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lunes, 9 de noviembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo catorce)

I

A últimos del mes de Jano cayó sobre las tierras del norte una segunda gran nevada que ocasionó no pocos problemas de diversa índole. La ola de frío glacial llevó a la tumba a muchos desheredados, desposeídos de casi todo. En la propia Flavionavia morían los míseros desarrapados en plena calle; sus cuerpos sin vida eran sepultados por el hielo que se desplomaba durante la noche como trozos de cielo desgajados del gran orbe.

Mauregato, contumaz en sus deseos por detentar el máximo poder, calentaba sus ateridos huesos bajo gruesas pieles al pie de la chimenea, en donde las llamas crepitaban en breves estallidos por la madera todavía algo verde para el fuego. A sus cuarenta y un años la lozanía de la juventud había dejado paso a una madurez endeble, si bien mantenía la mente despierta incubando un odio cada día agigantado hacia la familia real. Los achaques que padecía Silo le animaban el espíritu le incendiaban la inquina, sobre todo cuando el rey, ebrio de gloria y prepotencia, ordenó grabar en una piedra un laberinto de letras con su nombre en el centro de ellas, una especie de firma para la inmortalidad.

Si el monarca asturiano agravaba la enfermedad, la misma que asolaba el mundo cada ciertas épocas, sus días estarían contados y entonces estaría a las puertas del solio, pues Ordoño era un crío, Alfonso un mozalbete y Nepociano un incompetente. Nada podría hacer Adosinda para evitar que él fuese proclamado soberano de las Asturias; lo único que tenía que hacer era conservar las influencias y aplicarse al desprestigio de los demás candidatos. El hijo bastardo de Alfonso el Católico paladeaba el dulce saber de la victoria; Siselda, su madre, estaría orgullosa de sus logros.

Sin embargo, nuevas penalidades asomaban allende la cordillera. Abd Al Rahman, a quien los súbditos apelaban con variados motes cual el Justo o el Extranjero, se afanaba en reorganizar el reino cordobés confiriéndose a sí mismo la autodeterminación con respecto al califato de Bagdad, redactando arrestos, firmando ejecuciones (como la de su encarnizado enemigo Yusuf Al Fihri), nombrando valíes de férrea conducta, reforzando la milicia con miras a aumentar su poderío y, en fin, rodeándose de visires con visión de futuro. Por si fuera poco, el emir había mandado construir una gran mezquita en la misma Córdoba para que sirviese de centro religioso, económico, político y cultural en todo el occidente musulmán, una capital antagonista y rival de Damasco y Bagdad. Sin duda Abd Al Rahman planeaba la reconquista del norte peninsular, no sólo la zona ocupada por las fuerzas carolingias, sino también por los reyes asturianos. De ello era testimonio la expedición del año anterior contra Pompaelo en la que Silo, atesorando su entusiasmo en las dotes de Teuda, había conseguido hacerles retroceder. Pero ésta había sido una victoria sin importancia, una escaramuza con la que el emir había probado sus fuerzas y las del enemigo ante la impasibilidad del gran Carlos, rey de los francos, preocupado más por extenderse hacia oriente que en afianzarse en la península ibérica.

Confiaba Mauregato en que su ascendencia musulmana pudiera convencer al emir de que ambos bandos podían subsistir sin interferencias internas compartiendo incluso los mismos propósitos. Para este fin había urdido en su cabeza un complicado proyecto en el que incluía la detención del adolescente Alfonso y su entrega a Abd Al Rahman como regalo de buena fe; solamente le faltaba depositar sus intenciones en un hombre de confianza y esperar el inminente fallecimiento de Silo. Debía proceder con asaz prudencia y juzgar bien al hombre que llevase a cabo la audaz acción. Ése era el pensamiento que le imbuía en aquel momento de esparcimiento frente al lar mientras el calor que desprendía el fuego caldeaba la habitación y enrojecía su rostro barbado. Se devanaba los sesos fraguando un plan que anulase a su hermanastra cuando de pronto, como un lampo, recordó la vieja ley que obligaba a las reinas viudas a tomar los hábitos fuera de la política de Estado.

Sonrió, dejó escapar unas risas y acabó en una convulsivas carcajadas, porque los nobles del consejo comían de su mano y éstos de seguro que le secundarían a la hora de proponer el ingreso de Adosinda en un monasterio: Alfonso quedaría desvalido sin el apoyo de su protectora.

II

En marzo de ese mismo año otro rey de las Asturias daba las postreras bocanadas. La mortal gripe le había consumido sin que cirujanos y sacerdotes hallasen remedio para el mal.

-Pronto acompañaré a mis antecesores –se esforzaba en bromear-. Nacemos para cumplir esta terrible ley y sólo disponemos de unos breves momentos de felicidad antes de afirmar “he vivido”.

Su esposa escuchaba a Silo conteniendo el llanto y sin objetarle nada. Adosinda creía que la felicidad no era más que una ilusión vaga, en su lugar colocaría el vocablo “deber”, quizás “cordura”. Para la hija del rey Católico la vida es un ir muriéndose mientras en vano se busca la eternidad utópica porque todo lo que nace habrá de morir un día, sino el alma que se llevará Dios o Satanás. Silo hablaba casi desfallecido a pesar de que le conminaban a guardar fuerzas.

-¿Por qué? ¿Acaso eso sanará el mal? No deseo pasar las últimas horas como un vegetal inmundo; no me queráis enterrar en vida. Amada mío –dijo al tiempo que le apretaba la mano-, lamento abandonarte en este mundo de ingratitud; me has sido muy querido desde que te vi la primera vez ¿te acuerdas? cuando mi padre me llevó de niño al palacete de Onís. ¡Caros recuerdos los de la infancia! –los vidriosos ojos de Adosinda confirmaron aquel primer encuentro- ¿Y tú, viejo amigo? –giró la cabeza hacia Vermudo, que entre dientes oraba a la cabecera de la cama- ¡cuántos reyes has ungido ya con tus rezos! –Vermudo interrumpió sus quehaceres piadosos y atendió al moribundo- Cuchicheas lo mismo que las gallinas. Deja ya de tanta devoción, con ello no solucionarás nada: lo bueno o lo malo que he obrado ya Dios lo conoce y Él sabe de mis arrepentimientos; no creo que con tantas oraciones le hagas cambiar de opinión. ¿Dónde está nuestro pequeñín, Adosinda? Me gustaría despedirme de él antes de partir –la matrona guio a Ordoño hasta su padre y lo plantó delante de él-. Te lo había advertido, amada esposa. Mira su aspecto; es un niño aquejado de maternidad excesiva, afeminado; su afectación le hará vulnerable a los leones de la Corte. No servirá para reinar.

El agonizante torció la vista hacia un rincón al fondo del cuarto en donde Alfonso callaba sin perderse detalle.

-Él sí sería un gran rey –le dijo a Adosinda-. Posee la mirada de un lince y la fuerza de un oso. Enséñale a manejarse entre lobos porque tu sobrino hará grandes cosas si antes no le arrebatan la vida. Así servirá y cuidará de nuestro hijo cuando se siente en el trono –guardó silencio, falto de energía, antes de continuar-. No veo a mi ... medio cuñado. ¿Qué sabes de él? ¿Insiste en intrigar?

-Se ha excusado –le respondió su esposa-. Al parecer ha tenido un accidente y se halla encama –Silo sonrió ligeramente.

-¿Y te lo crees? Seguramente estará preparándose para asaltar el trono –enmascaró el semblante con un gesto de seriedad-. Cuídate de él, no parará hasta hacerte el daño del que es capaz.

-No pienses en ello.

Adosinda estaba al tanto de las manipulaciones de su hermanastro y yo lo había dispuesto todo para salvaguardar sus intereses, pero no era aquél el momento adecuado para enzarzarse en un enredo.

-¿Y la locuela de tu sobrina? –miró alrededor buscando a Jimena.

-Estoy aquí –dijo ella adelantándose.

-¡Ah! Querida sobrina. Tienes el aspecto de una gacela enjaulada. Procura amoldarte a tu marido; sé que no es fácil; todos tenemos una cruz que sobrellevar y la tuya es ésa. Nepociano no es un mal tipo, bastante engreído e inútil, pero tu marido al fin y al cabo.

Se recostó silencioso en la mirada triste de Adosinda interrumpiendo el exordio como si diera por concluido el testamento oral. Fue cerrando los ojos poco a poco cual se extingue el pábilo de una vela.

-¡Dios mío, cuánto te he amado, Adosinda! –susurró en el último estertor.

El rey Silo había muerto. La reina ya no retuvo las lágrimas y con ellas bañó la cara de su difunto marido, a quien abrazó con desespero en tanto Vermudo trataba de consolarla por la pérdida. Sin más demora el sexagenario Teudano reconvino a Alfonso que se preparara lo antes posible ya que a partir de ese momento su vida corría serio peligro; de Ordoño ya se ocuparía su madre. El joven salió de la estancia sin apresuramiento. En el pasillo lo aguardaba Gadaxera, que le habría de acompañar al exilio alavés.

-¿No puede quedarse hasta después de inhumar a nuestro tío? –le preguntó Jimena al viejo general.

-Es mejor así; tal vez incluso ya sea tarde. Cuanto más retardemos la huida más vigilados estarán los caminos. Mauregato está ávido, y sus secuaces aún más, por hacerse con el control del reino. No querrá herederos que le estorben, ni Alfonso ni Ordoño.

-¿Qué será de nosotras?

-Mauregato no es ningún estúpido; estaréis a salvo. A él sólo le preocupa tu hermano y tu tía, pero con ella no se atreverá, todo el reino la reverencia.

-¿Y Ordoño?

-Es demasiado pequeño para preocuparse por él.

Mientras en las cuadras la escolta aguardaba a Alfonso, éste se despachaba con amargura del palacete que en Flavionavia lo vio crecer los últimos años. Gadaxera le auxiliaba recomendándole llevar o dejar tal o cual cosa.

-Todo está listo –murmuró el capitán-. Cuando lo desees podemos irnos.

-Todavía no. Tengo que despedirme de la familia.

Gadaxera había sido nombrado por Teuda guardaespaldas del muchacho.

-Pon tu vida por delante de la suya –le había amonestado- y no le pierdas de vista ni a sol ni a sombra. Sé su segunda piel. Yo he de cumplir una promesa a nuestro Alfonso el Católico y ella me ata a las Asturias.

No quiso averiguar qué tipo de promesa le apartaba de su protegido, ni siquiera le pasó por mientes. Lo suyo era obedecer a sus superiores, lo mismo en el ejército como capitán que en asuntos de otra índole.

Enseguida se presentaron en la habitación de la tía, la hermana y el cuñado de Alfonso, siempre en compañía del fiel Teudano. Se le abrazaron las mujeres sollozantes, mezclados los funestos sentimientos por la doble ausencia: la muerte de silo y la partida del muchacho.

-Los parientes de tu madre Munia te acogerán de buen grado –le decía Adosinda-. Teuda y yo procuraremos que regreses pronto.

-No te desconsueles, tía –a continuación se despidió de Jimena-. Mantente firme, hermana. Cuida de nuestra tía y cuídate a ti misma.

Jimena lo rodeó con sus brazos sin pronunciar lamento alguno pues la angustia le atoraba el resuello. Nepociano le estrechó la mano frío y distante, los cuñados no se veían con buenos ojos y su amistad no alcanzaba más allá del respeto que infundían los lazos de Jimena.

-Muchacho –le saludó Teudano-, ten coraje. Ejercítate en las armas y en la política y no desdeñes la lectura, que un noble analfabeto sólo es un torreón, nunca un palacio –le palmeó los hombros.

-Ya es de noche –les interrumpió Gadaxera-. Debemos marchar cuanto antes.

Atrás dejó Alfonso a los suyos. La reducida caravana salió a hurtadillas de Flavionavia sin enseñas ni armaduras, disfrazados de rudos campesinos que conducían un carro con los trebejos del trabajo bajo los cuales ocultaban los enseres privados del joven, así como las vestiduras, armas y pendones de la comitiva. Iban a pie con unas simples mulas tirando del carro. De tal modo anduvieron toda la noche y toda la mañana sin detenerse si quiera para tomar un respiro.

Llegado el mediodía arribaron a una ermita desviada de los caminos y poco frecuentada por los feligreses. Allí descansaron y aliviaron el hambre con magra comida. Al atardecer reemprendieron la marcha, de nuevo sin pausas y durante la noche hasta que al alba alcanzaron las ruinas de lo que antaño había sido un puesto fronterizo del ejército romano, de cuando los vadinienses se resistían a la dominación y se revolvían contra el imperio. Escondieron el carro entre las paredes que aún permanecían intactas y ellos mismos se guardaron en los huecos más oscuros. Comieron poco dado que las provisiones no daban para mucho. Respuestas las fuerzas, afrontaron una nueva jornada, la que comenzó al crepúsculo. Así, noche tras noche fueron vadeando los caminos hasta divisar los elevados picachos de un castillo alavés.

-Allí está –sentenció Gadaxera-. Lo hemos conseguido.

-No podemos entrar con estos harapos –comentó Alfonso-. Desviémonos de la ruta y quememos los andrajos. entraremos a pie dignamente vestidos.


De esta forma el bisnieto del rey Pelayo, el nieto del rey Católico, el hijo del rey Fruela se exilió a las tierras de su madre Munia huyendo de su tío Mauregato, coronado en las Asturias a pesar de la oposición de Adosinda.

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