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miércoles, 14 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo diez)

I

La prosperidad en el reino astur no iba pareja a la política; dentro de la misma nobleza se agradaban las diferencias de las dos facciones envueltas de continuo por tratos clandestinos y reproches mutuos. Fruela se había atraído a una buena parte de los nobles; el aplomo y buen juicio de su hermana Adosinda le granjeó la amistad de los más poderosos. Por otro lado, había quienes tiraban de la cuerda hasta el límite de la elasticidad poniendo en un brete la difícil situación de neutralidad en que vivían algunos miembros de la familia real, principalmente Aurelio, ya que Vermudo había optado de forma definitiva por la vida monacal ingresando en el monasterio.

entre los disidentes emergía con cierta fuerza Mauregato, quien contaba con el beneplácito de Aurelio, quien, a su vez, prefería mantener las distancias. De este modo se fue fraguando un grupo no poco numeroso que dificultaba las labores de gobierno al punto de aprovechar la mínima ocasión para criticar la actitud de Fruela. Por esa causa se opuso a loas pretensiones del rey de enviar un contingente militar que frenara la expedición cordobesa enviada por el emir hacia Vasconia.

Una delegación encabezada por el propio Mauregato se presentó ante el soberano para hacerle llegar su parecer. Fruela los recibió sentado en el sillón. A su derecha estaba Munia; a la izquierda, Adosinda; cerca de la tríada descansaban en sus asientos Aurelio, Silo, Basilisco y Rodrigo; al más lejos el impetuoso capitán de la caballería y el poderoso Teudano, llamado a ser general del ejército asturiano.

-Si aceptamos la provocación de Abd al Rahman –decía Mauregato- nos veremos de nuevo en la obligación de abandonar nuestros negocios para tomar las armas. Su majestad deberá tener en cuenta el perjuicio que esto nos acarrearía.

Continuó Mauregato exponiendo sus ideas, que el conde Aldroito compartía en arcano. Luego, vino la discusión entre partidarios y detractores y los dos grupos se enzarzaron en la disputa ante el silencio de Munia. La reina se aburría sobremanera, la aburrían todas las diversiones palaciegas, más bien escasas, y de política sólo entendía que estaba rodeada de perros hortelanos, porque ninguna de ellos dejaba comer a los demás y, así, ninguna se alimentaba y todos enfermaban.

Su carácter se había transformado con el paso de los años. Ya no era la joven risueña que corría por los pasillos, que reía sin control, que bailaba y prodigaba sus picardías inocentes por doquier. Ahora se paseaba cabizbaja por los patios como un alma en pena arrastrando los pies y la mirada por las piedras frías de la urbe. Tardes hubo que las consumía sentada en un escabel contemplando las nubes en lontananza y sumergiendo en ellas sus pensamientos lúgubres. Su esposo y su cuñada intentaban interesarla por los asuntos políticos, pero ella bostezaba y se perdía en los vericuetos que le proponían. Ni tan siquiera Jimena la sacaba de la ensimismamiento, y la melancolía la iba minando poco a poco.

Un buen día decidió vestir de negro ante la sorpresa de todos y desde entonces de tal guisa se la veía en cualquier parte a pesar de los ruegos de Fruela para que escogiese otros vestidos más alegres. Ella se negaba.

-Comprendo tu pesar –la consolaba Adosinda-, pero esta manía tuyo no soluciona nada -Munia callaba con la vista puesta en el horizonte, hacia el oeste-. No tienes motivos para quejarte; aquí eres bien tratada, nadie conspira contra ti; todo lo contrario, se te estima y se te respeta. Guarda tu pesadumbre.

-Es sólo que echo de menos mi otra vida.

-Ya no tienes otra vida, sólo ésta. Puedes visitar a tu padre cuando lo desees o tu padre puede visitarte a ti si así lo prefieres.

-Y con eso lo solucionas todo. Has de saber que no se trata de mi padre, que no me atendió como a una hija.

-¿Cuál es, entonces, el problema?

-Aquí todos me miran como a una extranjera, una usurpadora. No son pocos los que vuelven la mirada cuando me topan por los pasillos; incluso he oído algún comentario...

-¿Alguien te ha faltado al respeto o ha insinuado que no eres bien recibida? Quizás no te vean con buenos ojos, pero nadie te ha levantado la mano, ni siquiera la voz.

-Se me ignora, y es bastante. Soy una intrusa que ha ocupado el lugar que le corresponde a otra. ¿No te has fijado en cómo me miran, en cómo hablan de la pobre Jimena? El corazón de tu hermano también está emponzoñado y no ama a nadie, sino al cetro y a ti. Sí, es cierto; las dos lo sabemos: te admira más que a nadie y su amor se agota en tu persona. Me siento una prisionera, una rehén. Allá –y señaló el oeste- está mi puesto, no aquí.

Adosinda no supo qué responder. Le puso una mano en el hombro con una leve presión a modo de despedida y la dejó a solas, incapaz de darle mayor consuelo. Ni la propia Adosinda hubiera sospechado que tras aquel rostro inexpresivo se escondía tan viva inteligencia, por desgracia echándose a perder. Munia ocultó el rostro en sus manos y lloró largo rato.

II

No fue una declaración abierta de guerra. Ahora bien, varios señores vascones unieron sus huestes a las del general musulmán dispuestos a luchar contra Fruela. El joven Vímara, el hijo bastardo del difunto Favila, formaba parte de los soldados cristianos, ascendido al grado de capitán gracias a su parentesco con la familia real y su enconado odio hacia el rey. Los insurrectos pretendían una lucha encarnizada a pesar de las dudas que albergaban porque muchos habían rehusado participar por la negativa del padre de Munia.

La batalla duró lo que un suspiro. Las tropas de Fruela, engrosadas con los galaicos y los alaveses fieles al pacto, superaban en número al enemigo y aplastaron la revuelta en sólo envite. Muchos consiguieron huir, unos pocos cayeron inermes en el campo; los demás fueron capturados y liberados, salvo los cabecillas, entre ellos Vímara, todos los cuales acabaron encerrados en las mazmorras prontos a ser ejecutados. Cuando el rey se enteró de que un capitán se ufanaba de ser su primo, él en persona se entrevistó con el reo, de cuyos labios quería oír la historia que corría de boca en boca.

Lo visitó en el calabozo. La puerta se abrió y entró el rey. Vímara se levantó desafiante; estaba atado por los grilletes en pies y manos a la pared, a un lado reposaba un cuenco con agua y en todo el recinto el hediondo olor a la íride golpeaba el sentido olfativo con denodada virulencia.

-¿Eres tú Vímara, que afirma haber sido engendrado por mi tío?

-Lo soy.

Fruela examinó al prisionero con detenimiento escrutando sus rasgos por si se entreveía en el aspecto algún parecido con Favila. En efecto, vio en sus ojos la misma rabia, la misma locura que había dominado al hijo de Pelayo. Fruela se estremeció no porque confirmase el parentesco, sino por el odio que manaba de la mirada.

Creció el silencio en la celda, sólo interrumpido por el correteo de una rata. Al cabo, Vímara le espetó.

-Yo soy el legítimo heredero, no tú. Mi sangre proviene de Pelayo y la tuya del duque Pedro.

-¿Es ésa la causa por la que te has unido al enemigo de nuestro reino? ¿Es mejor servir al emir de Córdoba que al rey de Onís?

-Una y mil veces sí. Puedes dar gracias a tu Dios por esta cadenas que me retienen; de lo contrario, ahora mismo te quitaría la vida.

Prosiguió Vímara amenazando a su primo fuera de sí, jurándole persecución implacable a él y a su familia, insultando a diestro y siniestro. Fruela intentaba responderle con las mismas armas, pero Vímara estaba encendido, con la cólera vertida en el aliento, los músculos crispados; le conminaba a terminar allí mismo con él, pedía, casi exoraba que le ejecutase. Fruela pareció perder la razón. En su furia ciega desenvainó la espada y de un tajo decapitó al condenado. La sangre salpicó la pared y brotó de la garganta como un reguero incontenible para regar el suelo sucio.

-Dios te acoja en su seno –dijo mientras limpiaba la hoja- y se apiade de tu ama porque yo no te concedo el perdón. Si te hubiese dejado con vida mi reino correría mayor peligro que con los intrigantes palatinos; a ésos los puedo sujetar en tanto no los pierda de vista.

El urdidor Mauregato, tan pronto conoció la noticia del ajusticiamiento, hizo correr entre los descontentos del reino el rumor de un rey cruel cuya ambición por permanecer en el trono le había llevado a asesinar a su propia sangre. Los prebostes palaciegos dieron pábulo a este rumor y Fruela perdió muchos de sus apoyos. Ni siquiera Adosinda pudo refrenar el malestar; el soberano sintió sobre sí el peso de la corona.

Para aliviar sus pesares Fruela visitaba cada vez con mayor asiduidad el monasterio de Oveto, en donde se fruía en el sosiego que proporcionaba la tranquilidad, lejos de los asuntos áulicos y de su hermana, cuya relación fue enfriando desde el día en que había ajusticiado a Vímara. Le solía acompañar su hija Jimena y su esposa Munia, que en el año ochocientos y seis de la era hispánica llegaba al lugar agotada por el avanzado estado de gestación.

Las continuas ausencias de la Corte avivaron los ánimos de Aurelio y sus secuaces; en pocos meses se había atraído la simpatía de los indecisos. Ese año y a pesar de los consejos de Adosinda para que se enfrentara a los problemas cortesanos se refugió en Oveto hastiado y envejecido a sus cerca de sesenta años.

IV

Al ocaso de una tarde soleada que Fruela había aprovechado para la caza, volvía con el séquito meditabundo sin haber conseguido abatir presa alguna. No era ésta la razón de su mutismo, sino el intento de hallar una solución plausible sobre la trama que su primo Aurelio iba tejiendo en Onís.

Cuando la silueta del monasterio se divisó al frente vio que uno de los siervos familiares le salía al encuentro llamándolo a voz en grito y haciéndole señas con los brazos en alto para que apresurara el paso. El rey temió que algún mal le acechaba: “quizás la reina...”, pero desechó los aciagos pensamientos con un brusco meneo de la cabeza. Espoleó al caballo y corrió hacia el siervo quien acezando por la carrera le decía con el resuello entrecortado.

-Majestad... la reina... hemos enviado gente en tu busca... la reina... –Fruela se exasperó.

-Recobra las fuerzas y de no des más rodeos. ¿Qué le ha ocurrido a la reina? ¿Se encuentra bien? ¿Ha enfermado o ha tenido algún accidente?

-Señor... buenas noticias. La reina está de parto.

Fruela azuzó el caballo y se lanzó como un poseso hacia el monasterio.

-¡Un hijo, Dios míos! Concédeme un hijo varón sano y fuerte y no me lo arranques como hiciste hace dos años.

Oraba en alta voz con todo el ímpetu de su corazón. Cruzó el patio, las arcadas, los pasillos; sus pasos resonaban como el eco de una tormenta.

-Majestad –le saludó Fromestano con una leve inclinación-. La comadrona está con la reina –por la puerta salió en ese momento Adosinda.

-Hermano, calma tus nervios. Todo va bien.

-¿Y mi hijo?

-Ya viene. Pronto lo podrás ver.

Como si el orden del universo se diera cita en aquel lugar, Máximo llegó seguido por un legado proveniente de Onís.

-Majestad; este hombre afirma traer un urgente mensaje del noble Silo.

el mensajero inclinó la cabeza en señal de respeto y alargó al rey la mano para entregarle una carta. Fruela la tomó y se alejó unos metros. A medida que leía su gesto variaba, fruncí el ceño y apretaba los labios, de los ojos surgía una oscura tiniebla que anunciaba presagios luctuosos.

-¿Qué sucede? –preguntó Adosinda al oído.

-Toma, lee tú misma.

Adosinda cogió la carta y la ojeó. Palidecía, la respiración se aceleraba.

-Debes acudir a Onís inmediatamente antes de que sea demasiado tarde.

-¿Y mi hijo? –balbució el soberano de las Asturias- No; no me iré hasta haber sostenido a mi hijo en brazos.

-Todavía puede demorarse largo tiempo. Tal vez no puedas verlo hasta la noche. En cambio, una sola hora de retraso en tu vuelta puede resultar fatal.

-No insistas en ello. Esperaré al nacimiento de mi hijo.

Adosinda comprendió que no disuadiría a su hermano y ella misma se preparó para el regreso: “es posible que yo pueda...”, pensaba  ya dispuesta a salir del monasterio cuando Fromestano la llamó tras de sí.

-¿Qué quieres?

-La reina te llama a su lado. Al parecer el parto se ha complicado.

Adosinda vaciló un instante, dado que sólo le fue preciso ese instante para acceder a la petición de su cuñada.

La noche transcurrió con todos en vela. ¿quién podría dormir ante el nacimiento del heredero al trono? Fruela recorría todas las estancias preocupado por la tardanza, zarandeado en la nave historia. ¿Sería una temeridad no afrontar el dolo en Onís para recibir a su hijo? ¿Era más importante un hijo que un reino?

Del cuarto de la reina llegaban los gritos dolientes de la parturienta, por todas partes el alboroto encendía la excitabilidad del rey. Amaneció con una brisa gélida, un sol tímido; la tibieza del día ahuyentaba el frío nocturno. El viejo Fruela desesperaba en sus aposentos cuando Máximo le comunicó que todo había acabado: un nuevo Alfonso veía la luz para mayor gloria del reino. Cuando el rey tomó a su hijo neonato un sentimiento de felicidad indescriptible anegó sus ojos. Con tierna mirada agradeció a Munia el más precioso regalo y ésta desvió la suya, falta de fuerzas y de ánimos. Había perdido abundante sangre y si vivía sería por su naturaleza vigorosa. Se quedó dormida en tanto Adosinda la arropaba y Fruela dedicaba su atención al recién nacido.


Fuera soplaba el aire libertino desde el Aramo y silbaba entre el ramaje de los bosques y los empedrados de los muros como una canción de cuna, como una añada en los oídos del niño a cuyo alrededor revoloteasen las alas de los ángeles y querubines.

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