Archivo del blog

jueves, 17 de diciembre de 2015

La Cruz de la Victoria (capítulo quince)

I

El estamento religioso y aun el político estaba convulso no sólo en las Asturias sino también en Hispania cristiana. La repercusión de la prédica de Beato sobre la legitimidad de Jesús de Nazaret como hijo de Dios había calado en los dogmas eclesiásticos extendiéndose con rapidez por los territorios de la corona astur en detrimento del adopcionsimo que Elipando defendía desde la sede toledana. Con el fin de zanjar la cuestión y otras más excitadas por el de Liébana el abad Fidel había pedido una audiencia a Mauregato en representación de los valores góticos tradicionales para discernir junto a otros sabios teólogos la verdadera naturaleza de Cristo. Se produjo un gran revuelo en el reino y el nuevo monarca tuvo la oportunidad de afianzarse más en el solio ganándose el favor de la Iglesia, del vulgo y de la aristocracia, consciente de que los carolingios también habían puesto su mirada en la evolución de la disputa religiosa, en la cual se dirimía la supremacía de una u otra tendencia, ya que sus instituciones se expandían por todo el continente implantando su propia visión del cristianismo más próximo a la idea de Beato que a la de Toledo.

Un soleado día de junio se celebró el reducido concilio en Flavionavia. A él asistieron los dos bandos, encabezados cada cual por Beato y por Fidel, enfrentados sus asientos como dos formaciones militares se enfrentan en una batalla. Mauregato ocupaba la silla intermedia acomodado para una larga disputa que poco o nada le importaba. rodeaba a los contertulios la guardia real. Separados unos metros de ésta los prohombres de la nobleza se dispusieron en largos bancos cuya vista era dificultada por los soldados, de modo que algunos oligarcas debían inclinar el cuella para no perderse detalle de quien tomar la palabra. Arrimada a las paredes se aglutinaba la plebe ociosa más interesada en el ornato, la ceremonia y las riñas que en las resoluciones que ahí se tomaren. Otros muchos se habían colado en el piso superior, una balconada semicircular empleada en los oficios religiosos para la asistencia del pueblo llano. Había varias capillas en redor de la sala en donde las monjas oían la misa; éstas habían obtenido el permiso para obviar sus obligaciones mundanas y completaban todos los asientos disponibles, entre ellas la viuda Adosinda cuyo encierro no había aminorado en absoluto su mirada majestuosa y afable a un tiempo.

Abrió el debate Mauregato con un discurso de propia invención, en el que abogaba por un acuerdo entre las dos partes para una mejor conveniencia y para mayor gloria de Dios. El primer turno correspondió a Fidel, que atacó sin miramientos las teorías de Beato aduciendo con numerosos ejemplos, extraídos de varias fuentes escritas, la imposibilidad de que María pudiese haber sido fertilizada por el Señor y mucho menos a través del Espíritu Santo, concluyendo que Jesús era mortal, a quien la divinidad había adoptado como hijo suyo para propagar las enseñanzas.

Cuando el turno pasó a Beato, éste defendió el caso contrario enfatizando la doble naturaleza del de Nazaret: la mortal por parte de madre y la divina por parte del padre, como así también había entendido la Iglesia que atesoraba Carlos el Magno. Luego, habló de la indivisolubilidad de la Trinidad y, por último, acudió a la evangelización, que en este sentido el Santo Yago había extendido por la península y cuya tumba, terminó, seguramente se encontrara en algún punto del noroeste hispano, como señal de que así era la verdad.

Por momentos las diferencias se agrandaban con la exaltación de los ánimos, a tal punto que algunos perdían los nervios y vociferaban interrumpiendo a los colegas o a los rivales. Las reuniones duraron más de dos semanas y tales fueron los galimatías que allí se armaron, que los últimos días no asistían ni curiosos ni indiferentes, a excepción del rey, que aguantaba estoicamente el vendaval según correspondía a su cargo, a veces medio dormido y otras veces dormido en profundidad.

Con motivo de este debate, calmo en ocasiones y exaltado en otras, la Corte bullía con la asistencia de personajes de todo tipo: condes, obispos, marqueses, monjes, damas, incluso algún duque; pero también pícaros, alcahuetas, jugadores, bufones, ladrones; además pululaban por todas partes los esclavos, sirvientes, ayudantes de cámara, doncellas acompañantes y otras que ya no eran doncellas, confidentes; séquitos, huestes, guardias, legados, correos. Cada día entraban en la urbe decenas de carros con las provisiones de la jornada, tendederos con productos milagrosos. Tal cantidad de gente pisaba las calles terrosas de Flavionania, que en las afueras se levantaban multitud de tiendas y chabolas, como una segunda ciudad, llenando de inmundicias y desperdicios todo el paraje, lo que provocaba fétidos olores agravados por el calor y la brisa constante. En las casas de alcurnia perfumaban las estancias con infinidad de ungüentos y esencias de flores; aun así, tardes había que resultaba insoportable la fetidez, por lo que muchas cortesanas se refugiaban en el jardín adyacente al palacio, por donde paseaba Jimena sumida en sus ensoñaciones.

Echaba de menos las charlas con la vieja bruja, confinada en el bosquecillo que había en la falda del monte Aramo, cerca de Oveto. Para distraer su atribulado espíritu vagaba por las inmensidades de los sueños imaginándose mil y una aventuras amorosas con un apuesto caballero de reluciente armadura, montado sobre un corcel blanco como la nieve. En esos casos gustaba de la soledad, casi olvidada su condición de casada, y Nepociano, atareado en diversiones inútiles, le era totalmente ajeno. Otras veces se veía como una niña que se topa por casualidad con trasgos, xanas o sirenas, con plantas dotadas del don de la palabra o animales juiciosos o estrellas que bajan a la tierra para llevarla en sus crines a paraísos perdidos. En cierto ocasión que estaba refrescando los pies sumergidos en el agua de un estanque, una sombra alargada la exaltó; dio un grito y por un movimiento brusco al intentar levantarse perdió el equilibrio y cayó al agua. Cuando se enderezó, la ropa le chorreaba como una fuente y el cabello se esparcía empapado por la cara. Oyó las carcajadas de un hombre; lo hubiera matada allí mismo. Apartó el pelo de los ojos y al verlo el corazón le dio un vuelco, la sangre corrió alocada por las venas; no sentía el resquemor de las rasguños en una mano ni la incomodidad de pisar guijarros descalza. Aquel intruso, que le era desconocido, le tendió la mano aparcando las risas.

-No era mi intención asustarte.

Jimena estaba quieta. Aun percatándose del gesto del caballero, sus músculos agarrotados no habrían sabido reaccionar. Entonces aquel hombre entró en el estanque, cogió a Jimena en brazos y la sacó de allí.

-Estás herida –dijo mientras examinaba la mano-. No es nada importante. Te llevaré a tu cuarto y llamaremos... –se interrumpió, pues Jimena no reaccionaba y él empezaba a temer que algún golpe en la cabeza le hubiese perturbado la razón; mas, de repente ella calmó esos temores.
-Es igual. Yo misma me cuidaré la herida.
-De todas formas te llevaré a tus aposentos, si me indicas cuáles son –la volvió a coger en brazos y Jimena le rodeó con los suyos el cuello.
-Me llamo Sancho Días, conde de Saldaña. ¿Y tú eres?
-¿Yo?

Estaba ofuscada, sus ojos no se desviaban del conde y su corazón no cesaba de bombear litros y litros de sangre anegando las venas, arterias y capilares. Sancho culpó de aquel aturdimiento a la caída, aunque reconocía para sí que aquella fijación de la dama le molestaba un tanto.

-¿No recuerdas tu nombre? En ese caso malamente recordarás a dónde debo llevarte. No es que me queje, que eres liviana como una pluma, pero no es buena la humedad de tus ropas.
-Jimena –musitó.
-¿Te llamas Jimena, como la hija del difunta Fruela, que Dios tenga en su gloria?
-Sí, como ella.
-Y dime, Jimena, ¿dispondrás de alguna sierva, camarera o dama de compañía?
-Sí.

Viendo que por ese camino nada conseguiría, salvo la habitación a que dirigirse, él mismo se propuso sanar los rasguños y proporcionarle una criada que le ayudase a secar y vestir. Llegados, pues, al cuarto, la sentó en un escabel, vendó la mano y reclamó una criada. Entre tanto llegaba ésta, él mismo secó los pies de Jimena; luego, el cabello.

-Siento mucho haberte asustado, ni siquiera me había dado cuenta de que no estaba solo.
-Es igual.

Entró la criada y Saldaña se despidió con una reverencia.

-Si en algo te puedo servir, no tienes más que decírmelo.
-Tal vez te haga llamar.
-Acudiré presto a tu requerimiento.

Cuando cerró la puerta tras de sí, el conde notó la ausencia de aquella mirada puesta en él y un hilillo de estremecimiento le recorrió la espalda. Giró la cabeza varias veces con la vana esperanza de ver aparecer en el umbral de la puerta la figura aturdida de Jimena, mas dobló la esquina del pasillo y aquélla no asomó.


II

Alfonso frisaba la veintena de años desde su natividad y el lustro desde que partió al exilio. De los asuntos del reino estaba al corriente por la abundante correspondencia que recibía de su tía; por ella conocía su decisión de tomar los hábitos e ingresar en el monasterio de San Juan, en Flavionavia, luego que una asamblea oligarca le diera a elegir entre la vida monacal o el destierro. Por supuesto, Adosinda escogió quedarse, aun como monja, con tal de proseguir su lucha en favor del sobrino, y qué mejor lugar que desde la propia capital del reino. Apenas contaba con hombros a los que arrimarse, Teuda y Aldonza acaso, porque Mauregato había sabido sujetar las bridas del gobierno y desde su posición abarcaba un gran trecho de la política; no era el mentecado Aurelio ni el confiado Fruela ni mucho menos el dócil Silo, que pudo reinar en paz gracias a los tejemanejes de su esposa.

También supo Alfonso que la famosa disputa religiosa entre adopcionistas y legitimistas había acabado en tablas, aunque las distancias entre las dos corrientes habían abierto una brecha imposible de superar, de tal jaez que los púlpitos de las iglesias se habían transformado en oratorios improvisados, desde los cuales el sacerdote abogaba por las teorías de Beato o las de la sede toledana, según defendieran las teorías tradicionales italianas o godas, siendo de éstas últimas el obispo Elipando su más encarnizado valedor. Se rumoreaba que incluso había amenazado a los partidarios del legitimismo con la pena y la condenación eternas llamándolos en sus públicas homilías “hijos de Satán”, “abominaciones del Infierno”, “preludios avernales” y otras lindezas por el estilo. Esgrimía su lengua afilada contra Beato como Longinos blandió su lanza contra el Crucificado.

También su tía le puso al día de las relaciones de Jimena con Nepociano: “un matrimonio mal avenido, pero legitimado ante los ojos de Dios”, escribía. A Alfonso le entristeció esta noticia y todas las noches pedía al Señor que iluminara a los esposos. En la última carta que había recibido, Adosinda le comunicaba que le estaba buscando una buena esposa que sirviera al mismo tiempo como alianza con la nobleza y como fiel reina, citándole varias candidatas por si acaso él prefería alguna en particular o quizás la descartara. Sin embargo, Alfonso respondió inmediatamente con otra misiva en la que le suplicaba que desistiese en este punto; sólo Dios conocía el agradecimiento que profesaba a su queridísima tía, pero en asunto de matrimonio no quería terminar en la situación de su hermana, así que ya buscaría él a su reina.

III

En la celda del monasterio de San Juan, Adosinda imparte órdenes a esporádicos visitantes, privilegio el suyo del que no gozaban las demás reclusas gracias al alto rango de su ascendencia. Por ahí pasa Teuda, Aldonza, incluso Jimena. Solía expresar sus mandatos oralmente, como prevención ante un posible extravío o robo de documentos escritos, aunque en ocasiones se confiaba a una breve esquela, más larga si el destinatario era su sobrino. La excepción era su hijo Ordoño, un adolescente amanerado, frágil rival para la política y aún más para las armas; a éste lo recibía una vez a la semana, si bien había citas a las que Ordoño faltaba ya que le molestaba el trato excesivamente edulcorado de su madre, incapaz de regañarle. Sus rasgos evidenciaban un parecido tan asombroso con Silo que Adosinda no tenía más remedio que acordarse del difunto marido y reverenciar en el hijo el amor que había profesado al padre. Una madrugada después de maitines se encerró en el cuartucho, tomó pluma y papel y se dispuso a escribir una extensa carta a Alfonso.

“Querido sobrino. He meditado largamente sobre el asunto de tu esposa y he decidido acatar tus deseos, siempre que la mujer que escojas no sea una carga imprudente para tu futuro gobierno. Ten presente que una mala elección podría echar por tierra todo lo conseguido hasta el momento por tu abuelo y tu padre. Te debes a la corona y el reino ha de ser tu primera opción. No quisiera ser yo la causa de tu infelicidad proporcionándote una compañera que te haga penosa la existencia y para aliviarte busques un consuelo fuera de la sagrada institución que es el matrimonio; pero, tampoco quisiera que por un capricho estropees las perspectivas favorables que a continuación te expondré. El gobierno de tu tío Mauregato ha llegado a su fin, pronto abandonará este valle de lágrimas. No voy a especificar cómo o cuándo, mas debes prepararte para el regreso a Asturias. Sin embargo, las circunstancias me han obligado a aplazar tu entronización, pues todavía no es el momento oportuno: la oposición es muy fuerte y los detractores se mantienen firmes; además, los indecisos temen por sus propiedades, más incluso que por sus vidas. Por todo ello sólo admitirían un cambio de rey si el sucesor de Mauregato es Vermudo, a quien he conseguido convencer para que abandone su diaconía y ocupe el lugar que a ti te correspondería. Es la elección más válida para todos. No será una apuesta a ciegas, al fin y al cabo es el hermano de Aurelio, el hijo de tu tío abuelo Froila, así que los cántabros apoyarán la candidatura por su ascendencia y los astures por su parentesco con el rey difunto. En cuanto al grupo nobiliario que toma partido en contra nuestra, he negociado con ellos una propuesta arriesgada, no obstante, nos permitirá un resquicio de esperanza: ellos formarán en exclusiva un Consejo Real y, a cambio, podrás volver a Flavionavia adscrito a la corona; esto es, serás declarado oficialmente sucesor legítimo de Vermudo. Es cierto que serán ellos los que rijan el reino, los que detentarán el poder, mas no habrá intrigas para asesinatos ni derrocamientos por su perte ni por la nuestra. Asturias necesita estabilidad política porque un peligro ha surgido, querido Alfonso, en Córduba. Desconozco si estarás al tanto. El anciano emir, Abd Al Rhaman, al que llaman el Justo, se encuentra a las puertas de la muerte y su hijo Hixem arde en deseos de someter bajo su férula toda la península, para lo cual ha estado reclutando un vasto ejército que ha distribuido por las provincias fronterizas alegando que así evitará nuestros alzamientos contra el emirato. Lo más preocupante es que un regimiento bien adiestrado acampa amenazador cerca de Asturica. En definitiva, haz el equipaje y estáte dispuesto para el viaje y no desdeñes las preocupaciones que tome Gadaxera, pues en su mano está arreglado que llegues a nosotros sano y salvo. Que Dios, Nuestro Señor, sea tu guía y cumple fielmente con tus obligaciones.”

Releyó lo escrito por si había algo que añadir y, dando el viesto bueno, devolvió la pluma a su lugar, secó la tinta, cerró el pergamino, lo selló y lo guardó en la manga por si alguna imprevista visita se anticipaba a Teudano y en un descuido era descubierta. Se arrodilló junto al lechoi, juntó las manos y bajó la cabeza sumisamente para rezar. Dos horas tardó su leal Teuda en llamar a la puerta, y lo hizo con dos fuertes golpes de los nudillos.

-Ya se avecina el final –comentó el general besando el dorso de la mano que su reina le tendía-. Mauregato se precipitará en el Orco dentro de unos pocos días.
-La espera será angustiosa. Si se destapa el complot, la picota nos aguarda.
-En ese caso usaremos la protección que el conde Pedro nos ha ofrecido.
-Su amabilidad no valdrá para salvarnos, amigo mío. Los dados han sido arrojados, lo mismo que lo fueron en tiempo de César, y no hay vuelta atrás. ¿Está Jimena a buen recaudo?
-Lo está. He seguido tus instrucciones paso por paso. Jimena va camino de Cantabria con la excusa de visitar a tus parientes lejanos.
-¿Y mi hijo?

-A Ordoño le he enviado como embajador tuyo a Bardulias para cerciorarse de que en los Campos Góticos se respeten los acuerdos que tu marido ratificó con la aristocracia local. Mauregato nada sospecha por el momento. En cuanto a Alfono, ¿qué debo hacer?

Adosinda sacó la carta de la manga y se la entregó con un movimiento brusco.
-Guárdatela bien, en ella le pongo al corriente de casi todo.
-Haré que llegue a su destino.
-Si cae en manos inapropiadas estaremos perdidos y rodarán más cabezas que las nuestras.
-Me aseguraré de que no sea así. Yo mismo...
-No –le interrumpió Adosinda-, a ti te necesito aquí. ¿Aún está en Flavionavia el conde de Saldaña?
-Sí, lo está.
-Encárgale a él el correo. Es joven, audaz y leal a nuestra causa.
-Como desees.
-Dile también que se una al séquito de mi sobrino, al lado de Gadaxera, pero cuídate de confiarle más datos sobre el plan. Ahora vete, nos volveremos a ver, si Dios lo quiere, en mejores circunstrancias.

El viejo Teuda se despidió con un saludo y se fue con paso firme a largas zancadas. En su regazo llevaba la carta, en su mente el sonido de las palabras de Adosinda, su rostro, sus labios moviéndose al compás de las órdenes. Por ella daría su propia vida como cumplimiento de una promesa, se decía, mas no conseguía con ella engañar su conciencia que le confesaba el amor que sentía.

Adosinda regresó a sus oraciones con mayor fervor suplicando al Cristo por el buen término de la empresa, por la salud de sus allegados, pro el buen juicio de sus amigos y por la felicidad del leal Teuda, en cuyo pecho refugiaba su ardor.

IV

Mauregato dormía plácidamente al abrigo de dos guardias delante de la puerta de su cámara. Eran dos robustos corpachones de lánguida mirada que en aquella ocasión estaban inquietos. Cuando apareció por el pasillo un esclavo de tez morena tensaron los músculos y se enfretaron a él cortándole el paso sin decir nada; aguardaban impacientes a que el visitante pronunciara la frase convenida, la contraseña, antes de franquearle la entrada.

-La Cruz es el signo de la Victoria –pronunció el esclavo.
-Con ella caerá la Media Luna –respondieron ellos-. Date prisa en lo que hayas de hacer.

Le abrieron la puerta y el forzudo esbirro entró como un felino aceha a la presa. Asió un almohadón que había en el suelo, del que suelen utilizar los musulmanes del Al Andalus, y con un movimiento raudo lo aplastó sobre la cara del rey. Éste abrió los ojos como para acaparar el mundo entero, y comenzó a forcejear por librarse del gazapo, mas el esclavo estaba curtido en ciertas tareas gravosas y sus brazos, como dos troncos de árbol, no se inmutaban. Mauregato pataleaba en el lecho mientras notaba que el pecho se le encogía angustiado por la ausencia de aire fresco; la piel se azulaba y los ojos se anegaban en las tinieblas. El esfuerzo infame por respirar le mermaba el vigor; la boca, totalmente abierta, no tragaba más que la tela del almohadón y sólo un hilillo insignificante e insuficiente le permitía sobrevivir. Comprendió que era el final y en el prostrero momento se acordó de que bajo el lecho había guardado una daga; estiró el brazo hacia ella palpando el suelo en su búsqueda desesperada, pero el arma huidiza se resistría a ser encontrada. De pronto se abandonó a su suerte y los músculos se le relajaron. El esclavo de piel tiznada oprimió el almohadón un rato más hasta asegurarse de que había cumplico con el encargo. Luego, lo colocó en su sitio y salió.

-Aquí tenéis.

Les dijo a los centinelas al tiempo que les daba una bolsa repleta de monedas antes de desaparecer por el pasillo. Los guardias vacilaron en huir.

-Aquí no ha pasado nada –repetía uno de ellos convulsivamente-. El rey ha muerto porque así lo ha decidido Dios.


Mauregato quedó tendido en el lecho para que a la mañana siguiente los cirujanos se pasmaran ante el hecho inexplicable, cuya perplejidad le acarrearía un buen montón de dineros. Así fue el fin del hijo bastardo del gran Alfonso, el Católico, que engendró a la cautiva Siselda y la mantuvo encerrada para amarla y ser amado. Una vez más el trono asturiano se había cobrado otra víctima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario