había detallado, lo que inquietó sobremanera a Aldonza, cuyos intereses se veían amenazados con la intriga urdida por Aurelio y Aldroito.

-Contamos con mi regimiento –decía Teudano-.; me es fiel al cien por ciento. Del resto del ejército no puedo responder.

-Yo no cuento con tropas suficientes –se lamentó Pedro.

-Las mías son pocas e inexpertas –se quejaba Aldonza.

Silo nada aportó, pues todos sabían que no poseía hueste alguna, excepto un pequeño pelotón de guardias, criados y esclavos que se encargaban únicamente del bastimento de sus fincas y no habían participado en las luchas anteriores. A pesar de todo, su opinión también contaba.

-Deberías retirarte a Oveto ahora mismo y desde ahí huir a Álava con tu familia; allí tendrías la protección de tu suegro. Teuda podría unírsete en el camino con su regimiento mientras nosotros intentamos conseguir más refuerzos.

-Mi puesto está aquí, en Onís, y si he de morir moriré. Vosotros debéis auxiliar a mi hijo Alfonso y conservar loa corona para él. Sin duda Adosinda os servirá, es más apta que yo para el gobierno.

-Haré todo lo que esté en mi mano –prometió Teudano.

-Serviré a tu familia como te he servido a ti –replicó Aldonza.

-Todo está muy bien –les interrumpió Fruela-, pero os pido más de lo que hasta ahora habéis dado. Sé que os será penoso, mas no tengo a nadie más en quien delegar. En cuanto a ti, Silo, convence a mi hermana de una vez para celebrar la boda; se ha demorado más de lo que es menester. Si estuvierais casados quizás no se hubiera producida la traición y posiblemente te proclamarían regente ante la minoría de edad de Alfonso. Matar a un rey es fácil, matar a un rey y su cuñado ya no lo es tanto.

Todo se hará. De momento hablemos del futuro –comentó Aldonza-. En tanto permanezcas en la Corte no deberías apartarte de tu guardia personal.

-Esta noche lo seremos nosotros –apuntilló Teudano.

Iniciaron una macabra conversación en la que cada uno planteaba sus miedos a la muerte y el modo en que desearía que éste les alcanzase, al estilo en que Julio César había conversado la noche anterior a sus asesinato. Mientras los condes y el capitán optaban por una muerte gloriosa en la batalla, Fruela y Silo apelaban a otra más digna en el lecho y rodeados por los suyos.

Pasada la media noche dieron por finado el banquete y ya se disponían a partir cada cual a su habitación cuando no pasó desapercibido el comentario de Aldonza.

-¿Estamos seguros de que no intentarán nada esta noche?

Todos se detuvieron mirándose, un estremecimiento les paralizó y sin mentarlo rodearon al rey y le acompañaron celosos a sus aposentos. Una vez allí Teudano inspeccionó la estancia en cada rincón hasta cerciorarse de que no había peligro alguno.

-Adelante –les dijo.

Entraron todos. Apenas hubieron franqueado la puerta, el rey les recomendó calma.

-Ya podéis dejarme a solas.

-Estaremos en el pasillo –respondió Pedro-, mientras llegan tus centinelas.

-Como deseéis. Yo me voy a acostar; estoy harto cansado y un tanto indispuesto. No tengo costumbre de ingerir tanto alcohol en una sola noche.

Los cuatro se despidieron con una reverencia y salieron. Fruela se acostó y pronto quedó sumido en un profundo sueño, tan profundo que al cabo de dos horas no le despertó el ruido del pasillo: Mauregato sorprendió a los dos guardias adormilados y de sendas cuchilladas les extrajo la vida. Con gran sigilo abrió la `puerta y avanzó directamente hacia el rey. Su corazón palpitaba con una intensidad furibunda, la sangre rebotaba en las sienes, la mano armada con el puñal temblaba, las zancadas vacilaban, el rostro se bañaba en sudor. Se acercaba al lecho, ya lo tenía enfrente. Fruela dormía plácidamente dándole la espalda y medio arropado.

Mauregato levantó el arma, clavó la mirada en su víctima y bajó el puñal contra el hombro con la fuerza de un gigante colérico.

-Muere, hijo infame de un hombre infame.

Fruela no pudo gritar. Cuando abrió los ojos una segunda puñalada se hundía en el cuello y una tercera en el costado y una cuarta en el pecho y una quinta en el abdomen. Mauregato perdió el sentido de la medida y, obnubilado por su sed de venganza, apuñalaba al interfecto sin cesar hasta que sus ansias se calmaron. Se le quedó mirando y de sus labios salieron luctuosas palabras.

-Ahora mi madre me sonreirá desde el Más Allá, donde los justos contemplan la faz de Alá.

Se alejó tan en secreto como había llegado. A la mañana siguiente la funesta noticia se extendió por todo el reino y junto a ella la proclamación de Aurelio como el nuevo rey de las Asturias.

-Ni siquiera aguardó a inhumar a Fruela –suspiró Teudano con triste voz.

-Temen demasiado a Adosinda como para aplazar el nombramiento –le susurró Silo.

Mas la muerte de su soberano dividió a los súbditos de la corona. Los disturbios callejeros se multiplicaron después de las exequias de Fruela y el reino se tiñó de revueltas, de las que otros muchos se sirvieron para reclamar por sus intereses. Las aldeas, los pueblos, las urbes, las villas; toda Asturias se convirtió en un hormiguero de disputas y los soldados del rey no eran bastantes. El reino era un caos, así que Aurelio se vio obligado a ratificar el pacto con el emir, que se apresuró a ello con la misma inmediatez que el rey cristiano porque un tal Yusuf Al Fihri se había levantado en el levante contra el poder cordobés.


Los más íntimos del rey asesinado se refugiaron en sus feudos por temor a las represalias de Aurelio. Teudano se encuarteló a la espera de las instrucciones de Adosinda, y Silo acudió al monasterio de Oveto, en donde su amada aguardaba la oportunidad para intervenir.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo diez)

I

La prosperidad en el reino astur no iba pareja a la política; dentro de la misma nobleza se agradaban las diferencias de las dos facciones envueltas de continuo por tratos clandestinos y reproches mutuos. Fruela se había atraído a una buena parte de los nobles; el aplomo y buen juicio de su hermana Adosinda le granjeó la amistad de los más poderosos. Por otro lado, había quienes tiraban de la cuerda hasta el límite de la elasticidad poniendo en un brete la difícil situación de neutralidad en que vivían algunos miembros de la familia real, principalmente Aurelio, ya que Vermudo había optado de forma definitiva por la vida monacal ingresando en el monasterio.

entre los disidentes emergía con cierta fuerza Mauregato, quien contaba con el beneplácito de Aurelio, quien, a su vez, prefería mantener las distancias. De este modo se fue fraguando un grupo no poco numeroso que dificultaba las labores de gobierno al punto de aprovechar la mínima ocasión para criticar la actitud de Fruela. Por esa causa se opuso a loas pretensiones del rey de enviar un contingente militar que frenara la expedición cordobesa enviada por el emir hacia Vasconia.

Una delegación encabezada por el propio Mauregato se presentó ante el soberano para hacerle llegar su parecer. Fruela los recibió sentado en el sillón. A su derecha estaba Munia; a la izquierda, Adosinda; cerca de la tríada descansaban en sus asientos Aurelio, Silo, Basilisco y Rodrigo; al más lejos el impetuoso capitán de la caballería y el poderoso Teudano, llamado a ser general del ejército asturiano.

-Si aceptamos la provocación de Abd al Rahman –decía Mauregato- nos veremos de nuevo en la obligación de abandonar nuestros negocios para tomar las armas. Su majestad deberá tener en cuenta el perjuicio que esto nos acarrearía.

Continuó Mauregato exponiendo sus ideas, que el conde Aldroito compartía en arcano. Luego, vino la discusión entre partidarios y detractores y los dos grupos se enzarzaron en la disputa ante el silencio de Munia. La reina se aburría sobremanera, la aburrían todas las diversiones palaciegas, más bien escasas, y de política sólo entendía que estaba rodeada de perros hortelanos, porque ninguna de ellos dejaba comer a los demás y, así, ninguna se alimentaba y todos enfermaban.

Su carácter se había transformado con el paso de los años. Ya no era la joven risueña que corría por los pasillos, que reía sin control, que bailaba y prodigaba sus picardías inocentes por doquier. Ahora se paseaba cabizbaja por los patios como un alma en pena arrastrando los pies y la mirada por las piedras frías de la urbe. Tardes hubo que las consumía sentada en un escabel contemplando las nubes en lontananza y sumergiendo en ellas sus pensamientos lúgubres. Su esposo y su cuñada intentaban interesarla por los asuntos políticos, pero ella bostezaba y se perdía en los vericuetos que le proponían. Ni tan siquiera Jimena la sacaba de la ensimismamiento, y la melancolía la iba minando poco a poco.

Un buen día decidió vestir de negro ante la sorpresa de todos y desde entonces de tal guisa se la veía en cualquier parte a pesar de los ruegos de Fruela para que escogiese otros vestidos más alegres. Ella se negaba.

-Comprendo tu pesar –la consolaba Adosinda-, pero esta manía tuyo no soluciona nada -Munia callaba con la vista puesta en el horizonte, hacia el oeste-. No tienes motivos para quejarte; aquí eres bien tratada, nadie conspira contra ti; todo lo contrario, se te estima y se te respeta. Guarda tu pesadumbre.

-Es sólo que echo de menos mi otra vida.

-Ya no tienes otra vida, sólo ésta. Puedes visitar a tu padre cuando lo desees o tu padre puede visitarte a ti si así lo prefieres.

-Y con eso lo solucionas todo. Has de saber que no se trata de mi padre, que no me atendió como a una hija.

-¿Cuál es, entonces, el problema?

-Aquí todos me miran como a una extranjera, una usurpadora. No son pocos los que vuelven la mirada cuando me topan por los pasillos; incluso he oído algún comentario...

-¿Alguien te ha faltado al respeto o ha insinuado que no eres bien recibida? Quizás no te vean con buenos ojos, pero nadie te ha levantado la mano, ni siquiera la voz.

-Se me ignora, y es bastante. Soy una intrusa que ha ocupado el lugar que le corresponde a otra. ¿No te has fijado en cómo me miran, en cómo hablan de la pobre Jimena? El corazón de tu hermano también está emponzoñado y no ama a nadie, sino al cetro y a ti. Sí, es cierto; las dos lo sabemos: te admira más que a nadie y su amor se agota en tu persona. Me siento una prisionera, una rehén. Allá –y señaló el oeste- está mi puesto, no aquí.

Adosinda no supo qué responder. Le puso una mano en el hombro con una leve presión a modo de despedida y la dejó a solas, incapaz de darle mayor consuelo. Ni la propia Adosinda hubiera sospechado que tras aquel rostro inexpresivo se escondía tan viva inteligencia, por desgracia echándose a perder. Munia ocultó el rostro en sus manos y lloró largo rato.

II

No fue una declaración abierta de guerra. Ahora bien, varios señores vascones unieron sus huestes a las del general musulmán dispuestos a luchar contra Fruela. El joven Vímara, el hijo bastardo del difunto Favila, formaba parte de los soldados cristianos, ascendido al grado de capitán gracias a su parentesco con la familia real y su enconado odio hacia el rey. Los insurrectos pretendían una lucha encarnizada a pesar de las dudas que albergaban porque muchos habían rehusado participar por la negativa del padre de Munia.

La batalla duró lo que un suspiro. Las tropas de Fruela, engrosadas con los galaicos y los alaveses fieles al pacto, superaban en número al enemigo y aplastaron la revuelta en sólo envite. Muchos consiguieron huir, unos pocos cayeron inermes en el campo; los demás fueron capturados y liberados, salvo los cabecillas, entre ellos Vímara, todos los cuales acabaron encerrados en las mazmorras prontos a ser ejecutados. Cuando el rey se enteró de que un capitán se ufanaba de ser su primo, él en persona se entrevistó con el reo, de cuyos labios quería oír la historia que corría de boca en boca.

Lo visitó en el calabozo. La puerta se abrió y entró el rey. Vímara se levantó desafiante; estaba atado por los grilletes en pies y manos a la pared, a un lado reposaba un cuenco con agua y en todo el recinto el hediondo olor a la íride golpeaba el sentido olfativo con denodada virulencia.

-¿Eres tú Vímara, que afirma haber sido engendrado por mi tío?

-Lo soy.

Fruela examinó al prisionero con detenimiento escrutando sus rasgos por si se entreveía en el aspecto algún parecido con Favila. En efecto, vio en sus ojos la misma rabia, la misma locura que había dominado al hijo de Pelayo. Fruela se estremeció no porque confirmase el parentesco, sino por el odio que manaba de la mirada.

Creció el silencio en la celda, sólo interrumpido por el correteo de una rata. Al cabo, Vímara le espetó.

-Yo soy el legítimo heredero, no tú. Mi sangre proviene de Pelayo y la tuya del duque Pedro.

-¿Es ésa la causa por la que te has unido al enemigo de nuestro reino? ¿Es mejor servir al emir de Córdoba que al rey de Onís?

-Una y mil veces sí. Puedes dar gracias a tu Dios por esta cadenas que me retienen; de lo contrario, ahora mismo te quitaría la vida.

Prosiguió Vímara amenazando a su primo fuera de sí, jurándole persecución implacable a él y a su familia, insultando a diestro y siniestro. Fruela intentaba responderle con las mismas armas, pero Vímara estaba encendido, con la cólera vertida en el aliento, los músculos crispados; le conminaba a terminar allí mismo con él, pedía, casi exoraba que le ejecutase. Fruela pareció perder la razón. En su furia ciega desenvainó la espada y de un tajo decapitó al condenado. La sangre salpicó la pared y brotó de la garganta como un reguero incontenible para regar el suelo sucio.

-Dios te acoja en su seno –dijo mientras limpiaba la hoja- y se apiade de tu ama porque yo no te concedo el perdón. Si te hubiese dejado con vida mi reino correría mayor peligro que con los intrigantes palatinos; a ésos los puedo sujetar en tanto no los pierda de vista.

El urdidor Mauregato, tan pronto conoció la noticia del ajusticiamiento, hizo correr entre los descontentos del reino el rumor de un rey cruel cuya ambición por permanecer en el trono le había llevado a asesinar a su propia sangre. Los prebostes palaciegos dieron pábulo a este rumor y Fruela perdió muchos de sus apoyos. Ni siquiera Adosinda pudo refrenar el malestar; el soberano sintió sobre sí el peso de la corona.

Para aliviar sus pesares Fruela visitaba cada vez con mayor asiduidad el monasterio de Oveto, en donde se fruía en el sosiego que proporcionaba la tranquilidad, lejos de los asuntos áulicos y de su hermana, cuya relación fue enfriando desde el día en que había ajusticiado a Vímara. Le solía acompañar su hija Jimena y su esposa Munia, que en el año ochocientos y seis de la era hispánica llegaba al lugar agotada por el avanzado estado de gestación.

Las continuas ausencias de la Corte avivaron los ánimos de Aurelio y sus secuaces; en pocos meses se había atraído la simpatía de los indecisos. Ese año y a pesar de los consejos de Adosinda para que se enfrentara a los problemas cortesanos se refugió en Oveto hastiado y envejecido a sus cerca de sesenta años.

IV

Al ocaso de una tarde soleada que Fruela había aprovechado para la caza, volvía con el séquito meditabundo sin haber conseguido abatir presa alguna. No era ésta la razón de su mutismo, sino el intento de hallar una solución plausible sobre la trama que su primo Aurelio iba tejiendo en Onís.

Cuando la silueta del monasterio se divisó al frente vio que uno de los siervos familiares le salía al encuentro llamándolo a voz en grito y haciéndole señas con los brazos en alto para que apresurara el paso. El rey temió que algún mal le acechaba: “quizás la reina...”, pero desechó los aciagos pensamientos con un brusco meneo de la cabeza. Espoleó al caballo y corrió hacia el siervo quien acezando por la carrera le decía con el resuello entrecortado.

-Majestad... la reina... hemos enviado gente en tu busca... la reina... –Fruela se exasperó.

-Recobra las fuerzas y de no des más rodeos. ¿Qué le ha ocurrido a la reina? ¿Se encuentra bien? ¿Ha enfermado o ha tenido algún accidente?

-Señor... buenas noticias. La reina está de parto.

Fruela azuzó el caballo y se lanzó como un poseso hacia el monasterio.

-¡Un hijo, Dios míos! Concédeme un hijo varón sano y fuerte y no me lo arranques como hiciste hace dos años.

Oraba en alta voz con todo el ímpetu de su corazón. Cruzó el patio, las arcadas, los pasillos; sus pasos resonaban como el eco de una tormenta.

-Majestad –le saludó Fromestano con una leve inclinación-. La comadrona está con la reina –por la puerta salió en ese momento Adosinda.

-Hermano, calma tus nervios. Todo va bien.

-¿Y mi hijo?

-Ya viene. Pronto lo podrás ver.

Como si el orden del universo se diera cita en aquel lugar, Máximo llegó seguido por un legado proveniente de Onís.

-Majestad; este hombre afirma traer un urgente mensaje del noble Silo.

el mensajero inclinó la cabeza en señal de respeto y alargó al rey la mano para entregarle una carta. Fruela la tomó y se alejó unos metros. A medida que leía su gesto variaba, fruncí el ceño y apretaba los labios, de los ojos surgía una oscura tiniebla que anunciaba presagios luctuosos.

-¿Qué sucede? –preguntó Adosinda al oído.

-Toma, lee tú misma.

Adosinda cogió la carta y la ojeó. Palidecía, la respiración se aceleraba.

-Debes acudir a Onís inmediatamente antes de que sea demasiado tarde.

-¿Y mi hijo? –balbució el soberano de las Asturias- No; no me iré hasta haber sostenido a mi hijo en brazos.

-Todavía puede demorarse largo tiempo. Tal vez no puedas verlo hasta la noche. En cambio, una sola hora de retraso en tu vuelta puede resultar fatal.

-No insistas en ello. Esperaré al nacimiento de mi hijo.

Adosinda comprendió que no disuadiría a su hermano y ella misma se preparó para el regreso: “es posible que yo pueda...”, pensaba  ya dispuesta a salir del monasterio cuando Fromestano la llamó tras de sí.

-¿Qué quieres?

-La reina te llama a su lado. Al parecer el parto se ha complicado.

Adosinda vaciló un instante, dado que sólo le fue preciso ese instante para acceder a la petición de su cuñada.

La noche transcurrió con todos en vela. ¿quién podría dormir ante el nacimiento del heredero al trono? Fruela recorría todas las estancias preocupado por la tardanza, zarandeado en la nave historia. ¿Sería una temeridad no afrontar el dolo en Onís para recibir a su hijo? ¿Era más importante un hijo que un reino?

Del cuarto de la reina llegaban los gritos dolientes de la parturienta, por todas partes el alboroto encendía la excitabilidad del rey. Amaneció con una brisa gélida, un sol tímido; la tibieza del día ahuyentaba el frío nocturno. El viejo Fruela desesperaba en sus aposentos cuando Máximo le comunicó que todo había acabado: un nuevo Alfonso veía la luz para mayor gloria del reino. Cuando el rey tomó a su hijo neonato un sentimiento de felicidad indescriptible anegó sus ojos. Con tierna mirada agradeció a Munia el más precioso regalo y ésta desvió la suya, falta de fuerzas y de ánimos. Había perdido abundante sangre y si vivía sería por su naturaleza vigorosa. Se quedó dormida en tanto Adosinda la arropaba y Fruela dedicaba su atención al recién nacido.


Fuera soplaba el aire libertino desde el Aramo y silbaba entre el ramaje de los bosques y los empedrados de los muros como una canción de cuna, como una añada en los oídos del niño a cuyo alrededor revoloteasen las alas de los ángeles y querubines.

martes, 6 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo nueve)

I

La caballería formaba una larga hilera. Representaba el cuerpo de choque, los primeros en entrar al combate. Fruela había hecho formar una única hilera y exhortaba a los jinetes a esforzarse en resistir la acometida enemiga en las alas, a donde se replegaría el centro para envolver a la caballería musulmana y cortarles la retirada en cuanto la infantería arremetiera violentamente. A su vez, deberían frenar el avance de los infantes galaicos. Por último, los arqueros, pocos y bisoños, quedaban reservados ante una posible incursión hostil por la retaguardia.

Silo quedaba a cargo de la intendencia provisto de una tropa de refuerzo para el caso en que fuera preciso un refresco. todo estaba planteado al milímetro, pero no había contado con un ejército tan numeroso enfrente. Las caras de los combatientes se arrugaron en un mohín de desconfianza y temor; la victoria era más que dudosa, sobre todo porque no tenían noticias de Vermudo ni de Aurelio.

-Es demasiado tarde para esperar a que lleguen, si es que alguna vez tuvieron el propósito de llegar –comentó el capitán de la caballería.

-No debimos menospreciarles –murmuró una voz anónima.

-Moriremos todos –dijo una tercera voz.

-Esto es una locura –una cuarta.

Cundía el pánico entre los soldados según iban escrutando el malestar entre los oficiales, el ánimo decaía y la derrota estaba más patente que nunca. Fruela comprendió lo que sucedía, mas ¿qué podía hacer él? No era un hombre que supiera arengar a las tropas. “Adosinda es la que debería haber sido hombre, no yo”, pensaba en silencio mientras contemplaba el despliegue del ejército enemigo, “será una lucha corta. ¡Ojalá encuentra una honrosa muerte antes de ver la ominosa retirada que se nos avecina”. Frunció el ceño cuando uno de sus lugartenientes le susurró al oído.

-Los hombres aguardan a que les dirijas las últimas palabras antes de trabar combate. Tendrás tiempo más tarde para lamentar la derrota.

El rey miró duramente, pero no le amonestó; en lugar de ello espoleó al caballo y sobre él cabalgaba entre las filas intentando levantarles el espíritu. Sus palabras resultaban vacuas y sin mordente.

-Ni él mismo confía en la victoria –mencionó entre dientes un arquero.

-Nos aplastarán como a gusanos inmundos –asintió su compañero.

La caballería musulmana se puso en movimiento. Primero, al paso; luego, al trote; finalmente, a la carga. Fruela permanecía impasible, el enemigo se acercaba con rapidez. Los astures, quietos. Todos comenzaban a ponerse nerviosos, los caballos piafaban y cabriolaban como si a sus befos llegara el olor de la lucha. Una columna de polvo se alzó detrás de los atacantes; entonces, Fruela dio la orden.

-¡Al ataque!

Los dos bandos corrieron al encuentro y el choque produjo un estruendo atronador. Los musulmanes rompieron la formación astur como un cuchillo trocea la manteca. En el embate cayeron un sinnúmero de fieles cristianos y su caballería fue arrollada por completo; imposible continuar el pan trazado. Los caballeros se batían en desventaja y las huestes de la media luna destrozaban las tropas astures.

La infantería se demoró en apoyar cada cual a los suyos y la tierra tembló bajo su peso. En la confusión de la multitud y la polvareda las armas arrojadizas apenas si eran efectivas puesto que nada se distinguía más allá de unos pocos metros.

El joven Vímara demostraba que la juventud no estaba reñida con la eficacia y bajo su espada sucumbían cuantos rivales topaba. La balanza, empero, se inclinaba claramente del lado de los rebeldes y un pelotón de la caballería arremetió contra la retaguardia; los arqueros dispararon sus flechas con el suficiente tiento como para repeler ese primer intento.

El tiempo pasaba y aquello iba camino de convertirse en un holocausto, el fin del reino astur. Hasta el propio Fruela fue descabalgado y obligado a luchar a pie La situación empeoraba para el ejército real y todos presentían que aquél iba a ser el último día de su vida. Especial era la matanza que el conde Aldroito producía entre las huestes astures, de lo que se percató Fruela, quien al punto acudió a su encuentro con la lanza en la diestra y la espada en la siniestra, desprovisto de escudo con que defenderse. El rey blandió en lo alto el asta y la lanzó contra Aldroito; aquélla tremó por el aire y se clavó en una zanca del caballo galaico. Aldroito volvió grupas y azuzó al caballo. Fruela cogió del suelo una jabalina y la arrojó contra el conde la cual rebotó en el escudo y torció el rumbo para irse a embotar en la panza equina, con lo que Aldroito se vio apeado junto al moribundo animal. Cara a cara los dos esforzados guerreros templaron sus aceros e iniciaron una particular lid que se decantó pronto en favor de Aldroito. Fruela retrocedía a cada acometida del oponente sin poder ofrecer resistencia. Vistos los apuros de su rey, un grupo de la caballería se abalanzó hacia los dos contendientes y se interpusieron entre ellos obligando al conde a refrenar sus impulsos y precaverse contra los enemigos.

 El campo de batalla demostraba la superioridad galaica, que estaba a punto e cercenar la soberanía astur. Como por ensalmo, en lo alto de una loma se avistó un hecho insólito: varios batallones de soldados aparecieron en formación al frente de los cuales los estandartes cántabros de Aurelio anunciaban un cambio en el rumbo de la lucha. Con la llegada de los refuerzos y su intervención en la lucha el ejército musulmán empezó a temblar, pues que todo cuanto había ganado hasta ese momento lo perdía ahora con suma rapidez. Aurelio por un flanco y Vermudo por el opuesto no tardaron en aplastar a los rebeldes, hasta el mismo Aldroito, coloso guerrero, flaqueó. Fue un visto y no visto. Los rehechos despojos de las tropas del rey astur sembraron la pradera de cadáveres y mutilaciones, incluso Vímara se olvidó de la inquina hacia Fruela y se concentraba en obtener la victoria.

A media tarde los conjurados se rendían y juraban acatar la soberanía del reino de Onís.

II

Los señores vascones de Álava recibieron al legado de Fruela susceptibles y desconfiados de las proposiciones que traería la embajada. Ilusionados con la independencia del nuevo reino, después del descalabro de sus aliados en Pontuvio, el desconcierto fructificó en sus corazones. Grande fue su sorpresa cuando vieron en la sala a Aurelio, escoltado por dos lanceros y un gonfaloniero con la enseña del reino de Onís. Miraron con rabia, con rencor a aquel Cántabro que les había traicionado apoyando con su ejército a Fruela; alguno hubo que llegó a desenvainar y sólo la intervención de sus compañeros le disuadió del fatal propósito.

Aurelio conocía la aversión que causaba su presencia allí; sin embargo, él mismo se ofreció como voluntario para transmitir los deseos de su primo, que eran los de evitar otra batalla, la cual consideraba vana por la inútil pérdida de hombres que favorecía a Córdoba. Como buenamente pudo expuso las explicaciones pertinentes sobre su conducta: después de mucho sopesarlo Aurelio entendió que con su nombramiento como rey supondría una afrenta al emirato, a quien los nobles galaicos habían prometido el fin del reino astur, lo cual atraería la cólera del emir y en esas condiciones era muy probable que éste enviara su poderoso ejército para acabar de una vez con el insurrecto Norte; no era, pues, aquél el momento más apropiado para romper el pacto con la capital andalusí. Mejores tiempos habrían de llegar. Fruela debía seguir siendo el rey.

Esto y algo más dijo a los oyentes, mas con el cuidado de dar a cada frase un doble sentido porque los oídos de su primo atravesaban largas distancias. No se complacieron los vascones; no obstante, sabían con certeza que no tenían más opciones que atenerse a sus palabras y tomarlas como buen augurio.

-Mi señor –concluyó Aurelio- no desea más muertes ni más resentimientos, por eso os propone una alianza que selle nuestra futura cooperación. No exigirá ni siquiera el nombre de los cabecillas ni compensación alguna por los gastos ocasionados –fijó la vista en un noble de robusta complexión, conde de recio abolengo, a quien se consideraba descendiente de una estirpe antigua-. únicamente pido unirse en matrimonio con la muy noble Munia para que de este modo nos unan no sólo los lazos de la corona sino también el vínculo de la sangre.

El padre de Munia, reputado caballero en toda Álava, mesó la barba a la vez que entrecerraba los párpados, actitud de meditación. Todos callaban, todas las miradas estaban puestas en él. A pesar del profundo ensimismamiento el busto marcial impresionaba a Aurelio, máxime estando envuelto en aquella tirantez que provocaba tanto silencio. Así, como para librarse de aquella comezón que le atenazaba las entrañas, volvió a tomar la palabra.

-Mi señor aguardará dos semanas la respuesta para que podáis consultar con vuestra conciencia y decidir lo que os parezca más conveniente.

-De momento -le dijo el noble vascón- te hospedarás en mi castillo. Prometo responder con la primera luz del día.

Esa noche Munia enterada de la proposición velaba en su habitación con el sueño espantado. Se volteaba en la cama tapándose o destapándose con la manta incapaz de cerrar los ojos. A sus catorce años disfrutaba cada día como si fuera el último, sus risas constantes por los pasillos llegaban a molestar a todo el mundo, pero nadie osaba doblegar la alegría que emanaba de aquel ser. Desde la muerte de su madre, cuando ella no tenía más que siete años, su padre la consentía en todo o, más bien, la desatendía porque su parecido maternal le traía al conde recuerdos de los días felices que no había conseguido recuperar en segundas nupcias. Sus facciones duras y desprovistas de encanto no suponían un obstáculo para que fuese pretendida por otros muchos nobles señores, dado que el enlace con su familia suponía un peldaño más en sus aspiraciones. Sin embargo, su padre descuidaba esta faceta a tal punto que, cuando Aurelio le planteó la propuesta del rey, hubo de hacer memoria sobre la conveniencia de emplear a su hija como letra de cambio político. Si la visitó pasada la medianoche no fue para comunicarle la determinación que había adoptado, sino un acto de remordimiento por no haber llegado a apreciarla como parte de su sangre.

En cuanto Munia le miró a los ojos, sentado en el lecho, supo cuál era la decisión. Insensibilizado por tantos años de desapego el padre acogió las lágrimas de su hija como un signo de debilidad, por ello no le concedió el lenitivo de una caricia o una palabra amable.

-Me supongo que ya estarás al corriente de todo –le dijo-. He decidido que tus esponsales con el rey astur se lleven a cabo cuanto antes. Mañana mismo partirás hacia Onís en compañía de Aurelio.

-Padre...

Comenzó Munia, pero la angustia que la embargó impidió que continuara, ya que el nudo de la congoja le atoró el resuello y de su boca salió un lastimero quejido de desamparo. La paz había sido ratificada y las Asturias tenían nueva reina. El matrimonio se instaló en Onís, aunque la vascona, acostumbrada como estaba a espacios más abiertos allá en su tierra, sintió su corazón aún más oprimido viéndose rodeada por tanta montaña, así que no tardó en hacer a su marido partícipe de ello, a lo cual Fruela contestó con un lacónico “ya se verá lo que se pueda hacer”.

III

El rostro de Fruela resplandecía a sus cuarenta años con la buena nueva: Munia le había dado una hija, a quien puso de nombre Jimena. Hablaba con una alegría y desenvoltura como no lo había hecho desde los tiempos de la infancia. Sus ojos emitían chiribitas de radiante felicidad y las concesiones que otorgaba a los más allegados sólo eran una parca consecuencia de ello. Por eso Fromestano, ya entrado en edad avanzada, no se extrañó cuando el rey le encargó adecentar bajo la supervisión de un arquitecto un antiguo y ruinoso asentamiento de época romana en la falda del monte Naranco.

-Es mi deseo, provecto amigo, erigir un monasterio dedicado a San Vicente para conmemorar el nacimiento de mi primer descendiente.

-Oveto está algo distante de la Corte –respondió el anciano.

-Mucho mejor –afirmó Fruela-. Así podré meditar con Nuestro Señor sin los avatares políticos; será el lugar personal de reposo para la reina y para mí mismo. La pobre Munia no se hace a vivir entre montañas, así que Oveto puede servirle de esparcimiento.

-Con tu venia, majestad; así se hará. No obstante, debo advertirte que mis huesos ya están molidos por los años y no sé si tendré la suficiente entereza para llevar a buen puerto esta fundación. Tal vez alguien más joven me sirve de apoyo.

-¿Estás pensado en alguien?

-Mi sobrino Máximo no está menos ducho que yo en estas labores y quizás con su energía y mis conocimientos las obras avancen con mayor ligereza.

-Sea.

Y mientras Fruela le enseñaba al padre benito el proyecto que había ideado, en otra estancia del palacete Silo trataba de convencer a su amada Adosinda de otro proyecto muy distinto.

-Tres veces has demorado nuestro enlace –le reprochaba-. Cada vez que se acerca la fecha señalada tú la aplazas y tu hermano lo consiente. Mis padres y yo mismo empezamos a creer que no soy bienvenido en vuestra familia. No discuto que te ofendan las alianzas políticas que nuestra boda aporta, pero temo que ya no sientas lo que yo por ti, si es que alguna vez lo has sentido.

En su mirada no había quejas, sino tristeza y temor a tener razón, miedo a la respuesta de Adosinda.

-No seas necio, Silo. Claro que te aprecio, siempre te he apreciado y siempre te apreciaré.

-Entonces, ¿por qué ese recelo a casarnos? No lo entiendo.

-Todo a su debido tiempo. ¿Es que acaso no apagas tu fogosidad con mujerzuelas? –le espetó dándole la espalda.

Silo palideció; en verdad no esperaba aquella reconvención. Adosinda aguardó un instante y se le volvió desafiante. Él bajó sus ojos vidriosos y los estrelló contra el suelo; hubiera dado gracias a Dios si en aquel momento la tierra se hubiera dividido y lo hubiera tragado.

-¿No dices nada? –le instó Adosinda.

-Las necesidades de los hombres... –balbuceó Silo sin atreverse a terminar la frase.

Adosinda se mostraba contundente con su gesto altivo, casi amenazador. No parecía de este mundo, sino del mundo de las diosas helénicas: Hera irritada contra Zeus, Atenea airada contra Afrodita.

-Me acusas injustamente –osó decir silo.

-¿Injustamente? ¿No es cierto que has retozado en camas ajenas a la tuya?

-No lo niego.

-En otro tiempo sentía por ti un gran cariño, creo incluso que llegué a amarte en cierto sentido; pero esas aventuras...

-Son comunes a todos los hombres.

--¿Es ésa tu excusa, tu pretexto para la deslealtad?

-Los mismos sacerdotes que juraron lealtad a sus mujeres ante Nuestro Señor mantienen a una o varias barraganas en la misma casa en que viven con sus legítimas esposas.

-¿Acaso si esos sacerdotes se convierten al Islam les seguirías? No te mires en el espejo de quienes cometen faltas, sino en los justos. Mi hermano, a pesar de la juventud e inexperiencia de la reina en los lances del amor, sólo se acuesta con ella.

-Tu hermano es una persona pía, un santo varón.

-Pues mírate en él y no en esos otros corruptos. Desfógate en la oración y en la penitencia si te es preciso. Este reino está llenos de bastardos y haraganes –la voz de Adosinda, al principio serena, casi meliflua, se tornaba terrible, como una lengua de fuego que abrasa todo en redor-. La pureza de espíritu sólo se alcanza con un cuerpo limpio de pecados. El Diablo campa a sus anchas entre nosotros y vuelve ciegos los corazones –las palabras de Adosinda azotaban el alma encogida de Silo, lo empequeñecían y lo trituraban con sus mordaces dientes, y los reproches surgían de su pecho como una avalancha que arrasa los campos cultivados-. Pues bien, dado que os escudáis los unos en los otros, tal vez sea el momento de poner freno a este desvarío. Hablaré con el rey y le encareceré que arregle esta situación.

-¿Qué le propondrás? –preguntó Silo con la voz temblorosa.

-Los sacerdotes, ya que predican las virtudes de la santidad, deberán dar ejemplo de ella. No se puede adorar a Dios y vivir con Satanás. Deberán tener a su disposición el tiempo que deja libre la soltería para cumplir el encargo de Jesús y atender a sus semejantes en vez de buscar el pacer personal –Adosinda vio la incredulidad en los ojos de su prometido y notó su incomprensión-. Deberán elegir entre la fidelidad al espíritu o a la carne; que la castidad cure sus almas enfermas.

-Pero eso va contra natura. ¿Cómo puede un hombre soportar esa cruz?

-Jesús soportó una mayor por todos nosotros. ¿No se mantienen célibes las mujeres en la soltería aun cuando ésta dure años, incluso hasta la vejez, incluso hasta la muerte?

-Las mujeres...

-¡Basta! –gritó Adosinda fuera de sí-. ¡La carne es la carne, sea de hombre o de mujer!

Giró con brusquedad sobre sí y salió del cuarto con ademán despreciativo. En su corazón albergaba la indignación por el hecho de que no sólo Silo, sino todos los varones aprovechaban su status para el esparcimiento sexual, mientras las mujeres se consumían en el mismo ardor de sus deseos. Salió decidida a convencer a su hermano a que promulgara una ley para vetar a los religiosos sea del sexo que fueran, a comprometerse en matrimonio. La Iglesia tenía que variar sus directrices, aunque se apartaran de las de la sede toledana; así había ocurrido ya en algunas partes de la Hispania, incluso de Europa.

Pasó como un relámpago levantando volutas de aire por delante de la puerta de la estancia en que Munia reposaba vigilante, pues la nodriza alimentaba al bebé.