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jueves, 24 de septiembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo seis)

I

Dos años ha que Alfonso el Católico guerreaba desde el norte de Galecia hacia Portucale. En la Corte de Onís la vida proseguía su ritmo pacíficamente sin ser perturbada por aceifas musulmanas, ya que el emirato se veía en constante desasosiego a causa de los bereberes, cuyas insidias habían alcanzado ya algunas plazas importantes de la península. Por culpa de estas luchas intestinas grupos de mozárabes iban ascendiendo hacia las Asturias, que gozaban de bonanza fructífera.

Froiliuba repartía tierras sin dueño y poco a poco se iban colonizando los terrenos que rodeaban Primorias en un radio cada vez más extenso. Pero la salud de Froiliuba se resquebrajaba sin que los cirujanos pudiesen atajar la enfermedad; a tal punto empeoraba que los últimos días de enero la debilidad la había obligado a guardar cama. Una tos seca le impedía el sueño, el pecho se le partía en cada espasmo. Quisieron avisar a su cuñado, mas ella se oponía de forma rotunda.

-Él tiene una misión que cumplir, no le estorbemos –decía con sumo esfuerzo suspendiendo el habla casi en cada palabra.

Se había resignado a una pronta muerte y sólo la presencia de la pequeña Adosinda le llevaba un poco de calma. La mañana en que los cirujanos presintieron el fatal desenlace se armó un buen revuelo en toda la urbe. Froiliuba recibió la bendición postrera del sacerdote con el aplomo regio de a quien correspondía, la nuera de Pelayo. Se felicitó por la vida pasada; únicamente lamentó no haber podido dar descendencia sana a su esposo, Favila, por cuya causa se había convertido en un hombre desconsiderado, cruel, mal cristiano y peor gobernante. Su última voluntad fue despedirse de su amada sobrina.

Adosinda entró nerviosa, casi con miedo; nadie se lo dijo, pero ella sospechaba que su tía llegaba al final de sus días. Se acercó muy despacio al lecho y se plantó inmóvil a la cabecera. Sus ojos se fijaron en el desgraciado rostro de la moribunda, que apenas si poseía fuerzas para levantar los párpados; sin embargo, giró la cabeza hacia Adosinda, dibujó en sus labios una sonrisa, si bien triste y lacónica, y con supremo esfuerzo extendió el brazo. al ver que éste casi no se movía, su sobrina le cogió la mano; sabía lo que pretendía Froiliuba, una última caricia. La pequeña Adosinda le guio la mano hasta su propia cara y unió la palma de su tía con la mejilla. Es esta guisa la sostuvo mientras los ojos de Froiliuba se mantuvieron abiertos. De repente, un golpe de tos convulsionó todo su cuerpo, Adosinda soltó la mano y ésta cayó flácida colgando del lecho.

-Ya no padece los rigores de este mundo –sentenció el prelado que la atendía en los asuntos espirituales.

Adosinda echó a correr sin más con el rostro oculto en las manos, salió del palacete, atravesó la laza, cruzó la ería y se dejó caer sobre la hierba cencida de un prado dándole la espalda al cielo. Allí se desahogó en prolongados llantos llamando con insistencia a su tía, que para ella fue algo más porque, muerta su madre, Froiliuba ocupó su lugar.

Las exequias fúnebres carecieron de pompa, mas no de reverencia; la difunta era querida por el pueblo y respetada por la nobleza y el clero, a quien había favorecido con algunas concesiones de relativa importancia. Sus restos descansan en el montaraz paisaje de los picos, no muy lejos de la Cova Dominica, y su tumba se resguarda de los curiosos gracias a los arbustos que han crecido sobre ella, casi una yacija anónima, en el consuelo de una oración sentida y la bendición de un ministro de la iglesia católica.

II

Más de dos años ha que Alfonso guerrea lejos de Primorias. Después de la toma de Luco Agugusto bajó con sus efectivos hasta el sur ganando varias plazas hasta llegar al puerto de Portucale; de ahí pasó hacia el este. A su reino llegaba parte del botín obtenido en sus conquistas junto con las directrices que dictaba a medida de que era informado de las cosas de su tierra. Se convertía el noroeste peninsular en un ajetreado camino de correos en el que se le informaba al monarca de los acontecimientos allende la cordillera; tampoco faltaban las halagüeñas noticias de la guerra civil que el emir cordobés, Al Qatan, mantenía con un tal Abd Al Rahman, que pretendía el trono andalusí. Pero también recibía inquietantes nuevas para el buen gobierno, pues que aquel año que mediaba la década estaba resultando insufrible.

En la meseta de Bardulias, al este y al sur, la escasez de alimentos amenazaba con una hambruna peor que la de años atrás, lo que empujaba a los más pobres a emigrar hacia las Asturias, donde florecía una incipiente prosperidad puesta en peligro por las sucesivas olas de emigrados. De todas formas, ese despoblamiento le ofreció una buena ocasión para sus propósitos, como así se lo hizo saber su hermano.

-Deberíamos arrasar la región. Eso nos permitiría ofrecer un obstáculo más a las hordas cordobesas, si es que alguna vez esos diablos terminan sus disputas. Sin habitantes que cultiven los campos, toda la meseta se convertirá en un páramo desértico que dificultaría el paso de los ejércitos.

El proyecto contó con el apoyo de sus generales, aunque algunos de ellos ya deseaban el regreso al hogar después de tanto tiempo ausentes. Los detractores de su política, en cambio, comenzaban a disentir del soberano y esparcían malignos rumores sobre la relación de éste con la esclava Siselda, a la que el rey trataba como esposa instalada en la tienda regia, y que le había dado un hijo bastardo, Mauregato, en quien depositaba las atenciones debidas a otros dos hijos legítimos, Fruela y Adosinda. Esta incómoda situación amenazaba con minar no sólo su poder, sino también la confianza del heredero, que veía en Siselda más a un enemigo que a una madrastra.

Esa tensión se diluía en Onís, donde Froila había ordenado instalarse de forma definitiva a su pequeño Vermudo. Éste convivía en el palacete con su prima Adosinda bajo la tutela de los frailes benitos. Aprendían a leer, escribir, música, latín y filosofía, amén de los preceptos religiosos que variaban un tanto de la oficialidad toledana, pues iba extendiéndose por aquellos dominios la opinión contraria al adopcionismo gótico. No obstante, los gustos de los dos jovencitos diferían bastante en sus predilecciones. Vermudo adoraba los libros, le fascinaban los misterios ocultos en sus páginas, devoraba con auténtico fervor las historias de los mártires, las enseñanzas de los apóstoles; al contrario, Adosinda prefería las intrigas y los juegos de astucia. Días había en que, mientras Vermudo se refugiaba entre los libros que le proporcionaba el benito, Adosinda se iba hasta las orillas del Saelia en compañía de Silo, hijo de un noble astur que combatía al lado del rey.

-Los ejercicios de armas me aburren sobremanera –le comentaba Silo, sentados a la sombra de un roble en cuyo tronco había grabado las iniciales de sus nombres: A.S.

-¿Te ha visto alguien? –preguntaba temerosa Adosinda.

-¿Es que no confías en mí después de tantas veces?

-Si nos descubren a solas me encerrarán hasta la vuelta de mi padre.

-¿Qué más da? Todos conocen nuestro destino.

-Aún soy demasiado joven para casarme.

Guardaron silencio, azorados con la idea de que un día habrían de verse desnudos acostarse en el mismo lecho.

-¿Crees que dolerá? –dijo de pronto Adosinda sin osar dirigirle la palabra.

-Yo nunca te haría daño; lo sabes muy bien.

-¿Lo hiciste alguna vez?

Silo vaciló. El rubor le cubría las mejillas y un ardor inevitable le quemaba la faz; todo su cuerpo exudaba y las palabras se le atragantaban.

-Una vez vi cómo lo hacían –dijo tembloroso-. Él se puso encima y se agitaba abrazándose; ella chilló un poco, pero no creo que fuese de dolor porque le repetía que la montara más fuerte.

De improviso Adosinda se levantó del suelo y echó a correr sin dejar de soltar risitas nerviosas. Silo la imitó en la carrera y acabaron zambulléndose en el río. Estuvieron así durante un par de horas, al cabo de las cuales salieron con las ropas empapadas. Silo se la quedó mirando extasiado; a Adosinda el cabello húmedo le caía lacio por el rostro y la luz del sol reverberaba en él como una aureola de santidad lasciva. Era la más bella criatura que nadie haya visto; su sola presencia bastaba para cerciorarse de que Dios ama al género humano.

-¿Qué miras, insolente? –voceó Adosinda volviéndose hacia él-. ¿Qué pretendes, en qué piensas?

Silo calló, bajó la mirada y echó a andar en tanto sacudía la ropa, mientras las carcajadas de su compañera retumbaban en los oídos como agujas ardientes.

-Espérame, tonto, que no me burlo de ti.

III

Siselda, la bella esclava de enigmática sonrisa, no perdía de vista a Alfonso, que se preparaba para salir a la batalla. El Católico vestía sus armaduras ajeno a la concubina, concentrado en las próximas horas. La plaza de Legio se resistía a la rendición desde hacía varios días, incluso llegó a infligir en el ejército alfonsino una cantidad considerable de bajas, si bien a costa de un gran cansancio acumulado durante el asedio. Cuando despertó esa mañana, el rey hizo el amor con Siselda sin grandes efusiones, con la mente puesta en el combate que se habría de librar, dado que había determinado poner todos los efectivos disponibles para que la plaza cayera ese mismo día. Siselda se dejó llevar; ya había decidido tiempo ha no oponer resistencia alguna, resignada al destino que Alá le había dictado; era muy consciente que mientras tuviera a Alfonso como protector nada le sucedería, que el problema surgiría si éste se cansaba de ella y la abandonaba junto con su hijo como a una perra que se hubiera revelado contra su dueño. Contemplaba al guerrero sin manifestar más que indiferencia; su pensamiento, sus ilusiones estaban puestas en el hijo, en Mauregato, a quien prodigaba solo sus atenciones.

El pequeño dormía dulcemente en un rincón de la tienda, a tan corta edad tenía comprendida la situación: mamá me quiere y me protege, papá me desdeña. Así que lloraba en cuando alguien se le acercaba si no era su madre; entonces, tendía sus bracitos hacia Siselda, ésta acudía a él, lo ponía en su regazo y el niño calmaba sus temores. Tan tierno infante ocupaba todo el corazón de la musulmana.

-Si hay suerte, esta tarde entraremos en Legio –comentó Alfonso al tiempo que envainaba la espada, dispuesto ya a salir-. Mañana, de sernos propicia la Providencia, organizaré la vuelta a Primorias.

Siselda escuchaba tendida en el lecho, apenas tapado su corito cuerpo por finas telas de seda, botín del soberano tras su victoria en Aqua Flavia.

-¿Qué será de mí y de nuestro hijo? ¿Nos desampararás?

El gesto hierático del rey pareció crisparse ante una resolución en la que no había reparado, como cuanto un buitre cree que ha olido la carne putrefacta de un animal muerto, vuela hacia él y, al posarse a su lado, descubre que no se trataba sino de una extraña equivocación, pues ya la carne está envenenada por la descomposición y nada queda para ser devorada.

-¿No respondes? Tal vez nos envíes a las mazmorras como simples rehenes –insistía la joven-, o quizás nos dejes al libre albedrío para que todos esos súbditos tuyos, que ahora despotrican contra tu conducta, descarguen su ira contra nosotros por no poder hacerlo contra ti. Al fin y al cabo, Mauregato es hijo tuyo y ellos verán en él algo en que aligerar su frustración.

-Calla, mujer. Ya se verá.

Avanzó hacia fuera, mas en el umbral se detuvo para pronunciar una sentencia firme porque, si no estaba seguro de qué hacer con Siselda, sí estaba convencido de lo que no iba a hacer.

-Nada os ocurrirá, ni a ti ni al pequeño. Nadie se atreverá a causaros el menor daño.

Tan pronto como Siselda quedó sola, apartó las telas que la cubrían y se sumergió en una especie de bañera que el rey había mandado traer a instancias suyas. Siselda refregaba todo el cuerpo con tal intensidad que en ocasiones llegaba a producirse heridas sangrantes, como si con ello pretendiera purificarse del contacto con Alfonso. Una expresión de odio y asco se plasmaba en el rostro corroborada por amargas lágrimas y abrasadores palabras.

-¡Maldito seas; maldito una y mil veces! Por ti vivo, hijo mío; sólo por ti, para que un día vengues el trato inhumano que tu mísera madre recibe de ese maldito infiel.

Y entonces apretaba aun más contra la piel hasta encarnar la verija privada de vello púbico. Al poco escuchó la señal de ataque, y una vez más se levantó el estruendo de los soldados en marcha. La tela de la entrada se descorrió y apareció la figura resentida de Aurelio. Siselda se detuvo, Aurelio la miró con vil desprecio; ella se irguió sin ocultar su desnudez, levantó los brazos y cinceló una sonrisa burlesca a la que Aurelio respondió con un gesto de rabia.

-¡Puerca!


Corrió la tela y se alejó. En ese momento despertó el pequeño Mauregato y empezó a llorar. Su madre salió de la bañera, lo acogió entre sus brazos y sintió un profundo alivio al contacto de la piel del niño con la suya. El rencor pareció desvanecerse y Mauregato cesó en el llanto.

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