I
En el mes cesáreo el palacete de Onís se engalana para
acoger a la nobleza más destacada de los territorios cristianos y aun de los
musulmanes, pues el enlace entre Adosinda y Silo había merecido la pompa y
relevancia de los grandes monarcas. No faltaron los potentados galaicos,
cántabros y astures, como tampoco faltó una arrogante representación de los
territorios fronterizos cordobeses. Se casaba la nieta del gran Pelayo, la hija
del Católico Alfonso, la hermana del asesinado Fruela; nieta , hija y hermana
de reyes; mujer de extraordinario visión política, de enorme fuerza de
voluntad, de notable carisma, querida por todos, por todos venerada; un ángel
de belleza sublime, una fuerza ingente de la naturaleza. Por un día el pueblo
había aparcado sus asperezas y el reino gozaba de una rara tranquilidad. Nadie
temía un acto vil en fecha tan señalada.
La iglesia de la Santa Cruz, que había sido erigida por
Favila y consagrada por el vate Asterio, estaba abarrotada. La aristocracia
ocupó sus puestos privilegiados en tanto la plebe se apiñaba abigarrada en
torno a la capilla y en el exterior. Por deseo expreso de la novia sería
Fromestano quien dirigiera la misa, aunque el acto oficial corriera a cargo del
obispo pertinente. Incluso el diácono Vermudo, el hermano del rey, había consentido
en salir de su encierro no por la alcurnia de los prometidos, sino por la
amistad que les unía desde la más tierna infancia cuando los tres pataleaban
las calles embarradas de Onís o correteaban por la ería o padecían las clases
aburridas a las que eran sometidos.
Silo se había vestido con las ropas más relucientes mientras
que Adosinda destacaba por sus telas coloridas y las joyas que ornaban su
cuello. Una gargantilla de precioso metal que rememoraba los paganos torques de
antiguas creencias, ajorcas en los brazos y hasta en la garganta de los pies,
justo por encima de los tobillos; pulseras en las muñecas; una diadema que
jugueteaba con las guedejas que le caían sobre la frente, como desmayadas. A pesar
de tanta venustez y opulencia en una misma persona, fueron muchos los ojos que
se fijaron en el rey y sus consejeros. Quien más y quien menos sospechaba de su
intervención en el magnicidio, pero sin pruebas nadie osaba acusarle en voz
alta y abiertamente.
-Si algo he aprendido en la Corte –le había dicho Aldroito
días antes- es el mantener cerca al enemigo.
-Por eso quieres que Adosinda retorne y regrese sin más
consecuencias después de su huida.
-Lejos de aquí puede tramar una conjura a sus anchas. Aquí
estará más vigilada y podremos seguir sus pasos.
Próximo el mediodía la novia avanzó por el pasillo que
conducía hasta el altar. Iba precedida por la pequeña Jimena, diez años
largamente cumplidos, y por Nepociano, un año menor que la pequeña,
significando así el compromiso entre los niños para una futura unión. Jimena
caminaba con paso marcial y frente altivo retando con sus ojos a los
asistentes.
-No arrastres los pies –la había instruido Adosinda, que
ejercía de madre ante la pasividad de Munia-. Lo que vieren en ti, eso serás.
Si barres el suelo con los pies, como hacen los campesinos, los siervos y los
esclavos, así serás considerada sea cual sea tu abolengo; por el contrario,
hasta la persona más humilde será respetada y reverenciada si el porte es
majestuoso, los mohines comedidos y los gestos calculados.
-Pero hay muchos hombres hoscos y rudos por el palacio y
todos disfrutan de estimación –protestó la niña.
-Con el tiempo aprenderás a distinguir el hecho de que un
hombre es un hombre y una mujer es quien acompaña al hombre. Si no quieres
verte supeditada a la sombra masculina deberás mostrarte más firme, más sabia,
más hermosa y menos maleable. Por desgracia, el estamento femenino está
oprimido por los caprichos varoniles.
Jimena nada entendía de lo que su tía expresaba con tanto
ahínco, más pendiente de por ir a jugar que de las enseñanzas.
Cuando Munia, retrepada en su silla, vio con los ojos
cansados a su hijita, se le saltaron silenciosas lágrimas. La desgraciada
Munia, enferma desde el parto del año anterior, no había vuelto a recuperar las
fuerzas. Gastaba los días tumbada en el lecho con el semblante abatido y la
mirada perdida en la demencia mórbida. Sus flacas fuerzas impedían una vida
normal. Cuando salía a tomar el aire fresco por recomendación de los cirujanos
la transportaban en unas andas; siempre tenía un musculoso esclavo a
disposición para que la llevase en brazos del lecho a la litera o a la silla.
La ausencia de ejercicio había agarrotado los tendones de las piernas y un
extraño mal iba paralizando la mitad izquierda de su cuerpo dejando en el
rostro una desagradable mueca que no podía borrar.
Todo el recinto guardó silencio durante la ceremonia y sólo
cuando los recién casados salieron estalló el alborozo. Los más humildes se
atracaban con los alimentos distribuidos. Se bailó, se oyó música, hubo riñas
propiciadas por el abuso etílico. Los cortesanos también aprovecharon para
mercar sus bienes. La fiesta por los esponsales continuaron en Onís hasta bien
entrada la noche y todavía al día siguiente prosiguió la algarabía con nuevas
ceremonias, como la que Adosinda improvisó al visitar la tumba de su abuelo y
la basílica de la Cova Dominica. Durante una semana fueron desfilando por el
palacete de la corte personalidades de alta alcurnia, unas para presentar sus
respetos y otras para despedirse con felicitaciones y deseos de prosperidad.
II
Munia agonizaba. Llevaba una semana sin apenas dormir a
causa de las continuas apneas y su cuerpo no poseía vigor alguno para reponerse.
La piel marcaba los huesos, tal era su delgadez. Las cuencas de los ojos
semejaban sendas grutas de tenebrosa oscuridad, hundidas en los huecos faciales
donde se perdían dos ojos sin brillo apagados por el sufrimiento de la
enfermedad. Su vida matrimonial le había resultado un suplicio inconmensurable
y afrontaba la muerte con resignación, como una liberadora salida de este
mundo.
Junto a su lecho la moribunda ya no percibía ninguna
presencia; no obstante, la velaban día y noche las esclavas, las siervas
familiares o su cuñada Adosinda. En cambio, su anciano padre conocía la noticia
postrado en cama por los terribles dolores de la gota, que le imposibilitaba
emprender viaje alguno.
A media tarde Munia empeoró. La respiración se volvió más
forzada y un hilillo agudo, como un silbido en aguas abisales, se escapaba en
cada respiración. Uno de sus brazos colgaba fláccido en el aire y el cuello,
dormido por la laxitud, no lograba mantener la cabeza enhiesta; se inclinaba a
un lado y el aire circulaba con mayor dificultad. Entonces, Adosinda le cruzaba
las manos sobre el pecho y le recolocaba la cabeza que tornaba a ladearse de
inmediato.
A la cabecera Vermudo oraba constantemente por la salvación
del alma de la moribunda. La hija de ésta entró en la habitación sobrecogida
por el fúnebre ambiente agarrando con tesón la mano de una fámula que también
tenía en brazos al pequeño Alfonso. Al llegar a la altura de Adosinda ésta
acarició a su sobrina y la condujo hasta Munia.
-Besa la mejilla de tu madre – le susurró al oído.
Jimena se elevó de puntillas y contempló con los ojos
desorbitados el lamentable aspecto de la enferma sin atreverse a arrimar sus
labios a aquella piel de blancura luctuosa. Adosinda le dio un leve empujón y
la niña cerró los ojos para el beso fugaz, cual si un dedo se acerca al carámbano
glacial y se retira presuroso al notar el abrasador frío. A continuación,
Adosinda tomó al chiquillo en brazos y lo aproximó a su madre. Alfonso le tocó
el rostro con su manita, jugueteó con la nariz y la boca exangüe y su tía dio
por buena la caricia en vez del beso requerido para la despedida. Luego, la
fámula se los llevó afuera.
Ante el inminente fallecimiento de Munia, Vermudo le señaló
la cruz en su frente y en ambas mejillas; después, le colocó un crucifijo en
los labios para el ósculo divino.
-Que Dios perdone todos tus pecados y acoja tu alma en su
seno.
Una mueca de dolor se cinceló en el semblante de Munia y los
párpados se abrieron de repente. Poco más tarde expiró tan en silencio como
había vivido en Asturias. Adosinda le cerró los ojos, se genuflexionó e inició
una sarta de rezos.
III
Por primera vez desde su entronización Aurelio se complugo
en la paz del reino, pero al cabo los disturbios surgieron de nuevo con mayor
intensidad. Cansado ya del desorden social Aurelio reunió a sus incondicionales
a fin de tomar las medidas necesarias para acabar de una vez con él.
-Una represión fuera de control nos acarrearía graves
dificultades –decía Aldroito-. Lo mejor será actuar según los casos concediendo
aquí y castigando allá, abriendo una mano y cerrando la otra.
-Sin embargo, habrá que asumir que estamos bajo la espada de
Damocles. De nuestra reacción depende el que Adosinda fortalezca su causa o
ésta se debilite. Además, cuenta con el apoyo de influyentes estamentos.
-Deberemos atraernos el favor de la Iglesia, que es el
sostén del populacho.
Las opiniones fluían como ramales de un venero. El rey se
limitaba a examinar cada una de ellas. En toda la tarde no se mencionó el
nombre de Mauregato y eso incomodaba al monarca porque denotaba la baja estima
que le tenían tanto en favor como en contra suyo. Aurelio sabía que a pesar de
su juventud las influencias y ascendentes de éste crecían a tenor de sus años;
todos los niños maduran y se convierten en hombres. Para colmo Mauregato había
sido el artífice de la muerte de Fruela, conocía el nombre de los conjurados,
había adquirido conciencia de intrigante y estaba en su poder minar la
monarquía atacando los puntos débiles de los prebostes. Aun así,, ninguna se
acordaba de él si no fuera Aurelio, que comenzaba a arrepentirse por no haberlo
convocado a la asamblea. Su fortaleza de ánimo aflojaba, dudaba haber atinado
en hacerse con el poder regio tan pronto; sus enemigos, Mauregato y Adosinda,
poseían mayor paciencia y serenidad.
-¿Y bien? –preguntó Aldroito una vez concluida la exposición
de las ideas- ¿Qué postura tomaremos?
Todos quedaron a la expectativa de lo que el rey determinara
dado que no se había llegado a un consenso. Él tenía la última palabra. Reflexionó
unos minutos más sopesando los inconvenientes y las ventajas. Paseaba por la
sala con las manos cruzadas a la espalda deteniéndose ora frente a la ventana
ora frente a un tapiz ora frente a la puerta. Al fin se volvió hacia los
contertulios.
-Habrá que demostrar el poder del rey para que en el futuro
no vuelvan a soliviantarse contra él. Si cedemos hoy ¿cuántas veces cederemos
mañana? Aldroito, tú te ocuparás de mantener el orden. A tu cargo dispongo
cuantos soldados hagan falta. Que los castigos sean ejemplares; las penas,
duras; los juicios, rápidos. Si te es preciso pediremos refuerzos a la
aristocracia galaica, ella también padece de este infortunio. Es el momento de
aplastar a los revolucionarios, de dejar bien claro de una vez para siempre
quién tiene la sartén por el mango.
-¿Y qué hacemos con los cabecillas?
-Todos sabemos que los disturbios provienen en última
instancia de Adosinda. ¿Quieres acusarla de ello y apresarla? No, gracias.
Encárgate de los peces chicos y dejemos a los grandes donde están.
Siguió despotricando sin control contra sus adversarios
embebido en las fuentes del poder. En ese momento Aldroito comprendió que su
lucha por la emancipación de Galecia tendría que esperar, y se entristeció: no
era momento de plantear sus intenciones. Se había convencido de su yerro; se
equivocó al elegir el bando, pues si bien Fruela contaba con su hermana, era
más manejable, incluso Mauregato habría sido una opción más rentable aunque
hubiera supuesto un alto riesgo, dado que el joven era más decidido que
Aurelio.
IV
Los dos últimos años de reinado, desde las nupcias de
Adosinda y Silo, el corazón del monarca asturiano se había recrudecido; había amasado
bajo su manto una enorme riqueza que despilfarraba sin ton ni son desoyendo
quejas, consejos, reprimendas y advertencias. No respetaba amistades ni
alianzas, así que proliferaron los contactos de la nobleza vasalla con
Adosinda. Únicamente los más comprometidas con el rey rehusaron un pacto con la
hermana del rey interfecto. Daba la impresión de que Aurelio había enloquecido.
Ya no era ni la sombre de lo que había sido, siempre desconfiando de todos como
si temiera ser envenenado o muerto por un puñal oculto. El caos gubernativo
abocaba a terribles consecuencias llegando incluso a desfavorecer a sus
enemigos, Mauregato y Adosinda, quienes se entrevistaron en secreto tras
comprender el panorama que se traslucía. Acordaron verse a solas sin la presión
de ajenos consejeros.
Aunque cuatro años mayor Adosinda lo abordó con presunción.
Éste, precavido ante su oponente, recelaba de ella, mas era consciente de que
Aurelio terminaría por deshacerse de él; le suponía un estorbo incómodo a causa
de su participación en la muerte de Fruela.
-Aldroito no ha disminuido un ápice en sus intenciones
independentistas –decía el joven-. Estará formando un ejército en su tierra
para el eventual caso de que Aurelio o su sucesor se niegue a abolir la
dominación astur en Galecia. Tiene suficiente dinero para ello, dinero extraído
de las arcas reales.
-Lo sé perfectamente. Si los dos unimos fuerzas, contaremos
con la dirección de Teudano. El problema no sería derrotar a ese ejército, sino
nombrar al nuevo rey.
-¿Cuál se tu opinión?
-No se te escape que conozco las circunstancias en que mi
hermano fue asesinado. Ignoro a quién pertenecía la mano del autor, pero sí
estoy segura de que tanto Aurelio como tú habéis formado parte en la traición.
Admito que ahora es el momento de aliarnos y medrar codo a codo, nada más.
Mauregato callaba. Se había presentado con el convencimiento
de que podría encararse a Adosinda sin flojear delante suyo a pesar del fuerte
carácter de que ella hacía ostentación. Confiaba en que se mostraría menos
agresiva, sobre todo por su embarazo, ya de ocho meses. Se equivocó. Durante
aquella entrevista Mauregato notaba su cabeza menos ágil, menos formada que la
de Adosinda. Apenas se hubieron cruzado las primeras palabras supo que las
riendas las llevaba ella y no estaba dispuesta a soltarlas ante ´ningún
contratiempo. Mauregato se limitó a escuchar las sugerencias y asentir a todo
cuanto proponía. Temía, sin embargo, el punto más conflictivo, que se aplazó
hasta el final.
-¿Qué hacemos con Aurelio? –inquirió con voz templada, mas
con un deje de intranquilidad. Adosinda le miró fijamente a los ojos, Mauregato
no aguantó el reto y hubo de bajar la mirada.
-De eso me encargo yo; antes debes darme pruebas de que tu
círculo apoyará el nombramiento de Silo.
Abrumado por la imperiosa autoridad de su interlocutora,
como un grano de arena pasa desapercibido en el inmenso arenal del desierto, Mauregato
le prometió fidelidad en nombre de su facción y en el suyo propio. Para
convencerla le suplicó, le rogó que confiara en el juramento, débil base para
la persuasión. Impertérrita Adosinda le instó a que reafirmase sus palabras con
un hecho significativo.
-¿Cómo puedo hacerlo?
-Un documento en el que aparezcan las firmas de todos
vosotros consintiendo la coronación de Silo como sucesor de Aurelio.
-Eso supondría una confesión de culpabilidad.
-En efecto. Una confesión que yo mantendré a buen recaudo
mientras no haya más traiciones –Mauregato había sido vencido estrepitosamente.
-De acuerdo, de acuerdo –murmuraba entre dientes mientras se
alejaba; era demasiado endeble para los negocios.
No se volvió hacia ella, en cuyo caso podría haber visto la
sonrisa de satisfacción que alumbraba el rostro, sonrisa que sólo pudo adivinar
en sus pensamientos.
V
Aciagos pensamientos rondaban al rey. Una esquela anónima le
había puesto sobre aviso acerca de la felonía fraguada a su alrededor sin
mentar nombres, si bien él bien conocía cuáles eran. Su parco conocimiento de
la lectura le obligó a acudir a un muchacha veinteañero, de nombre Teodomiro,
cuyo mayor anhelo era ingresar en el próspero campo eclesiástico para lo cual
había sido instruido por los monjes benitos. Éste, tan pronto como finiquitó la
tare, le miró de hito en hito; nada dijo. Aurelio le despidió expedito y no le
dio ninguna explicación. Se quedó consternado de espíritu, paralizado de
raciocinio.
Las sospechas cobraban vida: “todos quieren quitarme de en
medio”, elucubraba, “estoy rodeado de traidores que conspiran por el vano
precio de unas migajas. La misiva no menciona a nadie, pero bien conozco a la
instigadora. Querrá vengar la muerte de su hermano; nunca ocultó sus
acusaciones en contra mía. Debía haberla matado cuando tuve ocasión, a ella y a
toda esa recua que la sigue como borregos detrás del pastor. ¿En quién podré depositar
mis temores? ¿En Aldroito? Ni siquiera. Moro en un nido de víboras ambiciosas,
ávidas de sangre y podredumbre. Cría cuervos y te sacarán los ojos”. La
aprehensión por una muerte violenta le produjo un ligero vahído; hubo de
sostenerse apoyándose en el quicio de la puerta. Un sudor gélido le bañó todo
el cuerpo, un sinnúmero de chiribitas bailaron en los ojos. Perdió la visión
momentáneamente y su recuperación fue despaciosa.
Guardó el papel dentro de la camisola y se recostó en el camastro.
En las sienes golpeaba la figura ensangrentada de un gigante de piel oscura que
reía a carcajadas en tanto contemplaba las manos elefancíacas salpicadas de
rubro crúor. “¿Cuándo me asestarán el golpe? ¿Será con veneno o con una daga,
tal vez mientras duermo o en vigilia?”. Un intenso dolor en el pecho le ahogó
de improviso, como si una mano estrujara el corazón. De nuevo se le nubló el
mundo, perdió toda fuerza en los músculos. Los pulmones aceleraban de balde su
acopio de oxígeno ya que éste no le llegaba en suficiente cantidad. En el
costado izquierdo un agudo pinchazo interminable le oprimía el pecho como un
espetón atraviesa la carne que ha de ser expuesta al fuego. De pronto todo se
le aflojó, los tendones se distendieron, la mente se vació; el hálito abandonó
al soberano y las negras tinieblas del Más Allá recibieron gustosas su alma
perversa.
Un caballero de noble aspecto que entró de puntillas en los
aposentos reales fue el primero que se topó con el cadáver a la mañana
siguiente. Para cerciorarse de que el rey había dejado de respirar se acercó el
oídos a sus labios, instante en que descubrió la carta. La asió con extrañeza,
la ojeó y la guardó; luego, dio la voz de alarma.
-¡El rey ha muerto! ¡A mí la guardia!