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domingo, 25 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo doce)

I

En el mes cesáreo el palacete de Onís se engalana para acoger a la nobleza más destacada de los territorios cristianos y aun de los musulmanes, pues el enlace entre Adosinda y Silo había merecido la pompa y relevancia de los grandes monarcas. No faltaron los potentados galaicos, cántabros y astures, como tampoco faltó una arrogante representación de los territorios fronterizos cordobeses. Se casaba la nieta del gran Pelayo, la hija del Católico Alfonso, la hermana del asesinado Fruela; nieta , hija y hermana de reyes; mujer de extraordinario visión política, de enorme fuerza de voluntad, de notable carisma, querida por todos, por todos venerada; un ángel de belleza sublime, una fuerza ingente de la naturaleza. Por un día el pueblo había aparcado sus asperezas y el reino gozaba de una rara tranquilidad. Nadie temía un acto vil en fecha tan señalada.

La iglesia de la Santa Cruz, que había sido erigida por Favila y consagrada por el vate Asterio, estaba abarrotada. La aristocracia ocupó sus puestos privilegiados en tanto la plebe se apiñaba abigarrada en torno a la capilla y en el exterior. Por deseo expreso de la novia sería Fromestano quien dirigiera la misa, aunque el acto oficial corriera a cargo del obispo pertinente. Incluso el diácono Vermudo, el hermano del rey, había consentido en salir de su encierro no por la alcurnia de los prometidos, sino por la amistad que les unía desde la más tierna infancia cuando los tres pataleaban las calles embarradas de Onís o correteaban por la ería o padecían las clases aburridas a las que eran sometidos.

Silo se había vestido con las ropas más relucientes mientras que Adosinda destacaba por sus telas coloridas y las joyas que ornaban su cuello. Una gargantilla de precioso metal que rememoraba los paganos torques de antiguas creencias, ajorcas en los brazos y hasta en la garganta de los pies, justo por encima de los tobillos; pulseras en las muñecas; una diadema que jugueteaba con las guedejas que le caían sobre la frente, como desmayadas. A pesar de tanta venustez y opulencia en una misma persona, fueron muchos los ojos que se fijaron en el rey y sus consejeros. Quien más y quien menos sospechaba de su intervención en el magnicidio, pero sin pruebas nadie osaba acusarle en voz alta y abiertamente.

-Si algo he aprendido en la Corte –le había dicho Aldroito días antes- es el mantener cerca al enemigo.

-Por eso quieres que Adosinda retorne y regrese sin más consecuencias después de su huida.

-Lejos de aquí puede tramar una conjura a sus anchas. Aquí estará más vigilada y podremos seguir sus pasos.

Próximo el mediodía la novia avanzó por el pasillo que conducía hasta el altar. Iba precedida por la pequeña Jimena, diez años largamente cumplidos, y por Nepociano, un año menor que la pequeña, significando así el compromiso entre los niños para una futura unión. Jimena caminaba con paso marcial y frente altivo retando con sus ojos a los asistentes.

-No arrastres los pies –la había instruido Adosinda, que ejercía de madre ante la pasividad de Munia-. Lo que vieren en ti, eso serás. Si barres el suelo con los pies, como hacen los campesinos, los siervos y los esclavos, así serás considerada sea cual sea tu abolengo; por el contrario, hasta la persona más humilde será respetada y reverenciada si el porte es majestuoso, los mohines comedidos y los gestos calculados.

-Pero hay muchos hombres hoscos y rudos por el palacio y todos disfrutan de estimación –protestó la niña.

-Con el tiempo aprenderás a distinguir el hecho de que un hombre es un hombre y una mujer es quien acompaña al hombre. Si no quieres verte supeditada a la sombra masculina deberás mostrarte más firme, más sabia, más hermosa y menos maleable. Por desgracia, el estamento femenino está oprimido por los caprichos varoniles.

Jimena nada entendía de lo que su tía expresaba con tanto ahínco, más pendiente de por ir a jugar que de las enseñanzas.

Cuando Munia, retrepada en su silla, vio con los ojos cansados a su hijita, se le saltaron silenciosas lágrimas. La desgraciada Munia, enferma desde el parto del año anterior, no había vuelto a recuperar las fuerzas. Gastaba los días tumbada en el lecho con el semblante abatido y la mirada perdida en la demencia mórbida. Sus flacas fuerzas impedían una vida normal. Cuando salía a tomar el aire fresco por recomendación de los cirujanos la transportaban en unas andas; siempre tenía un musculoso esclavo a disposición para que la llevase en brazos del lecho a la litera o a la silla. La ausencia de ejercicio había agarrotado los tendones de las piernas y un extraño mal iba paralizando la mitad izquierda de su cuerpo dejando en el rostro una desagradable mueca que no podía borrar.

Todo el recinto guardó silencio durante la ceremonia y sólo cuando los recién casados salieron estalló el alborozo. Los más humildes se atracaban con los alimentos distribuidos. Se bailó, se oyó música, hubo riñas propiciadas por el abuso etílico. Los cortesanos también aprovecharon para mercar sus bienes. La fiesta por los esponsales continuaron en Onís hasta bien entrada la noche y todavía al día siguiente prosiguió la algarabía con nuevas ceremonias, como la que Adosinda improvisó al visitar la tumba de su abuelo y la basílica de la Cova Dominica. Durante una semana fueron desfilando por el palacete de la corte personalidades de alta alcurnia, unas para presentar sus respetos y otras para despedirse con felicitaciones y deseos de prosperidad.


II
Munia agonizaba. Llevaba una semana sin apenas dormir a causa de las continuas apneas y su cuerpo no poseía vigor alguno para reponerse. La piel marcaba los huesos, tal era su delgadez. Las cuencas de los ojos semejaban sendas grutas de tenebrosa oscuridad, hundidas en los huecos faciales donde se perdían dos ojos sin brillo apagados por el sufrimiento de la enfermedad. Su vida matrimonial le había resultado un suplicio inconmensurable y afrontaba la muerte con resignación, como una liberadora salida de este mundo.

Junto a su lecho la moribunda ya no percibía ninguna presencia; no obstante, la velaban día y noche las esclavas, las siervas familiares o su cuñada Adosinda. En cambio, su anciano padre conocía la noticia postrado en cama por los terribles dolores de la gota, que le imposibilitaba emprender viaje alguno.

A media tarde Munia empeoró. La respiración se volvió más forzada y un hilillo agudo, como un silbido en aguas abisales, se escapaba en cada respiración. Uno de sus brazos colgaba fláccido en el aire y el cuello, dormido por la laxitud, no lograba mantener la cabeza enhiesta; se inclinaba a un lado y el aire circulaba con mayor dificultad. Entonces, Adosinda le cruzaba las manos sobre el pecho y le recolocaba la cabeza que tornaba a ladearse de inmediato.

A la cabecera Vermudo oraba constantemente por la salvación del alma de la moribunda. La hija de ésta entró en la habitación sobrecogida por el fúnebre ambiente agarrando con tesón la mano de una fámula que también tenía en brazos al pequeño Alfonso. Al llegar a la altura de Adosinda ésta acarició a su sobrina y la condujo hasta Munia.

-Besa la mejilla de tu madre – le susurró al oído.

Jimena se elevó de puntillas y contempló con los ojos desorbitados el lamentable aspecto de la enferma sin atreverse a arrimar sus labios a aquella piel de blancura luctuosa. Adosinda le dio un leve empujón y la niña cerró los ojos para el beso fugaz, cual si un dedo se acerca al carámbano glacial y se retira presuroso al notar el abrasador frío. A continuación, Adosinda tomó al chiquillo en brazos y lo aproximó a su madre. Alfonso le tocó el rostro con su manita, jugueteó con la nariz y la boca exangüe y su tía dio por buena la caricia en vez del beso requerido para la despedida. Luego, la fámula se los llevó afuera.

Ante el inminente fallecimiento de Munia, Vermudo le señaló la cruz en su frente y en ambas mejillas; después, le colocó un crucifijo en los labios para el ósculo divino.

-Que Dios perdone todos tus pecados y acoja tu alma en su seno.

Una mueca de dolor se cinceló en el semblante de Munia y los párpados se abrieron de repente. Poco más tarde expiró tan en silencio como había vivido en Asturias. Adosinda le cerró los ojos, se genuflexionó e inició una sarta de rezos.


III
Por primera vez desde su entronización Aurelio se complugo en la paz del reino, pero al cabo los disturbios surgieron de nuevo con mayor intensidad. Cansado ya del desorden social Aurelio reunió a sus incondicionales a fin de tomar las medidas necesarias para acabar de una vez con él.

-Una represión fuera de control nos acarrearía graves dificultades –decía Aldroito-. Lo mejor será actuar según los casos concediendo aquí y castigando allá, abriendo una mano y cerrando la otra.

-Sin embargo, habrá que asumir que estamos bajo la espada de Damocles. De nuestra reacción depende el que Adosinda fortalezca su causa o ésta se debilite. Además, cuenta con el apoyo de influyentes estamentos.

-Deberemos atraernos el favor de la Iglesia, que es el sostén del populacho.

Las opiniones fluían como ramales de un venero. El rey se limitaba a examinar cada una de ellas. En toda la tarde no se mencionó el nombre de Mauregato y eso incomodaba al monarca porque denotaba la baja estima que le tenían tanto en favor como en contra suyo. Aurelio sabía que a pesar de su juventud las influencias y ascendentes de éste crecían a tenor de sus años; todos los niños maduran y se convierten en hombres. Para colmo Mauregato había sido el artífice de la muerte de Fruela, conocía el nombre de los conjurados, había adquirido conciencia de intrigante y estaba en su poder minar la monarquía atacando los puntos débiles de los prebostes. Aun así,, ninguna se acordaba de él si no fuera Aurelio, que comenzaba a arrepentirse por no haberlo convocado a la asamblea. Su fortaleza de ánimo aflojaba, dudaba haber atinado en hacerse con el poder regio tan pronto; sus enemigos, Mauregato y Adosinda, poseían mayor paciencia y serenidad.

-¿Y bien? –preguntó Aldroito una vez concluida la exposición de las ideas- ¿Qué postura tomaremos?

Todos quedaron a la expectativa de lo que el rey determinara dado que no se había llegado a un consenso. Él tenía la última palabra. Reflexionó unos minutos más sopesando los inconvenientes y las ventajas. Paseaba por la sala con las manos cruzadas a la espalda deteniéndose ora frente a la ventana ora frente a un tapiz ora frente a la puerta. Al fin se volvió hacia los contertulios.

-Habrá que demostrar el poder del rey para que en el futuro no vuelvan a soliviantarse contra él. Si cedemos hoy ¿cuántas veces cederemos mañana? Aldroito, tú te ocuparás de mantener el orden. A tu cargo dispongo cuantos soldados hagan falta. Que los castigos sean ejemplares; las penas, duras; los juicios, rápidos. Si te es preciso pediremos refuerzos a la aristocracia galaica, ella también padece de este infortunio. Es el momento de aplastar a los revolucionarios, de dejar bien claro de una vez para siempre quién tiene la sartén por el mango.

-¿Y qué hacemos con los cabecillas?

-Todos sabemos que los disturbios provienen en última instancia de Adosinda. ¿Quieres acusarla de ello y apresarla? No, gracias. Encárgate de los peces chicos y dejemos a los grandes donde están.

Siguió despotricando sin control contra sus adversarios embebido en las fuentes del poder. En ese momento Aldroito comprendió que su lucha por la emancipación de Galecia tendría que esperar, y se entristeció: no era momento de plantear sus intenciones. Se había convencido de su yerro; se equivocó al elegir el bando, pues si bien Fruela contaba con su hermana, era más manejable, incluso Mauregato habría sido una opción más rentable aunque hubiera supuesto un alto riesgo, dado que el joven era más decidido que Aurelio.

IV

Los dos últimos años de reinado, desde las nupcias de Adosinda y Silo, el corazón del monarca asturiano se había recrudecido; había amasado bajo su manto una enorme riqueza que despilfarraba sin ton ni son desoyendo quejas, consejos, reprimendas y advertencias. No respetaba amistades ni alianzas, así que proliferaron los contactos de la nobleza vasalla con Adosinda. Únicamente los más comprometidas con el rey rehusaron un pacto con la hermana del rey interfecto. Daba la impresión de que Aurelio había enloquecido. Ya no era ni la sombre de lo que había sido, siempre desconfiando de todos como si temiera ser envenenado o muerto por un puñal oculto. El caos gubernativo abocaba a terribles consecuencias llegando incluso a desfavorecer a sus enemigos, Mauregato y Adosinda, quienes se entrevistaron en secreto tras comprender el panorama que se traslucía. Acordaron verse a solas sin la presión de ajenos consejeros.

Aunque cuatro años mayor Adosinda lo abordó con presunción. Éste, precavido ante su oponente, recelaba de ella, mas era consciente de que Aurelio terminaría por deshacerse de él; le suponía un estorbo incómodo a causa de su participación en la muerte de Fruela.

-Aldroito no ha disminuido un ápice en sus intenciones independentistas –decía el joven-. Estará formando un ejército en su tierra para el eventual caso de que Aurelio o su sucesor se niegue a abolir la dominación astur en Galecia. Tiene suficiente dinero para ello, dinero extraído de las arcas reales.

-Lo sé perfectamente. Si los dos unimos fuerzas, contaremos con la dirección de Teudano. El problema no sería derrotar a ese ejército, sino nombrar al nuevo rey.

-¿Cuál se tu opinión?

-No se te escape que conozco las circunstancias en que mi hermano fue asesinado. Ignoro a quién pertenecía la mano del autor, pero sí estoy segura de que tanto Aurelio como tú habéis formado parte en la traición. Admito que ahora es el momento de aliarnos y medrar codo a codo, nada más.

Mauregato callaba. Se había presentado con el convencimiento de que podría encararse a Adosinda sin flojear delante suyo a pesar del fuerte carácter de que ella hacía ostentación. Confiaba en que se mostraría menos agresiva, sobre todo por su embarazo, ya de ocho meses. Se equivocó. Durante aquella entrevista Mauregato notaba su cabeza menos ágil, menos formada que la de Adosinda. Apenas se hubieron cruzado las primeras palabras supo que las riendas las llevaba ella y no estaba dispuesta a soltarlas ante ´ningún contratiempo. Mauregato se limitó a escuchar las sugerencias y asentir a todo cuanto proponía. Temía, sin embargo, el punto más conflictivo, que se aplazó hasta el final.

-¿Qué hacemos con Aurelio? –inquirió con voz templada, mas con un deje de intranquilidad. Adosinda le miró fijamente a los ojos, Mauregato no aguantó el reto y hubo de bajar la mirada.

-De eso me encargo yo; antes debes darme pruebas de que tu círculo apoyará el nombramiento de Silo.

Abrumado por la imperiosa autoridad de su interlocutora, como un grano de arena pasa desapercibido en el inmenso arenal del desierto, Mauregato le prometió fidelidad en nombre de su facción y en el suyo propio. Para convencerla le suplicó, le rogó que confiara en el juramento, débil base para la persuasión. Impertérrita Adosinda le instó a que reafirmase sus palabras con un hecho significativo.

-¿Cómo puedo hacerlo?

-Un documento en el que aparezcan las firmas de todos vosotros consintiendo la coronación de Silo como sucesor de Aurelio.

-Eso supondría una confesión de culpabilidad.

-En efecto. Una confesión que yo mantendré a buen recaudo mientras no haya más traiciones –Mauregato había sido vencido estrepitosamente.

-De acuerdo, de acuerdo –murmuraba entre dientes mientras se alejaba; era demasiado endeble para los negocios.

No se volvió hacia ella, en cuyo caso podría haber visto la sonrisa de satisfacción que alumbraba el rostro, sonrisa que sólo pudo adivinar en sus pensamientos.

V

Aciagos pensamientos rondaban al rey. Una esquela anónima le había puesto sobre aviso acerca de la felonía fraguada a su alrededor sin mentar nombres, si bien él bien conocía cuáles eran. Su parco conocimiento de la lectura le obligó a acudir a un muchacha veinteañero, de nombre Teodomiro, cuyo mayor anhelo era ingresar en el próspero campo eclesiástico para lo cual había sido instruido por los monjes benitos. Éste, tan pronto como finiquitó la tare, le miró de hito en hito; nada dijo. Aurelio le despidió expedito y no le dio ninguna explicación. Se quedó consternado de espíritu, paralizado de raciocinio.

Las sospechas cobraban vida: “todos quieren quitarme de en medio”, elucubraba, “estoy rodeado de traidores que conspiran por el vano precio de unas migajas. La misiva no menciona a nadie, pero bien conozco a la instigadora. Querrá vengar la muerte de su hermano; nunca ocultó sus acusaciones en contra mía. Debía haberla matado cuando tuve ocasión, a ella y a toda esa recua que la sigue como borregos detrás del pastor. ¿En quién podré depositar mis temores? ¿En Aldroito? Ni siquiera. Moro en un nido de víboras ambiciosas, ávidas de sangre y podredumbre. Cría cuervos y te sacarán los ojos”. La aprehensión por una muerte violenta le produjo un ligero vahído; hubo de sostenerse apoyándose en el quicio de la puerta. Un sudor gélido le bañó todo el cuerpo, un sinnúmero de chiribitas bailaron en los ojos. Perdió la visión momentáneamente y su recuperación fue despaciosa.

Guardó el papel dentro de la camisola y se recostó en el camastro. En las sienes golpeaba la figura ensangrentada de un gigante de piel oscura que reía a carcajadas en tanto contemplaba las manos elefancíacas salpicadas de rubro crúor. “¿Cuándo me asestarán el golpe? ¿Será con veneno o con una daga, tal vez mientras duermo o en vigilia?”. Un intenso dolor en el pecho le ahogó de improviso, como si una mano estrujara el corazón. De nuevo se le nubló el mundo, perdió toda fuerza en los músculos. Los pulmones aceleraban de balde su acopio de oxígeno ya que éste no le llegaba en suficiente cantidad. En el costado izquierdo un agudo pinchazo interminable le oprimía el pecho como un espetón atraviesa la carne que ha de ser expuesta al fuego. De pronto todo se le aflojó, los tendones se distendieron, la mente se vació; el hálito abandonó al soberano y las negras tinieblas del Más Allá recibieron gustosas su alma perversa.

Un caballero de noble aspecto que entró de puntillas en los aposentos reales fue el primero que se topó con el cadáver a la mañana siguiente. Para cerciorarse de que el rey había dejado de respirar se acercó el oídos a sus labios, instante en que descubrió la carta. La asió con extrañeza, la ojeó y la guardó; luego, dio la voz de alarma.


-¡El rey ha muerto! ¡A mí la guardia!

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