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domingo, 27 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo siete)

I

Al este de los montes Obarenes enfrente del gran río Íbero se halla la fortaleza de Arce, bastión fronterizo entre Cantabria, Álava y Bardulias. En sus inmediaciones el campo, otrora vergel floral de primavera, se inundó en tan sólo un día de cadáveres amontonados, de sangre apelmazada, de horror y muerte. Las huestes de Alfonso combatían con ahínco y sus enemigos se debatían en un postrer estertor ante la imposibilidad de resistir el empuje del rey Católico, cuyo ejército se engrosaba a medida que la campaña militar se acervaba a su fin puesto que los vencidos eran obligados a combatir a su lado, amén de los voluntarios que se le unían en busca de botín y fama.

Vímara, el hijo bastardo del anterior monarca astur, se estrenaba en la lucha con gran ardor a pesar de sus blandos músculos. Combatía en el ala derecha, la menos hostigada por el cansancio, mas en su mente no estaba quedarse rezagado, así que avanzaba penosamente hasta la vanguardia; allí donde Froila luchaba con encarnizada fiereza. Su hermano Alfonso recorría a caballo todos los frentes aplastando a unos con el cuerpo imponente de la montura y atravesando a otros con el ardiente acero de la espada; hasta que una pica atravesó el cuello del pobre animal y cayó fulminado por el rayo tonante de Zeus. Alfonso quedó atrapado por el caballo sin lograr salirse de debajo de él. Un lancero hostil advirtió la circunstancia y desatendiendo la lucha echó a correr hacia el rey caído dispuesto a asumir la gloria de dar muerte a tan insigne enemigo. Alfonso se percató al punto del riesgo y asió la adarga con tenaz fuerza para cubrirse en la medida de lo posible. Balanceó la pica el soldado y la arrojó con todas sus fuerzas, la cual se clavó en el brazo diestro del rey; entonces desenvainó su espada y se abalanzó contra el herido. Ya el lancero le iba a asestar la punzada mortal cuando Froila se le interpuso en el camino y de un tajo partió la cabeza del alanceador, cuyos sesos se desparramaron por el suelo salpicando de rojo el poco verde que todavía quedaba sin ensuciar.

-¡Aquí, soldados!- gritó el cántabro- Ayudadme a liberar al rey.

Varios infantes acudieron a la llamada y se esforzaron en la tarea de protegerlo de envites hostiles mientras Froila se empleaba en sacarlo de la trampa. Fue en ese mismo instante en que una lanza silbó por el aire y se embotó en el cuerpo del noble hermano del rey; la punta entró por el costado izquierdo y salió por el pecho llevándose consigo la vida de Froila. A unos metros de allí Vímara lamentaba el infortunio.

-¡Maldito seas, Froila! ¿Por qué te metiste en medio? –murmuró al tiempo que su dura mirada observaba al ileso rey inclinado sobre el cadáver de su hermano.

Vímara se agachó, tomó un asta que tremolaba en el pecho inerte de un arquero astur, y apuntó hacia Alfonso, pero el embate de un jinete musulmán le hizo volver a la pelea. Cuando se desembarazó del peligro echó un vistazo al lugar en que había visto al rey, pero éste ya se encontraba lejos dedicado a estorbar la resistencia de un grupo de soldados. A la anochecida Arce se rendía al ejército astur.

II




¡Qué rápido pasa la vida! Como un balandro que atraviesa el mar dejando tras de sí una estela que al cabo desaparece, así nuestras vidas atraviesan el tiempo dejando una huella que acaba por desvanecerse. Del mismo modo pasa el tiempo sin que apreciemos su paso rápido, y con él se mudan los pareceres y se van los sueños. Del mismo modo que tras la tempestad llega la calma, así también tras la guerra llega la paz.

A la orilla de la corriente cristalina del Saelia en un descampado al abrigo de miradas indiscretas, pues el calvero está rodeado por una plantación de añosas hayas, un conciliábulo celebra su clandestina reunión. Allí habían acudido varios nobles influyentes por petición expresa de un duque cuya identidad se mantuvo en secreto por deseo propio; la finalidad de tal reunión era el debate sobre ciertos asuntos de estado derivados de la gravedad de las últimas noticias.

-Con el nuevo emir instalado en la corte cordobesa –decía el más bizarro con un vocejón seco- nuestro Alfonso se ha vuelto pusilánime. Después de tanta expedición allende la cordillera, luego de las incursiones en Bardulias y el asolamiento de la tierra de campos, tras haber paseado triunfante en el este; conseguido todo esto, nuestro Alfonso se repliega a Primorias y pacta con el enemigo un vergonzoso tributo que mermará el florecimiento del reino. Este Abd Al Rahman le ha metido el miedo en el cuerpo y los infieles se ríen de nosotros, trepan a expensas de nuestro erario, explotan las debilidades de un gobernante hastiado y tímido. Señores míos, creo llegado el momento de un cambio. Dado que Alfonso se arrodilla ante los sarracenos, nos vemos en la necesidad, yo la calificaría de perentoria, de tomar partido en el asunto.

-¿Acaso propones alzarnos contra el rey? –replicó uno de los enmascarados.

-¿Qué podemos frente a su ejército? Posee el apoyo de los nobles astures y cántabros en su mayoría. Levantarnos en rebelión supondría un fracaso.

-No estoy proponiendo una guerra civil que, por otra parte, nos debilitaría aún más, sino un cambio político. Es el momento de sustituir al rey actual por otro más acorde con los tiempos.

-¡Un regicidio! –exclamó el más joven- ¿Eliminar a Alfonso? ¿Y luego qué? ¿Quién ocuparía su lugar? Yo os lo diré: su hijo Fruela. ¿Sois tan crédulos como para esperar otro rey?

-Es posible que tengas razón.

-Y Fruela continuará la labor de su padre.

-Pero es joven. Se le puede guiar. Fruela no es un gran general y algunos de los asesores militares de Alfonso también están de nuestra parte.

-Eso supondría la guerra civil a la que antes te has opuesto. Y aun así, a pesar de todo, el ejército real es más poderoso que el nuestro.

Pareció que aquélla era razón convincente para desistir del uso de la fuerza, aunque otro de los asistentes que había permanecido en silencio se adelantó unos pasos dispuesto a dar su parecer. En el acento de su habla y en la marcialidad de sus gestos los demás creyeron adivinar en él al artífice de la reunión.

-Caballeros, por favor; un poco de sensatez. Todo lo que se ha dicho aquí es cierto, mas no lo es menos que contamos con otro tipo de armas. Cometer un magnicidio no es difícil; sé de alguien que se puede encargar de ello. Sea, pues. Resultaría que Fruela es entronizado. Sea también. Galecia y Álava cuentan con un número menor de armas y soldados. Sin duda. No obstante, nuestras tropas pueden verse engrosadas por huestes expertas y beligerantes: los musulmanes.

Un murmullo de incomprensión, que sonaba a medias entre reproche y aprobación, recorrió la asamblea como el silbido de una víbora en busca de alimento.

-Calma, calma; señores. No se trata de una broma ni tampoco de un desaguisado ni de una locura. Al emir le es molesto Alfonso a pesar del pacto firmado con él. Eso a nadie se le escapa. Pues bien, pactemos con él nosotros; derroquemos al rey astur y repartamos entre nosotros las tierras de las Asturias y de Cantabria.

-Eso nos convertiría en vasallos del emir –replicaron.

-¿Acaso no lo somos ahora de Alfonso? Sólo cambiamos de señor, nada más; pero en el cambio ganamos un cierto ascendente sobre Abd Al Rahman y enriquecemos nuestras arcas.

-Hasta que decidan arrebatarnos las tierras o nos graven con impuestos onerosos.

-En principio, sí. Éste sería nuestro razonamiento ante el musulmán. Pero a continuación vendría una segunda lectura: después de la victoria sobre Alfonso o sobre Fruela, no importa cuál, nombraremos un nuevo rey súbdito del emir, una especie de gobernador, de este modo obtendremos la independencia de Onís y de Córdoba.

-¿Y quién será ese rey de mentira?

-Aurelio, por supuesto.

-¿Aurelio? –voceó alguien indignado- ¿Lucharemos contra el rey para sustituirlo por su sobrino?

-Aurelio nos proporciona más ventajas que cualquier otro. Los astures y los cántabros no se opondrán a su elección, evitando que se subleven. Además, es inexperto en casi todo, aun más que Fruela, por lo que nos será muy fácil manejar sus, digamos, perspectivas. En caso de que el emir tome represalias y aplaste el reino, serán astures y cántabros los que corran con las consecuencias, ya que expondremos a Abd Al Rahman una intriga entre ellos para traicionar nuestro pacto nombrando un nuevo rey.

-Muy enrevesado.

Deliberaron sobre la propuesta largo tiempo en medio de discusiones, aclaraciones, puntualizaciones... acercando pensamientos, limando diferencias de opinión. Finalmente se acordó eliminar a Alfonso y llevar a cabo la empresa.

III

A varias jornadas de Onís, lejos de Primorias y no muy distante de un puerto de montaña que une las Asturias con la meseta, existía un castillo junto a las aguas del Nailo, que en lengua árabe se dice Wad Abalon, como así lo conocía Siselda, la amante del rey Católico, confinada allí junto con una pequeña guarnición. Un único torreón se erguía detrás de las murallas en donde poseía la cautiva su habitación. En aquel lugar recibía las escasas visitas del soberano astur, siempre custodiada por dos centinelas, veteranos de guerra, que pasaban su existencia aquejados de las heridas en el campo de batalla, con los huesos doloridos y las carnes macilentas. Habitaban el lugar un gobernador tosco y obeso, su pequeño séquito y un jovencito, bastardo del rey, a quien su madre llamó Mauregato y a quien ella misma educaba en los saberes tanto cristianos como musulmanes, si bien éstos los departía con sigilo y en arcano, pues que les estaba prohibido a ambos el arraigo infiel.

Cuando a Siselda se le anunciaba la llegada de Alfonso ésta apremiaba a Mauregato para que se aprestase a presentar a su padre los avances en los estudios, lo que complacía grandemente al monarca porque el muchacho mostraba buenas aptitudes para ello, y se felicitaba a sí mismo al verlo acrecentar su piedad religiosa y su ingenio. Mas el Católico no acudía al castillo para que su hijo compareciera ante él, sino para disfrutar de la compañía de Siselda y sosegar las crispaciones que le producía la vida palaciega.

Contemplando las márgenes del Nailo se olvidaba por unos días de las asechanzas del ejército musulmán, siempre agazapado al otro lado de la cordillera, de las intrigas nobiliarias y hasta de los ardores de estómago que padecía desde hacía casi un año.

-Debes cuidar tu alimentación –le recomendaba la cautiva-. ¿Sigues tomando la bebida que te preparo?

-Siempre que me acuerdo, pero estos remedios tuyos no me alivian en absoluto.

-No son remedios para curar tu mal, sólo impiden que éste avance. Si empeoras tendrás que aumentar la dosis.

Déjate ahora de dosis y vayámonos al lecho.

Otras veces Alfonso prefería pasear por los prados en compañía de la mora y de Mauregato. Era en estos largos paseos cuando precisamente departía con Siselda sobre asuntos de índole más personal, como si la naturaleza misma les invitara a ello.

-¿Cuándo te llevarás al niño contigo? –preguntaba la cautiva- Si permanece aquí más tiempo ¿quién sabe lo que harán de él cuando llegue el día, Alá no lo quiera pronto, en que partas para el Paraíso? El hijo de una concubina musulmana... aunque sea el hijo del propio rey.... Ya que no lo prohíjas, al menos le debes una oportunidad. Llévatelo contigo a Onís y afírmalo allí entre los tuyos, que viva sin miedo a ser castigado por haber nacido de quien nació.

A Alfonso le disgustaba ese tema. En realidad era la única molestia que se topaba en el castillo, en donde se refugiaba cada vez que su cargo se lo permitía. Llevar a Mauregato a Onís... ¿qué diría la corte? ¿Qué pensarían sus otros dos hijos? ¿Cómo lo podría aprovechar la facción opositora? Por otro lado ¿negarle ese derecho a un joven con su misma sangre, al hijo de Siselda, la única mujer a quien había amado verdaderamente desde la muerte de Ermesinda? En aquella ocasión Siselda se aplicó a persuadirle por medio de todas las artimañas de que era capaz aduciendo mil y un razonamientos, decenas de explicaciones, incontables ruegos, sinnúmero de llantos, hasta que Alfonso accedió.

-Mañana partiré hacia Onís y me llevaré a tu hijo.

-A nuestro hijo –le puntualizó.

En efecto, al alba los amantes se despedían en la alcoba del cuarto de Siselda. Ésta miraba a Alfonso de hito en hito y sus ojos se llenaban de lágrimas contenidas. Le estrechó en un largo abrazo.

-Cálmate, mujer; cuidaré de él.

El llanto de Siselda era más profundo. Lloraba, sí, por su hijo, a quien nunca más vería. Lloraba, sí, por la partida de Alfonso porque, a pesar del odio que le profesaba, un sentimiento opuesto hacia él había germinado en su pecho. Pero lloraba también por la resolución que había tomado, que no permitiría dar marcha atrás. Una vez más le instó a moderar las comidas y a ingerir una dosis mayor del brebaje, mas lo hizo con tanta languidez, entrecortando las palabras, que Alfonso le dio su palabra de honor con tal de amortiguar su pena.

Al día siguiente Siselda se arrojó desde lo alto de la torre.

-Vive, hijo mío, por el amor de tu madre –pronunció antes de saltar al vacío.


Su cuerpo se deshizo contra el rocoso suelo, la sangre no tardó en esparcirse por doquier. Su rostro, bello como un amanecer de primavera, quedó convertido en la mueca grotesca de la muerte. Todavía Alfonso no había llegado a Onís cuando le llegó la noticia de tan trágico fin. Nada dijo sobre ello, pero se le adivinaban sus negros pensamientos, pues que éstos parecía que había horadado las sienes y profundizaban las arrugas del rostro, ya marchito por su edad avanzada. 

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