I
Faltó tiempo para que los ciudadanos se hicieran a la idea
de la sucesión al trono asturiano cuando ya el nuevo rey había de afrontar un
ejército enemigo. Las huestes del rey formaban en un extremo del valle a la falda
del Monte Cupeiro, que está sito en la ruta que desde el Acebo llega a Luco Augusto. Aunque los combatientes estaban a las órdenes de Silo, éste había
delegado las funciones militares en Teudano quien, a su vez, había sido
ascendido al grado de general a instancias de la reina consorte, Adosinda. A
pesar de la juventud de Teudano, éste mostraba unas dotes fuera de lo común
para la estrategia; además, su aspecto y su voz tonante infundían un respeto
casi místico entre los soldados y oficiales. Musculoso, hábil con la espada,
temerario cuando era necesario y prudente en las decisiones que atañían a la
integridad de los suyos.
En el bando rival destacaba, montado sobre un espectacular
caballo, Aldroito, que en su castillo había dejado a la esposa a punto de dar a
luz a su primogénito. Se miraban unos a otros en lontananza entendiendo que
aquélla iba a ser una batalla de corta duración. Los astures, porque tenían una
fe inquebrantable en Teuda; los galaicos, porque consideraban justa su causa.
Las dos masas humanas se pusieron en marcha al unísono. Los
galaicos enviaron a la caballería por delante; en cambio, Teuda mandó a la
infantería ante la sorpresa de propios y extraños.
-Van a ser destrozados por el enemigo –le comentó Silo.
-Todo a su debido tiempo –respondió el general con gran
aplomo.
A punto de chocar las dos fuerzas, los astures se
aglutinaron como un racimo de uvas, envainaron las espadas, se protegieron con
el escudo y levantaron las lanzas. La caballería se estrelló contra el muro
humano y allí perecían animales y jinetes no sin provocar una terrible
carnicería. En ese momento Teudano se puso al frente de su caballería y cargó
contra los galaicos. Los infantes de Aldroito corrieron a la lucha; cuando
llegaron Teuda ya dominaba el combate, repartía tajos por doquier y sus tropas
redoblaban la energía viendo cercana la victoria. Sobresalió entre todos el
joven conde Aloite, que combatía codo con codo al lado del rey sin apartarse de
su lado, pues Teuda le había encomendado su protección mientras el peligro de
la contienda persistiese.
Al atardecer los dos ejércitos se retiraron para el descanso
nocturno. El combate había durado más de lo que en un principio habían
estimado. Caminaban ahítos, casi sin resuello, desmoralizados por el
alargamiento de la lucha. No eran pocos los que lamían las heridas o se
retorcían por los picores de una punzada, un golpe, una torcedura. Los que se
habían librado de la laceración ayudaban a los más graves: mancos, cojos, agonizantes...
A pesar del cansancio fueron contados los que durmieron toda la noche ya que se
revolvían tendidos sobre el suelo incomodados por la incertidumbre.
Al alba volvieron a la cruenta batalla con mayores ímpetus,
olvidado el temor, el pánico a la muerte violenta y prolongada. Si alguna
llegaba a ser rodeado se abalanzaba contra el grupo a fin de hallar una muerte
rápida y sin sufrimiento de heridas incurables. La tarde fue testigo del
calamitoso embate; la tierra se escondía bajo los montones de cadáveres,
galaicos en su mayoría. Aldroito, que había buscado en vano un enfrentamiento
individual con Silo y que se había topado con la defensa feroz de Aloite,
acordó la rendición. El rostros, los brazos, el pecho, la armadura entera
estaba salpicada por sangre astur, mas el valle lo estaba por la galaica. Teudano
lucía un corte superficial en la frente, de donde manaba la sangre tan
escandalosa que el rey lo creyó más profundo.
-Sólo es un rasguño –le calmó el general.
Hasta Mauregato se había batido con ahínco y se quejaba de
un costado en donde la punta de una flecha se encontraba alojada.
-El cirujano soliviantará la herida –le dijo Aloite, a lo
que Mauregato frunció el ceño dándole la espalda- ¿Quién se creerá que es ese
niñato? –murmuró a solas.
El rey Silo había obtenido el triunfo y se regocijó en él perdonando
la vida a sus oponentes a cambio de un juramento de fidelidad. Pro primera vez
desde el ocaso de Pelayo parecía que el reino asturiano había encontrado la paz
interna libre de maquinaciones palaciegas y de afanes independentistas. Exento
de la mirada hostil del emirato cordobés, imbuido éste todavía en la disputa
por el poder entre Abd Al Rahman y el insurrecto Fihri. Al norte de la
Cordillera Cantábrica sólo había un rey: Silo.
II
Silo encargó a Teuda la organización militar del reino ya
que, si bien todo parecía bajo control, era consciente de que en el futuro
podrían producirse nuevos levantamientos, amén del siempre todopoderoso
ejército musulmán. El rey ocupaba el solio acostumbrado, a su derecha estaba
Adosinda, cuya presencia había sido consentida aun siendo mujer; les secundaban
Teudano, Aldonza y Montano, presbítero éste de San Vicente de Oveto y quien,
junto al abad Fromestano, el presbítero Máximo y otros veinticinco siervos
habían concluido la formalización del monasterio.
-Onís es un enclave arcaico –decía el general-. Las
comunicaciones con el resto de las Asturias son precarias y las defensas son
deficientes ante una eventual incursión bélica. Sugiero traslada la Corte a
Flavionavia. El terreno es más llamo y los caminos más accesibles. Podemos
aprovechar las vías romanas y los puestos de vigilancia nos pueden alertar con
mayor anticipación.
Pasó luego a explicar los planes que había ideado para
llevar a cabo su propuesta con tanta convicción que todos aplaudieron las
prevenciones. Antes de dar el visto bueno consultaron con la mirada a Adosinda.
Ésta meditaba en la conveniencia del traslado y los perjuicios que acarrearía.
-No veo ningún inconveniente –dijo-. Sin embargo, Oveto está
en mejor situación.
-Habría que desbrozar una gran cantidad de bosque –le
contradijo Aldonza- y la construcción de los edificios palatinos tardarían
varios años en realizarse.
-De todas formas –concluyó silo-, Adosinda no yerra.
Adecentaremos Flavionavia; al mismo tiempo iremos acomodando Oveto para una
futura urbe.
Decisión salomónica que fue aprobada. Su esposa se sintió
orgullosa del rey: “no es tan necio como parecía”, pensaba, “y se amolda al
cargo mejor de lo que yo misma me había imaginado sin pretensiones megalómanas
debidas a su título”. Se tomaron otras medidas, como la de nombrar gobernadores
de confianza en las regiones más alejadas del centro con el propósito de que el
poder real se reforzase. Tampoco faltó la atención eclesiástica concediendo a
la orden benedictina cierta prioridad en algunas materias religiosas.
-Mi hermano Fruela inició en vida una cruzada contra
aquellas paganos que aún adoran a los falsos dioses y viven descreídos inmersos
en supercherías –arengó Adosinda-. Su salvajismo ha contagiado las buenas
costumbres de las personas pías. Algunas leyes promulgadas por mi hermano
ayudaron a extirpar este mal, pero por desgracia las supersticiones continúan
apegadas a los labriegos y montañeses. Tenemos la obligación moral de combatir
esta peste antes de que su hedor infeste las sagradas enseñanzas de Jesús
Cristo.
-Nuestra orden –intervino Montano- se halla en disposición
de extender el Evangelio cristianizando a estas gentes incrédulas. Con el
permiso de nuestro rey y el consentimiento de este consejo mis hermanos pueden
promover la fe fundando nuevas ermitas, capillas y monasterios; en fin, con el
establecimiento de santos lugares donde orar y predicar la palabra de Nuestro
Señor.
Un deje de disgusto se dibujó en el entrecejo de Silo dado
que aquel excurso, estaba claro, había salido de la connivencia entre la reina
y el presbítero sin una previa consulta con él. Reconocía que Adosinda le
superaba en los asuntos de Estado, pero nunca hasta ese momento había actuado a
sus espaldas y aquella prepotencia suya le desagradó en extremo. Antes de concluir
la reunión, ya más distendidas las posturas, platicaron sobre las noticias que
llegaban allende las frontera. Se felicitaron por el retroceso musulmán en la
Galia, mas desconfiaban de las intenciones de su rey; el avance hacia los
Montes Pirineos podría desembocar en un enfrentamiento armado.
Más tarde, después de largas horas allí encerrados, Adosinda
se disculpó, pues que las obligaciones como madre la reclamaban: el pequeño
Ordoño, que así se llamaba su hijito, estaba enfermo y le preocupaba su salud.
III
A ninguno de los hijos de Alfonso el Católico les faltó el
templo en los momentos cruciales: Fruela llevó hacia adelante sus propósitos,
Adosinda no conocía rival ante quien inclinarse y Mauregato sólo se sintió
derrotado ante su hermanastra. El hijo bastardo de la familia, para bien o para
mal, era digno deudor de sus padres, el rey astur y la concubina Siselda. Para
ganarse la confianza de Adosinda invitaba a residencia a altos dignatarios
políticos y religiosos, en una de cuyas veladas Montano presentó un libro que
había caído en sus manos y que le causó una rara impresión, si bien el tema ya
corría de boca en boca; eran los comentarios al Apocalipsis que Beato había
escrito como respuesta al libro de Félix de Urgel “Confesión de Fe”, en donde
promulgaba que Jesús Cristo era hijo adoptivo de Dios.
-¡Eso es una herejía! –exclamó irritado Nepociano cuando
Montano le puso en antecedentes con respecto al adopcionismo-. Si fuese cierto
y Jesús no huera hijo de Dios ¿qué sería de la Santa Trinidad?
--Es la misma pregunta que formula Beato en su libro, además
de otras muchas cuestiones –le respondió con calma al joven, pues que Nepociano
había cumplido tan sólo dieciséis años unas semanas antes.
Los huéspedes disputaron largamente sobre este punto dando
su opinión como teoría tautológica. A Montano le divertían las disertaciones de
los contertulios puesto que, sin contradecirlos, escuchaba sus disquisiciones
perdidas en la aignoranaci, ya que ni unos ni otros habían leído alguno de los
dos libros, ni siquiera poseían los conocmientos básicos de teología. Basaban
las especulaciones en la autoridad que les confería el estamento no biliar.
Sólo Mauregato y Adosinda guardaban sus pensamientos; el primero, porque le
traían sin cuidado los líos cristianos; la segunda, por temor a infringir las
leyes divinas.
-Y este tal Beato, ¿en dónde profesa los hábitos? –inquirió alguien.
-¿Qué interés tiene el que viva acá o acullá? –profirió el
conde Pedro-. Sólo es un hereje que desafía los mandatos de la Santa Iglesia
Toledana.
-¡Hereje! ¿Habéis oído a este deslenguado? ¡Un hereje! –se
exaltó Aldonza.
Entonces Nepociano, más por amistad con Pedro que por
convencimiento religioso, se exaltó a su vez despreciando a Aldonza. Subieron
el tono y el volumen de las réplicas entre los tres, cuyas voces llenaban por
sí solas la estancia hasta que, avivado por el calor de la discusión, Nepociano
saltó sobre Aldonza para agredirle, lo que hubiera conseguido de no ser por
Máximo, que se abalanzó sobre el agresor y le sujetó con destreza. Mauregato
estalló en carcajadas.
-Impetuosa juventud –decía entre risotada y risotada-.
Impetuoso zagal.
-Sosiégate, muchacho –insistía Máximo en tanto Nepociano
forcejeaba por desasirse.
La propia Adosinda parecía disfrutar con aquel disparate.
También Montano sonreía malévolo. No menos gracia le causó la escena a Silo. Se
sucedieron las chanzas, el alboroto en tal grado que los sirvientes
empalidecieron. Para Adosinda ya se había desmadrado en demasía, así que optó
por alejarse en silencio. Mauregato, en cambio, no podía parar de lanzar puyas
al joven ofuscado.
-¡Eh, Silo! ¿No te parece que si es tan fogoso en la cama
como en asuntos religiosos tendrá descendencia para varias generaciones? ¿Dónde
está tu sobrina? Es una lástima que se pierda este espectáculo; es digno de la
mejor comedia de Plato.
Silo arrugó la comisura de los labios y dirigió a su
anfitrión una dura mirada de reprobación, mas contuvo la ira, pues no era
oportuno agriar la fiesta por una indiscreción, seguramente fruto de la ingesta
de alcohol. De haber estado presente, Jimena habría acabado por aborrecer a su
prometido; la idea de casarse con aquel arrogante jovenzuelo la exasperaba,
aunque ya había asumido su condición: la de servir como alianza entre la casa
real y la influyente nobleza astur. Tal vez para contrarrestar esta amarga
convicción Jimena era propensa a una fértil imaginación y su compostura no
ayudaba en nada a su tía Adosinda, que trataba por todos los medios de hacer de
su sobrina una dama elegante. Muy al contrario, Jimena solía esparcirse por las
aldeas adyacentes para mezclarse con el vulgo.
El colmo de la insolencia llegó cuando confesó a la reina su
amistad con una anciana solitaria a quien muchos vecinos suyos habían acusado
de practicar la brujería y ella, por miedo a las represalias de un sacerdote
empeñado en sojuzgarla, se había establecido en una choza en medio de bosque.
Una vez calmados los ánimos, la conversación prosiguió por
otros derroteros, no fuera a reiniciarse la pelea.
-Tengo entendido –le dijo Mauregato a Silo- que en
Flavionavia las obras del palacete están casis terminadas.
-Así es. Dentro de uno o dos meses ya estará en disposición.
-Eso si no se te adelanta Carlos Magno –mencionó jocoso
Mauregato-, porque a poco que sea una pizca más ambicioso no se conformará con
haber tomado Cesaraugusta a los musulmanes, virará hacia Álava y por ahí
entrará en las Asturias hasta la misma médula de Bardulias.
-Carlos no combate contra reinos cristianos –adujo Máximo-,
sino contra los infieles.
-Para los musulmanes los infieles somos nosotros –contestó
Mauregato-. ¿Quién puede asegurar que son ellos los equivocados?
-Rondas un territorio que está más allá de la herejía. Ten
cuidado en donde pisas –le advirtió Máximo-. Recuerda a tu madre; ella abrazó
la verdadera religión en sus últimos días.
-Quizás en el postrero suspiro se haya arrepentido de haber
cambiado sus creencias y haber tornado a las enseñanzas del profeta Mohamed.
-¿Y tú? ¿Hacia qué lado te inclinas? –preguntó Montano
discretamente.
-La frontera es más fina de lo que muchos creen.
-Vuelves a pisar en terrenos arenosos.
-Sólo las mentes enrevesadas tergiversan los sentidos de las
palabras.
Máximo veía torcerse la plática hacia la religión, causante
de la batahola anterior. Aprovechando que Nepociano se encontraba distendido no
deseaba que ahora Mauregato o cualquiera otro volviera al cauce violento; así
pues, rogó a los presentes un momento de silencio.
-Para rezar a Nuestro Señor porque ningún enemigo pise suelo
asturiano.
Cuando llegó la hora fueron desfilando hacia sus respectivos
aposentos todos los invitados. Montano y Máximo lo hicieron juntos, pues se
hospedaban en la misma habitación. El segundo de ellos miraba el reojo a su
compañero como queriendo interrogarle sobre algún punto que no se atrevía a
mentar.
-Dime, Máximo, qué te preocupa. Si no sueltas lo que estás
pensando reventarás.
-No es nada.
-Algo será cuando miras de forma tan inquisitiva –Máximo
dudaba, pero al final se armó de valor.
-¿Por qué no dijiste en la cena que Beato vendrá desde
Liébana a la Corte?
-¿Eso es todo? No creí conveniente avivar el fuego. No
estaba el horno para bollos. Además, tampoco es seguro que venga y, aunque así
fuera, ¿qué importancia tiene? Vendrá a predicar su doctrina y, como has visto,
tiempo habrá para dirimir sobre esa cuestión del adopcionismo.
-Pero es todo un honor que Beato asista a las nupcias de
Jimena y Nepociano; les podría haber interesado.
-Sus asistencia no es oficial. ¿Olvidas la confidencialidad
de la correspondencia entre los miembros de nuestra orden? Sé más prudente,
amigo mío.
Mientras, en la alcoba de los reyes éstos descansaban
desvelados. Silo se desnudaba con parsimonia, Adosinda acunaba a Ordoño.
-¿No es algo mayor para la cuna? –decía incómodo el rey- A su
edad yo ya dormía en una cama que habría servido para otros menesteres más
mundanos.
-No seas gruñón. Y no levantes la voz que le vas a
despertar.
-Si estuviera con el aya, como debería ser, yo podría hablar
con el tono que deseara.
-Yo, yo, yo. No sabes pensar más que en ti. Los hijos
deberían ser criados y educados por sus madres y no por una matrona ajena a la
familia. La familia lo es todo.
-Si te descuidas también exigirás que las madres les den el
pecho. No es que tenga nada en contra, pero esa manía tuya de controlarlo todo
va a acabar por maleducar al crío.
-El crío tiene nombre.
-A Ordoño. ¿Estás contenta? –Adosinda sonrió.
-¿Por qué no te lo quitas todo? Me gusta verte desnudo.
-Eres una pervertida –se rio Silo; obedeció, no obstante-.
Ahora imítame tú.
Adosinda deslizó la túnica, su marido se excitó y ella
coronó su rostro con una amplia mueca de admiración.
-Veo que no has perdido el apetito.
Se acostaron en el lecho sin apetecer el sueño hasta que el
sol se asomó tras las altas cumbres de la cordillera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario