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domingo, 18 de octubre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo once)

I

Tres días se demoró el rey en presentarse en la corte áulica de Onís. Apenas llegó, fue recibido por un grupo aristocrático en cuyos semblantes se dibujaba una determinación aciaga. Permitieron a Fruela sentarse en el trono para, a continuación, expresarle las conclusiones a que habían llegado durante su ausencia. fue el conde Aldroito, viejo opositor suyo desde comienzos del reinado y derrotado en Pontuvio, el mismo que había estado en un tris de segarle la vida al propio Fruela; ese mismo conde se le enfrentó secundado por otros ocho nobles, entre ellos Aurelio y Mauregato.

El monarca escuchó durante casi una hora el relato de Aldroito. En resumen, le achacaban la incapacidad para solucionar los graves disturbios sociales que se sucedían entre el pueblo astur, de hacer oídos sordos a las peticiones de la aristocracia galaica, de haber abusado del poder que le otorgaba la corona para privar a la nobleza vascona de sus antiguos privilegios y primar a sus partidarios con prebendas injustificadas, de inmiscuirse en los asuntos espirituales de la Iglesia, de endurecer su corazón al punto de matar a su primo Vímara cuando éste se hallaba inerme e indefenso bajo la tutela de los jueces.

Fruela aguantaba todas las acusaciones sin mover un solo músculo de la cara, sin inmutar el gesto ni retreparse en el asiento. El color, sin embargo, le invadió la faz cuando escuchó la decisión que había tomado la mayoría de os nobles: le concedían un plazo de una semana para abdicar en su primo Aurelio. Se levantó de un salto y cruzó la salas indignado por la proposición proclamando a grandes voces que un rey no debía justificar sus actos ante ningún mortal si obraba de buena fe. Les conminaba a la lucha y les amenazó con organizar un ejército para abatirles a todos ellos, como ya lo había hecho en Pontuvio. Salió por la puerta sin volverse y dispuesto a reclutar nuevas tropas.

Ni uno sólo de los presentes se movió, tan enajenados estaban. Poco después Aldroito dirigió una mirada elíptica a Mauregato y éste asintió con la cabeza, unos ademanes que pasaron desapercibidos a todos salvo a Aurelio.

-El rey es terco y esa terquedad le acarreará la desgracia a él, a su familia y a todos nosotros. Aun así, una semana es como decir ahora mismo. En cierto sentido su reacción es comprensible.

Mauregato fue el primero en salir, Aurelio y Aldroito fueron los últimos.

-¿Podemos confiar en él? –susurró Aurelio.

-Su odio hacia el rey es aún más fuerte que tu deseo por reinar. Lo hará.

-Si le descubren nos delatará.

-Es inteligente, astuto y paciente. No debemos preocuparnos por eso, sino por lo que pueda hacer cuando seas aclamado rey. De todas formas, más temo la reacción de Adosinda; ella es nuestro verdadero problema.

Atravesaron la arquería norte y se separaron al llegar al patio. Allí jugaba el pequeño Gadaxera, con sus ocho años recientemente cumplidos, junto a sus compañeros persiguiendo sin tregua a un grupo de gallinas que huían de ellos en desorden.

-¡Al ataque! –gritaba Gadaxera- ¡Acabemos con los moros!


II

Esa noche el rey cenó en privado con la compañía de sus íntimos: el aristócrata Silo, el capitán Teudano, los condes Pedro y Aldonza. La comida fue frugal; la bebida, abundante. En sus rostros se reflejaba la preocupación por el ultimátum que Fruela había detallado, lo que inquietó sobremanera a Aldonza, cuyos intereses se veían amenazados con la intriga urdida por Aurelio y Aldroito.

-Contamos con mi regimiento –decía Teudano-.; me es fiel al cien por ciento. Del resto del ejército no puedo responder.

-Yo no cuento con tropas suficientes –se lamentó Pedro.

-Las mías son pocas e inexpertas –se quejaba Aldonza.

Silo nada aportó, pues todos sabían que no poseía hueste alguna, excepto un pequeño pelotón de guardias, criados y esclavos que se encargaban únicamente del bastimento de sus fincas y no habían participado en las luchas anteriores. A pesar de todo, su opinión también contaba.

-Deberías retirarte a Oveto ahora mismo y desde ahí huir a Álava con tu familia; allí tendrías la protección de tu suegro. Teuda podría unírsete en el camino con su regimiento mientras nosotros intentamos conseguir más refuerzos.

-Mi puesto está aquí, en Onís, y si he de morir moriré. Vosotros debéis auxiliar a mi hijo Alfonso y conservar loa corona para él. Sin duda Adosinda os servirá, es más apta que yo para el gobierno.

-Haré todo lo que esté en mi mano –prometió Teudano.

-Serviré a tu familia como te he servido a ti –replicó Aldonza.

-Todo está muy bien –les interrumpió Fruela-, pero os pido más de lo que hasta ahora habéis dado. Sé que os será penoso, mas no tengo a nadie más en quien delegar. En cuanto a ti, Silo, convence a mi hermana de una vez para celebrar la boda; se ha demorado más de lo que es menester. Si estuvierais casados quizás no se hubiera producida la traición y posiblemente te proclamarían regente ante la minoría de edad de Alfonso. Matar a un rey es fácil, matar a un rey y su cuñado ya no lo es tanto.

Todo se hará. De momento hablemos del futuro –comentó Aldonza-. En tanto permanezcas en la Corte no deberías apartarte de tu guardia personal.

-Esta noche lo seremos nosotros –apuntilló Teudano.

Iniciaron una macabra conversación en la que cada uno planteaba sus miedos a la muerte y el modo en que desearía que éste les alcanzase, al estilo en que Julio César había conversado la noche anterior a sus asesinato. Mientras los condes y el capitán optaban por una muerte gloriosa en la batalla, Fruela y Silo apelaban a otra más digna en el lecho y rodeados por los suyos.

Pasada la media noche dieron por finado el banquete y ya se disponían a partir cada cual a su habitación cuando no pasó desapercibido el comentario de Aldonza.

-¿Estamos seguros de que no intentarán nada esta noche?

Todos se detuvieron mirándose, un estremecimiento les paralizó y sin mentarlo rodearon al rey y le acompañaron celosos a sus aposentos. Una vez allí Teudano inspeccionó la estancia en cada rincón hasta cerciorarse de que no había peligro alguno.

-Adelante –les dijo.

Entraron todos. Apenas hubieron franqueado la puerta, el rey les recomendó calma.

-Ya podéis dejarme a solas.

-Estaremos en el pasillo –respondió Pedro-, mientras llegan tus centinelas.

-Como deseéis. Yo me voy a acostar; estoy harto cansado y un tanto indispuesto. No tengo costumbre de ingerir tanto alcohol en una sola noche.

Los cuatro se despidieron con una reverencia y salieron. Fruela se acostó y pronto quedó sumido en un profundo sueño, tan profundo que al cabo de dos horas no le despertó el ruido del pasillo: Mauregato sorprendió a los dos guardias adormilados y de sendas cuchilladas les extrajo la vida. Con gran sigilo abrió la `puerta y avanzó directamente hacia el rey. Su corazón palpitaba con una intensidad furibunda, la sangre rebotaba en las sienes, la mano armada con el puñal temblaba, las zancadas vacilaban, el rostro se bañaba en sudor. Se acercaba al lecho, ya lo tenía enfrente. Fruela dormía plácidamente dándole la espalda y medio arropado.

Mauregato levantó el arma, clavó la mirada en su víctima y bajó el puñal contra el hombro con la fuerza de un gigante colérico.

-Muere, hijo infame de un hombre infame.

Fruela no pudo gritar. Cuando abrió los ojos una segunda puñalada se hundía en el cuello y una tercera en el costado y una cuarta en el pecho y una quinta en el abdomen. Mauregato perdió el sentido de la medida y, obnubilado por su sed de venganza, apuñalaba al interfecto sin cesar hasta que sus ansias se calmaron. Se le quedó mirando y de sus labios salieron luctuosas palabras.

-Ahora mi madre me sonreirá desde el Más Allá, donde los justos contemplan la faz de Alá.

Se alejó tan en secreto como había llegado. A la mañana siguiente la funesta noticia se extendió por todo el reino y junto a ella la proclamación de Aurelio como el nuevo rey de las Asturias.

-Ni siquiera aguardó a inhumar a Fruela –suspiró Teudano con triste voz.

-Temen demasiado a Adosinda como para aplazar el nombramiento –le susurró Silo.

Mas la muerte de su soberano dividió a los súbditos de la corona. Los disturbios callejeros se multiplicaron después de las exequias de Fruela y el reino se tiñó de revueltas, de las que otros muchos se sirvieron para reclamar por sus intereses. Las aldeas, los pueblos, las urbes, las villas; toda Asturias se convirtió en un hormiguero de disputas y los soldados del rey no eran bastantes. El reino era un caos, así que Aurelio se vio obligado a ratificar el pacto con el emir, que se apresuró a ello con la misma inmediatez que el rey cristiano porque un tal Yusuf Al Fihri se había levantado en el levante contra el poder cordobés.


Los más íntimos del rey asesinado se refugiaron en sus feudos por temor a las represalias de Aurelio. Teudano se encuarteló a la espera de las instrucciones de Adosinda, y Silo acudió al monasterio de Oveto, en donde su amada aguardaba la oportunidad para intervenir.

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