I
El diecisiete de septiembre del año ochocientos y veinte y
nueve de la era hispánica, setecientos y ochenta y uno desde el natalicio de
Jesús, el Cristo, se celebró en Flavionavia una gran misa de coronación por
todo lo alto. Días atrás Vermudo había abdicado; las presiones de la nobleza
descontenta con la gestión, la desastrosa derrota en el Bierzo y la incuria del
rey suponían una carga excesiva para los hombros de Vermudo, segundo hijo de
Froila, hijo del duque de Cantabria, Pedro, que era el padre de Alfonso el
Católico, abuelo materno del nuevo monarca, Alfonso, hijo de Fruela. Así pues,
Vermudo delegaba la responsabilidad del reino en el sobrino de Adosinda, el
cual había sido educado desde la más tierna infancia para ceñirse la corona.
Vermudo, a quien el pueblo apodaba el Diácono, regresaba a la celda de su
monasterio exculpándose ante todos por su ineficacia, reconociendo que había
sido un títere manejado por el consejo real. A pesar de la insistencia de su
esposa, la tierna Numilia, el Diácono renunció al mismo tiempo al trono y a la
familia, con quien nunca logró encariñarse; únicamente accedió a asistir a la
ceremonia que entronaría a su sucesor en el solio, por el cual motivo vestía
sus galas en la primera fila al lado de su mujer, cuyos pensamientos se teñían
de melancolía y de dudas: ¿qué sería de ella y de sus hijos? ¿Con qué referente
paternal crecerían? ¿Cómo aliviaría las noches en la soledad de su cámara? Un
ácido resentimiento anidaba en sus entrañas hacia aquel pésimo rey y peor padre
y esposo; ¿con qué licencia moral o divina se permitía abandonar una familia
que le necesitaba? ¿A quién recurrir?
Un murmullo de impaciencia fue alzándose por todos los
asistentes, pues Alfonso demoraba la presencia y hasta el obispo regente
ostentaba un semblante malhumorado. A Numilia la sacó de sus cavilaciones la
voz empalagosa de Nepociano, sentado a su vera, que se inclinaba hacia ella
como para hacerle una confidencia.
-Nuestro príncipe comienza con mal pie su mandato. Quiera
Dios que no sea el augurio de un gobierno lento en tomar decisiones y enredado
banalmente, como el de tu marido. A fe que ha sido de los más ridículo y,
aunque es persona de Fe, como hombre no ha sabido cumplir. Otros sí somos
hombres cumplidores; si en algo me necesitas, no dudes de que yo te favoreceré.
Captó Numilia la poco sutil indirecta. Le mostró una mueca desganada,
como indicando que lo tendría en cuenta, pero que rechazaba su ofrecimiento.
Cuando Nepociano se enderezó en su asiento, ella miró a Jimena por ver si se
había enterado del comentario sobre su esposo, mas descubrió en su rostro el
mismo de la indiferencia que le era tan habitual en Vermudo.
En efecto, Jimena se abstenía
de las infidelidades de su marido. Su pasión incubaba en el corazón la figura
de un conde de Bardulias, de la urbe de Saldaña. os últimos tres años se habían
intensificado los encuentros; primero buscaron el amparo de los rincones del
palacete; luego, la seguridad de una casa alquilada a las afueras de
Flavionavia; cuando creyeron que los rumores del populacho podrían llegar a
oídos de su marido, su hermano o su tía, Jimena convenció a su amante para
regodearse en un recodo el río Saelia; finalmente, después que una tarde un
grupo de chiquillos casi les descubre, se armaron de valor y pidieron a la
vieja bruja del bosque que les prestara su cabaña para los furtivos encuentros.
La mayor preocupación del
amante no era, sin embargo, recurrir a la ayuda de una bruja, sino la felonía
que estaba cometiendo con Alfonso, porque Alfonso basaba su confianza en cuatro
columnas inquebrantables: su tía Adosinda, el noble Teudano, el valiente
capitán Gadaxera y él, el conde de Saldaña, a quien encargaba las misiones más
delicadas, pues ni Adosinda ni Teuda tenían edad para correrías ni quería
desprenderse de Gadaxera, convertido en una especie de guardaespaldas, por lo
que descuidaba un tanto la capitanía del regimiento caballeresco. Ese sentimiento
de culpa agriaba el amor que le consumía por Jimena, mas su voluntad era incapaz
de renunciar ni a uno ni a otra.
Tronaron las trompetas en el
patio exterior y todos los presentes se levantaron aliviados ante la inminente
entrada de Alfonso. Las cabezas giraron hacia la puerta de doble hoja abierta
de par en par y contemplaron la silueta mayestática de su futuro soberano.
Alto, de talle estilizado, frente marcial, mirada altiva, paso firme, mohín
contundente. Impresionaba su personalidad, cegaba su apariencia; hasta los
adornos humildes para un monarca refulgían con sus andares. Avanzaba por el
pasillo admirado por la concurrencia, incluso una celosa aprensión clavó las
garras en el pecho de su primo Ordoño: “ese engreído... ese pretencioso...”, se
decía, “miradlo cómo se pavonea; todo se lo debe a mi madre; debería ser yo
quien ciñera las sienes con la corona”.
Desde el desagradable episodio
de la taberna, Adosinda le apretó las riendas sin consideración y, con el
corazón partido, incluyó su nombre en la lista de los posibles intrigantes, una
lista que encabezaba Nepociano y cerraba el conde Aldroito, homónimo del padre,
que había militado en el bando rival de su hermano Fruela.
Durante la homilía el obispo de
Iria, Teodomiro, hizo referencia a la herejía que aún restaba a lo largo del
reino y conminó al nuevo rey a que pusiera fin a las prácticas herejes de los
paganos, a la adoración de los falsos dioses, y que castigara con justa crudeza
los pactos con el Maligno. Así mismo elevó una plegaria al cielo para que Dios
infundiera en Alfonso el discernimiento entre el bien y el mal, y le dotara de
la suficiente energía para desenquistar a los infieles musulmanes. El sermón no
daba la impresión de hallar fin y muchos feligreses bostezaban de hastío sin
poder remediarlo, y eso a pesar de los ímprobos esfuerzos por mantenerse
despejados. El conde Aloite meneaba la cabeza, como renegando de aquella jeremiada.
-¡Por Dios Santo, que todos los
curas son iguales! –susurró a Piniolo, sentado a la izquierda-. Les das permiso
para hablar y te machacan con sus interminables alocuciones.
-Tengo entendido que éste en
particular desconoce la palabra mesura.
-Si tiene la lengua tan longeva
como la nariz, estamos aviados -causó gracia el chascarrillo y a los que le
oyeron les costó la indecible aguantar la carcajada. El obispo calló-. ¡Por fin!
–exclamó Aloite.
Había llegado el momento
culminante. Con todos puestos en pie, en medio de un silencio apabullador, el
obispo coronó la testa alfonsina acompañando el ritual con las bendiciones
pertinentes. Apenas lo había proclamado soberano de las Asturias y Cantabria,
de Galecia y Álava, de las tierras vecinas cuyos señores habían jurado lealtad
a la institución regia; el populacho voceó los vítores hacia el nuevo rey con
una alegría desbordada que ni el propio obispo ni los guardias consiguieron
apaciguar hasta después de un buen rato.
Tras la interrupción el
ceremoniante finiquitó la misa con presteza, no fuera que el vulgo volviese a recabar
su autoridad. Todos los ojos estaban puestos en el rey, el segundo de su
nombre, mientras salía por el pasillo. Se detuvo en el umbral, saludó a los
súbditos y éstos le aclamaron con tal griterío, que las campanas enmudecían su
badajo lo mismo que el obispo enmudeció su lengua.
La engalanada Flavionavia vio
turbada su pacífica existencia con las celebraciones posteriores, abarrotada
por los asistentes que acudían a miríadas, pues astures y cántabros depositaban
en el veinteañero rey las ambiciones de prosperidad que desde el óbito de su
abuelo fueron truncadas por los ineficaces gobernantes que se habían sucedido.
En cambio, los alaveses se manifestaban reservados, si bien mostraban un tímido
contento al ver entronizado a su hijo adoptivo, que lo era por su madre Munia y
por el exilio en tiempos adversos. Muy al contrario, los díscolos galegos se
amoldaban a la situación con un deje de escepticismo achacando los continuos
fracasos de independencia a las maniobras poco claras de Adosinda.
La repercusión de este
nombramiento había traspasado las fronteras y para sorpresa de propios y
extraños una delegación vascona se había presentado sin previo aviso con la
única intención de ratificar un acuerdo no escrito por el cual la monarquía asturiana
no interferiría en los asuntos de las tierras del Alto Ebro, en cuya populosa capital,
Pompaelo, la estirpe de los Arista despuntaba como soberana frente a la influyente
política de Córdoba. Enterados de los avatares palatinos, los emisarios se
entrevistaron con Adosinda y no con Alfonso, lo que disgustó a éste y puso en
un brete a aquélla y enquistó un resentimiento frívolo en el corazón de la
facción opositora; después de todo, presintieron que quien mandaba en el reino
seguía siendo Adosinda.
Ardua tarea, pues, le aguardaba
al joven Alfonso. En sus manos estaba depositado el futuro del occidente
cristiano.
FIN DE LA
PRIMERA PARTE