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miércoles, 23 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo dieciséis)

I

La cálida capital del emirato padecía los rigores de un verano particularmente caluroso. Por las calles los paseantes vencían la asfixia del bochorno resguardándose en las sombras; las fuentes servían de lenitivo, mas apenas había, salvo en el palacio real.

El anciano Abd al Rahman sufría horrores en el lecho porque el abrumador calor le dificultaba la respiración y sus pulmones semejaban dos fuelles agrietados, ajados por la vejez. Sus súbditos lamentaban tan triste final para un hombre que les había devuelto la ilusión en un reino poderoso, que les había librado de una dependencia exhausta del califa, y todo ello derogando las leyes injustas que los sujetaban con mano de hierro a los caprichos de Bagdad. El moribundo alzó la mano y a su indicación el visir se le acercó.

-Busca a mi hijo, pues Alá me llama a su lado.

El ministro obedeció. Sin provocar más ruido que el de la brisa rozando la hierba, salió de la habitación como una sombra. Al otro lado el general Abd al Kerim ibn Abd Wahid ibn Mugeit, reputado militar que había combatido a las órdenes del emir, le cortó el paso.

-¿Cómo se encuentra nuestro señor?

El visir se detuvo visiblemente emocionado; sus manos temblaban y la mirada arrastraba un amargo velo de tristeza. “Agoniza” fue la única palabra que salió de sus labios temblorosos. Sin más, siguió el camino ignorando al corpulento militar. Encontró a Hixem supervisando las obras de la nueva mezquita, o más bien sentado en sus cercanías sobre una piedra. Leía unos versos del poeta al Wahid ibn Yazid, muerto había catorce años, saboreando cada palabra, que él mismo depositaba en el aire con voz melodiosa, pues su tono, su modulación y su emoción eran en absoluto apropiados para la recitación:
 “Un día me dijeron que Salmà había salido a rezar. / Un gracioso pájaro miraba desde la rama / y le pregunté: ¿quién conoce a Salmà? / Yo, y echó a volar. / Acércate a mí. / Aquí estoy, y bajó. / ¿Has visto a Salmà? / Sí, y huyó. / Me hirió en lo más íntimo del corazón / y voló”.

Estaba abstraído. Su pensamiento había adquirido alas y ahora volaba muy alto sobre las nubes regodeándose en el poema.

-Príncipe –musitó la voz reseca del visir, que se vio obligado a repetir el llamamiento-. Príncipe –pronunció por tercera vez. Hixem se volvió hacia el ministro y le interrogó con los ojos mojados por la interrupción-. Tu padre desea verte.

-Iré enseguida –el visir no se movió-. ¿Y ahora qué quieres?
-El emir llama con urgencia a su hijo.

Hixem se levantó contrariado. Le desagradaban las interrupciones intempestivas, sobre todo cuando se complacía en las artes bellas de la poesía o en los misterios insondables de la filosofía. “Un gobernante culto es un gobernante justo”, le había inculcado su padre desde niño, y con esa premisa se había bañado en las enseñanzas de los sabios, con muchos de los cuales guardaba su afable amistad. Era una costumbre muy arraigada en él conceder favores a estos huéspedes, con quienes compartía días enteros con tanta prodigalidad que a algunos nuevos ricos o de linajes ilustres les carcomía la envidia, mas se abstenían de críticas, por suaves que fuesen, porque de todos era conocido el carácter irascible del príncipe, intransigente con los que le disgustaban.

Abd al Rahman se impacientaba por la tardanza del hijo. Desconfiaba de sus fuerzas y aún debía transmitir a su heredero las palabras postreras y arrancarle, si era posible, una promesa. Cuando entraron, el visir se clavó en el umbral; Hixem, en cambio, se aproximó a su padre.

-Hijo mío. Ven, acércate más, que debo hacerte ciertas confidencias –los siervos se retiraron hacia atrás sin dar la espalda al emir-. Siéntate aquí y escúchame con atención.

Inició la perorata ponderando los valores del Islam y el sometimiento a ellos de todo buen religioso, recitando partes del libro sagrado. A continuación el emir le encareció que aplicase la justicia para todos los ciudadanos sin dejarse dominar por subjetivas opiniones.

-Porque la ecuanimidad del juez es el mayor seguro contra las conspiraciones del enemigo que pasa por ser amigo -continuó exhortándole a que diera fin a sus dos grandes proyectos, que la muerte había truncado-. Haz que la mezquita sea punto de encuentro para los pueblos respetuosos con la doctrina del Profeta, embellécela para que un remanso de paz permita la contemplación del espíritu.

En el extremo del vigor, ya con la voz ahogada, Abd al Rahman le confió a su hijo Hixem que templara las armas del ejército.

-Pues una espina se me ha atragantado, que por causa del rebelde Yusuf al Fihri no pude arrancar: somete a los infieles del norte antes de que su poder les engrandezca. Mina sus sueños de expansión y destruye su reino en la medida que te sea preciso.

Por último, le expresó el orgullo de padre con que se iba al Paraíso y rememoró los tiempos felices que había disfrutado en su compañía.

-Ahora que está dicho todo, deja que tu anciano padre descanse antes de presentarse al juicio de Alá.

Hixem se fue a los jardines para meditar sobre las futuras campañas en el norte. No era partidario de enviar a sus soldados sin asegurarse el éxito. El cambio de rey le preocupaba: apenas sabía algo de Vermudo, acaso que era un religioso culto, tal vez emprendedor, y eso le preocupaba, dado que para Hixem los gobernantes cultos, y más si eran píos, tenían que se pro fuerza hombres convincentes. Precisaba conocer más sobre el rey cristiano, así que acudió a Abd al Kerim, a quien encargó que recopilase todos los informes pertinentes de la nueva situación. Si tenía que actuar de forma contundente, prefería un golpe definitivo, aunque para ello debiera esperar el momento adecuado.


II

La exagerada pompa con que la nobleza asturiana quiso celebrar las nupcias del rey Vermudo con Numilia produjo no poca perplejidad en el diácono. Hubiera escogido una ceremonia sencilla en la intimidad de la familia y en el recogimiento de su monasterio. Sin embargo, Adosinda abogaba por el esplendor y desparpajo. A él le parecía una expresión de alegría por la misteriosa muerte de Mauregato, que había sido hallado en la cama sin vida y sin que nadie atinara a dar con las causas. A ella le pareció una ocasión excelente para reavivar la imagen de un reino consolidado. La reina viuda había obtenido la gracia de la excedencia en la orden religiosa para reincorporarse a la vida laica, siempre que cumpliese ciertos votos establecidos por la priora; por eso su figura hierática volvía a rondar por Flavionavia.

A sus cincuenta y dos años conservaba la lozanía de la juventud y en nada deslucían su bello rostro las arrugas que el tiempo le fue modelando; antes bien, al contrario, atenuaban la dureza de su mirada. Como si de un pacto con el maligno se tratara, tampoco Teuda, ya con sesenta y cuatro años a cuestas, mostraba la decrepitud propia de la edad. Los más malicioso achacaban esa robustez a la soltería, otros a la vida estoica que llevaba, unos pocos a la actividad incesante en que se zambullía y, por fin, los más tunantes a una arcana relación amorosa con la reina viuda. Sea como fuere, ni siquiera él mismo daba crédito a su resistencia y le gustaba pensar que se debía a la vetusta promesa hecha a Fruela.

Adosinda y Teuda, Teudano y Adosinda compartían muchas horas, al punto de que hasta Jimena creía los rumores de un trasto algo más que amical. La treintañera Jimena llevaba un año en la inopia fantaseando con Sancho, el conde de Saldaña. Ambos habitaban en la urbe y ella procuraba toparse con él como por causalidad; no obstante, aún no había conseguido verlo a solas desde el incidente lejano de la fuente del jardín. Se azoraba por completo en su presencia, balbuceaba cuando le dirigía la palabra e intentaba simular la atracción que sentía por él obviándole en las charlas sin darse cuenta del daño que le causaba a su amado; porque Sancho también la amaba, pero en silencia. Nepociano sospechaba de los sentimientos reprimidos de su esposa y trató de sonsacarle una confesión, que ella negaba con torpeza. La sola idea de que Jimena le fuera infiel exacerbaba el odio hacia ella: “si no fuese la sobrina de quien es, yo mismo la estrangularía con mis manos”. Hubiese querido aportar pruebas del adulterio para delatarla ante Adosinda, para provocar la hilaridad de Alfonso, a quien manifestaba su desprecio relatándole lo mal amante que era Jimena en la cama. Alfonso hacía oídos sordos a tales insinuaciones y las tomaba como los frutos insanos de la aversión que su cuñado abrigaba hacia él.

El redoble de campanas anunció la consumación del rito: Vermudo y Numilia habían ingresado en el sacramento del matrimonio. Lo hacían, eso sí, con más pesar que gloria. Ningún enlace real había sido hasta entonces tan premeditado, ni siquiera se conocían cuando se comprometieron. Fue una hábil jugada de Adosinda, como años atrás había instigado la boda entre Fruela y Munia. Nadie, sino ella, concedió mayor importancia al hecho.

-Un rey ha de tener un heredero –dijo- para que a la muerte de aquél el reino no se desmiembre en la lucha por el trono. Debemos evitar que se sucedan tantos soberanos en tan poco tiempo con políticas tan desiguales, pues esos cambios no favorecen el fortalecimiento –claro que lo decía pensando en que los hijos de Vermudo habrían de esperar el turno de Alfonso y, si éste no tenía descendencia, bienvenidos fueran los frutos de este enlace.

Vermudo consintió en ello a duras penas. ¿Qué sabía él de política, si lo suyo eran los libros y los rezos, el trabajo sosegado del huerto? Si no había más remedio que tener prole, por lo menos que sea legítima. Por otra parte, ya que había bendecido en la hora extrema a tantos reyes, ¿por qué no iba a ser el siguiente en necesitar asistencia sacerdotal? De todos modos, las decisiones las tomaría el Consejo; a él sólo le competiría ratificarlas.

El banquete era pantagruélico, no sólo por la enorme variedad y cantidad de comidas, sino también por los juegos malabares, los músicos ambulantes, los bailarines, los rapsodas, los come-fuegos... Vino, sidra y cerveza corrían a raudales. Los invitados reían con estridentes carcajadas, golpeaban la mesa con los pies cuando se subían a ella para danzar, felicitaban a los reyes con dicterios pretenciosos, apostaban con exaltación. Nadie se comedía, incluso Adosinda; salvo el atribulado Vermudo y la dulce Numilia.

El rey estaba desbordado por tanta algarabía, tan diferente de su retiro en la diaconía. La reina estaba abrumada pensando en la noche de bodas y el futuro con aquel hombre tan osco, los nervios a flor de piel; no había probado bocado y bebía a sorbos pequeñitos como un pajarillo en el estanque. A la luz de las antorchas los rostros enrojecidos por el alcohol mostraban un grotesco aspecto y las sombras se mezclaban con los claros, y los claros con los oscuros. La confusión aumentaba y el desorden remitía a una fiesta báquica de desenfreno. Nobles había que, llevados por la inhibición, se abalanzaban lujuriosos sobre las tentadoras bailarinas, las cuales provocaban sus bajos instintos con los cuerpos semidesnudos y los sensuales movimientos. Incluso alguna dama tenida por devota cristiana se lanzó a la conquista de los malabaristas desasiéndose de parte de sus ropas.

Ya Vermudo no soportaba tanto descaro y se excusó ante Adosinda.

-Id, id –dijo ella insistiendo- y probad la copa de la vida.

Rey y reina abandonaron la bacanal como a escondidas. En un mutismo casi fantasmagórico, con el eco del alboroto cada vez más lejos, caminaban por la arcada hacia sus estancias cuando Vermudo escuchó jadeos y susurros en un cuarto que se utilizaba de armería. Asomó la cabeza y, sin ser percibida su presencia, vio a Jimena holgándose con el conde de Saldaña.

-¿Quiénes eran? –le preguntó Numilia una vez llegados a sus aposentos.
-La insensatez y la osadía.

Numilia calló sin haberlo entendido. Se desnudaron despacio y con vergüenza, y yacieron juntos toda la noche.

III

A sus dieciséis años a Ordoño, el hijo de Adosinda, no se le conocía relación amorosa, si bien frecuentaba la compañía de las damas palatinas y de otras que no lo eran. Sus aventuras se limitaban a visitas clandestinas en las tabernas y burdeles, cuyos escarceos llegaron a oídos de su madre. Indignada por la compostura de su vástago, Adosinda le había reconvenido duramente y por primera vez en su vida le había abofeteado.

-Si tanto ardes por dentro búscate una esposa.
-Ningún marido es fiel a su esposa –le repuso Ordoño-. No veo que haya nada malo en desfogarse con una mujerzuela, sobre todo siendo soltero, ¿o tal vez prefieras que me acueste en camas más nobles?

Fue entonces cuando la madre abrió la mano y la estampó en su rostro imberbe. Ordoño salió furioso del cuarto, enrojecido más por la rabia que por el manotazo, y se fue directamente a la taberna más próxima en donde consumió tal cantidad de alcohol que perdió la noción del tiempo y del espacio.

Los más avispados se le arrimaron pronto, y pronto desplumaron al mozalbete; un vividor de cuentas ajenas le escatimó media bolsa, el tabernero le sisó el doble del precio de la bebida, y una prostituta se las arregló para arrebatarle lo que le quedaba. Se convirtió, pues, en diana de escarnios, a cuya costa los clientes habituales entretuvieron el rato. Ordoño, tambaleándose si no movía los pies, tropezando a diestro y siniestro si andaba; de repente escaló a la cima de una mesa y solicitó con lengua estropajosa e indócil la atención de los asistentes. Con el brazo en alto se mofaba de la beatería de su madre, la amenazaba con unos esponsales indignos de su realeza y la acusó de haber ordenado la muerte de Mauregato.

La mudez sumió a la taberna en una honda conmoción apenas pronunció aquella fatídica acusación. Ordoño sacó después un papel arrugado y rasgado en algunas partes, y lo oreó sobre su cabeza.

-Es más; mi madre, esa musa de la virtud, esa santa de la cristiandad; mi madre provocó la muerte de su propio primo, el rey Aurelio, y este papel demuestra lo que digo.

Todos miraban al muchacho sin dar crédito a lo que oían, no por el significado del discurso, sino por la actitud hostil hacia su madre, pues a todos les resultaba indiferentes las intrigas cortesanas; a todos, excepto a cierto caballero que no perdía un ápice de las palabras de Ordoño.

-Esta carta ha venido a parar a mis manos por persona confidente, ni más ni menos que el conde Aldroito, cuyo homónimo padre Dios tenga en su gloria o el diablo en la suya.

El caballero, que se agazapaba en una esquina, se irguió, fue hacia el orador y le agarró con fuerza para sacarlo de allí. Ordoño no cesaba en la monserga, mas se dejaba llevar sin oponer resistencia. Su captor le tomó el papel, lo leyó y se lo guardó dentro de la camisola.

-¿A dónde vamos, amigo mío? –preguntó Ordoño ya en la calle-. Quienquiera que seas, si no eres amigo de Adosinda lo eres mío.
-Te llevaré a casa.


Aloite, el misterioso personaje, lo depositó arrebujado como un ovillo en la vera de un abeto, cercado por un pretil, y se alejó a escondidas. En su mente el galaico daba vueltas al motivo por el que Aldroito había confiado el papel al joven hijo de Adosinda, ¿cómo, cuándo, por qué, para qué?; pero, sobre todo, ¿por qué? Cuando se sintió seguro de no ser visto volvió a leer la esquela y, a pesar de que era manifiesto de que había una conjura contra Aurelio, su muerte y la de Mauregato habían sido por causas naturales, según la opinión de los cirujanos. Volvió a guardarse la nota y desapareció entre el gentío de la plaza de Flavionavia.

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